Empezó a sacar fotos en un pueblo de pescadores, y pasó esto … 

Decidió ir a Icaraí de Amontada después de un duro divorcio. Su socio le había asegurado que el lugar era un paraíso.

—Pero Brasil es peligroso ¿no? —le había preguntado bajo un manto de cobardía de quien tiene que cambiar de hábitos de forma repentina.

—El mayor peligro que tiene Icaraí es que no quieras irte jamás.

Así que agarró su equipo fotográfico y se subió al primer avión que pudo rumbo a Fortaleza. Al llegar un amable taxista le llevó durantes tres horas por una carretera irregular hasta este pequeño pueblo de pescadores en el estado de Ceará, donde el mosquito Zika sólo pica a los turistas impertinentes.

Continúa leyendo Empezó a sacar fotos en un pueblo de pescadores, y pasó esto … 

El sicario y el abogado

Le llegó el encargo como siempre, un sobre marrón de burbujitas con una carta que parecía haber sido redactada por un niño de ocho años, una generosa suma de dinero en billetes de 50 euros y tres fotos del sujeto —una de cada perfil y una frontal —sacada con un teleobjetivo.

Silbó al contar los veinte mil euros.

—Debe ser un pez gordo —se dijo.

Tenía, como casi siempre, una semana para rechazar el encargo y devolver la pasta sin mediar explicación. Pero los que trabajaban en el ramo sabían que si el sujeto era mayor de edad él difícilmente declinaba. Leyó la carta con atención. El trabajo involucraba fulminar a un tipo que trabajaba en un bufete de abogados. El objetivo tenía mucha vida social, estaba recién casado, sin hijos y tenía un amante masculino.

Continúa leyendo El sicario y el abogado

“El plagio del robot”

Llevaba toda una vida queriendo escribir un libro. Tenía varios manuscritos, casi terminados, que nunca llegó a finalizar por miedo al fracaso. Su difunta mujer le instaba, con cariño, a que terminara alguno y lo presentara a alguna editorial.

—Aunque sólo sea a modo de ejercicio —le insistía.

Pero cuanto más se le insistía a escribir, menos fuerzas encontraba para seguir adelante con sus textos. Y como le sucede a muchos ciudadanos cuando, en un aeropuerto, coinciden con sus compatriotas nacionales y les oyen hablar entre ellos a los gritos, sentía vergüenza ajena de sus inacabadas obras.

—¿Esto es lo que tengo en la cabeza? ¿Esto es lo mejor que me puede salir de mis adentros? ¿Cómo puedo tenerme en tanta estima en privado? —se preguntaba para acabar concluyendo —Por eso no tengo autoestima, porque mi verdadero yo, no es el que vive en privado y recluido, mi verdadero potencial es el que demuestro fuera, y ahí ¿qué cojones he demostrado? ¡Nada! —se flagelaba en un bucle que se repetía cada cierto tiempo.

Continúa leyendo “El plagio del robot”

Cita a ciegas

Llegó temprano, maqueado, guapo. Ella llegó tarde, era un cardo.

—Ya sé que soy fea —le dijo sin tapujos—y tu en cambio no estás nada mal, si te quieres ir lo entenderé.

Negó con la cabeza. No debió hacerlo porque se quería ir.

—Supongo que no te vas, entonces. Dios sabrá qué extraña curiosidad debes tener en conocerme o peor aún de que clase de personalidad adoleces que no te atreves a decirme a la cara que te quieres ir. Me da igual, me conformo con estar un rato contigo.

Se puso a reír. Era tan directa que se le antojaba molesta y atractiva a la vez. “Fea pero con carácter”, pensó.

Continúa leyendo Cita a ciegas

Ya no tengo ideas propias

El otro día tuve que hacer un trámite a la ciudad de Granollers. Este tipo de trámites donde debo ir físicamente a algún lado me suelen molestar porque estoy acostumbrado a resolver todo por Internet. Un cambio de nombre de un vehículo, para ser concreto. Al salir de la gestora tuve que ir a hacer unas compras triviales, chorradas esencialmente, con la mala fortuna y mi despiste que me dejé los papeles en alguno de los comercios. Me di cuenta al llegar al garage donde tenía estacionado el coche. Allí, no sé cómo, el ticket que llevaba en mi mano y el cual acababa de pagar, se evaporó. No sé donde fue a parar. Retrocedí 20 metros hasta la máquina de pagos, miré debajo de todos los coches, recorrí el suelo con la mirada. Simplemente se había volatilizado. Así que me acerqué a la ventanilla de la oficina.

Continúa leyendo Ya no tengo ideas propias

El hombre irritante

Era introvertido. En situaciones sociales aparentaba más timidez de la que atesoraba, hasta que escuchaba en alguna conversación algún comentario categórico y absoluto. Entonces, ahí soltaba a la bestia, un animal extremadamente racional, tanto o tan poco, que no tenía en cuenta su lado más animal y por eso irritaba. Su contenido quedaba engullido por su tono.

—Hay demasiados inmigrantes, deberíamos empezar a echar a algunos porque se aprovechan del sistema, y ¡ya está bien! —dijo un tipo melenudo y barbudo que parecía un vikingo. Su audiencia asintió reafirmando el comentario. Sin duda era un macho alfa.

Continúa leyendo El hombre irritante

Libros Vs. Tablet

Llegó repeinado a casa del abuelo y ataviado con la ropa de los domingos. Llevaba su nuevo amigo consigo, una nueva tablet con la última actualización de Android. Se paró delante de la puerta de la biblioteca del abuelo y se acomodó la tablet para que al entrar su abuelo la viera bien.

—Entra a saludar al abuelo —escuchó tras de sí.

Tragó saliva y tomó el pomo con decisión.

—¡Hola yayo! Mira lo que … —se frenó en seco al ver los inquisidores ojos azules mirarle por encima del marco de sus gafas.

Continúa leyendo Libros Vs. Tablet

La explotación de las letras

Se despertó a media noche sudando. Aún no llegaba a entender porque estaba soñando algo tan desagradable. Sin tiempo a intelectualizarlo una nueva arcada inesperada le obligó a vomitar la poca cena que le habían dado la noche anterior. Abrió los ojos y entendió que esta no era la primera vomitada de la noche. El suelo estaba lleno de vomito, pero era un vomito extraño. No emanaba olor alguno, su textura era sólida, una especie de amasijo de alambres negros. Se incorporó como pudo. Le dolía la tripa, y la garganta porque el paso de esos “alambres” inodoros que yacían en el suelo le había raspado en su paso por la traquea, la faringe y la laringe.

Continúa leyendo La explotación de las letras

Los protagonistas de la tragedia

Seguía sentado en la cafetería, esperándole, mirando por el cristal como la gente caminaba arriba y abajo cómo si nada hubiese pasado, como si nada fuese a pasar.

—Perdón por el retraso —dijo jadeando mientras retiraba la silla, apoyaba su abrigo en el respaldo y tomaba asiento.

Le hizo una seña con la mano sin dejar de mirar a través del cristal para dejarle saber que no le importaba. ¿Qué era el tiempo al fin y al cabo? Un invento del ser humano para organizar su esclavitud biológica. La otra, la esclavitud emocional, no entendía de tiempos.

Continúa leyendo Los protagonistas de la tragedia

Tengo dos papás

Ayer llegué al colegio temprano, como siempre. Mi papá es muy previsor y siempre se asegura que llegue a tiempo para entrar a la primera clase de la mañana. En invierno me fastidia un poco tener que esperar en la puerta del colegio porque es oscuro, hace frío y estoy solo. Pero nunca me he quejado, porque sé que mi papá aún lo tiene más difícil. Él tiene que ir a trabajar para que yo pueda seguir viniendo al colegio y pueda tener siempre comida en la mesa, y libros que leer para estudiar, y unas buenas Navidades con regalos. Mi papá es mi héroe.

Pero ayer, cuando estaba quieto como una estatua en la puerta del colegio, con la punta de la nariz congelada, me di cuenta que no tengo sólo uno, sino dos papás. Lo que sucede es que ambos habitan en el mismo cuerpo. Aún no sé muy bien cómo entran y salen para turnarse un único cuerpo, pero ya lo descubriré, igual que descubrí que eran papá y mamá los Reyes Magos de Oriente. O mejor dicho, que los Reyes Magos de Oriente no existen y que, por algún motivo que aún desconozco, me mintieron para hacerme creer que cada seis de enero de madrugada venían a casa a dejarme regalos. Incluso me hacían dejarles vasos de leche caliente con galletas, cuando ya sabían que nadie se lo iba a comer. Me confundió un poco toda la situación porque siempre me habían enseñado que no debía decir mentiras y que con la comida nunca se jugaba.

Me di cuenta que tengo dos papás justamente porque las contradicciones empezaban a acumularse en grandes cantidades y me pareció imposible que una misma persona pudiera cometerlas sin darse cuenta. Así que, por ahora, la única explicación que se me ocurre es que tengo dos papás.

Uno de mis papás me riñe si me peleo con otros niños en el colegio, incluso cuando tengo motivos para defenderme, me intenta convencer de que nunca use la fuerza. Sin embargo, mi otro papá, le grita a otros conductores, a veces les insulta y se pone muy agresivo, y les amenaza con “romperles la cara”.

Uno de mis papás me dice que sea comprensivo cuando los demás se equivocan y eso me perjudica, porque a veces seré yo quien se equivoque y perjudique a otros sin querer. Mi otro papá, en cambio, no tolera un sólo error, enfurece contra todos y no tienen tolerancia ni paciencia con algunas personas, a veces ni siquiera conmigo que sólo soy un niño y aún estoy aprendiendo muchas cosas.

Tengo un papá que quiere mucho a mi mami, que le regala cosas bonitas el día de su cumpleaños o en el día de los enamorados. Y tengo a otro que parece que la odie porque le grita y da portazos cuando hablan de cosas de mayores.

Todavía no he compartido con nadie este descubrimiento, ni siquiera con mis amigos del colegio. Me da vergüenza ser el único niño con dos papás que comparten cuerpo. Tampoco me he atrevido a preguntárselo a ninguno de los dos papás que tengo por miedo a que se enfaden conmigo. Por ahora me hago el despistado.

Sin embargo, el problema más inmediato que enfrento es saber a cuál de los dos papás tengo que imitar, de cual debo aprender, a cual hago caso. Uno me dice que nunca mienta, pero el otro nos miente a mamá y a mi. Uno me dice que debo de compartir y ser generoso con los demás niños de mi clase, pero el otro es egoísta con los demás, incluso con aquellos que parecen venir de países lejanos que están en guerra. “Volver a vuestro país que aquí no se os ha perdido nada”, les grita cuando los ve en la televisión intentando cruzar alguna frontera.

Ya han pasado cinco años desde que descubrí que en el cuerpo de mi padre vivían dos personas. Cuando me enteré, me asusté un poco porque no entendía como podía pasar algo así. Sin embargo, me acostumbré más rápido de lo que pensé que sería posible. Ahora mi preocupación es saber como acomodar a la nueva persona que a veces visita mi cuerpo. Ya no tengo dudas de que también compartiré mi cuerpo con otro ser.

Gracias a mi nuevo compañero de cuerpo puedo entrar en todo tipo de contradicciones sin sentirme culpable y esto me hace ser más fuerte y completo. Ya no me molesta tanto aguantar los ataques que suelo recibir de los chicos de mi colegio. Ya no estoy sólo, ahora somos dos para defendernos. Por fin tengo un amigo que me quiere y, aunque sea un poco agresivo con los demás, a mi siempre me protege.

Hace unos 15 años que descubrí que tenía dos padres, y otros tantos años que en este cuerpo habitamos varios inquilinos. Le he intentado explicar a la juez que sólo uno de los varios que compartimos cuerpo debería entrar en prisión, pues sólo uno es responsable de haber bebido demasiado alcohol y de haber atropellado a aquel pobre peatón que, en parte, se mereció ser atropellado porque ni siquiera miró para cruzar por el paso de cebra. Como si las rayas blancas le fueran a proteger de un trompazo con un coche que circula a ochenta kilómetros por hora. ¡Qué idiota!

Me ha sorprendido la actitud de la juez, y más aún que nos condenara a todos nosotros, ya que sólo uno es culpable y el resto no tenemos responsabilidad en el hecho de habitar en el mismo cuerpo biológico. Su argumento ha sido hacernos creer que en su cuerpo, y en el cuerpo de todos los que me rodean, sólo habita una única persona.

Imagen cortesía de hilarycl a través de MorgueFile

Os deseo la muerte

Como cada viernes por la tarde se reunieron en casa de Eduardo. Todo estaba perfectamente preparado para empezar su partida de póker. Llevaban más de cuarenta años jugando todos los viernes, ni enfermedades, ni castigos, ni un terremoto les habría privado a los cuatro de reunirse para tomarse el pelo con las cartas y robarse el dinero.

Sentado con una agradable sensación de deja vu miraba a sus tres compañeros de juego y recordó, como cada viernes, que nadie en todo el planeta le conocía tanto como ellos. Ahora envejecidos, sus cabezas habían perdido pelo pero habían ganado todo tipo de secretos. Secretos que nunca había contado fuera de esas partidas. Por esa misma regla de tres, razonó que él llevaba en su mochila secretos de aquellos tres personajes que nadie debía de conocer. Continúa leyendo Os deseo la muerte

Basura de letras

Se despertó a las tres de la mañana como un búho. Los ojos como platos, no sabía cómo pero ya se había incorporado. Se puso la bata, las zapatillas, y salió del cuarto. Tampoco sabía cómo ya llevaba las gafas de leer puestas, pero ahí estaban, pegadas a su cara. Buscó en su móvil el teléfono de Antonio, y marcó, sin dudar.

No recibió respuesta después de varios tonos. Abrió el portátil.

—He vuelto amigo mío —le dijo.

—Te he echado de menos —le respondió su Macbook.

—Mentiroso, si odias lo fuerte que tecleo.

Continúa leyendo Basura de letras

Cariño, me quiero independizar

Y ahí estaba el presidente de la Generalitat, en el balcón, alzando una mano con cuatro dedos y proclamando el inicio de la república catalana. Gracias a la alta definición de la pantalla, los pelos del presidente parecían los pequeños alambres de un títere.

—La alta definición se lo está cargando todo —dijo él con desgana.

—Pues cómprate una televisión que no tenga alta definición —le respondió ella con convicción.

Continúa leyendo Cariño, me quiero independizar

El hombre loro

Vio que se encendía la pantalla del móvil. Hacía dos años que había decidido que su dispositivo debía ser mudo e inerte: no tenía permiso para sonar ni vibrar. Su determinación venía a cumplir dos propósitos. El primero, no tener que estar cada 30 segundos atendiéndolo, ya que le parecía que para estar esclavizado habría optado por tener muchos hijos con alguna de sus insolentes primas. Por otro lado, quería entrar en la categoría de “seres especiales”, esos que en los 80 tenía móvil, aunque fuese un ladrillo, y ahora no lo necesitaban porque habían ascendido a cotas muy altas como para necesitarlo.

Continúa leyendo El hombre loro

Doctor, no sé quien soy

Llegó a la consulta excesivamente temprano. No sólo le gustaba ser puntual, sino que, por costumbre, llegaba a los sitios con mucha antelación, demasiada. Miró el reloj. Pasaban cinco minutos de su cita. Miró el revistero pero ya no le quedaba nada que le interesara por leer. Resopló. Se dio golpecitos con los dedos de las manos en las pantorrillas. Se limpió las gafas. Miró el techo y después el suelo, y otra vez el techo, parecía estar asintiendo cuando en sus adentros estaba renegando.

—Señor Gonzalez —le llamaron.

Continúa leyendo Doctor, no sé quien soy