Cien mujeres

Llegó con el periódico bajo el brazo y escuchó, como cada mañana, la televisión de la cocina a toda pastilla, como si un sordo estuviese intentando recuperar su sentido perdido. Entró por la puerta y se encontró a su hijo, comiendo un gran bowl de cereales con un pie subido en la silla de enfrente. Aún tenía la melena mojada de la ducha y la humedad le había mojado todo el cuello de una camiseta cochambrosa con un extraño y ofensivo dibujo en el frente y algunos agujeros en el lateral. Sus pantalones, unos jeans azules, parecían haber sido atropellados por un tren de mercancías, y sus zapatillas deportivas sin cordones le hacían parecer un indigente piojoso.

Le molestó el posado desganado y quiso demostrarlo en la forma en la que dejó caer al periódico encima de la mesa: con fuerza, como si fuese un cocktail molotov.

Su hijo ni se inmutó, siguió a lo suyo, viendo un estúpido programa matinal, sin pensar en que un muchacho de 20 años no debía pasarse todas las mañanas de su vida viendo la televisión sin conciencia sobre lo rápido que llegaría su futuro, sin querer estudiar, ni trabajar, ni salir a correr, nada de nada.

Se hubiese conformado con que su hijo fuese cualquier cosa, excepto un yonki de la televisión y de la holgazanería. Y justamente eso era en lo que se estaba convirtiendo.

Se preparó un café murmurando su enfado que se ahogaba en la tertulia televisiva. Se sentó en la silla delante de su hijo, se puso sus gafas y abrió el periódico.

—¿Podrías bajar un poco la televisión? —solicitó con cortesía.

Su hijo, con la agilidad de un felino, se incorporó, y bajó el volumen hasta límites inaudibles. Así era su hijo, siempre en los extremos, nunca en la moderación. Intentó razonar que así eran los adolescentes, no era algo personal hacia él. Sin embargo, viendo a los hijos de sus amigos, algunos de los cuales ya estaban preparando sus viajes para ir a estudiar a Estados Unidos, no le parecía que le hacían lo mismo a sus propios padres, por lo que, que fuese un asunto personal, no dejaba de revolotear por su cabeza.

—¿No crees que deberías hacer algo con tu vida más allá de comer y ver la tele? —preguntó retóricamente.

—Joder papá … —intentó responder a la pregunta retórica.

—Ahora todo nos va bien, pero, y si yo no estuviera ¿qué harías?

—Siempre me preguntas lo mismo, y esto es algo que sólo sabremos cuando tu ya no estés. Y la verdad prefiero no saber la respuesta hasta que seas muy mayor, y yo también lo sea.

—¿Qué crees, que dejar pasar el tiempo va a ponerte en tu sitio? ¿Crees que sin hacer nada tendrás un lugar de privilegio en el futuro?

—No sé que quiero hacer con mi vida. Por un lado, la veo como un buffet libre, como entrar en una fiesta donde hay cien mujeres hermosas, y sin conocerlas me piden que elija a una para toda la vida, cuando de salida me gustan casi todas.

—¿Y crees que sólo mirándolas vas a saber cual te va a gustar más o crees que tendrás que levantarte e ir a conocerlas?

—Sí, tendré que hacerlo, pero creo que ahora estoy en la puerta de la fiesta, viendo el panorama, disfrutando de la vista, y esperando a que todo se ponga en marcha. Es cómo si no tuviese prisa por empezar. Así es como me siento.

—Pues vas a tener que empezar, porque la noche pasa muy rápido y las cien mujeres de tu fiesta no van estar disponibles para ti siempre.

—Claro que no, pero si, según vosotros, los mayores, sólo puedo elegir una ¿No crees que no es mejor no precipitarse antes de elegir esa única opción que me va a acompañar toda mi vida?

Abrió el periódico y no pudo pensar en lo harto que estaba de su trabajo y en cómo si pudiera mandaría todo a la mierda, a sus colegas de oficina, al del banco y la hipoteca. Viendo el razonamiento en perspectiva se daba cuenta que no podría desear nada con mas fuerza que volver al inicio de la fiesta, en la puerta, donde la expectativa era más atractiva que cualquier realidad que después pudiera darse. Es más, ya lo podía asegurar con total firmeza, él era un claro ejemplo. Había tenido el privilegio de poder elegir lo que quería hacer con su vida, y sin embargo, preferiría volver al estado de incertidumbre en el que se encontraba su hijo.

Le miró por encima del marco de sus gafas. Tenía la boca llena de cereales y miraba la tele como un zombie. Se reía y hablaba solo reaccionando a las estupideces de ese programa matinal tan marrullero. Pensó que su hijo no tenía solución y aún así no pudo más que sentir una envidia que tuvo que reprimir.

—Papá, si pudieras viajar al pasado hablar contigo mismo ¿qué consejo te darías? Solo puede ser uno.

Podía recordar aquel día como si hubiese pasado ayer mismo. Palabra por palabra, gesto por gesto, pausa por pausa. Lo tenía registrado en su cerebro en alta definición. La registró en su día sin saber por qué. Justo esa, justo la charla el día antes de la muerte de su hijo.

Veinte años después la respuesta había quedado sin respuesta. En su jubilación seguía imaginando a su hijo con cuarenta años, con el pelo recién lavado y húmedo, con ropa medio destrozada, con una sonrisa y con un abanico de posibilidades delante de sí incalculable.

—No elijas jamás —dijo, una vez más, en voz alta. Era el consejo que le había estado repitiendo en los últimos veinte años. Se puso a reír e inmediatamente ahogó su lloro en su interior, en ese agujero negro que se le formó en el pecho el día que le comunicaron que su hijo había sido atropellado.

Llegó al quiosco, donde Manuel, había envejecido junto con sus periódicos.

—Eres de los pocos que sigues comprando el periódico, mierda de mundo digital, se está cargando todo, nos está dejando sin opciones y a mi me va a dejar sin negocio.

—Manuel —le dijo —lo mejor que te puede pasar es que el mundo digital destruya tu negocio y puedas volver al principio de la fiesta, donde te van a estar esperando, por lo menos, cien hermosas mujeres, para que las puedas disfrutar a todas antes de tener que elegir a una.

Le puso el dinero en la mano, le guiñó un ojo, y se fue.

—Cien mujeres, dice … —escuchó decir a Manuel con hastío.

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Y si yo no estuviera

—¿Y si yo no estuviera que harías?

—Joder, papá —respondió con hastío —siempre me dices lo mismo. El problema es que estás y no podemos responder a esa pregunta ahora.

—Tienes que estar preparado, yo no voy a estar siempre para ayudarte.

—Papá, no me puedes decir esto, es como si yo me preguntara que haría sin piernas, cuando tengo las dos, o sin ojos, o manos, o si hubiese nacido en Tanzania en una familia de un pueblo rural sin agua potable ni medicinas.

—Es que te veo muy perdido, y me preocupa, como es natural, que quedes en mal lugar una vez que yo no esté. Sólo es eso.

—Bueno, vamos a tener un problema, porque la respuesta a tu pregunta, sólo la sabré yo. Así que, no sé, quizá deberíamos evitar la frustración de no poder responderla hasta que te mueras ¿no?

—Reconozco —dijo mientras se ponía las gafas y abría el periódico —que es en realidad una pregunta trampa para ver si espabilas. Ya no sé que hacer para que hagas algo con tu vida.

—Tu has sido un hombre muy trabajador ¿no?

El padre asintió mirándole por encima del marco de sus gafas. Veía venir a su hijo a kilómetros y a pesar de ello, siempre entraba a jugar aunque sabía que iba a perder.

—Y has trabajado duro para darme una vida mejor de la que te dieron tus padres a ti ¿no?

Volvió a darle la razón, esta vez mirando el titular de una noticia en su periódico.

—Y ¿dirías que lo has conseguido?

—Diría que sí —dijo cerrando el periódico y dejando sus gafas en la mesa.

—Entonces, que yo sea un “vividor” a tu costa, ¿por qué te molesta tanto?, si es a lo que aspirabas cuando empezaste a trabajar tan duro. Querías que yo tuviera todo aquello que tu no tuviste. Quisiste que yo no tuviera que trabajar tan duro como tu. Y sin embargo, ahora, que has conseguido tu objetivo ¿has cambiado de idea?

—Es verdad, es culpa mía. Debería sacarte tu asignación mensual, tu coche, y pedirte que te vayas de casa.

—No, ahora ya no puedes —dijo con esa sonrisa pícara que tanto cautivaba a su padre— es como cortarle las uñas a un gato doméstico y luego tirarlo a la calle. Evidentemente no va a sobrevivir —le guiñó el ojo mientras le agarraba un moflete de la cara y se lo estrujaba con suavidad.

—¿Y que le pasaría a ese gato si desahucian a su dueño y este se muere? —preguntó el padre, devolviéndole el guiño y la estrujada de moflete.

—Vale, mal ejemplo el del gato.

—Yo sólo estoy intentando que tengas las uñas muy afiladas por si algún día no estoy, te puedas defender.

Podía recordar la conversación como si hubiese pasado ayer mismo. Palabra por palabra, gesto por gesto, pausa por pausa. La tenía registrada en su cerebro en alta definición. La registró en su día sin saber por qué. Justo esa, justo la charla el día antes de la muerte de su padre.

Veinte años después la respuesta había sido respondida. Si su padre le viera no daría crédito a lo mucho que se parecía a él, en su forma de trabajar, en su éxito laboral, en sus problemas conyugales, en prácticamente todo.

—Estarías muy orgulloso de saber la respuesta —dijo al aire.

Tampoco podía creer lo mucho que su propio hijo se comportaba igual que él cuando tenía su edad. Ahí delante, desaliñado, con gestos desafiantes y con la seguridad que le daba poder hablar del mundo bajo la protección de su paraguas.

—¿Crees que será necesario que me tenga que morir para que espabiles, o lo harás aunque yo siga por aquí? —le preguntó.

—Joder papá, siempre me preguntas lo mismo.

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La peineta del microorganismo

Miró al cielo desafiante e hizo un una “peineta” en esa dirección. Muy enfática, tensa, para que no quedara lugar a la duda. La prolongó durante varios minutos esperando a que le cayera una roca gigante en la cabeza o le diera un infarto de miocardio al instante. Un caballero de algo más de mediana edad, le estuvo observando desde la silla de una terraza de una bar, donde sus colegas hablaban sonoramente de fútbol y del mal arbitraje. La figura de ese ser desaliñado haciéndole una peineta al universo le tenía fascinado.

—¿A dónde vas? —escuchó tras de sí. Ignoró la pregunta que venía en tono de alerta desganada.

Se acercó lentamente para no parecer entrometido, pero decidido.

—Perdóneme ¿qué está haciendo? —preguntó con tono suave, queriendo normalizar la situación en lo posible.

El hombre de la “peineta” en alto, abrió un ojo, lo movió de arriba abajo, y lo volvió a cerrar.

El señor de mediana edad no se inmutó e intentó descifrar la situación mirando ese decidido dedo en alto, siguiendo la línea imaginaría que dibujaba hacia el cielo.

Súbitamente, el dueño de la peineta se deshinchó como una colchoneta de piscina pinchada; abrió sus ojos verdes y relucientes.

—Otro microorganismo curioseando sobre lo obvio —dijo abatido.

El señor de mediana edad, se giró buscando ese microorganismo del cual estaba hablando, pero no vio a ninguno.

—¿No le parece obvio lo que estaba haciendo? —le preguntó al percatarse de que ambos parecían desconcertados.

—Sí, claro —se apresuró a responder —era bastante obvio. Usted estaba haciendo una peineta al cielo.

—¿Entonces? —respondió con cierta impertinencia.

—Es usted un purista —aseveró dibujando una leve sonrisa. No iba a dejar que ese individuo pudiera escaparse tan factiblemente de tan absurda charla— Déjeme que le reformule la pregunta ¿Por qué le está haciendo una peineta al cielo?

El hombre de la peineta le devolvió la sonrisa.

—¿Tampoco le parece obvio? —le respondió.

—Oigame —se hartó— estoy intentando hacer un esfuerzo por entenderle, pero si siempre me responde con preguntas, quizá sea yo quien le regale una peineta a usted para que así pueda preguntarse por qué se la he dedicado.

—No se enfade, hombre —quiso atemperar los ánimos. Su batalla no era contra él, sino contra ellos.

—No me enfado, simplemente me ha dado curiosidad su gesto, pero, la verdad, se me ha quitado —dijo mientras se daba media vuelta y volvía con sus colegas que le miraban en la lejanía con curiosidad.

—¡Espere!

El hombre de mediana edad giró la cabeza por encima del hombro.

—Le hago una peineta a ellos. Que nos observan siempre. Que quieren que sigamos haciendo lo que hacemos. Que nos tiene esclavizados y enfrentados, y que todo eso a nosotros no nos sirve, pero a ellos, sí. Es a ellos a quien hago la peineta. Quiero que sepan que se que existen.

—¿Y quienes son ellos, los rusos, los americanos, quién? — preguntó girando todo su cuerpo y retrocediendo sobre sus pasos.

—No hombre, los rusos dice… —dijo con hastío— Ellos, los que no están observando, o ¿no se ha dado cuenta?

—¿Cuenta de qué? Y no me haga usted más preguntas que yo he venido a por respuestas.

—De que para los que nos observan nosotros somos simples microorganismos ¿no está claro?

—Pues no se que decirle.

—Con que me diga que lo entiende, me bastaría.

—Vamos a ver, antes de que piense que le falta a usted un tornillo. Me está diciendo que somos microorganismos porque “otros”, supongamos que de mucho mayor tamaño, nos observan desde ahí arriba —dijo señalando al cielo con su dedo índice.

—¡Exacto! Ve que no es tan difícil.

—¿Y de que demonios sirve exactamente hacerles una peineta ?

—¡Esa sí es la pregunta correcta! —respondió con entusiasmo — Sencillamente nos están observando para poder … —puso los ojos como platos y cayó desplomado al suelo.

—¡Jo-der! —se agachó como pudo para ayudar al señor de la peineta. Verdaderamente parecía un vagabundo en su atuendo pero su olor a perfume contrariaba toda asunción sobre su procedencia.

El hombre se había golpeado la cabeza y sangraba profusamente. Se giró y vio como sus amigos venían como si fuesen una panda de zombies borrachos.

Desafortunadamente, no pudieron hacer nada por el hombre. Los de la ambulancia les dijeron que seguramente había sido un paro cardiaco.

—¿Qué cojones estaba haciendo ese vagabundo? —le preguntó uno de los colegas.

—¿No era obvio? —le contestó.

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Sueña pequeño saltamontes

Recordaba a su abuelo contanto historias de futuro, algo que le parecía emocionante cuando era niño pero que con la perspectiva de la edad empezaba a molestarle. Ahora con las revueltas hormonas de un adolescente no entendía como su abuelo seguía hablando del futuro, de cosas increíbles que iba a llevar a cabo que ya eran imposibles cuando le debía quedar poco tiempo de vida.

—Tienes que ir a ver más al abuelo —le dijo su madre mientras desayunaban.

—Jod.. mamá —la madre le miró con signo de desaprobación— es que es un rollo. Está todo el día flipando con cosas que hará no se sabe cuando.

—Bueno, por lo menos no es un yayo carca de esos que te repiten la misma historia mil veces y que cuando les dices que ya la conoces, hacen oidos sordos y te la cuentan igualmente. Esos sí son abuelos coñazo —dijo señalándole a la cara —tu tienes la suerte de tener un abuelo que sigue en las nubes.

Hizo ver que ignoraba el comentario remojando una galleta en la leche caliente.

Saliendo del instituto un día lluvioso de otoño no le apetecía volver a casa. Sus padres se acaban de separar y entrar en el piso le producía demasiada nostalgia. Decidió ir a ver a su abuelo lunático. Se subió al autobús y le envío un WhatsApp a su madre anunciándole que iba a ver al abuelo.

El nieto llamó al interfono y el abuelo le abrió sin ni siquiera preguntar quien era. Al subir al tercer piso de ese viejo edificio sin ascensor y de escaleras irregulares, se encontró con la puerta entre abierta.

—Yayo —dijo para anunciar su llegada —¡soy yo!

—¡Ven, ven! —dijo desde la lejanía del pasillo —estoy viendo unas cosas en Internet.

El nieto dudó si ir directo o esperar, no quería ni por asomo encontrar a su abuelo viendo pornografía. Tampoco supo explicar porque él mismo se imaginaba que tal cosa pudiera suceder.

—¡Vale! ¡Voy!

El abuelo estaba reclinado sobre el teclado y a un palmo de la pantalla viendo videos de windsurf.

—¿Qué estás mirando? —preguntó retóricamente haciéndose el tonto.

—Clases de windsurf —dijo sin apartar la vista del monitor—es el deporte que voy a practicar este verano.

—Venga ya yayo, si es muy difícil y fisicamente exigente ¿cómo vas a hacer windsurf?

El abuelo paró el video, se sacó las gafas y miró a su nieto.

—¿Por qué quieres ponerme límites cuando yo mismo no lo hago?

El nieto subió los hombros como si no tuviera respuesta, cuando la tenía y le parecía obvia.

—Este veranos voy a aprender windsurf. Me iré al norte de Brasil, parece que allí a partir de junio sopla el viento todo el tiempo. Además es barato y hace una temperatura media agradable. Hay un pueblito que parece tener mucho encanto que se llama Icarai de Amontada y tiene una posada, De Praia. Allí voy a pasar el verano, navegando, bebiendo agua de coco, comiendo pescado fresco, zumos de frutas y durmiendo al aire libre en una hamaca …

—¡Basta ya yayo! No vas a ir, no vas a aprender windsurf. Eres muy mayor, no tienes fuerza para practicar ese deporte, igual que no tenías dinero para irte a Italia el año pasado para aprender a pilotar un fórmula uno. Siempre me hablas de todo lo que vas a hacer y aprender, pero nunca sales de aquí.

El abuelo se levantó. No parecía enfadado ni disgustado por el tono de su nieto. Simplemente se dirigió a la nevera de la cocina, se abrió una cerveza. Le dio un sorbo. Volvió al salón, abrió un cajón, sacó un marco de fotos y se lo puso a su nieto en las pantorrillas.

Agarró el marco, le dio la vuelta y vio una foto en blanco y negro. Un tipo apuesto y esbelto parecía estar practicando artes marciales con un grupo de orientales significativamente más menudos. El nieto no entendió que tenía que ver la foto con el windsurf y las chifladuras de su abuelo.

Se sentó en el sofá y disfrutó del desconcierto de su nieto.

—Ese de la foto soy yo —por fin dijo el viejo— fui maestro de Kung-Fu, pero pocos los saben.

—¡Cómo mola! —replicó el nieto.

—¿Cómo lo sabes? ¿Has practicado Kung-Fu alguna vez?

—No, pero me gustan las películas de artes marciales.

—Tenía una amigo —empezó el abuelo sin mas— que no se atrevió a venir conmigo a China a aprender artes marciales. Tenía una novia que estaba buenísima, un bombón. Al volver de China, años después, me confesó que se había equivocado, que tendría que haber venido conmigo a China en lugar de quedarse aquí, casarse, tener un trabajo común, hijos y acabar aburrido como un langostino en un congelador.

—Pobre …

—No, ¡qué pobre ni que leches! —el nieto se asustó— se folló cientos de veces a la mujer más hermosa que he visto en mi vida. Yo le confesé que yo me había equivocado en irme, que tendría que haberme quedado, haberle robado a su novia y ser yo quien hubiese disfrutado de los placeres del sexo con esa criatura.

—Yayo, no sé si …

—Ya tienes edad para que te gusten las mujeres, los hombres o ambos, así que no me digas que no tienes edad para estos temas que todos sabemos como está el mundo desde que hay Internet.

Bajó la cabeza y la volvió a levantar con semblante de adulto.

—Vale, pues cuéntame, ¿tu amigo se cabreó cuando le dijiste que querías follarte cientos de veces a su novia como había hecho él?

—¡Que va! —respondió el abuelo— minimizó tal hecho al igual que yo minimizaba mis capacidades de lucha. Ninguno estaba contento con su elección. Así que aprendí una lección muy valiosa, bueno creo que los dos lo hicimos.

—¿Cuál?

—No hay que dejar nunca de soñar. Da igual si sabes que no lo vas a hacer. Es lo de menos. Yo he sido más feliz oyéndote decir que te molaba que yo hubiese hecho Kung-Fu que cuando lo hice.

—No sé, me parece absurdo lo que acabas de decir …

—La adolescencia es el estado más absurdo que existe, es donde tu estás instalado, y desde ahí me dices que digo absurdidades. Los viejos no decimos absurdidades, de lo contrario no seríamos viejos.

—Joder yayo, te vengo a ver para escaparme de casa porque creo que los papas me van a volver loco, pero me parece que si me quedo aquí más rato vas a ser tu quien me vuelva loco.

El abuelo se levantó con un ligero aire de indignación.

—Yo no quiero hacer nada de lo que digo que voy a hacer, solo quiero soñarlo.

El nieto se levantó. Le dio un beso al abuelo y se fue hacia la puerta.

—Te veo mañana —escuchó decir al abuelo desde el salón antes de salir.

—¡No yayo, mañana no podré venir, tengo —dudo sobre que decir— partido de fútbol!

La puerta se cerró.

—No hace falta que vengas, yo ya sueño que vienes todos los días.

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No soportaría verte morir

—¡Carlos! —le gritó Rosa madre desde el comedor —¡la cena ya está en la mesa!

Los tres le estaban esperando, como cada día. Nadie se impacientaba pues esta rutina era lo habitual en esta familia, tan unida que los dos vástagos no se habían independizado a sus más de 40 años de edad.

Para que iban a independizarse si para Carlos hijo las mujeres sólo le interesaban como juguetes sexuales y por eso era asiduo de los Toys”R”Us para adultos. Solía defender que un puticlub que cuidaba a sus chicas era el mejor avance que jamás había presenciado la humanidad.

Para Rosa hija su novio era como una subcontrata, una externalización de las funciones de pareja. Según ella, esta situación era ideal, más barata, evitaba conflictos y facilitaba la ruptura en caso de incumplimiento de contrato. Además, nunca había sentido la llamada de la maternidad.

Así, los últimos 50 años habían transcurrido casi inalterados en la cueva familiar, un piso más que decente, con poca luz, y cuya decoración parecía no querer llamar la atención en ningún sentido y sin embargo emanaba un conservadurismo podrido y tierno a la vez. Una piso al cual no le estaba permitido ser reformado, ni modificado de ninguna forma, debía respetar su status quo al hilo de la familia, que no había variado su estructura ni costumbres en medio siglo. Y nadie en dicho núcleo familiar de nombres repetidos, dos Carlos y dos Rosas, había siquiera intentado sacar a debate la estructura familiar y sus creencias. Eran devotos absolutos de sí mismos y su creación.

—Joder mamá ¿otra vez cordero? —refunfuño Carlos hijo el ver la mesa preparada con todo el manjar.

—Anda siéntate y calla —le replicó Carlos padre.

—¿Alguien quiere vino?, tengo un Protos que lleva días desesperado en la despensa —dijo Carlos hijo mientras se dirigía en busca de su amado vino.

Empezaron a cenar. Rosa contó sus mil y una batallas del trabajo. Todos imaginaban, porque no lo sabían a ciencia cierta, que exageraba, pero como con la decoración, nadie se atrevía a cuestionar sus enredadas historias, eran parte de su encanto. Eran parte de la rutina familiar.

Carlos padre hacía tiempo que era un mero espectador, con achaques por todos lados, parecía no atreverse a abrir la boca, no fuese que la vida se le escapara por ella en cualquier despiste. Comía como el que tiene miedo a atragantarse con el hueso de una oliva.

Su descendiente solo interrumpía para hacer alguna broma, no era dado a contar sus cosas. No le interesaba nada de lo que le contaban los demás en general, pero era capaz de mantener pose de atención durante mucho rato sin que se le notara la dispersión mental. Sus bromas eran un mecanismo perfecto para no sufrir un ataque epiléptico debido a la parálisis mental que debía auto inflingirse para aguantar en situaciones sociales.

Rosa madre, a la que a veces se le escapaba abrir la boca mientras comía, asentía, se levantaba, servía más comida mientras escuchaba con atención a su hija y miraba de reojo a su marido por si en algún momento debía hacerle el boca a boca o un masaje torácico.

—Ahora que hablas de tu jefe —interrumpió Rosa madre a la hija —Se ha muerto Alejandro el hijo de María Dolores y Mariano —dijo con cierta tristeza.

—No jodas —dijo Carlos hijo mientras el padre le miraba y le asentía —si era un chaval, creo que más joven que nosotros.

—Cuarenta y dos años tenía la criatura —dijo la madre como si hablara de un espécimen sacado del diario que escribió Charles Darwin en el Beagle entre 1831 y 1836.

El silencio se apoderó de la mesa. No era raro, la hora de la cena siempre contaba con alguna referencia trágica: alguna muerte o alguna enfermedad grave, ya fuese de alguien cercano o de algún famoso de la televisión.

—Yo no lo podría soportar —dijo Carlos padre.

Todos levantaron la vista en señal de alarma. Era demasiado evidente que esa familia esperaba que el padre decidiera morirse a la hora de cenar.

—Enterrar a un hijo no lo podría soportar —repitió bajo el alivio del resto de comensales.

—Yo tampoco —concordó la madre —debe ser terrible, terrible.

—Bueno enterrar a un padre tampoco debe ser nada agradable, la verdad —dijo Carlos.

—No es lo mismo, hijo — le replicó el padre —Yo he enterrado a mis padres, y fue muy triste, pero a ti no te he enterrado y sólo de pensarlo me pongo mucho más triste de lo que lo estuve al enterrar a mis padres. Infinitamente mas. Así que imagínate.

—Bueno, pues me alegro de no haber tenido descendencia. Sólo falta que además de tener que limpiarles el culo todos los días durante años, se les ocurra morirse antes que a ti y te jodan la existencia.

—Joder, pero que bruto eres —le replicó su hermana con evidentes signos de desaprobación.

—Será que tu piensas muy distinto, ¿dónde están tus hijos? ¿hoy no cenan?

—Mamá, dile algo a este imbécil o le voy a tirar la botella de Protos por la cabeza.

—No me toques los Protos …

—Hijos, nos tenéis que prometer que os vais a cuidar —dijo el padre más en tono de súplica que de orden.

—Pero papá, no me jodas —dijo Carlos soltando la servilleta encima de la mesa —¿Cómo cojones quieres que te prometa algo así? Aún me estoy recuperando la rodilla del accidente de moto, causado por un gilipollas, y quieres que yo te prometa algo tan gordo.

—Es una forma de hablar hijo … —Intentó decir la madre.

—Que forma de hablar ni que narices. ¿De que ha muerto Alejandro?

—Un infarto fulminante —respondió el padre.

—¿Fumaba?, ¿estaba gordo?, ¿no hacía deporte?

—No, no, al contrario, Alejandrito era un deportista nato, no fumaba ni bebía, muy responsable —atajó la madre.

—Pues eso, es imposible que os prometa algo así. Antes te puedo prometer que, yo que sé, por decir una idiotez, que te mataría antes de dejarte que me vieras morir. Eso sí es posible prometerlo, es una jodida aberración, pero es material de promesa.

—¿Serías capaz de prometerme algo así? —dijo el padre.

—No —dijo sacando toda la chulería que la naturaleza le había dado y que no era poca —no te lo prometería, es que ahora mismo te prometo que si me pides que te mate antes de verme morir, te lo prometo.

El padre anotó la promesa.

Pasaron tres meses. La vida pareció continuar como siempre, mismas rutinas repetidas casi milimétricamente. Los miércoles los padres seguían cenando solos, Rosa hija dormía con su novio, y Carlos tenía visita al Toys”R”Us.

Sin embargo, la tos creciente de Carlos hijo junto con su palidez y repentina delgadez iba alterando las rutinas de forma tan minúscula pero constante que nadie se percató de nada. No se les podía culpar, Carlos hijo siempre había sido hermético como una cámara acorazada.

—¡Carlos! —le gritó Rosa madre desde el comedor —¡la cena ya está en la mesa!

Llegó apesadumbrado y a paso lento. Apoyó su mano en el respaldo de la silla de Carlos padre. No era dado al teatro, así que en cuanto vio cara de expectativa lo soltó sin vacilar.

—Tengo cáncer de pulmón, con metástasis. Los médicos creen que en el mejor de los casos me quedan tres meses de vida.

El padre hizo gesto de levantarse; Carlos le frenó apoyando su enorme mano en el hombro de Carlos padre.

Empezaron a comer en silencio, sin cruzar miradas, cada uno ensimismado en sus pensamientos y pendientes de ver quien iba a romper la baraja.

—Hijo …

—No papá, no digas nada.

—No lo voy a soportar, no te voy a enterrar —dijo Carlos padre con tanta severidad que dejó de ser ese hombre silencioso y expectante a que la muerte le viniera a buscar. Ahora ya sabía que la mayor desgracia, que era ver a uno de sus hijos morir, se le iba a plantar delante de los morros para burlarse de él.

—No sé que decirte, la verdad, el enfermo soy yo, así que no esperes de mi compresión ante tu incapacidad de no poder soportarlo, ahora estoy muy centrado en intentar soportarlo yo.

—Ya lo sé hijo, por eso quiero que me ayudes a quitarme la vida.

Rosa hija levantó la vista con perplejidad.

—¿Pero es que te has vuelto loco? —soltó a modo de reprimenda y buscando la complicidad de su madre; no la obtuvo y se quedó muda y hueca por dentro.

Carlos hijo suspiró. Revolvió la comida del plato y se empezó a reír descosidamente.

—Pero qué hijo de la gran puta —dijo con desahogo.

—No insultes así a tu padre. Además —empezó a decir mientras posaba su mano sobre la de su marido —yo también quiero morirme antes que tu.

Volvió el silencio. Todos recordaban la promesa que tan alegremente había hecho Carlos hijo a su padre.

Carlos padre por fin levantó la vista para mirar a su hijo.

—Ya, ya se por donde vas —dijo Carlos hijo con hastío— Ya sé que te lo prometí.

—No sé ni por qué estamos hablando de esto, es ridículo —interrumpió Rosa hija. Estás hablando como si lo aceptaras y lo fueras a hacer.

—Por qué es evidente que yo por los papás hago cualquier cosa, siempre lo he hecho ¿por qué te crees que sigo en esta casa?

—¿Por qué eres un caradura? —le respondió su hermana.

—Mira quien fue a hablar.

—¡Basta! ya buscaremos una solución para nuestro problema —dijo mirando a su esposa y recibiendo su aprobación inmediata.

—Perfecto, claro que sí, ya buscareis una solución ¿cómo cual? —preguntó el hijo.

—Y sigues —replicó la hermana —que aquí nadie va a morir cuando no le toque y nadie va a matar a nadie ni nadie se va a suicidar. Lo que hay que hacer es buscar una solución para la enfermedad de Carlos.

—Siempre en el país de las maravillas ¡qué lo mío no tiene solución!

—Esto es muy sencillo, buscamos un veneno que deje poco rastro, nos los ponéis a tu padre y a mi en una cena de forma aleatoria, y ya está …

Rosa se levantó de la mesa bruscamente y se fue hacia al recibidor. La madre fue tras ella. Se la encontró poniéndose el abrigo y la bufanda.

—¿Pero a dónde vas con el frío que hace?

La miró secamente, abrió la puerta y bajó las escaleras a toda velocidad.

Volvió a la mesa, donde sus dos Carlos estaban en silencio.

—Ya volverá —dijo el padre con calma.

Pero nunca volvió. Veinte personas morían en esa ciudad atropelladas al año. Una estadística que se había mantenido constante los últimos tres años. Rosa pasó a figurar entre una de ellas. Una noche fría, una calle oscura y un conductor algo despistado habían sido suficientes para arrancarle la vida.

En el tanatorio los padres parecían un puré. Descompuestos eran incapaces de articular dos palabras seguidas antes las numerosas visitas. Carlos permanecía en un rincón, sereno, atónito sin dar crédito a lo que estaba sucediendo. Ver a sus padres destrozados le producía aún más tristeza que la muerte de su querida hermana. Se dio cuenta de que él podía soportar sus muertes. Y lo tuvo claro, sus padres no iban a vivir otra situación igual en pocas semanas.

Compró por Internet unas sustancias inofensivas por si solas pero que mezcladas de determinada manera era letales. Prefirió no decirles nada a sus padres. En pocas semanas toda la familia se habría evaporado.

Salió de la ducha. Sólo necesitaba que llegaran los productos y poner en marcha su plan. Notó un fuerte pinchazo en la espalda, intento apoyar el pie fuera de la bañera pero el otro le patinó detrás suyo. Cayó con tan mala fortuna que se desnucó.

En el tanatorio los padres parecían dos estatuas de hielo. Incapaces de activar sus emociones, sufrían un completo colapso emocional. Tan sólo asentían, rara vez parpadeaban, los llantos eran inexpresivos, sus lagrimas caían por su cara como si fuese muñecos de cera sin expresión alguna. Los murmullos de la gente venían amplificados. Ambos estaban seguros que se iban a morir ahí mismo, en el tanatorio, que Dios no sería tan malvado de dejarles volver a ese piso atrapado en el tiempo.

Pero pasaron los días y ellos seguían vivos. Atrapados en su cueva. Sus cenas eran insufribles.

Llegó un paquete a nombre de Carlos hijo. La madre casi desmaya delante del repartidor al recibirlo. Lo dejó en la cama de su hijo pero la curiosidad le pudo y lo abrió. Eran unos pequeños botes de vidrio con lo que parecían ser especies para sazonar comida. Durante la cena Rosa le mostró lo que había llegado para Carlos.

—Serían hiervas paliativas —dijo el padre.

Así que la madre la empezó a utilizar para darle más sabor a sus cenas. Pensó que si eran paliativas igual ayudaban a quitarles la tristeza. Además, le parecía acertado utilizarlas, se sentía más cerca de su desparecido hijo. Nunca las llegó a combinar de forma letal, pero sí con la suficiente virulencia para que ambos sufrieran fallos neurológicos severos que si bien no interferían con su capacidad intelectual, sí lo hacían con su capacidad motriz.

Terminaron ingresados en una residencia especial para personas con sus problemas severos de movilidad y de comunicación. En plantas del centro dispares y sin capacidad de poder verse nunca más.

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La última aceituna

Se reunieron en la terraza de un pequeño bar en Barcelona. Ubicado cerca de la Catedral del Mar pero lo suficientemente escondido para que nos estuviera atestado de turistas. Lo regentaba Manolo, un hombre malhumorado, bajito, fibroso y con una breve pero rotunda voz. Le conocían de toda la vida y a pesar de haber crecido y haberse hecho hombres, se seguían sintiendo intimidados por su punzante sombra.

Solían pedirse siempre lo mismo, unas cañas, berberechos que Manolo aliñaba de forma magistral, y unas aceitunas maceradas al ajo que eran únicas, ya no sólo en el barrio, sino en toda la ciudad. Continúa leyendo La última aceituna

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Marihuana love

Se enamoró de ella nada mas verla. No era especialmente atractiva físicamente pero su destreza con las manos para liar un canuto no podían pasar desapercibidas para un buen entendedor; él lo era.

Se le acercó amistosamente y le preguntó si no le importaría compartir esa obra de arte.

—Me daría igual que hubieses liado un trozo de mierda dentro de este papel de fumar. Verte hacerlo ha sido tan placentero que me muero de ganas de darle una calada. Continúa leyendo Marihuana love

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El residuo del genio

Le citó en la cafetería de la esquina. Ese cuchitril que siempre había regentado José y que ahora lo llevaban una pareja de origen oriental a los que apenas se les entendía y que, en ocasiones, parecían estar mas cascados que el mobiliario y maquinaria industrial de una cafetería que no se había renovado en más de 30 años, los 30 años que José había mimado tanto a su clientela y tan poco a su local.

Le estaba esperando con un cortado. Era adicto al café a pesar de que el médico le había advertido que su problema de extrasístoles cardíacas venía dado por su ingesta compulsiva. Le daba igual, porque asumía que todo, absolutamente todo, generaba residuos. Y en dicha convicción se asentaba su tranquilidad de que el café no era una excepción y, por lo tanto, sus extrasístoles eran más que bienvenidas. Continúa leyendo El residuo del genio

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Doctor, no sé quien soy II

Simplemente no lo vio venir. Para cuando se dio cuenta, el impacto era físicamente inevitable. Por suerte tuvo tiempo de girar el volante de forma instintiva y el impacto fue menos frontal. Igualmente, el golpe fue contundente; casi catastrófico.

No creía haberse fijado nunca tanto en el techo de su coche, pero al verlo como un acordeón, dedujo que algo grave le había pasado.

No podía moverse, de hecho, no creía ni ser capaz de mover lo ojos de lado a lado o arriba y abajo. Se había convertido en un témpano de hielo. Continúa leyendo Doctor, no sé quien soy II

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Empezó a sacar fotos en un pueblo de pescadores, y pasó esto … 

Decidió ir a Icaraí de Amontada después de un duro divorcio. Su socio le había asegurado que el lugar era un paraíso.

—Pero Brasil es peligroso ¿no? —le había preguntado bajo un manto de cobardía de quien tiene que cambiar de hábitos de forma repentina.

—El mayor peligro que tiene Icaraí es que no quieras irte jamás.

Así que agarró su equipo fotográfico y se subió al primer avión que pudo rumbo a Fortaleza. Al llegar, un amable taxista le llevó durante tres horas por una carretera irregular hasta este pequeño pueblo de pescadores en el estado de Ceará, donde el mosquito Zika sólo pica a los turistas impertinentes.

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El sicario y el abogado

Le llegó el encargo como siempre, un sobre marrón de burbujitas con una carta que parecía haber sido redactada por un niño de ocho años, una generosa suma de dinero en billetes de 50 euros y tres fotos del sujeto —una de cada perfil y una frontal —sacada con un teleobjetivo.

Silbó al contar los veinte mil euros.

—Debe ser un pez gordo —se dijo.

Tenía, como casi siempre, una semana para rechazar el encargo y devolver la pasta sin mediar explicación. Pero los que trabajaban en el ramo sabían que si el sujeto era mayor de edad él difícilmente declinaba. Leyó la carta con atención. El trabajo involucraba fulminar a un tipo que trabajaba en un bufete de abogados. El objetivo tenía mucha vida social, estaba recién casado, sin hijos y tenía un amante masculino.

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“El plagio del robot”

Llevaba toda una vida queriendo escribir un libro. Tenía varios manuscritos, casi terminados, que nunca llegó a finalizar por miedo al fracaso. Su difunta mujer le instaba, con cariño, a que terminara alguno y lo presentara a alguna editorial.

—Aunque sólo sea a modo de ejercicio —le insistía.

Pero cuanto más se le insistía a escribir, menos fuerzas encontraba para seguir adelante con sus textos. Y como le sucede a muchos ciudadanos cuando, en un aeropuerto, coinciden con sus compatriotas nacionales y les oyen hablar entre ellos a los gritos, sentía vergüenza ajena de sus inacabadas obras.

—¿Esto es lo que tengo en la cabeza? ¿Esto es lo mejor que me puede salir de mis adentros? ¿Cómo puedo tenerme en tanta estima en privado? —se preguntaba para acabar concluyendo —Por eso no tengo autoestima, porque mi verdadero yo, no es el que vive en privado y recluido, mi verdadero potencial es el que demuestro fuera, y ahí ¿qué cojones he demostrado? ¡Nada! —se flagelaba en un bucle que se repetía cada cierto tiempo.

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Cita a ciegas

Llegó temprano, maqueado, guapo. Ella llegó tarde, era un cardo.

—Ya sé que soy fea —le dijo sin tapujos—y tu en cambio no estás nada mal, si te quieres ir lo entenderé.

Negó con la cabeza. No debió hacerlo porque se quería ir.

—Supongo que no te vas, entonces. Dios sabrá qué extraña curiosidad debes tener en conocerme o peor aún de que clase de personalidad adoleces que no te atreves a decirme a la cara que te quieres ir. Me da igual, me conformo con estar un rato contigo.

Se puso a reír. Era tan directa que se le antojaba molesta y atractiva a la vez. “Fea pero con carácter”, pensó.

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Ya no tengo ideas propias

El otro día tuve que hacer un trámite a la ciudad de Granollers. Este tipo de trámites donde debo ir físicamente a algún lado me suelen molestar porque estoy acostumbrado a resolver todo por Internet. Un cambio de nombre de un vehículo, para ser concreto. Al salir de la gestora tuve que ir a hacer unas compras triviales, chorradas esencialmente, con la mala fortuna y mi despiste que me dejé los papeles en alguno de los comercios. Me di cuenta al llegar al garage donde tenía estacionado el coche. Allí, no sé cómo, el ticket que llevaba en mi mano y el cual acababa de pagar, se evaporó. No sé donde fue a parar. Retrocedí 20 metros hasta la máquina de pagos, miré debajo de todos los coches, recorrí el suelo con la mirada. Simplemente se había volatilizado. Así que me acerqué a la ventanilla de la oficina.

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El hombre irritante

Era introvertido. En situaciones sociales aparentaba más timidez de la que atesoraba, hasta que escuchaba en alguna conversación algún comentario categórico y absoluto. Entonces, ahí soltaba a la bestia, un animal extremadamente racional, tanto o tan poco, que no tenía en cuenta su lado más animal y por eso irritaba. Su contenido quedaba engullido por su tono.

—Hay demasiados inmigrantes, deberíamos empezar a echar a algunos porque se aprovechan del sistema, y ¡ya está bien! —dijo un tipo melenudo y barbudo que parecía un vikingo. Su audiencia asintió reafirmando el comentario. Sin duda era un macho alfa.

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