No soportaría verte morir

—¡Carlos! —le gritó Rosa madre desde el comedor —¡la cena ya está en la mesa!

Los tres le estaban esperando, como cada día. Nadie se impacientaba pues esta rutina era lo habitual en esta familia, tan unida que los dos vástagos no se habían independizado a sus más de 40 años de edad.

Para que iban a independizarse si para Carlos hijo las mujeres sólo le interesaban como juguetes sexuales y por eso era asiduo de los Toys”R”Us para adultos. Solía defender que un puticlub que cuidaba a sus chicas era el mejor avance que jamás había presenciado la humanidad.

Para Rosa hija su novio era como una subcontrata, una externalización de las funciones de pareja. Según ella, esta situación era ideal, más barata, evitaba conflictos y facilitaba la ruptura en caso de incumplimiento de contrato. Además, nunca había sentido la llamada de la maternidad.

Así, los últimos 50 años habían transcurrido casi inalterados en la cueva familiar, un piso más que decente, con poca luz, y cuya decoración parecía no querer llamar la atención en ningún sentido y sin embargo emanaba un conservadurismo podrido y tierno a la vez. Una piso al cual no le estaba permitido ser reformado, ni modificado de ninguna forma, debía respetar su status quo al hilo de la familia, que no había variado su estructura ni costumbres en medio siglo. Y nadie en dicho núcleo familiar de nombres repetidos, dos Carlos y dos Rosas, había siquiera intentado sacar a debate la estructura familiar y sus creencias. Eran devotos absolutos de sí mismos y su creación.

—Joder mamá ¿otra vez cordero? —refunfuño Carlos hijo el ver la mesa preparada con todo el manjar.

—Anda siéntate y calla —le replicó Carlos padre.

—¿Alguien quiere vino?, tengo un Protos que lleva días desesperado en la despensa —dijo Carlos hijo mientras se dirigía en busca de su amado vino.

Empezaron a cenar. Rosa contó sus mil y una batallas del trabajo. Todos imaginaban, porque no lo sabían a ciencia cierta, que exageraba, pero como con la decoración, nadie se atrevía a cuestionar sus enredadas historias, eran parte de su encanto. Eran parte de la rutina familiar.

Carlos padre hacía tiempo que era un mero espectador, con achaques por todos lados, parecía no atreverse a abrir la boca, no fuese que la vida se le escapara por ella en cualquier despiste. Comía como el que tiene miedo a atragantarse con el hueso de una oliva.

Su descendiente solo interrumpía para hacer alguna broma, no era dado a contar sus cosas. No le interesaba nada de lo que le contaban los demás en general, pero era capaz de mantener pose de atención durante mucho rato sin que se le notara la dispersión mental. Sus bromas eran un mecanismo perfecto para no sufrir un ataque epiléptico debido a la parálisis mental que debía auto inflingirse para aguantar en situaciones sociales.

Rosa madre, a la que a veces se le escapaba abrir la boca mientras comía, asentía, se levantaba, servía más comida mientras escuchaba con atención a su hija y miraba de reojo a su marido por si en algún momento debía hacerle el boca a boca o un masaje torácico.

—Ahora que hablas de tu jefe —interrumpió Rosa madre a la hija —Se ha muerto Alejandro el hijo de María Dolores y Mariano —dijo con cierta tristeza.

—No jodas —dijo Carlos hijo mientras el padre le miraba y le asentía —si era un chaval, creo que más joven que nosotros.

—Cuarenta y dos años tenía la criatura —dijo la madre como si hablara de un espécimen sacado del diario que escribió Charles Darwin en el Beagle entre 1831 y 1836.

El silencio se apoderó de la mesa. No era raro, la hora de la cena siempre contaba con alguna referencia trágica: alguna muerte o alguna enfermedad grave, ya fuese de alguien cercano o de algún famoso de la televisión.

—Yo no lo podría soportar —dijo Carlos padre.

Todos levantaron la vista en señal de alarma. Era demasiado evidente que esa familia esperaba que el padre decidiera morirse a la hora de cenar.

—Enterrar a un hijo no lo podría soportar —repitió bajo el alivio del resto de comensales.

—Yo tampoco —concordó la madre —debe ser terrible, terrible.

—Bueno enterrar a un padre tampoco debe ser nada agradable, la verdad —dijo Carlos.

—No es lo mismo, hijo — le replicó el padre —Yo he enterrado a mis padres, y fue muy triste, pero a ti no te he enterrado y sólo de pensarlo me pongo mucho más triste de lo que lo estuve al enterrar a mis padres. Infinitamente mas. Así que imagínate.

—Bueno, pues me alegro de no haber tenido descendencia. Sólo falta que además de tener que limpiarles el culo todos los días durante años, se les ocurra morirse antes que a ti y te jodan la existencia.

—Joder, pero que bruto eres —le replicó su hermana con evidentes signos de desaprobación.

—Será que tu piensas muy distinto, ¿dónde están tus hijos? ¿hoy no cenan?

—Mamá, dile algo a este imbécil o le voy a tirar la botella de Protos por la cabeza.

—No me toques los Protos …

—Hijos, nos tenéis que prometer que os vais a cuidar —dijo el padre más en tono de súplica que de orden.

—Pero papá, no me jodas —dijo Carlos soltando la servilleta encima de la mesa —¿Cómo cojones quieres que te prometa algo así? Aún me estoy recuperando la rodilla del accidente de moto, causado por un gilipollas, y quieres que yo te prometa algo tan gordo.

—Es una forma de hablar hijo … —Intentó decir la madre.

—Que forma de hablar ni que narices. ¿De que ha muerto Alejandro?

—Un infarto fulminante —respondió el padre.

—¿Fumaba?, ¿estaba gordo?, ¿no hacía deporte?

—No, no, al contrario, Alejandrito era un deportista nato, no fumaba ni bebía, muy responsable —atajó la madre.

—Pues eso, es imposible que os prometa algo así. Antes te puedo prometer que, yo que sé, por decir una idiotez, que te mataría antes de dejarte que me vieras morir. Eso sí es posible prometerlo, es una jodida aberración, pero es material de promesa.

—¿Serías capaz de prometerme algo así? —dijo el padre.

—No —dijo sacando toda la chulería que la naturaleza le había dado y que no era poca —no te lo prometería, es que ahora mismo te prometo que si me pides que te mate antes de verme morir, te lo prometo.

El padre anotó la promesa.

Pasaron tres meses. La vida pareció continuar como siempre, mismas rutinas repetidas casi milimétricamente. Los miércoles los padres seguían cenando solos, Rosa hija dormía con su novio, y Carlos tenía visita al Toys”R”Us.

Sin embargo, la tos creciente de Carlos hijo junto con su palidez y repentina delgadez iba alterando las rutinas de forma tan minúscula pero constante que nadie se percató de nada. No se les podía culpar, Carlos hijo siempre había sido hermético como una cámara acorazada.

—¡Carlos! —le gritó Rosa madre desde el comedor —¡la cena ya está en la mesa!

Llegó apesadumbrado y a paso lento. Apoyó su mano en el respaldo de la silla de Carlos padre. No era dado al teatro, así que en cuanto vio cara de expectativa lo soltó sin vacilar.

—Tengo cáncer de pulmón, con metástasis. Los médicos creen que en el mejor de los casos me quedan tres meses de vida.

El padre hizo gesto de levantarse; Carlos le frenó apoyando su enorme mano en el hombro de Carlos padre.

Empezaron a comer en silencio, sin cruzar miradas, cada uno ensimismado en sus pensamientos y pendientes de ver quien iba a romper la baraja.

—Hijo …

—No papá, no digas nada.

—No lo voy a soportar, no te voy a enterrar —dijo Carlos padre con tanta severidad que dejó de ser ese hombre silencioso y expectante a que la muerte le viniera a buscar. Ahora ya sabía que la mayor desgracia, que era ver a uno de sus hijos morir, se le iba a plantar delante de los morros para burlarse de él.

—No sé que decirte, la verdad, el enfermo soy yo, así que no esperes de mi compresión ante tu incapacidad de no poder soportarlo, ahora estoy muy centrado en intentar soportarlo yo.

—Ya lo sé hijo, por eso quiero que me ayudes a quitarme la vida.

Rosa hija levantó la vista con perplejidad.

—¿Pero es que te has vuelto loco? —soltó a modo de reprimenda y buscando la complicidad de su madre; no la obtuvo y se quedó muda y hueca por dentro.

Carlos hijo suspiró. Revolvió la comida del plato y se empezó a reír descosidamente.

—Pero qué hijo de la gran puta —dijo con desahogo.

—No insultes así a tu padre. Además —empezó a decir mientras posaba su mano sobre la de su marido —yo también quiero morirme antes que tu.

Volvió el silencio. Todos recordaban la promesa que tan alegremente había hecho Carlos hijo a su padre.

Carlos padre por fin levantó la vista para mirar a su hijo.

—Ya, ya se por donde vas —dijo Carlos hijo con hastío— Ya sé que te lo prometí.

—No sé ni por qué estamos hablando de esto, es ridículo —interrumpió Rosa hija. Estás hablando como si lo aceptaras y lo fueras a hacer.

—Por qué es evidente que yo por los papás hago cualquier cosa, siempre lo he hecho ¿por qué te crees que sigo en esta casa?

—¿Por qué eres un caradura? —le respondió su hermana.

—Mira quien fue a hablar.

—¡Basta! ya buscaremos una solución para nuestro problema —dijo mirando a su esposa y recibiendo su aprobación inmediata.

—Perfecto, claro que sí, ya buscareis una solución ¿cómo cual? —preguntó el hijo.

—Y sigues —replicó la hermana —que aquí nadie va a morir cuando no le toque y nadie va a matar a nadie ni nadie se va a suicidar. Lo que hay que hacer es buscar una solución para la enfermedad de Carlos.

—Siempre en el país de las maravillas ¡qué lo mío no tiene solución!

—Esto es muy sencillo, buscamos un veneno que deje poco rastro, nos los ponéis a tu padre y a mi en una cena de forma aleatoria, y ya está …

Rosa se levantó de la mesa bruscamente y se fue hacia al recibidor. La madre fue tras ella. Se la encontró poniéndose el abrigo y la bufanda.

—¿Pero a dónde vas con el frío que hace?

La miró secamente, abrió la puerta y bajó las escaleras a toda velocidad.

Volvió a la mesa, donde sus dos Carlos estaban en silencio.

—Ya volverá —dijo el padre con calma.

Pero nunca volvió. Veinte personas morían en esa ciudad atropelladas al año. Una estadística que se había mantenido constante los últimos tres años. Rosa pasó a figurar entre una de ellas. Una noche fría, una calle oscura y un conductor algo despistado habían sido suficientes para arrancarle la vida.

En el tanatorio los padres parecían un puré. Descompuestos eran incapaces de articular dos palabras seguidas antes las numerosas visitas. Carlos permanecía en un rincón, sereno, atónito sin dar crédito a lo que estaba sucediendo. Ver a sus padres destrozados le producía aún más tristeza que la muerte de su querida hermana. Se dio cuenta de que él podía soportar sus muertes. Y lo tuvo claro, sus padres no iban a vivir otra situación igual en pocas semanas.

Compró por Internet unas sustancias inofensivas por si solas pero que mezcladas de determinada manera era letales. Prefirió no decirles nada a sus padres. En pocas semanas toda la familia se habría evaporado.

Salió de la ducha. Sólo necesitaba que llegaran los productos y poner en marcha su plan. Notó un fuerte pinchazo en la espalda, intento apoyar el pie fuera de la bañera pero el otro le patinó detrás suyo. Cayó con tan mala fortuna que se desnucó.

En el tanatorio los padres parecían dos estatuas de hielo. Incapaces de activar sus emociones, sufrían un completo colapso emocional. Tan sólo asentían, rara vez parpadeaban, los llantos eran inexpresivos, sus lagrimas caían por su cara como si fuese muñecos de cera sin expresión alguna. Los murmullos de la gente venían amplificados. Ambos estaban seguros que se iban a morir ahí mismo, en el tanatorio, que Dios no sería tan malvado de dejarles volver a ese piso atrapado en el tiempo.

Pero pasaron los días y ellos seguían vivos. Atrapados en su cueva. Sus cenas eran insufribles.

Llegó un paquete a nombre de Carlos hijo. La madre casi desmaya delante del repartidor al recibirlo. Lo dejó en la cama de su hijo pero la curiosidad le pudo y lo abrió. Eran unos pequeños botes de vidrio con lo que parecían ser especies para sazonar comida. Durante la cena Rosa le mostró lo que había llegado para Carlos.

—Serían hiervas paliativas —dijo el padre.

Así que la madre la empezó a utilizar para darle más sabor a sus cenas. Pensó que si eran paliativas igual ayudaban a quitarles la tristeza. Además, le parecía acertado utilizarlas, se sentía más cerca de su desparecido hijo. Nunca las llegó a combinar de forma letal, pero sí con la suficiente virulencia para que ambos sufrieran fallos neurológicos severos que si bien no interferían con su capacidad intelectual, sí lo hacían con su capacidad motriz.

Terminaron ingresados en una residencia especial para personas con sus problemas severos de movilidad y de comunicación. En plantas del centro dispares y sin capacidad de poder verse nunca más.

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La última aceituna

Se reunieron en la terraza de un pequeño bar en Barcelona. Ubicado cerca de la Catedral del Mar pero lo suficientemente escondido para que nos estuviera atestado de turistas. Lo regentaba Manolo, un hombre malhumorado, bajito, fibroso y con una breve pero rotunda voz. Le conocían de toda la vida y a pesar de haber crecido y haberse hecho hombres, se seguían sintiendo intimidados por su punzante sombra.

Solían pedirse siempre lo mismo, unas cañas, berberechos que Manolo aliñaba de forma magistral, y unas aceitunas maceradas al ajo que eran únicas, ya no sólo en el barrio, sino en toda la ciudad. Continúa leyendo La última aceituna

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Marihuana love

Se enamoró de ella nada mas verla. No era especialmente atractiva físicamente pero su destreza con las manos para liar un canuto no podían pasar desapercibidas para un buen entendedor; él lo era.

Se le acercó amistosamente y le preguntó si no le importaría compartir esa obra de arte.

—Me daría igual que hubieses liado un trozo de mierda dentro de este papel de fumar. Verte hacerlo ha sido tan placentero que me muero de ganas de darle una calada. Continúa leyendo Marihuana love

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El residuo del genio

Le citó en la cafetería de la esquina. Ese cuchitril que siempre había regentado José y que ahora lo llevaban una pareja de origen oriental a los que apenas se les entendía y que, en ocasiones, parecían estar mas cascados que el mobiliario y maquinaria industrial de una cafetería que no se había renovado en más de 30 años, los 30 años que José había mimado tanto a su clientela y tan poco a su local.

Le estaba esperando con un cortado. Era adicto al café a pesar de que el médico le había advertido que su problema de extrasístoles cardíacas venía dado por su ingesta compulsiva. Le daba igual, porque asumía que todo, absolutamente todo, generaba residuos. Y en dicha convicción se asentaba su tranquilidad de que el café no era una excepción y, por lo tanto, sus extrasístoles eran más que bienvenidas. Continúa leyendo El residuo del genio

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Doctor, no sé quien soy II

Simplemente no lo vio venir. Para cuando se dio cuenta, el impacto era físicamente inevitable. Por suerte tuvo tiempo de girar el volante de forma instintiva y el impacto fue menos frontal. Igualmente, el golpe fue contundente; casi catastrófico.

No creía haberse fijado nunca tanto en el techo de su coche, pero al verlo como un acordeón, dedujo que algo grave le había pasado.

No podía moverse, de hecho, no creía ni ser capaz de mover lo ojos de lado a lado o arriba y abajo. Se había convertido en un témpano de hielo. Continúa leyendo Doctor, no sé quien soy II

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Empezó a sacar fotos en un pueblo de pescadores, y pasó esto … 

Decidió ir a Icaraí de Amontada después de un duro divorcio. Su socio le había asegurado que el lugar era un paraíso.

—Pero Brasil es peligroso ¿no? —le había preguntado bajo un manto de cobardía de quien tiene que cambiar de hábitos de forma repentina.

—El mayor peligro que tiene Icaraí es que no quieras irte jamás.

Así que agarró su equipo fotográfico y se subió al primer avión que pudo rumbo a Fortaleza. Al llegar un amable taxista le llevó durantes tres horas por una carretera irregular hasta este pequeño pueblo de pescadores en el estado de Ceará, donde el mosquito Zika sólo pica a los turistas impertinentes.

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El sicario y el abogado

Le llegó el encargo como siempre, un sobre marrón de burbujitas con una carta que parecía haber sido redactada por un niño de ocho años, una generosa suma de dinero en billetes de 50 euros y tres fotos del sujeto —una de cada perfil y una frontal —sacada con un teleobjetivo.

Silbó al contar los veinte mil euros.

—Debe ser un pez gordo —se dijo.

Tenía, como casi siempre, una semana para rechazar el encargo y devolver la pasta sin mediar explicación. Pero los que trabajaban en el ramo sabían que si el sujeto era mayor de edad él difícilmente declinaba. Leyó la carta con atención. El trabajo involucraba fulminar a un tipo que trabajaba en un bufete de abogados. El objetivo tenía mucha vida social, estaba recién casado, sin hijos y tenía un amante masculino.

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“El plagio del robot”

Llevaba toda una vida queriendo escribir un libro. Tenía varios manuscritos, casi terminados, que nunca llegó a finalizar por miedo al fracaso. Su difunta mujer le instaba, con cariño, a que terminara alguno y lo presentara a alguna editorial.

—Aunque sólo sea a modo de ejercicio —le insistía.

Pero cuanto más se le insistía a escribir, menos fuerzas encontraba para seguir adelante con sus textos. Y como le sucede a muchos ciudadanos cuando, en un aeropuerto, coinciden con sus compatriotas nacionales y les oyen hablar entre ellos a los gritos, sentía vergüenza ajena de sus inacabadas obras.

—¿Esto es lo que tengo en la cabeza? ¿Esto es lo mejor que me puede salir de mis adentros? ¿Cómo puedo tenerme en tanta estima en privado? —se preguntaba para acabar concluyendo —Por eso no tengo autoestima, porque mi verdadero yo, no es el que vive en privado y recluido, mi verdadero potencial es el que demuestro fuera, y ahí ¿qué cojones he demostrado? ¡Nada! —se flagelaba en un bucle que se repetía cada cierto tiempo.

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Cita a ciegas

Llegó temprano, maqueado, guapo. Ella llegó tarde, era un cardo.

—Ya sé que soy fea —le dijo sin tapujos—y tu en cambio no estás nada mal, si te quieres ir lo entenderé.

Negó con la cabeza. No debió hacerlo porque se quería ir.

—Supongo que no te vas, entonces. Dios sabrá qué extraña curiosidad debes tener en conocerme o peor aún de que clase de personalidad adoleces que no te atreves a decirme a la cara que te quieres ir. Me da igual, me conformo con estar un rato contigo.

Se puso a reír. Era tan directa que se le antojaba molesta y atractiva a la vez. “Fea pero con carácter”, pensó.

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Ya no tengo ideas propias

El otro día tuve que hacer un trámite a la ciudad de Granollers. Este tipo de trámites donde debo ir físicamente a algún lado me suelen molestar porque estoy acostumbrado a resolver todo por Internet. Un cambio de nombre de un vehículo, para ser concreto. Al salir de la gestora tuve que ir a hacer unas compras triviales, chorradas esencialmente, con la mala fortuna y mi despiste que me dejé los papeles en alguno de los comercios. Me di cuenta al llegar al garage donde tenía estacionado el coche. Allí, no sé cómo, el ticket que llevaba en mi mano y el cual acababa de pagar, se evaporó. No sé donde fue a parar. Retrocedí 20 metros hasta la máquina de pagos, miré debajo de todos los coches, recorrí el suelo con la mirada. Simplemente se había volatilizado. Así que me acerqué a la ventanilla de la oficina.

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El hombre irritante

Era introvertido. En situaciones sociales aparentaba más timidez de la que atesoraba, hasta que escuchaba en alguna conversación algún comentario categórico y absoluto. Entonces, ahí soltaba a la bestia, un animal extremadamente racional, tanto o tan poco, que no tenía en cuenta su lado más animal y por eso irritaba. Su contenido quedaba engullido por su tono.

—Hay demasiados inmigrantes, deberíamos empezar a echar a algunos porque se aprovechan del sistema, y ¡ya está bien! —dijo un tipo melenudo y barbudo que parecía un vikingo. Su audiencia asintió reafirmando el comentario. Sin duda era un macho alfa.

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Libros Vs. Tablet

Llegó repeinado a casa del abuelo y ataviado con la ropa de los domingos. Llevaba su nuevo amigo consigo, una nueva tablet con la última actualización de Android. Se paró delante de la puerta de la biblioteca del abuelo y se acomodó la tablet para que al entrar su abuelo la viera bien.

—Entra a saludar al abuelo —escuchó tras de sí.

Tragó saliva y tomó el pomo con decisión.

—¡Hola yayo! Mira lo que … —se frenó en seco al ver los inquisidores ojos azules mirarle por encima del marco de sus gafas.

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La explotación de las letras

Se despertó a media noche sudando. Aún no llegaba a entender porque estaba soñando algo tan desagradable. Sin tiempo a intelectualizarlo una nueva arcada inesperada le obligó a vomitar la poca cena que le habían dado la noche anterior. Abrió los ojos y entendió que esta no era la primera vomitada de la noche. El suelo estaba lleno de vomito, pero era un vomito extraño. No emanaba olor alguno, su textura era sólida, una especie de amasijo de alambres negros. Se incorporó como pudo. Le dolía la tripa, y la garganta porque el paso de esos “alambres” inodoros que yacían en el suelo le había raspado en su paso por la traquea, la faringe y la laringe.

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Los protagonistas de la tragedia

Seguía sentado en la cafetería, esperándole, mirando por el cristal como la gente caminaba arriba y abajo cómo si nada hubiese pasado, como si nada fuese a pasar.

—Perdón por el retraso —dijo jadeando mientras retiraba la silla, apoyaba su abrigo en el respaldo y tomaba asiento.

Le hizo una seña con la mano sin dejar de mirar a través del cristal para dejarle saber que no le importaba. ¿Qué era el tiempo al fin y al cabo? Un invento del ser humano para organizar su esclavitud biológica. La otra, la esclavitud emocional, no entendía de tiempos.

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Tengo dos papás

Ayer llegué al colegio temprano, como siempre. Mi papá es muy previsor y siempre se asegura que llegue a tiempo para entrar a la primera clase de la mañana. En invierno me fastidia un poco tener que esperar en la puerta del colegio porque es oscuro, hace frío y estoy solo. Pero nunca me he quejado, porque sé que mi papá aún lo tiene más difícil. Él tiene que ir a trabajar para que yo pueda seguir viniendo al colegio y pueda tener siempre comida en la mesa, y libros que leer para estudiar, y unas buenas Navidades con regalos. Mi papá es mi héroe.

Pero ayer, cuando estaba quieto como una estatua en la puerta del colegio, con la punta de la nariz congelada, me di cuenta que no tengo sólo uno, sino dos papás. Lo que sucede es que ambos habitan en el mismo cuerpo. Aún no sé muy bien cómo entran y salen para turnarse un único cuerpo, pero ya lo descubriré, igual que descubrí que eran papá y mamá los Reyes Magos de Oriente. O mejor dicho, que los Reyes Magos de Oriente no existen y que, por algún motivo que aún desconozco, me mintieron para hacerme creer que cada seis de enero de madrugada venían a casa a dejarme regalos. Incluso me hacían dejarles vasos de leche caliente con galletas, cuando ya sabían que nadie se lo iba a comer. Me confundió un poco toda la situación porque siempre me habían enseñado que no debía decir mentiras y que con la comida nunca se jugaba. Continúa leyendo Tengo dos papás

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