El universo es infinito y el tiempo no existe porque es un espacio ¡vaya mierda!

Siempre he buscado formas de consolarme ante eventos negativos, casi siempre ajenos pero que me afectaban como propios. Parezco haber vivido toda mi vida magnificando desgracias lejanas y ajenas, o incluso inexistentes, como sistema de entrenamiento personal a modo de prepararme el terreno para cuando me toque a mi la desgracia de forma directa y físicamente. Uno de los ejercicios habituales siempre ha sido trabajar en supuestos en torno a la vejez, qué me dolerá, que sentiré, se me levantará el pajarito. Recuerdo haber subido las escaleras de casa varias veces muy lentamente, imitando a un anciano de 80 años para saber sí podré con ellas dentro de 35 años.

El pasado jueves, como todos los jueves desde que vivo en Dosrius, mi madre vino a comer, y hartos como estamos de caer siempre en los mismos hábitos, repetitivos, seguros, predecibles, amigables, decidimos ir a un restaurante diferente, un poco más barato, más de camionero, con raciones enormes, bastas, con mucho sabor, difíciles de digerir. Como de costumbre mi madre venía con ganas de hablar, de repetirnos las mismas historias a pesar de haber establecido de forma colectiva, pero sin previa charla, la necesidad de romper con la monotonía.

No tengo constancia certera de que mi madre estuviera hablando de los temas de siempre, porque de forma habitual, no sólo con ella sino en general, desconecté mi receptor para trasladar mi tupido intelecto a nuevas situaciones inexistentes. Son como mini entrenamientos que se me ocurren en momentos sociales cuando mi discapacitado cerebro decide que prefiere estar en otro lugar, casi siempre peor y eliminando cualquier posibilidad de vivir lo tengo delante de las narices.

—Tengo ganas de estar mejor física y financieramente porque se me acaba el tiempo para poder viajar—, llegué a escuchar en medio de una emergencia aérea en medio del Atlántico, donde yo estaba con la máscara de oxigeno intentando ayudar a una anciana a ponerse la suya.

—¿Perdón?— pregunté con curiosidad. La frase no encajaba con nada que mi madre podría haber dicho con anterioridad. Es decir, hablar de que no tenía dinero para viajar, o que se hacía mayor para hacer aquello o lo otro, eran habituales, pero nunca se habían planteado como una cuenta regresiva. Eso no estaba en mi manual.

Ese concepto me hizo saltar todas las alarmas, y no porque viniera de ella el comentario, sino porque desde que creo que aprendí que el tiempo no es lineal, intento vivir pensando que avanzo por un espacio, desparramándome hacia todas direcciones en lugar de seguir una fila como las de facturación de los aeropuertos. No es fácil el ejercicio pues, por algún motivo, nuestra limitada biología nos ha hecho creer durante años que nos movemos en fila, de la misma forma que por culpa de nuestro defectuoso sistema creemos que la tierra es plana. Sí, ya sé, todos suponemos saber que es redonda, pero ¡no jodamos! parece plana.

El tiempo, decía, no existe, es un espacio, no una línea, por lo que no se te puede acabar si además es infinito y para sentir que se te acaba deberíamos experimentar la sensación  de estar en una habitación cuyas paredes se van acercando. La muerte no es un agotamiento de las células, debe ser más parecido a un aplastamiento de nuestro espacio.

Así, revertirlo todo a la ciencia es medio asqueroso cuando alguien plantea una duda existencial y el que escucha no llega ni a la categoría de pseudo científico. Es una trampa mezquina que sólo puede activar alguien que se encuentra en un momento inocuo emocionalmente hablando de su existencia. Y como es evidentes que yo me encuentro en tal estado, me abalancé sobre mi madre con la siguiente teoría:

—Mamá— dije con solemnidad —¿Crees que a mi me queda mucho tiempo?—

Mi madre me miró asustada, pensando que quizá le iba a confesar tener una enfermedad terminal.

—Sí, aún eres joven— respondió mientras intentaba llevarse a la boca un pedazo de lechuga que parecía una cometa.

—¿Cuantos planetas hay en el universo?, no me contestes porque no lo sabes, ¿Cuántos sistemas solares? Tampoco me lo contestes porque tampoco lo sabemos, pero si estarás de acuerdo en que hay muchos, muchísimos, tantos que ni siquiera podemos llegar a decir el número.

Mi madre asentía mientras seguía masticando el trozo de cometa.

—¿Cuantos años hace que existe el ser humano? ¿10.000 millones de años?— solté sin ni saber si quiera cuantos hace que existimos como raza. No tengo ni siquiera una respuesta aproximada. Por suerte ella sí.

—Muchos más— dijo con autoridad.

—Pues imagínate—le dije tomando el control—que la separación entre tus 71 años y mis 43, es una cuestión de decimales muy, pero que muy a la derecha del cero. Por lo que si a ti te falta poco tiempo para cumplir tus sueños, a mi me quedan tan sólo unos decimales más. Y hablo de unos decimales muy, muy, muy a la derecha del cero.

Sus ojos abiertos como platos, los dos carrillos llenos de lechuga, un leve movimiento de cabeza adelante y atrás, delataban que necesitaba estar de acuerdo con mi brillante estupidez.

—¿Te he ayudado? —pregunté retorica y retorcidamente.

—Sí —alcanzó a decir con poco convencimiento

Asentí orgulloso

—Pero me has fastidiado aún más de lo que estaba.

—Pero ¿no me acabas de decir que te había ayudado?

—Sí hijo, pero ahora al saber que aún me queda menos tiempo del que pensaba, pues tengo más urgencia por hacer todo aquello que siempre quise hacer.

Nos levantamos de la mesa. No fuimos caminando los dos apesadumbrados, a ninguno de los dos nos queda mucho tiempo para nada si utilizamos al Universo como nuestra escala. Mientras la acompañaba al coche, empecé a derrumbarme. Pasé de creerme un genio a un idiota en cuestión de segundos. Por qué no se me habría ocurrido comparar su vida con la de una lechuga, como esa mal cortada que había engullido minutos antes. Por lo menos le habría dado más tiempo para vivir sus fantasías.

¿Por qué cojones me hace tanto caso?, me pregunté queriendo inculparla por mi falta de tacto.

—Te quiero hijo— me dijo al despedirse.

—Yo también, mamá— aunque, a veces, no lo parezca.