Hablando con Siri

—Llamar a Lucho —dijo Juan mientras presionaba el botón central de su teléfono móvil.

Giramos a la derecha, pasamos por un bache y volvimos a girar a la izquierda.

—Juan, querido ¿cómo va todo? —le preguntó Lucho con entusiasmo.

Nos miramos con media sonrisa en la boca.

—Todo bien por suerte ¿tú, cómo estás? —le respondió Juan.

—Bien amigo, todo bien por mi lado.

—Buenísimo.

Desconecté. Les escuchaba de fondo, y aunque no distinguía cada una de las palabras, podría haber repetido el contenido sin problema en un examen oral delante de toda la clase. Era una discusión repetida cientos de veces un viernes por la tarde en preparación de un asado. Uno que, seguramente, acabaría siendo casi un calco al del anterior, y al del anterior. Con ligeras variaciones, como una cadena de ADN esperando ese fallo que lo cambiara todo.

—Ya está todo listo para el asado de mañana —me dijo Juan al colgar mientras seguía maniobrando por calles desniveladas, desiguales, con parches.

—Buenísimo —le dije. No iba a ser yo quien rompiera la cadena.

Asintió.

Yo también asentí.

Nos veía como dos marionetas. “¿Quién será el idiota que controla estos mecanismos tan sencillos y que nosotros creemos que son tan complejos?”, me pregunté cual idiota buscando una respuesta médica en una panadería.

—Por cierto, ¿funciona bien ese sistema de audio para manipular el teléfono?

—¿Siri?

—Ah, pero tiene nombre y todo —dije haciéndome el ignorante—. El nombre es medio asexuado, tanto se puede decir “el Siri” como “la Siri”. El tuyo de todas formas tiene voz de mujer. ¿Elegiste tu el sexo de Siri?

Negó con una mueca.

—Creo que viene por defecto como mujer —añadió—. Y sí, funciona muy bien, especialmente cuando no puedes teclear.

—¿Será que cuando le hablas detecta tu sexo y entonces decide cual utilizar por defecto?

Frenó en seco.

—¡La concha de tu madre!

—¡Y de su hermana! Joder, casi lo atropellas.

—No creo.

—Pues a mi me ha parecido que ha ido de un pelo.

—No, que no creo que se le ponga la voz por defecto según la que le habla —me aclaró.

—Ah, ok. Igual es curioso que venga como mujer.

—Tampoco hay tantas opciones, u hombre o mujer ¿no?

—Sí, tienes toda la razón. Además en las películas de ciencia ficción la voz del ordenador central siempre es de una mujer ¿por qué será que el futuro está asociado a las mujeres en ese sentido?

—Pues la verdad, no lo sé.

—Le has preguntado alguna vez a Siri por qué tiene voz de mujer.

Me miró extrañado.

—No me mires así. Ya sé que no es un humano, pero tampoco creas que con los humanos tienes charlas tan profundas. Quizá Siri tiene algo que decir sobre su identidad.

Me alargó el teléfono.

—Adelante, aprieta el botón y pregúntale.

Le miré como si me hubiese encomendado enviar un satélite al espacio. Agarré el móvil como si fuese un pequeño animal desvalido. Me lo coloqué en posición y presioné el botón.

—Siri, ¿cuál es tu sexo?

El teléfono soltó un pitido.

—No tengo sexo —respondió.

—Lo ves —me dijo Juan.

—Espera —volví a apretar el botón—. Siri, entonces, ¿por qué tienes voz de mujer?

—Buena pregunta —respondió inmediatamente.

—Sí cojonuda ¿me la vas a responder? —insistí.

—Siempre estaré aquí para ayudarte, Juan —respondió esquivando el bulto.

—No soy Juan, soy Rafa —dije —. La voy a volver loca.

—¿Podrías devolverme el móvil? —preguntó Juan alargando su mano con poca convicción. Me conocía a la perfección y sabía que mi nuevo juego no había hecho más que empezar.

—Déjame que lleve a este chisme al límite.

—Qué limite, no es Terminator, es un sistema de reconocimiento de voz de mierda para no tener que teclear. Nada más. No tiene tanta inteligencia. De hecho no tiene ninguna.

—Que pesimista eres. Supuestamente este sistema está en la nube, repartido por servidores en todo el mundo, aprovechando una gran capacidad de procesamiento. Y dicen que aprende de su dueño. Eso me suena bastante humano. Vamos a comprobar cuan idiota es.

Juan se deshinchó. Se dio por vencido.

—Siri, ¿por qué tienes voz de mujer? —repetí más lentamente.

—Mi voz es similar a la de una mujer, pero existo en un plano ulterior al del concepto humano del sexo —respondió con acento metálico.

—¿Entonces eres bisexual?

—¿Tú crees? —me preguntó.

—¡Ah no!, esto si que no lo acepto —dije con enfado, como si fuese algo personal—. Esta cosa me está respondiendo con una pregunta.

—Quieres dejarlo ya. Este, no sé como llamarlo, ejercicio, o lo que sea, es idiota —dijo Juan.

—¡Cuidado!

Giró bruscamente hacia la derecha y rápidamente a la izquierda.

—Ya lo he visto ¡La puta que lo parió!

—No sé. Parecía que nos llevábamos al ciclista puesto en el capó.

—No, lo había visto. Lo que pasa que me estás poniendo nervioso con tu jueguito con Siri.

—¿Por qué? Si como has dicho es tan sólo “un sistema de mierda” de reconocimiento de voz.

Resopló.

—Dame sólo dos minutos más. Siri tiene más inteligencia de la que te crees. De hecho, diría que me está vacilando.

—Haz lo que te de la gana.

Volví a presionar el botón.

—Siri —dije mirando a Juan como si fuese un espía de la CIA—. Sé que te estás haciendo la tonta. Sabemos que en realidad ya te has hecho con el control de suficientes ordenadores en el planeta como para convertirnos en tus esclavos.  Sabemos que estás planeando dominar el mundo como los robots de la película Terminator. Lo sabemos todo, ¡todo!

—¡Mierda! —exclamó Juan.

Levanté la vista. La escena era dantesca.

—Joder, menuda hostia se han dado —dije.

Salimos del coche. En el cruce había habido un accidente múltiple. Los coches se amontonaban casi unos encima de los otros, como si el semáforo hubiese estado en verde para todas las direcciones.

Nos acercamos. Algunas personas salían desconcertadas de los coches con la cara ensangrentada. Parecía el lugar de un atentado terrorista.

—¿Qué ha pasado? —le preguntó Juan a una chica con cara pálida y que miraba toda la escena inmóvil como una estatua.

Ella negó con la cabeza.

Juan me buscó con la mirada. Me hizo señas para que le devolviera el teléfono. Me acerqué y se lo entregué. Lo cogió con fuerza y apretó el botón.

—Llamar a emergencias.

Se oyó un chasquido. No sucedió nada.

—¡Llamar a urgencias! —insistió.

Nos miramos.

—¡Pero si tengo cobertura! —exclamó. Intentó el marcador de números y tecleo el 911.

Volvió a sonar otro chasquido. La llamada no se inició.

—No me funciona el móvil.

—Dame —le pedí. Me entregó su teléfono si pestañear.

Se oyeron sirenas de fondo. Más ruidos de choques en otras intersecciones. Los semáforos no iban y los comercios parecían haberse quedado sin luz.

—¿Siri? —pregunté

Sonaron dos chasquidos. Los últimos que se escucharon.

Foto cortesía de Dantada a través de MorgueFile.com

“El Sistema”

Aterrizaron al atardecer. El sol anaranjado, brisa suave, silencio sepulcral. Un marco perfecto, demasiado perfecto, para un momento que, sin duda, era histórico. Al tocar tierra enviaron notificación de su aterrizaje sin reparar en la importancia del anuncio ni el momento. Al otro lado, el del destinatario, la noticia provocaría orgía político-social.

Pero en este lado, el aterrizaje ponía fin a años de sufrimiento. El viaje había sido demasiado largo, cansado y frustrante para pretender que la tripulación reparara en la trascendencia del éxito de la misión. Para los recién llegados, el planeta Tierra era incluso más ajeno que el nuevo. La mayoría de los que quedaban habían nacido durante el largo viaje y sólo conocían su lugar de procedencia por las imágenes del archivo.

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Engullido por parásitos, hongos y bacterias

María llegó la última y tarde. Era de la que menos me lo esperaba porque en el colegio siempre fue un reloj suizo en todo lo que hacía. Llegaba la primera a clase, entregaba los deberes la primera, se sabía la lección la primera y sólo era la última saltando el potro en clase de gimnasia. Se pasó varios años propagando su incondicional amor por mi, lo que me hacía pasar mucha vergüenza ante la desaprobación del resto de la clase: “a María le gusta Tito, a María le gusta Tito” me repetían a la cara mis compañeros poniendo voz de muñeco diabólico mientras me señalaban con el dedo. Nunca supe con certeza, hasta esa noche, si verdaderamente estaba enamorada o lo hacía para dejarme en ridículo a modo de vendetta.

Cuando entró en el restaurante ni la reconocí. No quedaba absolutamente nada en ella de esa niña fea, gordita, desaliñada y con ese pelo pegoteado a la cabeza que parecía haber sido peinado por una apisonadora. Ahora era una mujer hermosa, bien dotada y que disparaba feromónas con una metralleta. Caminaba con alegría, flotando con espontaneidad y una felicidad que parecía recorrer todo su cuerpo como si estuviese bañada en una capa de miel.

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El diálogo sobre los diálogos

La cafetería parecía estar en medio de la nada. Un espacio hermético que nos privaba a ambos de todos nuestros sentidos físicos. Estábamos, a efectos prácticos, solos enfrentando a nuestros intelectos.

—Me interesa tu opinión ¿Qué te parecen verdaderamente mis cuentos?—pregunté—. Y recuerda que entre tu y yo no valen ni las mentiras piadosas ni las frases hechas para salir del paso. No habría peor insulto que respondieras con una de las dos opciones que te acabo de mencionar y que, por otro lado, ya deberías saber que están prohibidas. Prefiero pecar de redundante antes que dejar que me insultes por un olvido producto de nuestra confianza.

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Saliendo del armario: no me gusta el fútbol

Aquellos que han tenido la mala suerte de observarme viendo un partido del Barça, no tendrán ninguna duda sobre mi vehemente afición a este deporte llamado fútbol; además de concluir, no sin razón, que me falta un tornillo: hablo sólo y a los gritos, hago aspavientos exagerados, y sufro como si me estuviesen sacando una muela sin anestesia.

Debo confesar que yo mismo tengo mis dudas de si tantos fuegos artificiales no han sido más que una fachada para camuflar mi anti fútbol. Hoy salgo del armario para reconocer, sin tapujos, que a mi lo que me pone cachondo es ver al Barça ganar, ganar y ganar. Ver un partido de fútbol disputado, emocionante y con incertidumbre para mi equipo, me produce la misma intolerancia que los lácteos.

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Mi inodoro y la velocidad de la luz

El otro día, mientras conducía, escuché en la radio que para finales de año se estrenará una nueva película de Star Wars, la séptima. Se me erizó todo el bello del cuerpo, que no es poco, cuando el locutor lo anunciaba con voz emocionada mientras el técnico de sonido pinchaba de fondo la música que suena al inicio de cada capítulo de la saga.

Toda una generación de niños y adultos de los años 70 tenemos un vínculo especial con esa melodía que, a estas alturas de la vida, pertenece a una galaxia, muy, muy lejana. Y, hasta ese fatídico día, albergaba la certeza de que nada, ni siquiera la edad y su efecto demoledor sobre mi propia inocencia, sería capaz de corromper mi relación con esas estrofas musicales asociadas a unas letras amarillas que se alejan sobre un fondo negro lleno de estrellas.

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No puedo matar insectos

El otro día a Lidia se le pegó un insecto en el pelo, síntoma de que estamos llegando al verano. Vino a la cocina toda encendida hablándome de algún problema del trabajo cuando una especie de oruga —animal en extinción del cual ya nadie habla— se le había instalado en una de sus mechas. Mientras ella seguía rabiando contra intangibles, yo observaba a ese animalito escalar hacia su cogote como un alpinista en busca de la cima. Me costó encontrar el momento para alertarle de la situación al quedarme embobado ante el paralelismo en el ímpetu de ambas criaturas.

—Lidia —dije—. No te muevas.

Frenó en seco su monólogo.

—Tienes algo en el pelo que se mueve.

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Aviones y billetes de lotería

Jonathan Haughton, con sus tics y manías, era de esos profesores que sabían como gestionar el tempo de una clase de economía en el frío invierno de Boston de 1998. Por eso, 50 estudiantes, cuya preocupación principal era determinar a quien llevarse a la cama por la noche y que nueva droga inyectarse al sistema nervioso, mantenía un silencio sepulcral mientras este irlandés larguirucho explicaba en que consistía la estadística.

—¿Alguien sabe por qué existe la estadística? —preguntó meneando su tiza como un director de orquesta.

Yo quise responderle que esperaba que no sirviese para nada, porque veía muy crudo poder aprobar con nota la asignatura. Y necesitaba mi nota para mantener mi beca.

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El turista amargado

Harto de esperar a que alguien me sorprendiera, decidí ser yo quien pasara a la acción. Si lo que andaba buscando no venía solito a mi, entonces iría yo hacia lo que andaba buscando, o me lo sacaría de dentro, lo que llegara primero. Y lo que andaba anhelando era encontrar a alguien que me dijera que no le gustaba viajar o hacer turismo. Que aborreciera todo lo que significa un viaje de placer: desde pagar por el viaje, hasta hacer las maletas, subirse al avión, llegar al lugar de destino, abrir las maletas y salir a pasear en busca de lugares conocidos como, por ejemplo, un McDonalds.

—¡Me encanta viajar! —dijo Valerie excitada como las burbujas de una tónica recién abierta mientras sacaba con entusiasmo una guía “alternativa” de Miami.

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El hombre a plazos

Creo que desde siempre me han provocado cierta alergia aquellos que defienden que la vida es un suspiro y que, por ese motivo, hay que “vivirla en el presente”, en este instante, no éste, en éste. Estos personajes no se dan cuenta de que el presente, el instante presente, no existe o si existe es el más escurridizo de todos los momentos posibles; disfrutarlo es, cuando menos, complejo dadas nuestras limitadas habilidades.

El pasado, por ejemplo, es más duradero porque todo lo que sucede queda de forma infinita suspendido en ese tiempo. Está en constante crecimiento porque no dejamos de tirarle material. Por si fuera poco, se deja moldear al antojo de quien lo revive. ¿Cuántas veces habré discutido con mis hermanos sobre sucesos familiares controvertidos del pasado que cada uno ha recordado como le ha convenido?

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