Yayo ¡que me cago!

La imagen de mi padre agarrado al mango del Seiscientos, con las gafas resbalándole a cámara lenta por la cara debido a “calores intestinales” en un domingo lluvioso de primavera no se me olvidará jamás. Entre otras cosas porque, en mi caso, reafirma mi actual esclavitud a la genética de ese caballero aferrado al mango de un diminuto coche rojo de tapicería blanca donde viajábamos cuatro adultos y dos niños.

—Yayo ¡que me cago!— soltaba en alaridos descompuestos como los que yo mismo suelto en situaciones similares.

—Ricardo, respira hondo, baja la ventanilla y respira hondo— le decía el yayo a mi padre, que seguía desfigurando su rostro.

No ayudaba estar atascados en medio de un charco de barro que debido a una lluvia corta pero intensa lo hacía parecer un auténtico campo de diarrea humana.

—Mira que te lo tengo dicho, no tomes cortado después de comer—añadía mi madre.

—¡Yayo!

Atascados en la mierda, la dantesca situación prosiguió durante lo que a mi padre le debió parecer una eternidad, también al resto del pasaje que parecían bastante preocupados con la posibilidad de que mi padre de cagara encima en un espacio tan pequeño y en un lugar tan poco amigable para salir huyendo.

La escena, se grabó en mi cabeza como algo cómico, algo preparado para mi hermana y para mi. Una especie de teatrito ambulante para que tuviéramos anécdotas familiares peculiares. Sin embargo, con los años, me di cuenta de que la escena, no era más que una lección de vida, algo que debí tomarme más en serio.

Treinta años después, era yo mismo el que estaba en medio de Miracle Mile, en Coral Gable, Miami, en el Estado de Florida, una noche de, verano, creo recordar —en Miami es difícil saber cuando te suceden las cosas pues no hay estaciones, convirtiendo todos tus males en culpa del verano—agarrado a una farola con las dos manos y aprestando mis nalgas con todas mis fuerzas.

—Esther ¡Me cago!

Los transeuntes me miraban extrañados, un tipo agarrado a una farola y gritando que se cagaba encima, ni siquiera el idioma me servía de excusa.

—Vamos a un bar o un restaurante y que te dejen …

Nunca le dejé terminar una sola frase, sus consejos me producían más retortijones y una flojera en las piernas nunca antes experimentada. Y ahí es donde me vino a la cabeza ese precioso mango del Seiscientos. Ese mango salvador que había permitido a mi padre evitar que una terrible cagalera saliera de su cuerpo sin control, dejando en su historial una mancha mucho peor que la que estaba a punto de dejar en sus calzoncillos.

Además de a la farola me aferré a ese mango imaginario para intentar poder andar unos metros en dirección a algún lugar donde pudiese descomponerme sin dar explicaciones.

—¡¿Por qué me habré tomado ese café de mierda?!

Esther me ayudó a avanzar pero a los pocos segundos, una nueva hondonada de dolor me obligo a pegar el culo contra una pared y apretar como si estuviese intentando desplazar el edificio. Esther sufría, no entendía lo que estaba sucediendo, pues en su familia nunca nadie había sufrido problemas de ese tipo. Yo, en cambio, una vez pérdida la vergüenza ante la cara de los transeúntes, empecé a entender la situación desde un punto de vista antropológico. Podía ver a varias generaciones agarradas a diferentes artilugios en un intento de aguantarse la cagalera.

Por suerte mi oficina quedaba a unas cuantas manzanas y después de varios episodios, conseguí entrar y defecar de forma salvaje. Una de esas defecaciones donde Freud te aparece en persona para felicitarte personalmente, sus teorías se cumplen y en ese tipo de situaciones cagar es la experiencia más placentera que uno pueda experimentar. Es como una súper eyaculación.