Yo sólo iba a hacer turismo de concesionario

Yo sólo iba a hacer turismo de concesionario. Me hacía ilusión entrar bien vestido a los concesionarios para ser recibido por algún vendedor entusiasmado, preguntar por coches de segunda mano de gama media con poco kilometraje e irme, con dos cojones, sin comprar nada y después de haber puesto veinte mil pegas a todo. Y, sin embargo, en el segundo concesionario al que entré, acabé reservando un Citroen Cactus de gerencia con sólo 2.500 kilómetros.

Imagino que ahí fuera existen todo tipo de compradores de coches. Yo me considero una rareza. No entiendo de caballos, cilindradas, potencia, calidades de los materiales, de nada. Tengo conocidos que saborean los coches en base a sus ingredientes principales, los que no se ven pero se sienten. En cambio yo sólo me fijo en la estética, si me entra por los ojos ya me sirve, igual que un plato de espaguetis.

De pequeño solía decirle a mis amigos que yo me conformaría con la carrocería del Ferrari de Magnum P.I. pero con un motor de un seiscientos.

—Pero eso no es un Ferrari —me contestaban.

—Me da lo mismo, a mi sólo me gusta la aerodinámica que tiene y el color rojo chillón.

Fin de la conversación sobre coches.

De mayor no han cambiado ni un ápice mis gustos, sigo siendo fan de la estética, no de todas, porque ni siquiera tengo un patrón coherente, me pueden gustar vehículos con estéticas que se podrían considerar contradictorias. Sufro un histerismo tan evidente que algunos me recomiendan que no retrase más mi salida del armario.

Pero para aclarar mi orientación —no debería, pero me sale de los huevos hacerlo— soy con los coches como mi amigo Eddie de Boston con respecto a las mujeres que le atraen, y al que una noche de borrachera le pregunté:

—¿Pero tu, de qué eres, de tetas o de culos?

—Yo soy holístico —me contestó sonriente, porque siempre estaba en ese estado.

Así que con mis rarezas a cuestas entré un jueves en un concesionario Citroen, cuyos coches de niño me parecían de plastelina, y el sábado estaba reservando mi unidad de gerencia. La culpa, como no puede ser de otra forma, fue de Lidia.

—¿Te has parado al lado del coche porque quieres que lo reserve?

Asintió sonriente. Si hubiese tenido una cola canina la habría zarandeado violentamente de lado a lado.

Así que entré para sorpresa del vendedor, y reservé con 300 euros mi nuevo coche de segunda mano.

El lunes siguiente, imprimí unos panfletos para vender mi Opel Astra de 2003 con 130.000 kilómetros, y adorné los lugares más transitados de mi pueblo, donde a las pocas horas la noticia había corrido como la pólvora.

—Rafa, he visto que vendes el coche —me preguntó Oriol, un treintañero largo que parece que se haya tragado un megáfono.

—Ya ves —alcancé a decir.

—¿Y cuál te compras?

—Me da vergüenza decírtelo —dije intentando parecer gracioso

—Espero que no sea un coche francés, son una auténtica mierda.

Miré a Lidia que se estaba internamente descojonando de la risa. Lo sé porque cuando no puede reírse se le frunce el ceño, las gafas se le abalanzan hacia adelante ligeramente, y se le ponen ojos de after party.

—No me jodas, ¡es un coche francés!

Para atajar el asunto, confesé.

—Sí, un Citroen Cactus.

Negó con la cabeza.

—Es uno nuevo que …

—No será esa mierda que tiene abdominales en los laterales. Eso es una birria, cuando lo vi por primera vez me pregunté quién sería el gilipollas que se compraría un coche así.

—Ya tienes tu respuesta, calculo.

—Lidia, avísame cuando quieres que le de un garrotazo en la cabeza a ver si se la arreglamos.

Ese mismo día por por la tarde, me rondaba por la cabeza la idea de que ese coche no estaba hecho para mi, y no porque fuese “una birria con abdominales”. Yo ya soy un tío grande y debería buscar coches con formas conservadoras, especialmente porque hace 20 años hice un pacto conmigo mismo que consistía en no verme nunca como esos viejos que casi no pueden salir de sus coches deportivos.

Por la tarde llegué al entreno de mi equipo de voleibol de veteranos, donde todos sabían que me vendía el coche y, por lo tanto, que me estaba por comprar otro. Y tuve que enfrentarme nuevamente a las preguntas sobre mis gustos automovilísticos.

—Y ¿cuál te compras? —me preguntó Arno, un holandés que habla castellano un millón de veces mejor que Cruyff, literal.

—Si te dijera que está entre un Peugeot 2008 y un Citroen Cactus, ¿cuál te parecería más acertado?

—No tengo ninguna duda —me dijo sin vacilar.

Como Arno lleva un Audi grandote, me cagué encima.

—Un 2008, ¿Verdad?

—No, el Cactus sin dudarlo. Hay uno aparcado delante de casa, y a Ana y a mi nos encanta.

Entramos en el pabellón donde el equipo ya estaba haciendo los ejercicios de calentamiento. Ernesto, el entrenador, un Argentino al que no le perdono que sea seguidor del Real Madrid, me agarró por el cuello, y me dijo:

—Bueno Rafita ¿y que auto nos estamos comprando?

—A ti me da miedo decírtelo, vas a decir que soy “puto”.

—Lo digo igualmente porque lo sos —me dijo con una abundante carcajada.

—Tu lo has querido. Un Citroen Cactus —dije bajando la guardia.

—¿En serio? —me dijo separándose de mi y mirándome fijamente a los ojos buscando algún atisbo de deshonestidad. —Me encanta ese auto, me ¡EN-CAN-TA!

—No me esperaba esta reacción, la verdad.

—¿Por qué no boludo?, si es una auto re lindo.

Inicié mis ejercicios de estiramientos con el resto del grupo. Todos hablaban de mi Cactus con todo tipo de opiniones. Me vino a la cabeza mi amigo Antonio, con quien quise montar una productora de video en 1991 llamada Vladivostok. Le gustaban las mujeres obesas y tenía una forma muy elegante de salir de las preguntas comprometidas cuando algún mal educado le trataba como si fuese un bicho raro.

—¿Pero cómo te puedes follar a tanta gorda? —le habían preguntado en más de una ocasión.

A lo que él respondía:

—A ti que más te da el cómo, si al final, quien se las folla, soy yo.

Lo importante es sacar lo que uno lleva dentro ¿verdad? … ¡Y una mierda!

A los seudo escritores nos gusta que nos lean y nos digan que nos leen. Pero a la vez, tenemos que pretender que escribimos por vocación, porque nos sale de dentro y da lo mismo si nuestros textos caen en un agujero negro, lo importante es sacar lo que uno lleva dentro, ¿verdad?

¡Y una mierda!

Lo importante es que te lean, sepan de tu existencia y la gente entienda y visualice, gracias a tus palabras, nuevas realidades que, idealmente, se construyen gracias al empuje de tus textos.

Pero no siempre fue esta mi idea de escribir. Siendo más joven, ansiaba que no sólo me leyeran, sino que me dijeran que servía para escribir, y si podía ser que alguien me augurara que me forraría en oro como Stephen King. Nunca obtuve nada parecido y, para colmo, los pocos halagos que me regalaron los deshilaché como un niño malcriado.

En aquella época, los comentarios desfavorables, aunque teóricamente sabía que tenían valor, me molestaban bastante, generando un escudo de actitud supersónica que me obligaba a defender lo indefendible.

—Lee esta intro, es de una novela que estoy escribiendo —le dije a Juan mientras le pasaba el portátil desde mi cama a la suya. Como era el año 2005, el portátil era un tocho de campeonato.

A pesar de estar ambos cansados después de un agitado día en una conferencia sobre telecomunicaciones en la que estábamos participando en México, no pestañeó un segundo. Agarró mi máquina, se acomodó en la cama arqueando sus piernas, se puso el portátil en las pantorrillas, y empezó a devorar mi texto con disciplina militar, como si estuviese leyendo el plan de ataque del día siguiente dentro de una trinchera camuflada en medio del desierto.

—Tito, ¿qué te pasa? Tu estás muy jodido —soltó con preocupación unos minutos después sin levantar la vista de la pantalla.

—¿Por qué? —pregunté haciéndome el “boludo”, como diría él mismo.

—Es muy desagradable, un tipo sentado en una taza de water cagando, deprimido, enfermo y medio muriéndose.

Hoy ese comentario me lo habría tomado como un halago, pues justamente la idea de la introducción de esa novela fantasma que anda medio perdida entre el ciber espacio, un pen USB, un disco duro externo y mi Mac, pretendía crear esa sensación de desasosiego.

Sin embargo, me lo tomé por la tremenda e intenté defender a ese pobre individúo que había construido en base a mi mismo. Sabrá Dios por qué esa noche le pelee, justamente, lo que andaba buscando.

Ahora, ya en una madurez no del todo aceptada, sólo aspiro a que me lean, que mis textos no se encallen como una tuerca en el cerebro de quien los lee, que generan hologramas mentales que permitan recrear una escena como si el lector la estuviese sintiendo con, por al menos, dos de sus sentidos. Por ejemplo, vista y olfato, o vista y odio, por decir cualquier combinación.

Quizá el sentido que menos intento estimular es el del paladar, porque rara vez hablo de comidas y tengo tendencia a lo escatológico.

La idea de ser millonario siendo un autor de best sellers caducó solita. No tuve que esforzarme para olvidarme de ella, más bien fue la misma idea la que se fue despegando de mi por su propia voluntad. Al final ha resultado que prefiero ser músico de pequeñas salas que de grandes estadios. Y aunque esta idea es honesta, hasta a mi me cuesta digerirla.

Sólo quiero que se me lea para recibir opiniones diversas sin intención de rebatirlas. Me gusta, y cada vez más, escuchar o leer las reacciones, vayan en la dirección que vayan. Las pocas que recibo deben estar tocando el centro de mi hipotálamo, porque cada vez ansío más. Sin embargo, debo decir que, muy injustamente, no tolero muy bien el “escribes muy bien”, porque en general me recuerda a mi etapa juvenil y porque pienso que mi texto ha conseguido la mitad de su objetivo: no es un palo en la rueda a la hora de leer, pero el lector ha sentido poco.

Si al lector se le ocurre triturar mi texto, algo que aún no ha sucedido con La Tengo Pequeña, pero que yo sí he ensayado conmigo mismo, considero que cumplí, por lo menos, con el segundo objetivo y que es el más importante: hacer sentir.

Por eso creo poder decir que por lo menos estoy armado para encajar criticas sin tirar de teoría. Las recibo abierto, con ganas y muy agradecido. Este hecho es más sorprendente de lo que parece, teniendo en cuenta mis tendencias al suicidio intelectual.

—¿Te han gustado mis textos? —le pregunté por WhatsApp a mi sobrino en referencia a estos primeros textos de La Tengo Pequeña.

—Es raro que escribas con nombres reales—me respondió al instante.

—Jajaja— escribí como si fuese un ser sin capacidades comunicativas escritas.

—Y el de cagar y el mango no me ha gustado —añadió sobre el texto que considero mi obra maestra de las únicas tres que había publicado hasta ese momento.

—No, ¿por? —pregunté algo desconcertado.

—El tema no es agradable —respondió como si hubiese escrito un cuento con humor de mal gusto sobre el terremoto de Nepal.

Aún con la idea de que el texto “¡Qué me cago!” era una comedia y no un drama, quise seguir con la broma.

—A mi me lo vas a contar que casi me cago en un taxi de Sao Paulo.

Después de un breve silencio, maticé:

— Pero la idea del texto era hacer reír.

—Ah, pues no hace gracia alguna. Pensaba que eran dramas para llorar.

—Jajaja —volví a escribir y finalicé con un genuino “excelente”.

Pero como argumentaba al principio, un escritor quiere que le lean, anhela feedback. Así que seguí buscando víctimas que me dieran mi dosis de respuesta a mis textos. Quería ver reacciones diversas, saber qué le causan mis textos a la gente que me rodea, que me conoce —o creen hacerlo—.

Busqué por mi lista de contactos en WhatsApp a ver a quien le podía mendigar una opinión. Mi siguiente víctima fue mi hermana mayor, una segunda matriarca en la familia.

—Tu que has leído mucho —empecé a escribir por WhatsApp, sin tener ni idea de si lee o no —¿Crees que escribo bien? Me refiero tipo “pro”. Ya sé que es un pregunta jodida y seguramente tu respuesta me dará una historia, pero igualmente quiero tu opinión.

—A mi me haces gracias, pero claro yo no leo mucho —respondió contradiciendo mi primera afirmación.

Entonces le expliqué mi definición sobre que creo que significa escribir “de puta madre”: que no te encalles en las frases, poder sentir cosas con lo que lees, y que te apetezca saber que viene después. Me respondió con un “pues escribes de puta madre” y un “a veces me encallo porque me río y la pantalla desaparece de delante de mis ojos”, todo ello con varios signos de exclamación.

Otro “jajaja” mío y un “que gili eres” seguido de un emoticono escupiendo un corazón.

Llegados a este punto me di cuenta de que uno de los problemas de los que queremos dedicarnos a escribir es que, cuando no te conoce ni Cristo, como es mi caso, los que te rodean leen tus historias condicionados, y su respuesta o crítica tiene demasiadas interferencias con la vida real, y por un lado no sorprende, y por otro es fácil sentir algo, porque en parte ellos son verdaderamente parte de estas mini historias sin haberlo solicitado.

Entre que no me conoce nadie y que los que me conocen no son válidos para darme su opinión —especialmente cuando les fuerzo a leer mis textos y se ven en la obligación de hacerlo— me encuentro como un naufrago: rodeado de una inmensa soledad que parece infinita. Por lo que, al final, y aunque sea una mierda, tendré que buscar en mi interior si verdaderamente soy un escritor de vocación o un simple narrador que quiere que le lean, le reconozcan y ya que estamos, convertirse en millonario.

Estamos solos en el Universo y por eso damos vueltas intentando mordernos la cola

Hace tiempo que la sección de Ciencias de El País me tiene atrapado. Es la única sección con noticias positivas. La posibilidad de curar el cáncer o el SIDA parecen cercanas. Incluso la de detener el envejecimiento o la calvicie son ahora posibilidades encima de la mesa.

Sin embargo, últimamente las noticias de ciencias que tratan del Cosmos o el Universo —las relacionadas con la partícula de Higgs las ignoro directamente porque no las entiendo— son bastante negativas.

La sensación de tristeza fría, tal y como debe ser el Universo fuera de la atmósfera terrestre, no la comprendo y, por lo tanto, no la estoy sabiendo gestionar como un adulto. Desde que somos niños nos enseñan, de una forma o de otra o con más o menos firmeza, que hay un plan B. Que estemos tranquilos porque al final de nuestra accidentada existencia hay “otra cosa”, la que sea o cada uno se quiera imaginar. Incluso, nuevas teorías científicas apuntan a que la muerte ni siquiera existe porque no se ha podido probar su existencia.

¿Me están ustedes jodiendo? ¿Cuando se nos apaga la biología ni siquiera existe la muerte?

Los científicos llevan cierto tiempo alertándonos, lo que pasa que nadie escucha con atención, sobre el hecho de que la vida en este planeta es un accidente. Sólo hace falta ver el resto de planetas en nuestros sistema solar, ninguno tiene vida —qué sepamos— y fuera de nuestra diminuta pelota flotante, la vida no tiene cabida

Al universo le gusta más crear bolas de fuego que atraen a otras bolas compuestas de todo tipo de sustancias químicas que no se conjugan precisamente para crear vida —como nosotros la entendemos—. Excepto nuestra bola, la nuestra tiene vida, pero al ser la única conocida pareciera ser la excepción que confirma la regla. El Universo no es una playa del Caribe, es un lugar oscuro y frío donde nadie querría instalarse.

El problema es que ahora los científicos van más allá y nos dicen que de 100.000 galaxias examinadas con rayos infrarrojos, la vida inteligente brilla por su ausencia, algo que podría estar pasando a la inversa en algún planeta lejano.

—Hemos encontrado un planeta con vida —afirmaría una voz semi metálica y aguda de un extraterrestre.

—¿Dónde? —preguntaría con urgencia una voz con más jerarquía.

—En un lugar llamado Sistema Solar. No sabemos si sus científicos no tienen imaginación o son muy prácticos eligiendo nombres.

—¿Tiene vida inteligente?

—Después de lo que le acabo de comentar sobre su habilidad para elegir nombres, me tomaré su pregunta como retórica.

No nos alarmemos. Este dialogo de besugos alienigenas no se ha debido producir jamás en la historia del Universo porque, seguramente, estamos más solos que la una. Si mañana viniese un meteorito gigante hacia la tierra, debemos estar preparados para entender que no va a venir el Capitán Spock a salvarnos.

Más importante aún, si la tierra se va al carajo, el Universo no va a pestañear, si acaso lo hará de alivio, porque ser la excepción que confirma la regla no debe ser del agrado del resto de planetas, satélites y estrellas que no dejan de girar sin sentido, tal y como lo hace un perro que se ve la cola. La situación de nuestro planeta en este contexto nada tiene que ver con el cuento del Patito Feo que un día se levanta y es un cisne. La tierra es un patito feo de verdad.

Me imagino a un sol de otra galaxia diciéndole al nuestro:

—Colega, menudo grano te ha salido en la órbita.

—Ya ves —le diría el nuestro avergonzado.

Sin embargo, ser la vergüenza de la galaxia o constatar, a medida que la ciencia avanza, que no nos espera nada más allá de nuestras inhalaciones de oxigeno no es, ni mucho menos, lo que más me atormenta. Lo peor es intentar razonar este asunto un domingo al medio día comiendo con amigos, algunos de los cuales rebosan felicidad por una estrenada paternidad/maternidad.

Es evidente que mis ganas de parecer un personaje informado e inteligente pueden provocar que algunos seres de mi entorno me disparen adjetivos calificativos que se alejan mucho de la visión que quiero proyectar de mi mismo. “Plasta” podría ser el que mejor sintetizara los improperios que recibo sin llegar a auto insultarme.

—¿Habéis leído la noticia sobre la inexistencia de vida inteligente en más de 100.000 galaxias? —pregunté retóricamente, sabiendo que ninguno de los comensales le interesa lo más mínimo las noticias, menos aún las de ciencia.

—Ya empieza éste con sus chorradas —dijo Juan tocando su copa de vino tres veces con las yemas de los dedos indice y medio, TOC que arrastra desde pequeño.

—No es un chorrada. Para empezar no es cosa mía, es una noticia.

—¡Ay Tito! como te calientas la cabeza. Hay que vivir la vida —dijo Vanesa con su bebé amorrado al pezón puesto como si fuese un accesorio de vestir, como un bolso muy caro con la marca estampada en grande y con colores chillones.

—¿Tu crees que hay algo después de la muerte? —volví a preguntar retóricamente.

—No —me mintió

—¿No tienes ni una pequeña duda? ¿Nada?

—No —repitió su mentira, la cual redondeó con una explicación más elaborada sobre la nada y el vacío para darle mayor credibilidad a su falsedad.

—Yo creo que todos creemos que hay algo, le llamaremos de formas diferentes pero …

—Tito, la vida hay que vivirla, sólo hay una y hay que disfrutarla— me interrumpió. —Además, mi bebé tiene una vida por delante y tiene que hacer muchas cosas en este mundo, tiene que disfrutar —dijo hablándole a su hijo poniendo esa diabólica voz que ponen las madres primerizas cuando se comunican con sus hijos recién nacidos. ¿Como no han inventado todavía inhaladores de helio portátiles para facilitarles la labor?

—Bueno, pues a mi me empieza a quedar claro que no sólo estamos solos, sino que además, cuando nos morimos nos vamos a la mierda de verdad. No hay segunda parte, ni prorroga ni penaltis. Se acaba el partido, apagan las luces del estadio, la gente se va corriendo y el estadio es finalmente engullido por un agujero negro.

Vanesa ya había desconectado el chip para hablarle en un idioma de otro planeta a su hijo. Juan levantaba la mano para pedir la cuenta, y Lidia me miraba con una media sonrisa diabólica.

Otra vez estaba sólo contra mis temores, ni rodeado de amigos había conseguido obtener comprensión o, por lo menos, reconocimiento por lo que considero son mis geniales apreciaciones.

Cuando llegó la noche intenté maniobrar torpemente para tener relaciones sexuales, pero es evidente que el sexo con las mujeres empieza a las siete de la mañana de cada día de tu vida. Y si eres un “plasta” a medio día, aunque sea festivo, por la noche no mojas y acabas perdido entre las sábanas conectado con el móvil a la sección de Ciencias de El País, dándole vueltas a noticias del Cosmos, como ese perro que, inexplicablemente, se intenta morder su propia cola.

¡Qué me cago!

La imagen de mi padre agarrado al mango del Seiscientos, con las gafas resbalándole  a cámara lenta por el tabique nasal debido a un apretón intestinal en un domingo lluvioso de primavera del 1978, no se me podría olvidar ni aunque me entrenara para ello. Entre otras cosas porque, en mi caso, reafirma mi actual esclavitud a la genética heredada de ese caballero aferrado al mango de un diminuto coche rojo de tapicería blanca donde viajábamos cuatro adultos y dos niños, parecido al chiste sobre cómo meter a cuatro elefantes en un Seiscientos.

—Yayo ¡qué me cago!— soltaba mi padre alaridos descompuestos como una embarazada a punto de parir en medio de un campo de batalla.

—Ricardo, respira hondo, baja la ventanilla y respira hondo— le aconsejaba el veterano de guerra que, curtido en mil batallas, debía haber presenciado más de una defecación involuntaria en Rusia, donde la División Azul casi se congela.

Dicen, con razón, que el contexto lo es casi todo y por eso no ayudaba estar atascados en medio de un decorado en forma de charco de barro que debido a una lluvia corta pero intensa, tipo tropical, lo hacía parecer un auténtico campo de diarrea humana.

—Mira que te lo tengo dicho, no te tomes un cortado después de comer—añadía mi madre. Esos comentarios a toro pasado que son tan válidos pero tan fútiles.

—¡Yayo! —desgarraba mi padre el ambiente.

Atascados en la mierda, la dantesca situación prosiguió durante lo que a mi padre y al resto de adultos les debió parecer una eternidad. La expectativa colectiva de que un adulto de noventa kilos, que se acababa de clavar media ternera, se cagara encima en un espacio tan pequeño, y en un lugar tan poco amigable para salir huyendo, debió tener un efecto negativo sobre el espacio tiempo.

Mientras los adultos la padecían como una tragedia, la escena se grabó en mi cabeza como algo bastante natural, un teatrillo ambulante preparado para mi hermana y para mi. Con los años, sin embargo, me di cuenta de que la escena, no era más que una lección de vida, algo que debí tomarme más en serio, anotar y recordar como esa frase a toro pasado y aparentemente fútil de mi madre: “Mira que te lo tengo dicho, no te tomes un cortado después de comer”.

Ahora, pasados los años, el recuerdo ha mutado, y esa frase, mi madre ya no se la dice a mi padre. Le veo las pupilas en alta definición mientras el fondo se va de foco y su dulce voz me susurra “mira que te lo tengo dicho, no te tomes un cortado después de comer”.

—Juan ¡qué me cago! —gritaba como los sollozos de un hincha de fútbol cuyo equipo acaba de perder la Champions League.

Y ahí estaba yo, treinta y pico años después atascado en medio del horripilante tráfico de Sao Paulo, en un taxi cochambroso conducido por el genio de Regreso al Futuro. Mi socio al lado, intentando controlar sus propios nervios porque se veía perdiendo su vuelo.

Todo había empezado dos horas antes, en la habitación del hotel.

—Rafa, vamos que no llegaremos.

—No encuentro el pasaporte.

—Estaba en la caja fuerte.

—No, ya he mirado, he mirado por todos lados …

Primer retortijón.

—Lo he perdido —dije poniendo mis brazos en jarra como si esa posición fuese a solucionar la situación.

—No puede ser, ¿dónde fue la última vez donde los viste?

—No lo sé —me senté en la cama, apoye mis codos en mis rodillas y me llevé las manos a la cabeza. Otra posición inútil.

—Bueno, yo me tengo que ir o pierdo el vuelo.

Segundo retortijón. Ese fue de 5,3 en la escala de Richter.

Dos horas más tarde, las ventanillas del taxi estaban bajadas y yo respiraba como una embarazada a punto de dar a luz.

—Rafa, respira hondo, no pasa nada …

Me quise aferrar al mango del techo del coche y mi mano encontró el vacío.

—¡Joder!

—¿Qué?— me dijo Juan con hartazgo.

—Este taxi no tiene mango.

—¿Qué?

—Este taxi no tiene mango, no me puedo agarrar …

—Pero si estamos parados, ¿¡para qué quieres el mango del demonio!?

—Es muy largo de explicar …

Retortijón número 123, ya no había escala con la que medir su virulencia

—Dios, no dejes que me cague, te lo suplico, no dejes que me cague —sollozaba mirando a un cielo imaginario como el del hotel Venetian en Las Vegas.

Miré a Juan con horror.

—Juan —silencio y miradas cifradas — me cago—.

El taxista me miraba por el retrovisor. Treinta años de profesión y nunca había visto una escena tan dantesca.

—¡Qué me cago!

—¡Rafa, cagáte ya de una puta vez! —exclamó en un porteño inmaculado.

Se hizo el silencio. Yo cerraba los ojos con fuerza, como si la mierda se me fuese a escapar por los orificios oculares. Cuando parecía inevitable que me iba a cagar encima, el tiempo se detuvo y pude ver a varias de mis generaciones pasadas agarradas a diferentes artilugios en un intento de aguantarse la cagalera. Creo que incluso llegué a ver a un conquistador en medio del amazonas agarrado al pene de un macaco.

—Y justo me toca a mi no tener un mango donde agarrarme—susurré.

Juan em miró enojado, dejándome saber que no me iba a dejar pasar ni una mas, y menos la del mango.

Al llegar al aeropuerto casi tres horas después de iniciar el trayecto, salté del taxi dispuesto a cagarme en la misma pica del baño si fuese necesario. Por suerte uno de los baños estaba libre y pude defecar a lo Freud, sintiendo un placer de dimensiones desproporcionadas.

Salí del baño. Relajado. Tenía que denunciar la perdida de mi pasaporte, iba a perder mi vuelo y este contratiempo me obligaría a quedarme en Sao Paulo varios días. Me daba todo igual, no me había cagado encima y además había roto el maleficio del mango.

—Casi pierdo mi vuelo— me dijo un acalorado Juan al verme.

Asentí.

—Que hijo de puta eres— finalizó.

El universo es infinito y el tiempo no existe porque es un espacio ¡vaya mierda!

Siempre he buscado formas de consolarme ante eventos negativos, casi siempre ajenos pero que me afectaban como propios. Parezco haber vivido toda mi vida magnificando desgracias lejanas y ajenas, o incluso inexistentes, como sistema de entrenamiento personal a modo de prepararme el terreno para cuando me toque a mi la desgracia de forma directa y físicamente. Uno de los ejercicios habituales siempre ha sido trabajar en supuestos en torno a la vejez, qué me dolerá, que sentiré, se me levantará el pajarito. Recuerdo haber subido las escaleras de casa varias veces muy lentamente, imitando a un anciano de 80 años para saber sí podré con ellas dentro de 35 años.

El pasado jueves, como todos los jueves desde que vivo en Dosrius, mi madre vino a comer, y hartos como estamos de caer siempre en los mismos hábitos, repetitivos, seguros, predecibles, amigables, decidimos ir a un restaurante diferente, un poco más barato, más de camionero, con raciones enormes, bastas, con mucho sabor, difíciles de digerir. Como de costumbre mi madre venía con ganas de hablar, de repetirnos las mismas historias a pesar de haber establecido de forma colectiva, pero sin previa charla, la necesidad de romper con la monotonía.

No tengo constancia certera de que mi madre estuviera hablando de los temas de siempre, porque de forma habitual, no sólo con ella sino en general, desconecté mi receptor para trasladar mi tupido intelecto a nuevas situaciones inexistentes. Son como mini entrenamientos que se me ocurren en momentos sociales cuando mi discapacitado cerebro decide que prefiere estar en otro lugar, casi siempre peor y eliminando cualquier posibilidad de vivir lo tengo delante de las narices.

—Tengo ganas de estar mejor física y financieramente porque se me acaba el tiempo para poder viajar—, llegué a escuchar en medio de una emergencia aérea en medio del Atlántico, donde yo estaba con la máscara de oxigeno intentando ayudar a una anciana a ponerse la suya.

—¿Perdón?— pregunté con curiosidad. La frase no encajaba con nada que mi madre podría haber dicho con anterioridad. Es decir, hablar de que no tenía dinero para viajar, o que se hacía mayor para hacer aquello o lo otro, eran habituales, pero nunca se habían planteado como una cuenta regresiva. Eso no estaba en mi manual.

Ese concepto me hizo saltar todas las alarmas, y no porque viniera de ella el comentario, sino porque desde que creo que aprendí que el tiempo no es lineal, intento vivir pensando que avanzo por un espacio, desparramándome hacia todas direcciones en lugar de seguir una fila como las de facturación de los aeropuertos. No es fácil el ejercicio pues, por algún motivo, nuestra limitada biología nos ha hecho creer durante años que nos movemos en fila, de la misma forma que por culpa de nuestro defectuoso sistema creemos que la tierra es plana. Sí, ya sé, todos suponemos saber que es redonda, pero ¡no jodamos! parece plana.

El tiempo, decía, no existe, es un espacio, no una línea, por lo que no se te puede acabar si además es infinito y para sentir que se te acaba deberíamos experimentar la sensación  de estar en una habitación cuyas paredes se van acercando. La muerte no es un agotamiento de las células, debe ser más parecido a un aplastamiento de nuestro espacio.

Así, revertirlo todo a la ciencia es medio asqueroso cuando alguien plantea una duda existencial y el que escucha no llega ni a la categoría de pseudo científico. Es una trampa mezquina que sólo puede activar alguien que se encuentra en un momento inocuo emocionalmente hablando de su existencia. Y como es evidentes que yo me encuentro en tal estado, me abalancé sobre mi madre con la siguiente teoría:

—Mamá— dije con solemnidad —¿Crees que a mi me queda mucho tiempo?—

Mi madre me miró asustada, pensando que quizá le iba a confesar tener una enfermedad terminal.

—Sí, aún eres joven— respondió mientras intentaba llevarse a la boca un pedazo de lechuga que parecía una cometa.

—¿Cuantos planetas hay en el universo?, no me contestes porque no lo sabes, ¿Cuántos sistemas solares? Tampoco me lo contestes porque tampoco lo sabemos, pero si estarás de acuerdo en que hay muchos, muchísimos, tantos que ni siquiera podemos llegar a decir el número.

Mi madre asentía mientras seguía masticando el trozo de cometa.

—¿Cuantos años hace que existe el ser humano? ¿10.000 millones de años?— solté sin ni saber si quiera cuantos hace que existimos como raza. No tengo ni siquiera una respuesta aproximada. Por suerte ella sí.

—Muchos más— dijo con autoridad.

—Pues imagínate—le dije tomando el control—que la separación entre tus 71 años y mis 43, es una cuestión de decimales muy, pero que muy a la derecha del cero. Por lo que si a ti te falta poco tiempo para cumplir tus sueños, a mi me quedan tan sólo unos decimales más. Y hablo de unos decimales muy, muy, muy a la derecha del cero.

Sus ojos abiertos como platos, los dos carrillos llenos de lechuga, un leve movimiento de cabeza adelante y atrás, delataban que necesitaba estar de acuerdo con mi brillante estupidez.

—¿Te he ayudado? —pregunté retorica y retorcidamente.

—Sí —alcanzó a decir con poco convencimiento

Asentí orgulloso

—Pero me has fastidiado aún más de lo que estaba.

—Pero ¿no me acabas de decir que te había ayudado?

—Sí hijo, pero ahora al saber que aún me queda menos tiempo del que pensaba, pues tengo más urgencia por hacer todo aquello que siempre quise hacer.

Nos levantamos de la mesa. No fuimos caminando los dos apesadumbrados, a ninguno de los dos nos queda mucho tiempo para nada si utilizamos al Universo como nuestra escala. Mientras la acompañaba al coche, empecé a derrumbarme. Pasé de creerme un genio a un idiota en cuestión de segundos. Por qué no se me habría ocurrido comparar su vida con la de una lechuga, como esa mal cortada que había engullido minutos antes. Por lo menos le habría dado más tiempo para vivir sus fantasías.

¿Por qué cojones me hace tanto caso?, me pregunté queriendo inculparla por mi falta de tacto.

—Te quiero hijo— me dijo al despedirse.

—Yo también, mamá— aunque, a veces, no lo parezca.