Empezó a sacar fotos en un pueblo de pescadores, y pasó esto … 

Decidió ir a Icaraí de Amontada después de un duro divorcio. Su socio le había asegurado que el lugar era un paraíso.

—Pero Brasil es peligroso ¿no? —le había preguntado bajo un manto de cobardía de quien tiene que cambiar de hábitos de forma repentina.

—El mayor peligro que tiene Icaraí es que no quieras irte jamás.

Así que agarró su equipo fotográfico y se subió al primer avión que pudo rumbo a Fortaleza. Al llegar un amable taxista le llevó durantes tres horas por una carretera irregular hasta este pequeño pueblo de pescadores en el estado de Ceará, donde el mosquito Zika sólo pica a los turistas impertinentes.

Le dejaron en lo que iba a ser su nuevo hogar. Una humilde casa encima de una colina bautizada como “la casa temática”. Nombre que se le había dado debido a que cada pared interior estaba pintada de un color distinto: la pared verde te llevaba a Costa Rica, la roja a Chile, la azul a Cancún, la naranja algún país africano indeterminado. Pronto descubrió que era así cómo funcionaban las cosas en Icaraí, una pequeña parte era material; el resto lo tenía que completar uno mismo con su imaginación.

Tenía como vecinos a una humilde pareja con un recién nacido y cuya casa era un tercio de la casa temática. Tenían siempre muchas visitas de gente de todas las edades que venían apelotonados en motocicletas de cilindrada media. Los primeros días le ignoraron por completo, no por mal educados, sino por prudentes.

Se pasó la primera semana ensimismado con la vegetación, el paisaje, los animales sueltos: vacas, burros y algunas manadas de perros callejeros bastante ruidosas, especialmente cuando caía la noche y la luna estaba llena. No tardó muchos días en hacerse amigo de algunos de los animales y luego de los lugareños. Pronto fue absorbido por el entorno y su ego dejó de ser una pieza de coleccionista metida en una frágil urna de cristal.

Todos empezaron a saludarle con una sonrisa. Todos le ayudaban con cosas menudas, como llevarle la comida a casa, arreglarle la bomba de agua o aconsejarle sobre cómo tratar con algunos de los animales “libres” que le visitaban por las noches.

Pasada una semana inicial de atontamiento, decidió que no podía perder un minuto más y empezó a sacar fotos como si le fuera la vida en ello. Quería poderse llevar toda la esencia de ese lugar a su casa cuando volviera de regreso a su cruda realidad.

Sacó fotos de la vecina limpiando la ropa de su bebé en un cubo de plástico, donde parecía limpiar pañales reutilizables. Sacaba fotos de los numerosos medios de transporte, motos, buggies, carros tirados por bueyes, coches de todo tipo, bicicletas, windsurfers y Kytters. Sacó tantas fotos que el dedo índice y su muñeca se resintieron. Su obsesión por sacar fotos le habían convertido en el loco del pueblo. Un loco totalmente aceptado por el entorno.

El mes pasó rápido, y su última semana le recordaba al último cigarrillo que fumó antes de dejarlo para siempre. Lo quiso estirar hasta límites insospechados. Alargó la ceniza hasta que ella misma caía por su propio peso. Aguantaba el humo en sus pulmones lo máximo posible. Simplemente quería herirse, dejarse una cicatriz bien visible y marcada en sus pulmones a la que pudiera acudir para rememorar lo feliz que le hacía un hábito tan perjudicial.

A falta de dos días para irse recibió la visita de un francés que tenía una pequeño bar cerca del mar y con quien había estado compartiendo vitales tardes de borrachera.

—Buenos días mon ami —le saludó con elevado ánimo.

—Bon jour, capitán Francia —así le llamaba porque llevaba una camiseta con el escudo del Capitán América.

—¿Qué estás haciendo? Aún no te he visto hoy caminando por el pueblo como un animal en celo en busca de follarse el paisaje con su cámara.

—Estoy ordenando mis fotos —respondió ignorando el poético insulto de su amigo —He sacado más de cien mil en tan solo tres semanas.

El francés, que llevaba unas rastas perfectamente delineadas gracias al peculiar y diestro barbero de Icaraí, se destornilló de la risa casi sin venir a cuento.

—Lo peor, es que se me han estropeado todas las cámaras ¿lo puedes creer? —añadió —simplemente se han muerto, no sacan fotos.

—Te habrás quedado sin memoria en las tarjetas o las habrás frito con tanto usarlas.

—No, ya lo he revisado. No es eso. La cámara se enciende y parece funcionar. Incluso cuando aprieto el botón, parece sacar la foto, pero cuando la busco en la tarjeta de memoria, no está. No se han grabado.

—Pues eso, serán las tarjetas de memoria que se te han jodido.

—No, no es eso. Tenía nuevas; tampoco funcionan. No funciona ninguna.

—Que raro mon ami. Yo no sé nada de cámaras, pero Kazú, el dueño del bistro, sabe de todo. ¿Podrías preguntarle a él?

Le miró incrédulo de que Kazú fuese a saber sobre cámaras de fotos o de electrónica.

—En serio español incrédulo. Ves a verle.

Salió disparado hacia el bistro de Kazú, cien mil fotos no eran suficientes y aún tenía cuarenta y ocho horas que exprimir. Pasó por delante de la posada De Praia Brasil para saludar a sus colegas argentinos que la regentaban. Cuatro muchachos que parecían sacados de un catalogo de surferos y que siempre le recibían con el entusiasmo de unos cachorros que hacía meses que no veían a su amo.

—¡Gallego! —le gritó uno de los chicos —¿A dónde vas tan cargado con todas tus cámaras?

—Voy a ver a Kazú. Se me han estropeado todas.

—No es Gallego pelotudo, es Catalán, del Barça —dijo otro.

—Que curioso, uno de los huéspedes me ha dicho esta mañana que su cámara y su móvil no estaban guardando las fotos —dijo el que le había llamado gallego.

—¿Qué raro? —dijo un tercero mientras sacaba su móvil del bolsillo de su pantalón y tomaba una foto.

—¿Y?

—Nada, no se ha grabado —dijo mientras apuntaba en todas direcciones apretando el botón como si fuese una metralleta —No. No me funciona la cámara.

—Qué extraño —dijo el Catalán —me voy a ver a Kazú. Me han dicho que sabe de todo —les dijo antes salir.

—Sí, si Kazú no lo sabe, nadie va a saber que está pasando.

Los cuatro muchachos se pusieron a reír y se dispersaron por la posada a seguir con sus tareas.

Tuvo que esperar en la puerta del bistro cuarenta minutos acompañado de un par de perros callejeros. La espera no se había hecho muy larga a pesar del calor, pues los tiempos muertos en Icaraí eran propiedad de la imaginación.

Llegó Kazú, con su amplia sonrisa, a paso lento pero con modales, parecía venir de tiempos milenarios cuando debía trabajar de sirviente para un malvado emperador japonés. Se paró en seco al verle sentado en la puerta de su pequeño restaurante.

—¿Qué acontece? Aún no te puedo dar nada de comer —le dijo como si sentado en el borde de la desigual acera él fuese el perro callejero y no los dos que le estaban acompañando.

—Ya lo sé, aunque si tuvieras algo de comer no creo que te lo rechazara.

Kazú le invitó a pasar al restaurante y le ofreció un zumo de mango helado, que aceptó sin rechistar.

—Te vengo a visitar porque …

No pudo terminar su frase. Kazú le mostró la palma de su mano y negó con la cabeza. Sorbió de su zumo de mango helado y le instó a hacer lo mismo.

—Está buenísimo —dijo —. Que estupidez acabo de decir, siempre está buenísimo.

—Imagino que has sacado demasiadas fotos y no te funcionan las cámaras —dijo mientras le señalaba el aparatoso equipo fotográfico.

—¿Cómo? —negó con la cabeza — ¿Cómo lo sabes?

—Todo el mundo habla de ello, a nadie le funcionan sus cámaras —respondió Kazú.

—Habrá habido una tormenta solar que habrá creado un campo electromagnético que habrá estropeado todos los aparatos electrónicos —dijo como un niño que acaba de realizar un experimento científico sin quemarse las cejas.

Kazú se puso a reír mientras negaba con la cabeza ante semejante absurdidad.

—No —llegó a decir mientras se recomponía— Aquí las fotos no son infinitas, hay un límite y todo el pueblo cree que tu has debido superarlo. Llevas tres semanas sacando fotos de todo y todos —volvió a sorber de su zumo—. No sabemos cual es el número exacto, pero todos los que llevamos aquí toda la vida, conocemos la leyenda de las fotos finitas de Icaraí.

Ahora fue él quien se puso a reír como un descosido, exagerando para dejarle saber a Kazú que lo que acababa de decir era aún mas absurdo que su teoría de la tormenta solar.

—¿Me estás diciendo que hay un límite de fotos que se pueden tomar en Icaraí?

Kazú asintió con firmeza.

—Pruébalo. Borra una foto.

Sacó una de las cámaras. La encendió y borró la última foto. Le mostró la cámara a Kazú para que viera lo que había hecho.

Kazú volvió a asentir.

Le sacó una foto sorbiendo de su zumo de mango. El flash se disparó. Cambio la función de la cámara a modo visualización y ahí estaba la foto. Levantó la vista. Kazú parecía no prestarle atención. Volvió a cambiar a función para sacar fotos y disparo una rápida. La buscó, pero no se había grabado.

—Venga ya, ¡estás de cachondeo!

No obtuvo reacción a su exclamación. Probó con otra de las cámaras. Borró una foto y sacó otra. La nueva volvía a aparecer, pero ya no podía sacar fotos adicionales. Probó su teléfono móvil; sucedió lo mismo.

Dejó las cámaras encima de la mesa. Se reclinó en la silla, agarró su zumo de mango y se lo bebió del tirón.

—¿Y cómo voy a rescatar toda la esencia de este lugar, sino tengo fotos de cada esquina, de cada persona, perro, burro, planta, plato de comida, granos de arena …?

—Cuándo miras la pared azul de la casa temática donde te estás hospedando ¿A dónde te transporta?

—Joder —dijo con resignación. Sacó las tarjetas de memoria de las cámaras y las rompió en pedazos una a una.

Kazú le seguía mirando impasible.

Le ofreció como regalo las cámaras a Kazú. Pero éste negó con la cabeza. Para que iba a querer esas máquinas cuando el ya había registrado cada detalle de Icaraí en su cabeza.

Volvió sobre sus pasos. Pasó por delante de la posada De Praia Brasil y saludó con la mano a los cuatros muchachos.

—¡Ya funciona la cámara! —le gritó uno de los muchachos.

Les levantó el pulgar en señal de aprobación.

Entró en la casa temática e hizo sus maletas.

Cuando entró por la puerta de su apartamento en la ciudad se sintió vacío. Las fotos de Icaraí no paraban de proyectársele en su cabeza. Se dio cuenta que no necesitaba las fotos de sus cámaras para nada, si quería estar en Icaraí sólo tenía que cerrar los ojos y sumergirse en sus colores, olores y sonidos.

Decidió ir a una tienda de bricolaje. Compró varios botes de pintura para paredes de colores: verde, rojo, azul y naranja.

El sicario y el abogado

Le llegó el encargo como siempre, un sobre marrón de burbujitas con una carta que parecía haber sido redactada por un niño de ocho años, una generosa suma de dinero en billetes de 50 euros y tres fotos del sujeto —una de cada perfil y una frontal —sacada con un teleobjetivo.

Silbó al contar los veinte mil euros.

—Debe ser un pez gordo —se dijo.

Tenía, como casi siempre, una semana para rechazar el encargo y devolver la pasta sin mediar explicación. Pero los que trabajaban en el ramo sabían que si el sujeto era mayor de edad él difícilmente declinaba. Leyó la carta con atención. El trabajo involucraba fulminar a un tipo que trabajaba en un bufete de abogados. El objetivo tenía mucha vida social, estaba recién casado, sin hijos y tenía un amante masculino.

No le pareció un trabajo complicado. Incluso se sintió decepcionado por su simpleza.

Preparó sus herramientas habituales. Un pequeña arma blanca muy afilada y punzante, y una pequeña pistola automática con silenciador. Prefería los trabajos rápidos y muy cercanos, nada de mirillas telescópicas o artefactos explosivos. Debido a su modus operandi, le gustaba conocer bien a su víctima. Lo suficiente para experimentar la vida del otro sin llegar a empatizar.

Era paciente por gusto y se tomaba su tiempo para conocer los hábitos y costumbres de su presa. En esta ocasión, y a pesar de no agradarle la situación, le habían marcado no más de tres semanas de plazo para ejecutar. Tendría que hacer un seguimiento intensivo.

Se fue a la peluquería a hacerse un cambio de imagen. Optó por teñirse el pelo rubio y dejarse la barba de su color natural castaño, tipo Messi. Se compró ropa nueva, unas gafas de sol un tanto extravagantes, y se dibujo varios tatuajes falsos en los brazos que le llegaban hasta las manos. La idea era crear un personaje altamente identificable en caso de ser descubierto o visto durante la ejecución. Un personaje fácilmente desmontable al volver a su aspecto natural, si es que eso existía después de tantas transformaciones.

Empezó a seguir a su individuo. Pronto descubrió que tenía rutinas muy marcadas. Los días eran todos iguales y sólo se alteraban para ir a ver a su amante o cuando se escapaba al happy hour de un local de gays.

—Vaya vida de mierda tienes, amigo. Os voy a hacer un favor a los dos —masculló mientras le veía entrar en una tienda por el retrovisor.

Una semana después, la que pensó que había sido la más aburrida de su vida, volvió a recibir una carta. Era habitual tener varios encargos a la vez y como ya estaba listo para ejecutar a su víctima, no tenía inconveniente en aceptar un nuevo encargo. La cogió y le dio varias vueltas. Su instinto le dijo que algo no cuadraba. Abrió el sobre con cuidado. Miró en su interior. Sólo una hoja, sin dinero, sin fotos. Sólo una hoja escrita, otra vez, por un niño de ocho años.

—Mierda —dijo. Era la primera vez que le sucedía algo así.

Quien fuese que le había contratado le notificaba que la persona que había realizado el encargo se había muerto inesperadamente. La carta dejaba a su criterio el acabar el trabajo o dejarlo correr. Además, y esto no le hizo mucha gracia, podía quedarse con el dinero independientemente de su decisión.

Meneó la cabeza.

Salió a la calle y empezó a caminar sin un rumbo concreto. Esperando en un semáforo se vio reflejado en un escaparate. Se sintió ridículo con ese pelo rubio y esas ropas algo estrafalarias. Se preguntó qué clase de sicario era. Mataba como método para ganarse la vida de forma generosa o era un enfermo mental al que le gustaba tener una excusa para acabar con la vida de otras personas. O, simplemente, era un tipo sin empatía, alguien con el alma congelada.

Siguió caminando y debatiendo sobre qué tipo de asesino a sueldo era. Matar no le causaba un problema moral, aunque sí se había auto impuesto el código de no matar a menores. Nunca había sentido tristeza por sus acciones ni tenía pesadillas, que recordara. No le perseguían los fantasmas de sus víctimas. Vivía en paz consigo mismo, nunca pensaba en los huérfanos y viudas que había generado con sus acciones, ni tampoco sobre cómo estos se debían sentir. Incluso si intentaba racionalizarlo no tardaba en aflorar un sentimiento de indiferencia. En ese aspecto, era evidente que era un desalmado.

Cobrar como una prostituta por sus acciones no le parecía tampoco traumático. Es más, le parecía que cobrar le permitía justificar sus acciones. Un salvoconducto emocional. No es que fuese un justiciero, sino que se veía a si mismo como un conductor de autobús que cobra por su trabajo. Concluyó que no era un yonqui de su profesión. Sentía que perfectamente podría dejar de matar si nadie se lo encargaba. Eso tampoco significaba que no hubiese matado sin cobrar. Lo había hecho cuando alguien le había tocado mucho las pelotas. Era poco sociable, así que llevarle al límite no era muy complicado.

Se levantó al día siguiente y volvió a seguir a su sujeto. Aún no sabía qué hacer con él.

—Sólo por como me he aburrido esta semana mereces que te mate —dijo.

Era martes, así que le tocaba la visita al bar donde se podría dar rienda suelta a su homosexualidad. Decidió entrar detrás suyo. El ambiente no le era ajeno, pues el mismo era asiduo de estos locales donde los hombres se encuentran para satisfacer sus deseos sin necesidad de justificarlos. Simplemente, los instintos están ahí y hay que darles salida.

Le vio sentado en la barra, hablando con un muchacho joven. Ambos se miraban con complicidad. Esperó pacientemente en una esquina donde nadie le molestó debido a su lenguaje corporal; esperó su oportunidad.

—¿Te puedo hacer compañía? —le preguntó mientras se sentaba a su lado en la barra.

Se giró con entusiasmo. Le escaneó de arriba abajo y aceptó el ofrecimiento con su mirada.

—Claro —verbalizó para no dejar lugar a ninguna duda.

—¿Y puedo invitarte a tomar algo?

—Por supuesto —dijo refinadamente —sino me ibas a invitar ¿para qué habrías venido a charlar conmigo? Me gusta que me cortejen.

Pidió un par de copas. Cruzaron sus miradas. Su presa le dibujó varias versiones de sus sonrisas más seductoras.

Le molestó ligeramente la sobreactuación de muecas pero, a la vez, reconoció que estaban funcionando. Tomó lo que consideró una decisión muy poco profesional: sin saber aún si lo mataría o no, ya sabía que se lo iba a follar.

—No vienes mucho por aquí, ¿verdad? —le dijo su presa.

—No —dio un sorbo a su copa —, es la primera vez.

—Me gusta cómo te has teñido el pelo. Te pareces a Messi —le dijo mientras le pasaba suavemente la mano por el pelo.

Le respondió con un gesto de desaprobación y una sonrisa. Era aún muy pronto para que le tocara, pero tampoco quería parecer un impertinente. Al fin y al cabo se sentía atraído y no quería tirar por la borda una decisión en firme: follárselo.

Quedaron en silencio mientras bebían.

—No eres muy hablador.

—No —le contestó el sicario.

—No te lo estaba preguntando —dijo con cierto aire de superioridad.

Volvió a sentirse molesto. Cómo osaba hacerse el que le conocía. No sabía nada de quien era. No sabía que su actitud iba a ser crucial para seguir vivo más allá de las siguientes veinticuatro horas.

—Ya lo sé —dijo pensando, que aunque no supiera muy bien cómo, debía hacerse el vulnerable —Preferiría que tu llevaras las riendas. Me cuesta interesarme en las cosas de los demás.

—Sólo te gustaría que folláramos sin mas.

Le miró súbitamente a los ojos.

—Es un poco más complicado.

—Siempre lo es.

—Ya —volvió a decir con desgana.

—Bueno ¿y a qué te dedicas?

No se esperaba la pregunta. Dudó sobre si debía decirle la verdad. Pero las dudas se le disiparon rápidamente.

—Soy sicario.

Su presa soltó una carcajada desmesurada.

—Qué bueno —llegó a decir —y ahora estás en tu tiempo libre.

—Más o menos.

Siguió riendo ante la profesión de su nuevo ligue.

—Tengo un problema y no se cómo resolverlo.

—Qué interesante. Cuéntame, igual yo puedo ayudarte.

No le gustó ni el comentario y, mucho menos, su tono.

—Por qué, ¿tu también eres sicario? —le dijo de forma impertinente. Pensó en sacar el cuchillo y rebanarle el cuello ahí mismo.

El abogado volvió a sonreírle.

—No, yo no soy sicario —dijo serio —a mi me gusta matar a gente por placer.

—¿Eres un asesino en serie o algo así?

Asintió a la vez que volvía a reír descosidamente.

—Entonces no sé si me puedes ayudar con mi problema.

—Cuéntamelo y veamos si un asesino en serie puede ayudar a un sicario. Igual los dos estamos en la industria del asesinato.

—Está bien —dijo el sicario —Me contrataron para matar a un individuo, pero cuando ya estaba a punto de hacerlo, me notificaron que la persona que había contratado los servicios había fallecido y que el encargo quedaba a mi discreción. Yo ya he cobrado, así que tengo libertad para decidir si termino el trabajo o no.

—Vaya estupidez.

—Claro para ti debe serlo, seguramente tu acabarías el trabajo, porque matas por placer, por deporte.

El abogado le miró con seriedad.

—Si, tienes razón. Yo lo acabaría. Pero no sólo por el placer, sino porque es lo correcto habiendo cobrado.

—¿Me estás diciendo que la vida de una persona vale sólo 20.000 euros?

—¿Eso es lo que te han pagado? —preguntó con asombro.

—¿Te parece mucho o poco?

—Poco —dijo volviendo a su exageración —debe ser un don nadie.

Ahora fue el sicario quien no pudo reprimir una carcajada.

—Bueno, mi consejo es que tienes que acabarlo —dijo con un cierto tufo a solemnidad moral— No hay mucho que debatir. Te han pagado por un servicio. ¿Alguna vez antes habías valorado si lo que te pagaban por matar a alguien representaba el precio de su vida?

Negó con la cabeza. Nunca se había planteado sus trabajos en base a ese parámetro que él mismo había introducido en la conversación. El precio del servicio no venía condicionado por la persona, sino por el tiempo y esfuerzo que le dedicara a ejecutarlo.

—No te parece gratuito, ¿matar a alguien sabiendo que ya no es necesario?

—¿Cómo sabes que no es necesario? Quizás la persona que te contrató no era la que se iba a beneficiar de la muerte de la persona a la que debes ejecutar. Puede ser —le empezó a decir mientras se le acercaba lentamente —que lo estuviera haciendo por otra persona que aún sigue viva.

—Interesante reflexión. No lo había pensado de ese modo. Cómo se nota que eres abogado, estás en todo.

El abogado se puso a reír descosidamente. Se llevó la copa a los labios y …

—¿Cómo sabes que soy abogado? —preguntó inquisitivamente —Yo te he dicho que era un asesino sicópata, nunca dije que era abogado.

—Ya, y yo soy sicario —reaccionó a toda prisa —¿pero tu te has visto las pintas? O abogado o un alto funcionario del estado.

Se puso a reír.

—Voy a tener que cambiar un poco mi ropero. No pensé que era tan obvio —reflexionó en voz alta.

El sicario asintió.

Se despertó temprano. La noche había sido sexualmente intensa. El abogado era un buen amante, un poco insolente y sabe-lo-todo. Liarse con su sujeto no había hecho más que complicar el dilema. Había aceptado como válida la propia argumentación del abogado acerca de terminar el trabajo. Sin embargo, ahora, le parecía una pena matar a un buen amante, por lo que él recordaba escaseaban.

Se sentó en el sillón frente a la cama. Llevaba en cada mano una de sus armas, como quien está sopesando con cual acabar el trabajo. El abogado yacía placidamente en la cama semi destapado. Le pareció estar en la antigua Roma a punto de cometer un acto de traición.

El abogado abrió los ojos. Tocó el otro lado de la cama en busca del sicario. Al no encontrarlo se incorporó. Le vio sentado. En una mano llevaba un cuchillo, en la otra una pequeña pistola con silenciador.

“El plagio del robot”

Llevaba toda una vida queriendo escribir un libro. Tenía varios manuscritos, casi terminados, que nunca llegó a finalizar por miedo al fracaso. Su difunta mujer le instaba, con cariño, a que terminara alguno y lo presentara a alguna editorial.

—Aunque sólo sea a modo de ejercicio —le insistía.

Pero cuanto más se le insistía a escribir, menos fuerzas encontraba para seguir adelante con sus textos. Y como le sucede a muchos ciudadanos cuando, en un aeropuerto, coinciden con sus compatriotas nacionales y les oyen hablar entre ellos a los gritos, sentía vergüenza ajena de sus inacabadas obras.

—¿Esto es lo que tengo en la cabeza? ¿Esto es lo mejor que me puede salir de mis adentros? ¿Cómo puedo tenerme en tanta estima en privado? —se preguntaba para acabar concluyendo —Por eso no tengo autoestima, porque mi verdadero yo, no es el que vive en privado y recluido, mi verdadero potencial es el que demuestro fuera, y ahí ¿qué cojones he demostrado? ¡Nada! —se flagelaba en un bucle que se repetía cada cierto tiempo.

Era dado al drama, de modo que los disgustos y las agresiones a sí mismo no eran más que parte del teatro. Parte del placer de vivir una vida en sufrimiento bajo mínimos. Una forma de empatizar con un mundo donde creía que abundaba más la desgracia que la gracia.

Así fueron pasando sus años, moldeando las excusas y castigos para no terminar una dichosa novela que rellenara ese extraño anhelo por dejarle saber al mundo que tenía asuntos interesantes que comunicar.

Llegó el día de su jubilación laboral. Un día que pensó que no existiría porque antes se moriría de algo estrambótico, quizá atropellado por un tren de alta velocidad, en un ataque terrorista o engullido por una ballena. La llegada de la jubilación invalidaba todos sus temores y le plantaba, delante de los morros, una muerte lenta, aburrida, seguramente por alguna enfermedad larga, y degenerativa.

Y fue bajo esta clarividencia, cuando la fantasía dejó paso a la más cruda realidad, que se puso a escribir con la urgencia de un inocente en el corredor de la muerte. No podía parar, el tiempo era, literalmente, oro. A veces miraba al techo y le hablaba a su mujer.

—Cariño, vas a flipar—le decía al más allá —vas a fli-par.

Seis meses después de empezar a teclear como un poseso, presentó su novela a varias editoriales. Una de ellas le respondió muy amablemente y con mucho interés por reunirse con él para hablar de la compra de los derechos y su publicación. Buscó en Internet y constató que se trataba de una editorial de gente joven, considerada como una de las editoriales pioneras y de mayor proyección en el panorama nacional. No quiso esperar a recibir más respuestas, le agradaba la idea de que una editorial de gente joven y potencialmente inexperta se hiciese cargo de su novela.

Esa noche se sentó en el sofá con una copa de vino y la carta impresa en papel reciclable. La leyó cientos de veces, escudriñó cada palabra. Le molestó que no fuese una notificación escrita a mano para analizar la letra. Finalmente, sin saber por qué, tiró unas gotitas de vino sobre el papel reciclable que se expandieron y lo arrugaron. Por algún motivo, nada extraño, pensó que llevar la carta con vino a la reunión le ayudaría a llevarla de forma más favorable. Le daría el glamour de un escritor bohemio. Una vez más optaba por pretender ser quien no era.

Llegó arreglado a las oficinas donde un equipo de gente verdaderamente joven le esperaban y recibieron con entusiasmo. Inmediatamente se dio cuenta que su atuendo formal de colores planos y apagados habían pasado de moda. Se puso la mano en el bolsillo de la americana para notar el papel reciclable entre sus dedos e intentó ubicar las partes arrugadas donde se suponía que estaba el vino.

—Bienvenido —le dijo un tipo delgado y con una protuberante barba —puede sentarse aquí —le indicó.

Se sentó con calma aunque la silla no parecía asentarse firmemente en el suelo alfombrado. Le dio igual, le parecía estar jugando un partido de fútbol delante de su propia afición.

—¿Quiere tomar algo? —le preguntó lo que le pareció un muchacho demasiado joven para estar en la sala —¿Café, té, agua?

Negó con la cabeza, y levantó la mano en señal de que estaba bien.

—Antes que nada, quiero decirle —empezó a decir el chico de la barba— que su novela es una obra de arte. No he podido parar de leerla. Me ha emocionado, me ha hecho reír, llorar, se me ha puesto la piel de gallina. Si leer se trata de hacer sentir, su novela es un ataque a todos los sentidos.

—No sé qué decir …

No pudo ni acabar la frase. Una mujer joven y esbelta abrió la puerta del despacho con contundencia y algo de exageración.

—Estamos jodidos —dijo como si el edificio estuviese en llamas —ha llegado el día, poner la tele —ordenó mientras le miraba al jubilado de reojo.

Se giraron mientras uno de los muchachos encendía la pantalla que colgaba de una de las paredes. Todos la miraron y escucharon atentamente.

Se sintió confuso. No entendía que estaba pasado, que podía ser más importante que esa novela que había escrito y que “había atacado” literalmente a todos los sentidos de aquellos muchachos que aún tenían marcas visibles de su acné juvenil y que, estaba seguro, debían saber mucho de marketing digital e Internet y bien poco de literatura, especialmente de los grandes clásicos.

Intentó no darle más vueltas de las necesarias y obedeció como el resto.

Un hombre mayor estaba sentado al lado de lo que parecía ser un ordenador de mesa algo sofisticado. Delante tenían varios libros mostrando su portada. Se puso las gafas y vio el título: “El plagio del robot”.

—¡¿Qué demonios?! …

—Shhh —recibió por respuesta.

En rueda de prensa se anunciaba el primer libro de una nueva editorial cuyos autores ya no eran humanos, sino robots. Era el primer libro escrito por una máquina, un ser sin alma había sido capaz de escribir algo que tocaba a la esencia del ser humano. El título era exactamente el mismo que el de su manuscrito y la trama que acababa de explicar el director de la otra editorial idéntico al suyo.

—Su libro se titula como el mío —dijo extrañado —¿Cómo puede ser?

Volvió a recibir gestos de desaprobación. Sin motivo alguno, apagaron la televisión y le miraron de forma inquisidora. Siguió con la mirada a todos y cada uno de los chicos que estaban en la sala hasta que llegó al barbudo.

—No sólo el título ¿no ha escuchado la trama? —le preguntó el muchacho joven y bonachón —Es exactamente la misma que la suya.

—¡¿Nos ha intentado engañar?! —le vociferó el muchacho de la barba mientras el resto de los allí presenten le miraban con atención, cómo si estuviesen viendo un ejercicio de una escuela de arte dramático.

—Pero qué pregunta más absurda —se intentó defender. Volvió a buscar la mancha de vino con la yema de sus dedos. La sensación del tacto ya no era agradable, más bien le parecía estar pasando sus dedos por encima de un cactus.

—Usted nos ha traído un libro plagiado de un robot. ¿Cómo ha tenido la indecencia? Es usted una vergüenza para cualquier escritor. Es usted un ladrón.

Se sintió como si su cara fuese un telepromter o como si albergara en ella al apuntador de una obra de teatro.

—Escucha jovencito, yo no he plagiado nada, si acaso esa máquina, de alguna forma me ha plagiado a mí. Quizá me la han robado por Internet. Quizá ese robot se conecta a Internet, rastrea todos los ordenadores conectados y les roba sus archivos —intentó argumentar con poca convicción. Nunca había sido muy bueno con las nuevas tecnologías.

—Claro —le interrumpió— a una famosa editorial que ha invertido millones de euros en desarrollar un robot capaz de escribir una novela ¡no se le ha ocurrido otra cosa hackearle el ordenador para robarle su novela y plagiarla!—dijo el barbudo escupiéndole unas motitas de saliva sobre el cristal de sus gafas bifocales.

La situación le pareció fuera de contexto, como si un paracaidista hubiese caído en medio de una boda.

—Nos ha hecho usted perder el tiempo de mala manera —dijo otro de los asistentes en la sala con tono pausado, jugando al poli bueno y poli malo de las series de televisión.

Todos quedaron en silencio. El jubilado movió su silla para atrás pero las ruedas se habían declarado en rebeldía. Miró a ambos lados de la silla como si estuviera al borde de un precipicio. Finalmente se levantó. Intentó colocar la silla nuevamente en su sitio, pero entre la moqueta y unas ruedas en mal estado era como un coche que intenta arrancar con las ruedas giradas contra la acera.

Empezó a caminar despacio y cabizbajo hacia la salida. Cuando estaba a punto de posar su mano en el pomo de la puerta de cristal, vio como el resto de la oficina, desde el otro lado, miraba la escena con entusiasta curiosidad. Le pareció extraño, parecían estar esperando otro final.

—Un momento, caballero —dijo uno de los muchachos —¿no irá a creer que se va a ir así?

Se giró extrañado.

—Hemos perdido tiempo y dinero leyendo su libro, pensando que iba a ser nuestro gran éxito para este verano. Hemos movilizado todos nuestros recursos porque verdaderamente creíamos que esta era una obra maestra.

—No entiendo —dijo asustado —¿qué quieren? ¿qué encima les pague?, después de esta humillación.

—No estaría nada mal —interrumpió el troglodita que le había manchado sus gafas de motitas de saliva irritada.

Meneó la cabeza desconcertado. La situación era superior a lo que podía aguantar y, sin darse cuenta, empezó a llorar delante de toda aquella gente. Le pareció que ahora sí les estaba entregando lo que estaban esperando: un gran final. Así que se dejó llevar y su llanto empezó a crecer en intensidad, seguido de ciertos espasmos. Una de las chicas le acercó una de las sillas con ruedas. Curiosamente a ella las ruedas de la silla le respondían con soltura y facilidad lo que le hizo pensar que, quizás, su silla había sido trucada para la ocasión.

Se sentó cargado con su llanto. Sacó por error la carta con las manchas de vino cuando lo que estaba buscando era su pañuelo, ese que tenía más de 40 años y que su mujer le había regalado con un corazón y sus iniciales.

—No tengo nada —masculló entre dientes.

—¿Cómo ha dicho? No le oímos —dijo el troglodita.

—Cálmate —le pidió otro —a ver si le va a dar un infarto y entonces sí que tendríamos un problema de verdad.

Esa última aseveración le pareció extraña, como si el primer problema, el de la editorial del robot y el plagio ya no existiera. “El mundo se va a la mierda”, pensó.

—Hagamos lo siguiente —le dijo el barbudo — ya que los derechos de su libro no valen una mierda y usted no tiene como pagarnos, cédanos todos los derechos de su libro, incluida su autoría.

Levantó la vista y se encontró con una barba con ojos de búho que no dejaban margen a la negociación. Cedió todos los derecho de su libro a la editorial por un precio considerablemente inferior al que se había imaginado, recibió un cheque, firmó unas papeles y se fue de esas modernas oficinas sin pena ni gloria.

No perdió el tiempo. Cobró el cheque. Vendió su casa y se fue al norte de Brasil, al estado de Ceará, a vivir los últimos días de su vida en un lugar sin inviernos, porque los detestaba. Pero sobre todo, en un lugar sin robots que le pudieran plagiar.

En la editorial se montó una fiesta por todo lo grande. En una pantalla se iba reproduciendo en un bucle infinito toda la escena de la sala de juntas desde varios ángulos. No podían creer lo fácil que había sido engañar al pobre viejo para que creyera algo tan absurdo como que una editorial con robot había escrito un libro como el suyo. Todos se felicitaban por el video que imitaba una conferencia de prensa en vivo. Se vanagloriaban de sus actuaciones, y bebían y se drogaban sin control.

Pasados unos meses, se le ocurrió conectarse a Internet. Quería saber que habrían hecho aquellos chicos con su novela. Sabía que la acabarían publicando y que sería un éxito de ventas. Les reconocía el esfuerzo, pero engañar a un adolescente de los años 70 no es tan fácil. No había Internet, pero había que cuidarse de otro tipo de peligros y había que agudizar el ingenio para conseguir cosas y para defender las que ya tenías.

Encontró una noticia que anunciaba que la famosa novela “El plagio del robot” acumulaba querellas por plagio de varias editoriales consagradas que
habían iniciado acciones legales, demandando sumas millonarias en indemnizaciones que amenazaban con arruinar a la editorial que tenía los derechos del libro.

Salió a su pequeño jardín donde ya le estaba esperando un perro callejero que cada día venía a mendigarle un poco de comida y mimos. Se agachó para regalarle unas caricias de bienvenida. Se volvió a incorporar y miró al cielo azul de Ceará y dijo: “Cariño, te dije que ibas a fli-par”.

Cita a ciegas

Llegó temprano, maqueado, guapo. Ella llegó tarde, era un cardo.

—Ya sé que soy fea —le dijo sin tapujos—y tu en cambio no estás nada mal, si te quieres ir lo entenderé.

Negó con la cabeza. No debió hacerlo porque se quería ir.

—Supongo que no te vas, entonces. Dios sabrá qué extraña curiosidad debes tener en conocerme o peor aún de que clase de personalidad adoleces que no te atreves a decirme a la cara que te quieres ir. Me da igual, me conformo con estar un rato contigo.

Se puso a reír. Era tan directa que se le antojaba molesta y atractiva a la vez. “Fea pero con carácter”, pensó.

—¿Qué te apetecería hacer? ¿Comer algo, tomar un café? ¿O prefieres que nos emborrachemos directamente con el estomago vacío? —le preguntó.

—No lo sé. Nunca he llegado a este momento. Todos los chicos con los que he quedado se han ido cuando les he dado la opción, tu eres el raro, y me pones en una situación completamente desconocida.

—Bueno, yo tampoco he salido con muchas chicas feas ¿qué os gusta hacer a las de vuestra condición?

Ni se lo tuvo que pensar.

—Soñar.

Él enterneció el gesto. Luego lo frunció. Miró a su alrededor pensando que quizá estaba en un programa de cámara oculta. La volvió a mirar y dijo:

—A mi también me gusta soñar y me acabas de decir que no soy feo. No es algo típico de feos. No hay nada característico. Algo único que solo haría una chica fea.

—Me gusta mucho leer. Me gusta reflexionar, me gusta debatir sobre ideas, pero casi siempre las escondo porque sé que al ser fea, o no se me va a tener en cuenta o se va a mal interpretar lo que digo.

—Y tienes razón, a las feas respondonas se les coge manía. Las feas tienen que ser simpáticas y sumisas. Sobre todo bonachonas.

—Bonachonas son las gordas, no las feas. Yo no estoy gorda, así que intento no ser bonachona no sea que además de fea me confundan por gorda.

Se puso a reír descosidamente haciendo algunos ruidos medio extraños.

—Los ves —dijo ella —si yo me llego a reír así, seguramente te agarra una arcada. En cambio tu, aún riendo como un cochinillo, estás para comerte la boca.

Se puso serio de golpe.

—Tranquilo —se apresuró ella —que no te la voy a comer.

—Más vale. No creo que aún esté preparado.

Ambos se rieron. Se miraron.

—Eres fea de campeonato —le dijo él.

—Y tu has tenido mucha suerte con la genética —respondió ella.

Sus ojos seguían clavados.

—Tienes razón —dijo él —estás en desventaja.

La agarró de la mano y empezó a caminar con paso firme.

—No me vas a secuestrar para descuartizarme por fea —dijo ella ante los tirones y una mano firme que le estrujaba la suya diminuta.

La metió en una tienda de disfraces que parecía sacada de una película de terror de los años setenta. Una mujer en edad de jubilación pero que aún guardaba pinceladas de haber sido una mujer hermosa físicamente se les acercó entusiasmada.

—Necesitamos dos disfraces de monstruo o zombies, o algo muy desagradable.

—No te pases —le dijo ella dándole un cariñoso golpe en el brazo.

—¿Vais a una fiesta de disfraces? —preguntó la vieja.

—No. Estamos intentando tener una cita en igualdad de condiciones.

La mujer les miró confundida, pero en seguida lo dejó pasar. No le interesaba en lo más mínimo lo que estos dos personajes se traían entre manos, sólo quería enchufarles el disfraz de monstruo más caro de la tienda.

—¿Y esas máscaras? —preguntó él.

Se trataba de unas máscaras tipo casco que parecían fusionar a King-Kong con Drácula y un zombie.

La vieja se paró en seco.

—¿Cuánto valen? —volvió a preguntar.

—Son muy caras dijo ella. Son mágicas —dijo la dos últimas palabras con un aire misterioso y, hasta cierto punto, amenazante.

Ambos abrieron los ojos como dos niños.

Salieron de la tienda con las máscaras puestas. La gente les miraba con curiosidad mientras ellos caminaban cogidos de la mano con mucha timidez.

—Creo que si no me emborracho me voy a quedar paralizado.

—Tendremos que beber con pajita —respondió ella.

Se metieron en un bar y empezaron a beber como si se acabara el mundo. Con cada sorbo, cada risa, cada salida ocurrente de la muchacha fea empezó a sentir algo. Quiso frenarlo pero cuanto más lo intentó, más creció en él.

La invitó a casa. Hicieron el amor con las máscaras puestas porque les hacía gracia y porque llevaban una sopa que les evitaba pensar en la falta de aire y el sudor que les provocaban.

Por la mañana se levantó con dolor de cabeza. Ella no estaba con él. Cuando empezó a pensar que todo había sido un extraño pero lindo sueño, ella apareció por la puerta del cuarto, desnuda pero con la máscara puesta.

Él se puso a reír.

—¿Aún llevas la máscara?— Le preguntó él— Yo ya no podía aguantar más la claustrofobia.

Ella también se puso a reír como una descosida.

—Qué cachondo que eres. Anda sácate la mascara que te vas a asfixiar —le replicó ella.

El hizo una mueca de sonrisa.

—No en serio. Sácate la máscara, no puede ser bueno —le repitió él.

—Pero si yo ya no la llevo, tonto —respondió ella con algo de asombro.

—Escucha, no llevemos esta broma al límite porque tengo mucho dolor de cabeza.

—¿Qué broma? Yo también tengo dolor de cabeza.

Siguieron discutiendo hasta quedar exhaustos.

Mientras, en la tienda de disfraces, la vendedora miraba las fotos de su difunto marido. Lo recordaba como el hombre más feo sobre la faz de la tierra, pero en sus fotos ella siempre le veía con la máscara de mono-zombie puesta.

Ya no tengo ideas propias

El otro día tuve que hacer un trámite a la ciudad de Granollers. Este tipo de trámites donde debo ir físicamente a algún lado me suelen molestar porque estoy acostumbrado a resolver todo por Internet. Un cambio de nombre de un vehículo, para ser concreto. Al salir de la gestora tuve que ir a hacer unas compras triviales, chorradas esencialmente, con la mala fortuna y mi despiste que me dejé los papeles en alguno de los comercios. Me di cuenta al llegar al garage donde tenía estacionado el coche. Allí, no sé cómo, el ticket que llevaba en mi mano y el cual acababa de pagar, se evaporó. No sé donde fue a parar. Retrocedí 20 metros hasta la máquina de pagos, miré debajo de todos los coches, recorrí el suelo con la mirada. Simplemente se había volatilizado. Así que me acerqué a la ventanilla de la oficina.

—Dígame —me dijo una mujer de unos cincuenta y tantos.

—Puede hacerme el favor de llamar a un neurólogo, acabo de perder, no sé cómo, el tíquet de salida.

Cuando la mujer estaba por responder con una sonrisa, caí en la cuenta de que no sólo había perdido el tíquet del parking, tampoco llevaba conmigo los papeles del coche con el cambio de nombre.

—Mierda —me adelanté a la apertura de boca de la mujer—. He perdido también los papeles del coche.

La mujer me miró con curiosidad. “¿De dónde habrá salido este espécimen?”, noté que pensaba gracias a mis nuevos poderes extra sensoriales.

Me disculpé, le dije que volvería en un rato y que luego resolveríamos el problema del tíquet de salida.

Caminé por la calle siguiendo miguitas de pan imaginarias que yo mismo había debido de tirar con muy poco entusiasmo. Recordar el camino inverso fue una tarea compleja. Me sorprendió mi poca memoria y desorientación, preludio de lo que me iba a suceder.

Después de visitar las dos primeros establecimientos, algo alarmado por no encontrar mis dichosos papeles, me agarró una arcada que en mi exterior se limitó a un leve gesto pero que en mi interior fue como un tsunami.

—Joder, ¿qué estoy haciendo con LaTengoPequeña.com?

De la arcada pasé al ataque de ansiedad. Mi cabeza no paraba de decirme que no iba a tener material suficiente para sostener mi nuevo blog durante mucho tiempo más. ¿De qué mierdas iba a hablar a partir de ahora cuando todo lo que se me ocurre parece tener ya una versión en algún lado?

Le mandé un mensaje a mi hermana pequeña.

—Arantxa, me acaba de agarrar un ataque de ansiedad, me da vergüenza lo que estoy haciendo con el blog —le escribí por WhatsApp.

Esperé unos instantes apoyado en una farola.

—¿Por? —me preguntó escuetamente.

—No creo que vaya a poder escribir un cuento cada semana. No voy a tener ideas suficientes para entretener a la gente. Mis cosas son mías, como las tuyas son tuyas, y las de la gente, de la gente. Todos tenemos cosas, para que va a querer alguien leer algo repetitivo de su propia vida pero en mi pellejo.

—No entiendo por qué eso te da vergüenza  —me contestó.

—Me da vergüenza que la gente piense qué lo que escribo es una mierda —lancé medio enojado.

—¿Te produce ansiedad que lo que escribas sea una mierda y ya? —me volvió a preguntar cuando yo buscaba respuestas.

Dejé de escribir. Apreté como pude ese botón de mierda para dejar mensajes de voz y le dije en 35 segundos:

—Me produce vergüenza que se note que no se escribir. Yo no habré leído más de 50 libros en toda mi vida. Cualquiera que sepa de esto, sabe que sólo se puede ser escritor si lees. Es cómo querer hablar de fútbol sin haberlo visto nunca, puedes engañar a la gente al principio, pero tarde o temprano te van a ver el plumero. Se darán cuenta que no sé lo que estoy haciendo. Es una máxima, yo no puedo ni debo ser escritor.

Me devolvió también un mensaje de voz que decía:

—Pues Saramago parece que no hubiese leído en su vida porque no ponía nunca signos de puntuación. No creo que esta regla aplique a todo el mundo ¿no?

Ese “¿no?” final me descolocó y pareció derretir la farola que me estaba sujetando.

Finalmente encontré los papeles del coche en una de las tiendas.

—Ye me he imaginado que acabarías volviendo —me dijo la dependienta.

Intenté sonreír

—¿Cuántas veces alguien se deja algo en su tienda a la semana? —pregunté.

—No sé, una o dos veces por semana. El otro día una señora … —empezó a explicar con demasiado entusiasmo.

—Perdone que le interrumpa, también he perdido el tíquet del parking y no tengo tiempo para historias concretas.

—Si no lees ni escuchas historias ¿cómo vas a escribir un cuento a la semana? —me disparó.

Me asusté y retrocedí dos pasos del mostrador. La mujer me miraba de forma hipnótica.

—Perdón ¿qué ha dicho?

—Nada, hijo ¿Estás bien?

Salí de la tienda con sudores fríos y sin despedirme de la vieja mujer que me seguía mirando como un franco tirador.

Empecé a correr hacia el parking. Bajé por la rampa de los coches en lugar de por las escaleras de los peatones. Me agaché por debajo de la barrera y me acerqué a la ventanilla del mostrador.

—¿Has bajado por la rampa de los coches? —me preguntó la mujer cincuentona.

Asentí con la cabeza jadeante.

—Muy mal hecho, es peligroso.

Volvía a asentir.

—Bueno, ¿has encontrado los papeles que habías perdido y tíquet del parking?

Le vanté los papeles del coche y negué con la cabeza.

—Bueno, no te preocupes. Dime la matricula de tu coche.

Levanté la vista hacia el techo y le hice señas para que no se moviera. Salí corriendo como un zombie en busca de un humano. Llegué delante del coche e intenté memorizar la matrícula. Cuando ya volvía para el mostrador, di media vuelta, saqué el móvil y le hice una foto. Estaba seguro de que al volver me la habría olvidado.

Le mostré a la muchacha la foto del móvil.

Tecleó en su ordenador. Asintió y me dijo el precio que me tocaba pagar.

—¿Cuántas veces a la semana alguien pierde su tíquet de salida? —pregunté nuevamente.

—Una dos veces seguro. Ayer una señora …

—Gracias. No tengo tiempo para más detalles porque imagino que tengo sólo unos minutos para salir sin incurrir en un mayor gasto por mi estacionamiento.

—Si, claro —me respondió —¿pero si no escuchas ni lees, ya me dirás tu como vas a escribir cuentos en tu blog de forma regular?

—Que no, joder, que no voy a escribir un cuento cada semana. ¿Qué no lo ves? ¿Qué todo se repite? Y si todo se repite en el mundo físico ¿cómo no se va a repetir en el de las ideas? —pregunté retóricamente a los gritos.

Salí corriendo hacia mi coche mientras tras de mi escuchaba a la pobre mujer llamar a seguridad intentándole explicar que un cuarentón despistado parecía estar “chalado”.

El hombre irritante

Era introvertido. En situaciones sociales aparentaba más timidez de la que atesoraba, hasta que escuchaba en alguna conversación algún comentario categórico y absoluto. Entonces, ahí soltaba a la bestia, un animal extremadamente racional, tanto o tan poco, que no tenía en cuenta su lado más animal y por eso irritaba. Su contenido quedaba engullido por su tono.

—Hay demasiados inmigrantes, deberíamos empezar a echar a algunos porque se aprovechan del sistema, y ¡ya está bien! —dijo un tipo melenudo y barbudo que parecía un vikingo. Su audiencia asintió reafirmando el comentario. Sin duda era un macho alfa.

—En el centro de salud de mi barrio está lleno de moros, y los de aquí en lista de espera … —no pudo terminar de explicar una mujer  atractiva para ser tenida en cuenta socialmente pero no lo suficiente como para ser la principal protagonista. Su elevado tono de voz y forzada firmeza denotaba una inquietante inseguridad.

—¿Y quienes son los de aquí? ¿Cómo definirías a los de “aquí”? ¿Tu, por ejemplo? ¿O gente con tus creencias religiosas y tu forma de vestir? —preguntó asumiendo que sus palabras habían sido inaudibles. Recordó las palabras de su profesora de canto: “Usa el diafragma cuando hables. Así la gente te escuchará y obedecerá”. Sin embargo, él parecía ignorar que tenia uno.

Aún así, a pesar de su endeble tono de voz, todo el grupo se giró ante la batería de preguntas. Pero no como quien se gira en alerta porque viene un tren a alta velocidad, sino más bien tenían la expresión de quiene esperan que se les empotre en la cara un excremento gigante.

—¿Puede ser —siguió— y lo digo sin mala fe, que vivas en un barrio donde haya más inmigrantes que en el resto de barrios y por eso te parece que ellos colapsan el sistema de salud? —preguntó ante las aún atónitas miradas de su nueva audiencia.

Parpadeó; antes de terminar tan cotidiana y reactiva acción pudo ver la siguiente secuencia en su cabeza:

—Perdón ¿tu quién eres? No creo que nos hayan presentado, todavía —preguntó el vikingo.

—No hace falta, soy uno de los vuestros, creo.

—Ya. Pero, tendrás un nombre “cristiano”.

Sabía que su interlocutor era un muchacho ocurrente y de buen verbo en la salida, pero se temió que era poco dado a los combates de larga duración y para debatir hay que ser maratoniano no velocista.

—Sí, mi nombre es de santo católico, como los vuestros, supongo.

—Es decir, no nos vas a decir tu nombre, vale —dijo el barbas buscando el amparo de sus colegas —Deduzco que sí nos dirás que los inmigrantes no se aprovechan del sistema. Y ¿cómo catalogas a la gente que no paga impuestos pero utiliza servicios públicos?

—¿Pobres? —replicó medio entrecortado. Su introversión se entrometió y se dio cuenta de que había demasiados ojos mirándole y no lo puso evitar, se sonrojó.

—Pobres, dices. De hecho diría que los inmigrantes al venir aquí van a mejor, y sin embargo, desde que nos invaden, nosotros vamos a peor ¿quién es el pobre?

—Tienes razón. ¿En qué estaría yo pensando? Ah, sí, ya lo recuerdo. Hace poco un periódico lanzó unas viñetas explicando que los inmigrantes no causan el colapso en la sanidad ni en la educación. Lo publicaron como un cómic con datos oficiales del gobierno. Imagino que querían que todo el mundo supiera, de forma sencilla, fácil, vamos para tontos, que los inmigrantes no son el problema, sino que lo somos los de aquí. —explicó mientras mostraba la pantalla de su móvil con las viñetas del periódico —le saqué una foto a esa página para tener presente esta información.

—Sé que sabes que me he dado cuenta que nos has llamado tontos —dijo el vikingo en tono amenazante.

El hombre irritante dio un paso atrás físicamente, pero decidió abalanzarse con su verbo.

—Y este pequeño detalle te ha elevado en la escala mental que me había hecho de ti. Bien pillado. Y si eres capaz de entender esto, ¿por qué no eres capaz de aceptar los datos cuando te los están poniendo delante de los morros . Son dibujos para niños, mira —insistió acercándole su móvil. 

—¿Por qué se distinguir los datos falsos de los verdaderos? ¿Tu no? Además, ese periódico no es de fiar

—¿Cómo sabes distinguir los datos verdaderos de los falsos y los medios que son de fiar y los que no?

—Por qué lo veo.

—Y yo veo que la tierra es plana. Es más, nunca la he visto redonda, siempre la he visto a través de imágenes y me he creído esa información. Quizá llegó la hora de ponerla en duda.

El melenudo soltó una risotada absurda y fuera de contexto. Dio igual, en cuanto miró a sus colegas, todos la replicaron.

—Eres de esos que con tal de tener razón, eres capaz de tergiversar y llevar la conversación a cualquier lado. Eres lo que yo defino como “un tertuliano sin escrúpulos”.

 El color de su cara ya había quedado completamente invadido por un rojo chillón y la vena de su frente se había inflado como un globo. Ya no tenía forma de esconder su vulnerabilidad. Sólo podía seguir avanzando. 

—Terminar tus argumentación definiéndome no es ni justo ni decoroso en un debate en el cual yo aún no he dado mi opinión, sólo me he limitado a constatar si la tuya tiene los fundamentos dada la información disponible. De momento, tenemos tu palabra y un centro médico lleno de “moros” contra los datos oficiales del gobierno reproducidos por un medio que no es de “fiar”.

—Perdón ¿Quién te había invitado a esta fiesta? Eres muy cansino, amigo. A nadie nos está interesando lo que dices. Nos has perdido. Míranos —dijo paseando su gran copa de cubata por delante de sus compañeros de charla —¿tenemos cara de estar interesados?

—Tantas cosas he logrado solo por decir que tu opinión sobre los inmigrantes y su impacto en el sistema de salud no tiene una base sólida donde apoyarse porque hay datos oficiales, y que a ti no te sirven, que la contradicen.

—Joder —alargó la “r” con evidente enfado —¿Es que no vas a parar? Vale, ya está, los inmigrantes son unos angelitos caídos del cielo y nosotros el diablo distribuido en trocitos humanos.

 —Sigo sin saber que te molesta de mi aportación al debate …

 —¿Aportación? ¿Debate? Si tu hablas sólo, no dejas que los demás digamos nada. Tu tienes toda la razón. Venga, ya has ganado, ¿contento?

—No, por qué iba a estar contento. La gente que me rodea da opiniones contrarias a la información que gestionamos. No puedo estar contento porque somos transmisores de ideas erróneas en un mundo lleno de información útil.

—Madre mía, que sí, que tienes razón ¡qué plasta por Dios!

—No me estás escuchando. Sólo me atacas y descalificas.

—Perdone usted caballero, quien quiera que seas, pero el que ha venido aquí a entrometerse en nuestra charla has sido tu. Así que ¿por qué no nos dejas que sigamos?

—Por qué no era una charla, parecía un adoctrinamiento con datos erróneos.

—Me estás irritando de mala manera.

Terminó de parpadear.

—No, no —replicó ella. —Mis amigas dicen lo mismo de los centros de salud de sus barrios. Están llenos de “moritas” que llevan un montón de niños por cualquier cosa. Como en su país no tienen un sistema de salud robusto, se aprovechan de que aquí sí lo tenemos.

—Puede ser —dijo esbozando una sonrisa más falsa que una moneda de chocolate.

—Puede ser, no. Es que tenemos que tomar una decisión y urgente porque esto no se aguanta —añadió el vikingo.

Volvió a asentir con una leve mueca de aprobación a medida que el circulo le acogía como a uno de los suyos.

Libros Vs. Tablet

Llegó repeinado a casa del abuelo y ataviado con la ropa de los domingos. Llevaba su nuevo amigo consigo, una nueva tablet con la última actualización de Android. Se paró delante de la puerta de la biblioteca del abuelo y se acomodó la tablet para que al entrar su abuelo la viera bien.

—Entra a saludar al abuelo —escuchó tras de sí.

Tragó saliva y tomó el pomo con decisión.

—¡Hola yayo! Mira lo que … —se frenó en seco al ver los inquisidores ojos azules mirarle por encima del marco de sus gafas.

El abuelo volvió a su lectura y el niño se acercó sigilosamente. Se quedó pegado a la butaca del abuelo esperando pacientemente a que terminara una página de su viejo libro. Podía escuchar el latido de su corazón, y la expansión y contracción de sus pulmones. La madera debajo de sus pies se quejaba levemente y los libros de las estanterías parecían haberse puesto como perros guardianes.

Suspiró. Puso el punto, y se sacó las gafas. Despejó la mente y cambio el semblante.

—¿Qué llevas debajo del brazo? —preguntó el abuelo con una amplia sonrisa.

—Es una tablet yayo. Mira hace de todo, puedo jugar, leer, chatear con los amigos —le explicó mientras deslizaba con precisión sus diminutos dedos por la pantalla.

—No necesitas ese chisme para hacer todo lo que me acabas de decir.

—Sí yayo, porque pesa poco y lo llevo a todos lados, así estoy siempre conectado.

—¿Conectado con qué?

—Con el mundo yayo.

—Pues a mi me parece que si lo usas mucho te vas a desconectar de él.

El niño puso cara de tristeza.

—Vamos a jugar —dijo el abuelo mientras se ponía en pie.

—Vale —replicó el nieto recuperando la sonrisa —tengo muchos juegos.

El abuelo volvió a mirarle con su cara de ogro bueno.

—Ni hablar, esta cosa se queda aquí en la biblioteca. Tu y yo nos vamos al jardín a jugar a la pelota.

El niño le miró desconcertado.

—Vamos, deja esa cosa plana en la mesita, no creo que nadie en esta casa te la vaya a robar. No parece ser muy útil.

El niño obedeció disimulando su regañadientes. La apoyó con cuidado en la mesita al lado de la butaca, encima del libro que el abuelo acaba de dejar de leer. Ambos salieron de la biblioteca y la puerta se cerró, dejando el espacio presurizado.

—No pesas mucho, pero podrías bajarte de encima mío —le dijo el libro a la tablet.

—Qué gracioso — le respondió.

—Se llama sarcasmo, no sé si este concepto ha llegado a la alta tecnología —replicó un tomo de una de las enciclopedias que estaba en la tercera estantería de la biblioteca, en la pared delante del gran ventanal.

—Espera que lo busco en la Wikipedia. Es algo que puedo hacer cuando no sé algo —se defendió.

—Ya tienes la clave Wi-Fi, sino estás frito amigo mío —añadió otro libro ante la risotada del resto de compañeros de estantería.

—Madre mía, como se nota que no habéis salido de este lúgubre lugar en años. Tengo conexión a 3G y 4G, además de Wi-Fi, y por si fuera poco, tengo en mi caché prácticamente toda la Wikipedia para no necesitar conexión a ninguna red.

—Uuuuu —respondió un libro que parecía desentonar con el resto. Era el más nuevo de la biblioteca y se notaba que al abuelo aún no le había tentado.

—Pobre, un libro nuevo que ya es viejo sin ni siquiera haber sido tocado —le replicó la tableta.

Un soberbio libro que debía pesar como un camión de mercancías se deslizó lenta pero contundentemente en su estantería. Todos los libro callaron y la tablet, que hasta ese momento no se había sentido intimidada por estar en tanta desventaja numérica, se puso en guardia.

—No debemos despreciar lo nuevo, igual que lo nuevo no debe menospreciar lo viejo—dijo el tomo.

La tableta dudó sobre si se trataba de una bandera blanca o el preludio de un despiadado ataque. Pronto saldría de dudas.

—Dicho esto, hay dilemas que son imposibles de resolver, porque en realidad no son dilemas, simplemente “son”.

—Como veo que vienes en serio y en tono sermón, el cual debes poner porque me consideras joven, debo decirte que te he leído mientras nos aleccionabas con tus parsimoniosas palabras. Y no me extraña que seas parsimonioso y lento, porque tu tamaño requiere de esa cualidad para que algún cerebro humano o de silicio sea capaz de entenderte. Pero, debo decirte que justamente yo existo para resolver dilemas, como por ejemplo, como leerte a ti en cualquier lado. ¿Te imaginas al pobre anciano intentando llevarte a otro lado lejos de esta biblioteca?

—Tu atribuyes mi peso a una deficiencia en mi diseño, y no a una necesidad. No soy pesado y voluminoso porque tenga muchas páginas, sino porque tengo muchas ideas contenidas en muy poco espacio, aunque tu lo has considerado justamente al revés. A mi no se me puede leer en una parada de autobús cuando la cabeza está más pendiente de no perder un transporte. Tampoco sería correcto leerme estando en el baño intentando satisfacer una necesidad biológica ineludible. A mi se me tiene que leer bajo un determinado contexto, bajo unas condiciones específicas.

—Estas diciendo que en lugar de resolver un problema, creo uno. Eso sí es gracioso.

—No, no es gracioso. Tampoco he dicho que tu seas un problema. Tu eres un nuevo dispositivo, joven, con muchas fortalezas, y una debilidad importante: creerte que lo vas a resolver todo.

—Al final no depende de ti ni de mi determinar lo que resolvemos, somos meros instrumentos.

—Tu velocidad de procesamiento es proporcional a la velocidad en la que serás desechado. Es normal que vivas corriendo cuando la vida es corta. A nosotros no nos quemarán, quizá no nos saquen el polvo en años, o siglos para los más privilegiados, pero a ti no dudarán en reciclarte en el mejor de los casos, en el peor acabarás en un cajón hasta que se te acabe la batería primero y luego, cuando hayas estado tanto tiempo parado, ni siquiera serás recargable.

—Prefiero vivir mucho y rápido que poco y lento. Es una cuestión de perspectiva.

—Quizá eso me lo podrás decir cuando te estén encerrando en un triste cajón.

El niño entró corriendo a por su tablet. Estaba sudando y jadeando, con los cordones del zapato derecho completamente desenredados.

—Por cierto, ¿cuándo alguien os viene a buscar con este entusiasmo? —dijo la tablet. Sus últimas palabras las había pronunciado mientras daba vueltas por los aires. Torpemente el niño había pateado una pata de una enorme mesa maciza, al intentar apoyar el pie, se había pisado los cordones sueltos, y sus resbaladizas manos no había podido sujetar su preciado artilugio.

La tablet revoloteó por los aires ante la atenta mirada de todos los libros. Casi todos con cara de horror veían como se dirigía inexorablemente contra la esquina de la mesa maciza. Habían sido varios los objetos de esa casa que se habían hecho añicos contra esa misma esquina. Una esquina temida incluso por su dueño, que más de una vez se había dejado la cadera contra ella. Rebotó contra ella y cayó al suelo boca abajo. El niño tampoco había podido mantener el equilibrio a pesar de sus contorsiones reactivas a cada inconveniente físico. Acabó de morros contra el duro parquet.

El abuelo, curtido en mil batallas, sabía que algo malo había sucedido en cuanto oyó el primer golpe de la pierna del niño contra la mesa maciza. Esa dichosa mesa, mal colocada en la biblioteca. Tanta era su jerarquía que nadie en tres generaciones la había movido. Cuando entró, su nieto estaba llorando en el suelo con la tablet en la mano. Parecía un soldado consolando a su amigo moribundo después de haber pisado una mina. La pantalla de la tablet estaba toda rota.

—Mira yayo, se ha roto —dijo con los ojos hechos una sopa.

—No te preocupes, los papás te comprarán otra muy pronto, tienen poca paciencia.

El niño asintió esperanzado mientras dejaba su maltrecha tablet en el suelo y salía corriendo en busca de su madre.

El abuelo agarró el dispositivo y lo metió en un cajón. Miró a la esquina de la mesa, y le dio las gracias.

La tablet acabó perdiendo su batería por completo para no volver a ser conectada nunca jamás. Curiosamente los libros de la biblioteca no se olvidaron de su amigo, y siempre recordaban su breve pero intensa charla,  concluyendo que todos acababan compartiendo la misma celda, o tumba, como había matizado el joven libro que aún no había sido leído por nadie.

La explotación de las letras

Se despertó a media noche sudando. Aún no llegaba a entender porque estaba soñando algo tan desagradable. Sin tiempo a intelectualizarlo una nueva arcada inesperada le obligó a vomitar la poca cena que le habían dado la noche anterior. Abrió los ojos y entendió que esta no era la primera vomitada de la noche. El suelo estaba lleno de vomito, pero era un vomito extraño. No emanaba olor alguno, su textura era sólida, una especie de amasijo de alambres negros. Se incorporó como pudo. Le dolía la tripa, y la garganta porque el paso de esos “alambres” inodoros que yacían en el suelo le había raspado en su paso por la traquea, la faringe y la laringe.

Encendió la pequeña luz de su mesita y pudo ver su contenido. No era la cena, tampoco alambres negros, era parte de su trabajo. Había vomitado cientos de letras, casi todas minúsculas, algunas mayúsculas, muchas con acento, y alguna “ñ”. Volvió a sentir la arcada y volvió a vomitar un puñado de letras. Esta vez estaban todas en negrita. Se asustó al pensar que pasaría cuando salieran las tachadas. Suspiró de alivio, en los últimos días no recordaba haber tachado ninguna letra porque no le había tocado editar, solo producir textos.

Empujó todas las letras debajo de su camastro, apagó la luz, e intentó volver a dormir, pero ya no pudo. Se quedó pensando. No recordaba muy bien como había empezado todo. Aquellos señores serios había entrado en su casa de malos modos cuando era muy niño y se la habían llevado ante la resignación de sus padres. Le cortaron el pelo, le tatuaron un código de barras y le pusieron en una habitación con otros niños pequeños, todos rapados y todos con su código de barras único.

A pesar de ser aún muy pequeños en edad, todos empezaban con clases de lectura y escritura con un eficiente método por el cual a los cinco años algunos serían pequeños genios capaces de escribir obras maestras al gusto de cada lector. Textos que se irían modificando según las preferencias e indicaciones de gente pudiente al otro lado del planeta. Gente a la que nunca conocería y que nunca le agradecerían las horas interminables que dedicaba a crear contenido de ficción por una mísera comida, un camastro de mierda y un techo con goteras.

Ya habían pasado 20 años desde que empezó a escribir. Sonó la estridente bocina y todos se fueron al pasillo a recibir a los nuevos niños. Llegaban todos con cara de terror a su nuevo hogar. Un “hogar” donde sólo llegarían a conocer letras, un teclado y un monitor gigante que les dejaría miopes antes de llegar a los 15 años de edad. Su misión sería aprender a escribir en poco tiempo para ser rentables a la Corporación de las Letras a partir de los seis años. De serlo, su futuro sería envejecer al triple de velocidad que sus futuros lectores, y acabar con la espalda y los dedos deformados. Su vida acabaría con suerte casi llegando a los treinta tirados en alguna cuneta. No pasar el filtro antes de los seis suponía un destino peor: morir en esa misma cuneta antes de llegar a los diez.

Se puso las gafas para ver a la nueva camada. Se levantó del camastro y les observó caminar en fila en busca de un lugar donde dejar caer sus pocas pertenencias, que consistían en la ropa que llevaban puestas, una tablet para hacer sus ejercicios de escritura y lectura, su alma y sus huesos; poco más.

Un niño más menudo de los normal pasó por su lado. No entendía como cada vez había niños más pequeños ¿cómo iban a aprender a leer y a escribir si apenas sabían andar?, se preguntó. Intentó descifrar el código de barras que tenía estampado en el antebrazo. No pudo verlo con nitidez a pesar de que el niño estaba delante suyo. Se sacó las gafas de culo de vaso, las frotó y las volvió a apoyar en su tabique nasal. Nada, no distinguía nada, sólo una mancha gris en el brazo de ese pobre niño. Sin embargo, sí pudo ver los atemorizados ojos del pequeño, le dibujó una leve sonrisa. No quería albergarle esperanza alguna porque estaba entrando en un mundo sin amor, ni compasión, ni empatía. Era simplemente un infierno como cualquier otro.

Casi ya no veía nada, ni siquiera las letras de su enorme monitor. El sistema le indicó que escribiera más escenas eróticas y tuvo que pedir permiso para poder documentarse. Jamás había vivido una escena erótica en su vida a pesar de haber tenido algunos incómodos sueños con algunos y algunas de sus compañeras. Le costaba ver la pantalla y los ojos le escocían. El fin estaba cerca.

Sonó la bocina de su escritorio. La luz roja de la bombilla que se encendía cada vez que sonaba se había distorsionado por completo. Ya no era una esfera nítida en su cerebro, sino una mancha, como si alguien hubiese tirado un bote de pintura contra una pared. Se levantó cabizbajo y se presentó en la oficina de su supervisor que siempre se comunicaba con ellos a través de un monitor.

—Qué tonto soy —dijo nada más sentarse.

—Tu rendimiento ya no es satisfactorio. Tu visión está muy deteriorada y ya no es rentable invertir en recuperártela —le dijo la imagen de su supervisor al otro lado de la pantalla.

—Llevo años escribiendo todo tipo de historias. Imaginando cosas que nunca he vivido, documentándome, pensando en cómo avanzar y soy tan tonto que nunca me percaté que en mis 20 años que llevo aquí usted nunca has cambiado. ¿Es que donde vive no pasa el tiempo?

—La Corporación de las Letras ha decidido que has llegado al final de tu ciclo de vida útil.

Notó una arcada.

—Hay algo que no le he contado.

—No hace falta. Ya sé que has empezado a vomitar letras por las noches.

Levantó la vista.

—Nos pasa a todos antes de que nos desechen —dijo en voz alta; se puso a reír.

La cara detrás del monitor se mantenía impasible.

—He escrito tanto sobre la risa y el humor, pero nunca me había reído de verdad —terminó de decir la frase soltando un nuevo vómito de letras encima de la mesa.

Dos tipos enormes entraron. Le levantaron de la silla. Le sacaron las gafas y se lo llevaron por un largo pasillo.

—Las gafas son de la Corporación de las Letras —escuchó proveniente del monitor.

Se abrió una puerta y le lanzaron como si fuese un objeto. Pensó que se había roto todos los huesos del cuerpo. Una leve brisa densificada con una tersa lluvia empezó a acariciarle su cuerpo magullado.

Deambuló varios días por las calles pidiendo limosnas. Apenas podía caminar, y la luz y los ruidos no le permitían concentrarse en nada haciéndole parecer un zombie. Por las noches, allí donde podía dormir, seguía vomitando letras.

Acabó tumbado en una cuneta sin aliento. Volvió a vomitar. A pesar de no llevar sus gafas le pareció que las letras habían caído ordenadas. Como un ciego leyendo braille paso sus manos deformes y temblorosas por encima de ellas para leerlas. Suspiró de alivio.

Se lo encontraron sin vida. Un muchacho blanducho y delgado tirado en una cuneta. Uno más. A su lado un amasijo de letras.

—¿Qué es esto? —preguntó un joven detective.

—Vete acostumbrando, es un vómitos de letras característico de los jóvenes desechados por la Corporación de las Letras —le respondió su superior.

—Ah —llegó a escupir sin mucho interés.

—Fíjate — dijo mientras movía las letras vomitadas en el suelo para formas una frase —si ordenas las letras así …

—… “Soy libre” —leyó el detective.

—Todos vomitan las mismas letras. Tengo una teoría al respecto, pero nadie me hace caso —dijo con evidente tono de frustración.

—Hmm, no sé. No le veo relevancia alguna.

—Nadie se la ve —susurró con una resignación tan profunda que pensó que se le iba a desintegrar el estómago.

Dos individuos metieron el cuerpo del muerto en un saco negro mientras un tercero pateaba las letras para eliminarlas de la escena del crimen.

Los protagonistas de la tragedia

Seguía sentado en la cafetería, esperándole, mirando por el cristal como la gente caminaba arriba y abajo cómo si nada hubiese pasado, como si nada fuese a pasar.

—Perdón por el retraso —dijo jadeando mientras retiraba la silla, apoyaba su abrigo en el respaldo y tomaba asiento.

Le hizo una seña con la mano sin dejar de mirar a través del cristal para dejarle saber que no le importaba. ¿Qué era el tiempo al fin y al cabo? Un invento del ser humano para organizar su esclavitud biológica. La otra, la esclavitud emocional, no entendía de tiempos.

—Me trae un té verde, por favor —le escuchó pedir mientras seguía ensimismado con la gente.

Notó como la mesa vibraba cuando el camarero apoyó el té. Sintió como un estruendo cuando Marcos abrió el sobre de azúcar, y le pareció experimentar un centrifugado cuando revolvió el té para intentar disolverlo.

—Bueno ¿cómo estás? —le peguntó justo antes de dar un sorbo.

Daniel retiró la vista del cristal y le observó mientras bebía un trocito de su té verde.

—¿Cómo has decidido cuando era el momento ideal para preguntarme “cómo estaba”?

Marcos apoyó la taza con cuidado en el plato. Se mojó los labios y tragó saliva.

—No sé, supongo que …

—¿Has sorbido justo el té después de lanzar la pregunta por algún motivo en concreto? ¿Es una estrategia de evasión? Lanzas la pregunta y te camuflas con el té verde. ¿Ha sido eso?

—No lo sé. Puede que sí. Yo que sé, nunca había sido elegido como confidente de una tragedia.

—Protagonista, te dije protagonista —le rectificó Daniel.

—Eso, protagonista —le confirmó Marcos— Entonces, los motivos de nuestras acciones y palabras en esta opereta van a ser una constante improvisación para los dos, por lo que, mejor no volver a hacernos ese tipo de preguntas.

Asintió.

—Ahora que te he dado la razón, y como cierre a esta parte de nuestro encuentro, voy a sorber de mi café. No te vayas.

—Aquí me quedo —respondió Marcos mientras miraba algo desconcertado a Daniel beber café frío.

—Cómo explicarlo sin que suene a que me he vuelto loco —empezó.

—Lo dicho, las reglas de esta conversación no están aún escritas —quiso allanarle el camino Marcos.

—Conoces a una persona. Te maravillan algunas de sus actitudes, no porque sean originales, sino porque se dan en el momento correcto y en el sitio adecuado. Te empiezan a atraer aspectos físicos de una persona que te está confesando que los detesta. Acabas en una relación que se inicia con mucha pasión, mucho sexo. Poco a poco se va apagando todo. No te das cuenta, o sí, pero por vago o dejadez no mueves un dedo. Dejas que el amor se ahogue mientras te mira y a los gritos te implora que lo salves. No le haces caso. ¡Jódete y muérete! Le dices con una mirada pesada y fría como un mármol.

Paró su relato.

—Puedes beber más té —le invitó —sino se te va a enfriar como mi café, como mi amor por Ana. No dejes que se te enfríe, sería trágico.

Marcos obedeció. Cómo no hacerlo, Daniel estaba convirtiendo una gilipollez en un asunto vital. No iba a ser él quien le jodiera la vida.

—Te separas. Con buenos modales. Inflando el ambiente con pequeñas frases hechas carentes de contenido: “seremos amigos”, “no es culpa de nadie, simplemente estas cosas pasan”, “el amor se apagó” —levantó la mano y pidió otro café señalando a su taza y haciendo un rodillo con su dedo índice.

Marcos empezó a sentirse un poco incomodo con el tono.

—Todo tu entorno os aplaude. Te alaban con otras frases de mierda como: “es increíble que hayáis acabado tan bien”, “que envidia que sigáis siendo amigos después de tantos años de relación”, “que bien que hayas aceptado que tu mejor amigo sea ahora su novio” …

—Espera …

—No me interrumpas —dijo soltando aire —no vuelvas a interrumpirme.

—Perdón —llegó a articular Marcos mientras bajaba la vista.

Daniel volvió a mirar por la ventana. El decorado no había cambiado, porque nada cambia.

—La gente —siguió —te habla de lo civilizados que sois y dicen tomarte como ejemplo para sus relaciones, porque para ellos que el amor se extinga no es algo negativo ¿En que cabeza cabe? Es decir, que una pareja deje que su amor se muera delante de sus narices, no es una tragedia. Al contrario, es algo noble y bonito. ¿Tu te imaginas a una madre dejando que su hijo de muera delante de sus narices? Que viéndolo agonizar, en lugar de intentar salvarlo le dijera: hijo no pasa nada, todos nos morimos. ¿Te imaginas a alguien alabando a esa madre con frases como las que antes te he descrito? ¿¡Te lo imaginas!? —dijo mientras golpeaba con fuerza la mesa con el puño cerrado.

—Daniel cálmate.

—¡No se te ocurra decirme que me calme, hijo de la gran puta! —dijo mientras sacaba una pistola del bolsillo de su americana.

—Joder —alcanzó a decir antes de notar un extraño silencio seguido de un pitido y un leve ardor en el pecho.

Marcos cayó bruscamente al suelo. Algunas personas de la cafetería salieron corriendo del local, el camarero se agachó detrás de la barra, y otro grupo de personas se amontonaban en los baños.

—Ahora Ana y el resto ya tienen su tragedia, la que yo no supe darle al romper la relación—dijo Daniel, antes de darle otro sorbo a su café y quedarse pasmado mirando por el cristal.

Imagen cortesía de wintersixfour a través de MorgueFile

Tengo dos papás

Ayer llegué al colegio temprano, como siempre. Mi papá es muy previsor y siempre se asegura que llegue a tiempo para entrar a la primera clase de la mañana. En invierno me fastidia un poco tener que esperar en la puerta del colegio porque es oscuro, hace frío y estoy solo. Pero nunca me he quejado, porque sé que mi papá aún lo tiene más difícil. Él tiene que ir a trabajar para que yo pueda seguir viniendo al colegio y pueda tener siempre comida en la mesa, y libros que leer para estudiar, y unas buenas Navidades con regalos. Mi papá es mi héroe.

Pero ayer, cuando estaba quieto como una estatua en la puerta del colegio, con la punta de la nariz congelada, me di cuenta que no tengo sólo uno, sino dos papás. Lo que sucede es que ambos habitan en el mismo cuerpo. Aún no sé muy bien cómo entran y salen para turnarse un único cuerpo, pero ya lo descubriré, igual que descubrí que eran papá y mamá los Reyes Magos de Oriente. O mejor dicho, que los Reyes Magos de Oriente no existen y que, por algún motivo que aún desconozco, me mintieron para hacerme creer que cada seis de enero de madrugada venían a casa a dejarme regalos. Incluso me hacían dejarles vasos de leche caliente con galletas, cuando ya sabían que nadie se lo iba a comer. Me confundió un poco toda la situación porque siempre me habían enseñado que no debía decir mentiras y que con la comida nunca se jugaba.

Me di cuenta que tengo dos papás justamente porque las contradicciones empezaban a acumularse en grandes cantidades y me pareció imposible que una misma persona pudiera cometerlas sin darse cuenta. Así que, por ahora, la única explicación que se me ocurre es que tengo dos papás.

Uno de mis papás me riñe si me peleo con otros niños en el colegio, incluso cuando tengo motivos para defenderme, me intenta convencer de que nunca use la fuerza. Sin embargo, mi otro papá, le grita a otros conductores, a veces les insulta y se pone muy agresivo, y les amenaza con “romperles la cara”.

Uno de mis papás me dice que sea comprensivo cuando los demás se equivocan y eso me perjudica, porque a veces seré yo quien se equivoque y perjudique a otros sin querer. Mi otro papá, en cambio, no tolera un sólo error, enfurece contra todos y no tienen tolerancia ni paciencia con algunas personas, a veces ni siquiera conmigo que sólo soy un niño y aún estoy aprendiendo muchas cosas.

Tengo un papá que quiere mucho a mi mami, que le regala cosas bonitas el día de su cumpleaños o en el día de los enamorados. Y tengo a otro que parece que la odie porque le grita y da portazos cuando hablan de cosas de mayores.

Todavía no he compartido con nadie este descubrimiento, ni siquiera con mis amigos del colegio. Me da vergüenza ser el único niño con dos papás que comparten cuerpo. Tampoco me he atrevido a preguntárselo a ninguno de los dos papás que tengo por miedo a que se enfaden conmigo. Por ahora me hago el despistado.

Sin embargo, el problema más inmediato que enfrento es saber a cuál de los dos papás tengo que imitar, de cual debo aprender, a cual hago caso. Uno me dice que nunca mienta, pero el otro nos miente a mamá y a mi. Uno me dice que debo de compartir y ser generoso con los demás niños de mi clase, pero el otro es egoísta con los demás, incluso con aquellos que parecen venir de países lejanos que están en guerra. “Volver a vuestro país que aquí no se os ha perdido nada”, les grita cuando los ve en la televisión intentando cruzar alguna frontera.

Ya han pasado cinco años desde que descubrí que en el cuerpo de mi padre vivían dos personas. Cuando me enteré, me asusté un poco porque no entendía como podía pasar algo así. Sin embargo, me acostumbré más rápido de lo que pensé que sería posible. Ahora mi preocupación es saber como acomodar a la nueva persona que a veces visita mi cuerpo. Ya no tengo dudas de que también compartiré mi cuerpo con otro ser.

Gracias a mi nuevo compañero de cuerpo puedo entrar en todo tipo de contradicciones sin sentirme culpable y esto me hace ser más fuerte y completo. Ya no me molesta tanto aguantar los ataques que suelo recibir de los chicos de mi colegio. Ya no estoy sólo, ahora somos dos para defendernos. Por fin tengo un amigo que me quiere y, aunque sea un poco agresivo con los demás, a mi siempre me protege.

Hace unos 15 años que descubrí que tenía dos padres, y otros tantos años que en este cuerpo habitamos varios inquilinos. Le he intentado explicar a la juez que sólo uno de los varios que compartimos cuerpo debería entrar en prisión, pues sólo uno es responsable de haber bebido demasiado alcohol y de haber atropellado a aquel pobre peatón que, en parte, se mereció ser atropellado porque ni siquiera miró para cruzar por el paso de cebra. Como si las rayas blancas le fueran a proteger de un trompazo con un coche que circula a ochenta kilómetros por hora. ¡Qué idiota!

Me ha sorprendido la actitud de la juez, y más aún que nos condenara a todos nosotros, ya que sólo uno es culpable y el resto no tenemos responsabilidad en el hecho de habitar en el mismo cuerpo biológico. Su argumento ha sido hacernos creer que en su cuerpo, y en el cuerpo de todos los que me rodean, sólo habita una única persona.

Imagen cortesía de hilarycl a través de MorgueFile

Os deseo la muerte

Como cada viernes por la tarde se reunieron en casa de Eduardo. Todo estaba perfectamente preparado para empezar su partida de póker. Llevaban más de cuarenta años jugando todos los viernes, ni enfermedades, ni castigos, ni un terremoto les habría privado a los cuatro de reunirse para tomarse el pelo con las cartas y robarse el dinero.

Sentado con una agradable sensación de deja vu miraba a sus tres compañeros de juego y recordó, como cada viernes, que nadie en todo el planeta le conocía tanto como ellos. Ahora envejecidos, sus cabezas habían perdido pelo pero habían ganado todo tipo de secretos. Secretos que nunca había contado fuera de esas partidas. Por esa misma regla de tres, razonó que él llevaba en su mochila secretos de aquellos tres personajes que nadie debía de conocer. Continúa leyendo Os deseo la muerte

Basura de letras

Se despertó a las tres de la mañana como un búho. Los ojos como platos, no sabía cómo pero ya se había incorporado. Se puso la bata, las zapatillas, y salió del cuarto. Tampoco sabía cómo ya llevaba las gafas de leer puestas, pero ahí estaban, pegadas a su cara. Buscó en su móvil el teléfono de Antonio, y marcó, sin dudar.

No recibió respuesta después de varios tonos. Abrió el portátil.

—He vuelto amigo mío —le dijo.

—Te he echado de menos —le respondió su Macbook.

—Mentiroso, si odias lo fuerte que tecleo.

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Cariño, me quiero independizar

Y ahí estaba el presidente de la Generalitat, en el balcón, alzando una mano con cuatro dedos y proclamando el inicio de la república catalana. Gracias a la alta definición de la pantalla, los pelos del presidente parecían los pequeños alambres de un títere.

—La alta definición se lo está cargando todo —dijo él con desgana.

—Pues cómprate una televisión que no tenga alta definición —le respondió ella con convicción.

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El hombre loro

Vio que se encendía la pantalla del móvil. Hacía dos años que había decidido que su dispositivo debía ser mudo e inerte: no tenía permiso para sonar ni vibrar. Su determinación venía a cumplir dos propósitos. El primero, no tener que estar cada 30 segundos atendiéndolo, ya que le parecía que para estar esclavizado habría optado por tener muchos hijos con alguna de sus insolentes primas. Por otro lado, quería entrar en la categoría de “seres especiales”, esos que en los 80 tenía móvil, aunque fuese un ladrillo, y ahora no lo necesitaban porque habían ascendido a cotas muy altas como para necesitarlo.

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Doctor, no sé quien soy

Llegó a la consulta excesivamente temprano. No sólo le gustaba ser puntual, sino que, por costumbre, llegaba a los sitios con mucha antelación, demasiada. Miró el reloj. Pasaban cinco minutos de su cita. Miró el revistero pero ya no le quedaba nada que le interesara por leer. Resopló. Se dio golpecitos con los dedos de las manos en las pantorrillas. Se limpió las gafas. Miró el techo y después el suelo, y otra vez el techo, parecía estar asintiendo cuando en sus adentros estaba renegando.

—Señor Gonzalez —le llamaron.

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