Introducción 1.0: O no se medir, o la tengo pequeña
Publicado: Febrero 5th, 2010 | Autor: Tito | Categoria: Capítulos | 6 Comentarios »—La tengo pequeña —exclamó Manuel al ver el resultado de su medición de pene con una escuadra cochambrosa que había encontrado entre sus cachibaches un un cajón olvidado de su despacho doméstico. —¿Pero … esto son centímetros o qué cojo…? —se siguió preguntando en voz alta como si no diese crédito a la cifra que marcaba su medición con un instrumento al que apenas se le veían los números de la mierda que tenía encima. Volvió a colocar el extremo de la escuadra al lado de su erecto miembro, resopló y negó con la cabeza.
Nunca había sido muy habilidoso en dibujo técnico con la escuadra y el cartabón, por eso el resultado le hizo dudar por un momento sobre su precisión a la hora de hacer la medición. Se miró el miembro que empezaba a deshincharse, y pensó que no se le podía culpar al condenado. Hacía tan sólo unos segundos estaba siendo estimulado por un par de rubias tatuadas con piercings que no paraban de tocarse, chuparse y meterse por todos sus orificios, sexuales o no, juguetes de colores. Se preguntó si debía medírsela cuando estuviera en pleno acto sexual. Es ahí, se dijo por sus adentros, cuando estaría en todo su esplendor.
Siguió musitando durante breves momentos mientras desfiguraba su cara provocando que sus gafas de pasta negra se le deslizaran levemente por el tabique nasal. Este era un tic que había adoptado de pequeño, y que hacía la misma función que el realizado por Vicky el Vikingo cuando se fregaba el dedo por debajo de la nariz: ofrecía soluciones.
—¿Cómo me la voy a medir en su máximo apogeo?, —se preguntó mientras analizaba en qué momento del acto sexual con una mujer podría sacar la regla y medírsela. Quizá lo podría introducir como un juego sexual, ideó con poco convencimiento.
La impaciencia pudo con él. Volvió a agarrar el ratón del ordenador y rebobinó el vídeo de las dos rubias juguetonas para volver a centrarse en la acción y medírsela en un momento inesperado, si es que el mismo podía auto sorprenderse de esa forma.
Las dos rubias reiniciaron sus juegos y Manu se subió las gafas a su posición natural para poder sumergirse en la escena en cuestión.
Cuando llegó el momento que consideró oportuno, optó por poner el miembro encima de la escuadra de forma que desde arriba pudiera ver el número y a la vez tuviera en cuenta el inicio del tronco desde su base inferior en lugar de lateral o superior. No ganó ni medio centímetro, lo que le hizo enfurecer y lanzar la escuadra por los aires como un boomerang con tan mala fortuna que terminó estrellándose contra el marco con la foto de Marta.
Viendo el desquebrajado cristal que deformaba la bonita sonrisa de Marta, Manuel se dio cuenta que nunca había pensado en el tamaño del pene, ni el suyo ni el de nadie. Ni siquiera al ver películas porno con clase, cuales sino iba a ver con Marta, y ver esos trabucos desplegados en pantalla se le ocurría preguntarse si el tamaño que veía en esas películas era anormal. Era evidente que las proporciones estaban todas distorsionadas con planos muy generales que las hacían muy pequeñas o primerísimos planos donde hasta el pelo púbico parecían hilos de lana.
Marta jamás había dicho nada al respecto, ni un sólo comentario, ni una sola queja, nada que advirtiera que el tamaño de Manuel era indigno. Según el criterio de Manuel, ambos parecían siempre disfrutar de un sexo que ellos consideraban desenfrenado y que se había forjado en su adolescencia a finales de los 80.
Aún recordaba como en los inicios de su relación ambos jugaban a “hacerlo” con la ropa puesta en preparación para el acto sexual definitivo que llegaría poco después. Como olvidar la inesperada corrida en su propia ropa interior que le obligó a disculparse alegando dolor en el miembro de tanto roce. Aún podía recordar, pero esta vez con cariño, como tuvo que aguantar horas con el pegote entre sus piernas. O como podía olvidarse de la vez que de tanto restregarse se aburrió y acabo completamente dormido para volver a despertar, Dios sabes cuanto tiempo después, para darse cuenta que Marta seguía a lo suyo.
Uno días después de tanto jugueteo consumaron el acto de forma estrepitosa; mejoraron muy rápido después de varios intentos y no tardaron en dejarse llevar como animales salvajes que se buscaban constantemente.
Con sus amigos nunca se hablaban de temas sexuales concretos. Las últimas tendencias en computación y sobre todo la idea de hacer algún día alguna irresponsabilidad como hacker habían dominado sus charlas con amigos desde su adolescencia; “Juegos de Guerra” era, como no podía ser de otra forma, su película favorita. De mujeres y penes nunca se había dicho ni media palabra excepto mencionar las experiencias vividas con Marta y escuchar las de sus colegas con sus novias formales. El tamaño, ni siquiera de las tetas de las novias, era un tema central sino un comentario rápido para saber cuantas posturas se habían probado.
La falta de su espíritu deportivo también le había prevenido de ver en un vestuario a hombres desnudos con los que comparar. El deporte nunca había sido parte de su vida. Manuel consideraba el deporte como su criptonita. Las pocas veces que lo había practicado había caído dolorido y medio enfermo del esfuerzo lo que le había prevenido concentrarse en sus estudios de computación o en sus primeros pinitos de programación con el Spectrum ZX o el Comodore 64; tenía los dos.
Todo eso parecía surrealista, como si hubiese estado haciendo cosas que en realidad no servían para nada en la vida adulta. De hecho, los buenos recuerdos y su habilidad para resolver problemas matemáticos no le habían permitido salvar su matrimonio.
Durante los primeros meses de su nueva soltería se había sentido como un hombre nuevo. Rápidamente había reorganizado sus rutinas como buen programador. Su nuevo apartamento estaba todo estructurado, con los muebles justos para no complicarse la existencia y con un despacho hecho una leonera. Tres pantallas planas de ordenador, un teclado ergonómico, varias torres conectadas entre sí, cables, CDs vírgenes, routers, discos duros, ventiladores y cualquier chisme aprovechable para montar un computador adornaban las estanterías, dándole al despacho la apariencia de un garaje de automóviles.
Mientras su despacho mantuviera la esencia, el resto del hogar podía vivir bajo mínimos. En la cocina pocos trastos para cocinar, un microondas de última generación, la nevera vacía excepto por media cebolla que llevaba varios meses solidificándose en su interior, un zumo de naranja caducado, cervezas Desperado y una lata de Coca-Cola light. El congelador repleto de comida precocinada lista para ser calentada en su microondas galáctico.
Organizarse la vida en su nuevo ecosistema, no había sido difícil. De hecho había sido tan fácil que incluso pensó que su divorcio iba a ser pan comido. Pero tras la organización vino el vacío. Nadie le despertaba con caricias. Nadie desayunaba a su lado escuchando sus últimos dilemas computacionales relacionados con el Internet de siguiente generación que sentía estaba ayudando a construir con su trabajo. Nadie se acostaba a su lado. Nadie le hacía el amor con esa predictibilidad que tanto le gustaba. Ese sexo monótono pero bien hecho. Un sexo que no hacía falta variar porque era como la maquinaria de un reloj suizo. ¿Quién podría querer arriesgarse a estropear una maquinaria perfecta?
No sólo la maquinaría se había hecho añicos como el cristal que había estado custodiando la foto de Marta, sino que ahora además su pene, en el mercado de los penes, era pequeño, un discapacitado del sexo. En su espíritu positivista se preguntó si habría alguna organización tipo la ONCE para seres con pene pequeño. O si habría alguna asociación que les ayudaría a encontrar mujeres piadosas que no les importara introducirse miembros que casi no iban ni a notar.
Resopló.
Soltó un alarido.
Otro.
—La tengo pequeña …—se auto confirmó con la desesperación de un condenado a muerte.

“Todo eso parecía surrealista, como si hubiese estado haciendo cosas que en realidad no servían para nada en la vida adulta. De hecho, los buenos recuerdos y su habilidad para resolver problemas matemáticos no le habían permitido salvar su matrimonio.” Este parráfo parece que no está terminado, igual podrías expandirlo un poco.
Tienes razón. Lo he marcado como en estado de revisión. Lo voy a ir mirando, pero hay libertad de ofrecer sugerencias para completarlo
ui! me acabo de dar cuenta que has llamado a Marta, Marisa en un parágrafo, justo cuando recuerdas las relaciones sexuales al inicio de la relación. ¿O hablas de otra experiencia del personaje?
En qué parráfo era? De hecho Marta era Marisa al principio y le cambie el nombre por medio error y ya se quedó así.
Ya, cambiado
Excelente, recién me entero de este blog, me causó mucha gracia el tema y verlo enfocado en una novela! Ya me suscribí para recibir las alertas por email, ahora voy al primer capítulo después de esta introducción!!!