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Capítulo 5, Escena 2.0: El “síndrome del gimnasio” no tiene nada que ver con estar cachas
                  Manuel llegó a la puerta de la casa de sus padres donde su progenitor y su abuelo habían creado una extraña cita entre los tres varones. Ante la negativa de Manuel inicial a esa cita,...
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Una novela online sobre un pene pequeño o "chochos" muy grandes, depende de a quien le preguntes y su estado de ánimo

Capítulo 2, Escena 5.0: Lo que dicen de los cubanos es verdad, algunos la tienen grande

Publicado: Marzo 2nd, 2010 | Autor: Tito | Categoria: Capítulos | 1 Comentario »
Como el primer día en el que se apuntó al salón de torturas, se quedó pasmado mirando el letrero mientras las dos recepcionistas le miraban y se reían entre ellas. Con la bolsa de deporte cruzada en el tórax, Manuel notó como algo colisionaba contra él a gran velocidad. Las gafas se deslizaron por su tabique nasal y para cuando quiso hacer el gesto éstas ya flotaban en el aire camino del asfalto.
— Uy, por poco —dijo Carlos que había conseguido agarrar a Manuel por un brazo con una mano y a las gafas con la otra con una habilidad digna de un actor circense.
Manuel vio a un tipo alto y esbelto, con pelo liso y castaño perfectamente peinado con ralla al lado. La mirada era amistosa y carismática cautivando a Manuel que en lugar de cabrearse por el atropello estaba perplejo.
—Perdona, venía disparado con ganas de levantar peso —dijo Carlos haciendo un ademán de levantar unas pesas muy pesadas con sus bíceps a la vez que retorcía su cara en señal de un esfuerzo imaginario.
Manuel asintió mientras se colocaba las gafas y se reubicaba los huesos de la espalda disimulando con un gesto para recolocarse la chaqueta.
—Me llamo Carlos —le tendió la mano.
—Manuel —agarró su mano que enseguida envolvió la suya majestuosamente.
Manuel detectó un acento extraño y no puedo reprimir hacer la pregunta más absurda que se le ocurrió.
—¿De dónde eres?
Carlos sonrío orgulloso.
—De Cuba, hermano, de Cuba.
—Siempre he querido ir —mintió Manuel, que nunca se había planteado ir a ningún sitio. Si quería ir a Cuba siempre podía hacer una visita a Wikipedia, leerlo todo y su cerebro se encargaría de ofrecerle la parte que el resto de mortales necesitaban experimentar a través de sus sentidos.
—Y quien no, es el paraíso en la tierra.
Ambos entraron en el gimnasio. Carlos saludó animadamente a las recepcionistas que en seguida adoptaron una actitud coqueta y de flirteo. Manuel también saludó, pero su aullido se perdió por las paredes del recinto como un fantasma.
Carlos tecleó con habilidad su clave de entrada al club mientras a la vez guiñaba un ojo a la recepcionista más joven. Manuel se puso detrás de Carlos y esperó su turno.
Tecleó su código.
Error.
Lo volvió a intentar.
Error.
Maldijo, se ajustó las gafas y levantó la vista. Carlos ya se había metido en el vestuario masculino.
“Genial”, pensó.
—¿Necesita ayuda?
Al entrar en la sala de pesas el cara cubo le miró desafiante y Manuel se fue a la esquina opuesta del gimnasio donde estaban las cintas de correr. Pensó que lo mejor sería calentar antes de levantar hierros.
A los tres minutos, se escuchó jadear como un animal mal herido que corre por un frío prado. Pestañeó y al abrir los ojos le pareció que estaba corriendo en medio de un océano enfurecido. Miro al abuelo que tenía en la cinta que le miraba de forma atónita.
—Llevo una hora corriendo —dijo Manuel como pudo mientras bajaba la velocidad de la cinta para poder caminar.
El viejo miró el reloj de la cinta de Manuel y volvió a mirarle sin ningún tipo de expresión.
—Debe estar estropeado —dijo Manuel mientras golpeaba el panel plano donde se mostraba el tiempo que se había corrido, la distancia y sus pulsaciones que estaban por la nubes.
Se bajó de la cinta bajo la atenta mirada del viejo que le seguía como los girasoles al sol. Intentó refugiarse en la otra punta acarreando un mareo insoportable. Se quedó mirando una de las máquinas. Un dibujo de un hombre tenía resaltados los músculos de la espalda. Manuel miró la máquina sin saber muy bien la posición que debía adoptar, si de cara o de espaldas.
Volvió a sentir un fuerte golpe en su paletilla, que nuevamente le empujó las gafas cuesta abajo en su tabique nasal.
Pensó que se estaba muriendo.
—Te has de poner de cara —dijo Carlos animadamente mientras adoptaba la posición en la máquina a modo de demostración ilustrativa—. Agarras los manguitos, y con las espalda recta los bajas hasta donde puedas.
Carlos se levantó y dejó que Manuel se sentara obedientemente. Una vez sentado estiró los brazos para agarrar los manguitos. Sólo llegó a rozarlos con las yemas de los dedos. Miró a Carlos sin entender.
—Levanta —dijo Carlos sonriente—podríamos iniciar una terapia para alargarte los brazos, pero me temo que será más rápido subir el asiento.
Manuel asintió confundido y auto flagelándose por no tener ni idea de mecánica simple. Volvió a pensar en sus ordenadores y su lógica, máquinas que en relación a estas que tenía delante piensan, no tienen fuerza bruta sino intelectual. Una vez más se sintió como un preso que sale de la cárcel tres décadas después. “¿Done he estado los últimos 15 años de mi vida?”.
Agarró los manguitos con fuerza y empezó a tirar hacia abajo.
—Vamos —dijo Carlos al ver que Manuel no se movía con los brazos estirados y sus manos fuertemente aferradas a los manguitos. Manuel parecía el mono del chiste que se lo folla un elefante tirándose de una liana.
La cara de Manuel empezó a teñirse de rosado y las venas de su cuello se dilataron como el bebe que se está cagando encima.
Carlos ladeó la cabeza esperando a que a Manuel le saliera humo de las orejas. Comprobó el peso con el que estaba intentando trabajar Manuel.
—Espera —dijo Carlos. Manuel se deshinchó y miró a su nuevo socio con alivio y pánico a la vez—. Muchacho, necesitas una buena dosis de trabajo físico.
Manuel ya no tenía fuerzas ni para asentir.
—Prueba ahora.
Una hora después Manuel salía tembloroso de la ducha, con serios problemas para desplazarse. Las sentadillas le habían inhabilitado la musculatura de sus extremidades inferiores. Intentó llegar a la taquilla. Se arrepintió de haber escogido una de las inferiores que le obligaban a doblarse por el torso, forzando su zona lumbar, también maltrecha del ejercicio físico.
En un gesto estrambótico, insertó la llave en la taquilla y al intentar levantarse impulsándose primero con los globos oculares, se encontró con una morcilla oscura que casi le rozaba la punta de la nariz. Cuando su cerebro procesó que se trataba de uno de esos penes de películas porno en estado flácido, intentó retroceder. Su cuerpo le falló y acabó aterrizando sobre su propio trasero. La toalla se le desató y terminó espatarrado y en pelotas bajo la extraña mirada de Carlos.
—Muchacho —exclamó Carlos empezando a dibujar una sonrisa—. Vaya susto te he dado.
—Tu no —repuso Manuel mientras se dejaba caer hacia un lado para poder incorporarse sorteando el dolor corporal que le impedía simplemente acuclillarse como un ser humano normal. Sintió el frío del suelo de gres y apoyó los brazos para hacer una flexión que le incorporara. Pero sus extremidades también habían quedado fuera de servicio.
Antes de poder desesperarse, Manuel sintió como se elevaba. Consiguió ponerse de pie a la vez que notaba las manos de Carlos alzándole. La punta de su morcilla le rozó las ralla del culo y Manuel sintió como una punzada eléctrica que le activó la musculatura durante breves milésimas de segundo, el tiempo justo para poder liberarse de las garras de Carlos el cubano pollón.
—Si queréis os dejo solos —dijo un mastodonte al entrar en el vestuario.
Ambos Carlos y Manuel se giraron en pelotas hacia esa nueva y desconocida voz.
Manuel se lo tomó por la tremenda.
—Joder.
Carlos desplegó toda su seguridad sexual.
—No, si también tengo para ti —dijo agarrándose su serpiente por la base y meneándola de arriba a abajo como un bombero al que la presión de la manguera que sujeta para apagar un incendio le ha pillado desprevenido e intenta controlarla.
Manuel aprovechó la coyuntura para rápidamente ponerse los calzoncillos con todo el culo mojado.
—Mira que sois pervertidos los cubanos —dijo el nuevo personaje musculado para retirarse a otra zona del vestuario.
—No te vayas hombre, que te gustará —dijo Carlos soltando una carcajada mirando hacia Manuel—. Bueno a partir de ahora ya somos pareja de homosexuales en este lugar.
Manuel siguió vistiéndose como un viejo huraño.
—Te invito a tomar un café —propuso Carlos animadamente.
Manuel le miró nuevamente confundido y aún dolorido en todo su ser.
Aceptó, sin estar seguro de querer.
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Un comentario on “Capítulo 2, Escena 5.0: Lo que dicen de los cubanos es verdad, algunos la tienen grande”

  1. 1 La Tengo Pequeña, La Novela | Blog | Capítulo 2, Escena 4.0 dijo a las 2:46 pm en Marzo 2nd, 2010:

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