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Capítulo 2, Escena 6.0: Cuando damos limosna ¿a quién estamos ayudando?
                  Manuel llegó, un día más, hambriento del gimnasio. Superadas las dos primeras semanas llenas de agujetas y dolores en zonas del cuerpo que desconocía, notaba que empezaba a robustecerse y las palizas a las que...
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Una novela online sobre un pene pequeño o "chochos" muy grandes, depende de a quien le preguntes y su estado de ánimo

Capítulo 4, Escena 2.0 – No existen las ideas descabelladas, sólo cerebros incapaces de procesarlas

Publicado: Mayo 9th, 2010 | Autor: Tito | Categoria: Capítulos | 3 Comentarios »

El móvil sonó de forma rotunda en su mesa “Carlos Cubano”. Así había guardado el contacto de su compañero de gimnasio, aunque fácilmente podría haberlo catalogado como “Carlos Manguera”.
—Diga –se apresuró a contestar.
—¿Qué haces hermano?
—Nada en realidad, ¿por?
—Estoy cerca del gimnasio y he pensado que podíamos ir a tomar un café.
—Los cubanos tenéis un tema serio con el café –dijo Manuel sonriendo para esconder su sorpresa con la llamada e invitación a tomar un café.
—Está rico. Te espero en la puerta del gimnasio. Y date prisa.
—Vale, vale, voy.

Carlos le esperaba vestido como un actor de telenovela con botas camperas, una camisa negra y una chaqueta de cuero los más hortera posible y unos tejanos clásicos que le iban demasiado grandes.
—¿Qué pasa tío? –le dijo Carlo sacándose su gafas de sol de aviador.
—Eso digo yo.
—Vamos, encontré una cafetería cerca que esta buenísima.
Anduvieron un par de calles en silencio, lo que con Carlos era algo inusual debido a que tenía palabras para comentar lo más insignificante de forma significante.
Entraron en una cafetería oscura y sucia regentada por un señor mayor que parecía eterno salido de un cuento de hadas.
—Qué, ¿te gusta?
—Tiene su peculiaridad.
—Muchacho, tienes horchata en las venas.
—Me lo estás diciendo ¿verdad?
Carlos sonrió y levantó la mano para llamar al Mago Merlín.
—Dos capuccinos.
—Espera.
—No, tienes que probarlos, son buenísimos. Déjate llevar.
—Contigo es lo único que hago.
Carlos volvió a sonreír.
—Bueno que es eso que me querías contar.
—Yo no dije que quisiera contarte algo.
Manuel se extrañó, pues el había asumido que debía suceder algo cuando en realidad Carlos sólo le había invitado a tomar algo sin más.
Después de unos segundos aparecieron los cafés por arte de magia.
—Gracias … si no te gusta este café entonces deberías ir al médico.
Manuel sorbió ante la atenta mirada de Carlos. Le pareció que estaba fuertísimo.
—Veredicto.
—Hoy no duermo.
—Muchacho –dijo mientras levantaba su taza y absorbía el café con un sonoro ruido —. Si no haces ruido no sabe igual.
—No he dicho nada –sonrió.
—Tu cara si hermano, tu cara aunque no lo sepas habla sola todo el tiempo.
Se sintió vulnerable e intentó esconderse detrás de su tazita, sorbiendo haciendo todo el ruido que pudo.
—Lo ves.
—Si, está más bueno haciendo ruido.
—No, te has camuflado detrás de la taza porque te has sentido vulnerable.
—Tío –dijo Manuel con cierto enojo.
—Perdón, no quería ofender, estaba en realidad tirándote un piropo.
—¿Estas intentando ligar conmigo?
Carlos se destornillo de la risa de forma exagerada acrecentando las dudas de Manuel.
—Me caes bien, pero no para tanto.
—Recientemente he tenido algún problemilla.
—Ah si, cuenta. Yo una vez me la dejé chupar por un tío.
—Basta, en serio.
—Pensaba que me ibas a contar algo así.
Manuel le explicó a Carlos su cita por Internet y como había terminado siendo con un tipo homosexual con el cual encima había hecho migas y ahora se seguían escribiendo emails y habían quedado un par de veces más para contarse cosas íntimas.
—Qué bueno hermano. Pero si algún día te la quiere chupar, déjale –los dos se rieron como locos.
—La verdad es que eres un tío estupendo.
—Otra vez, ¿que está pasando?
—No en serio … –su semblante se tiño de seriedad por primera vez.
—Tu cara es la que me está hablando ahora, de hecho me está vociferando —dijo Manuel.
—A veces me cuesta estar a la altura.
Manuel se extrañó del comentario.
—Qué quieres decir, si eres todo un dandi.
—Sí, pero siento que debido a mi procedencia debo todo el día luchar contra los mitos de los cubanos. Aunque no se note intento suavizar mi acento.
—No lo parece.
—Pues lo hago, y es muy agotador.
—No sé que decirte, la imagen que proyectas es todo lo contrario …
—Y sabes lo que cuesta mantenerla.
—No sé que decirte, deberías relajarte, no creo que te juegue en contra ser cubano, creo que debería jugarte a favor … si no paras de tener líos con tías.
—¿Y sabes cuantas quieren salir conmigo en serio?
—Si tu no quieres salir con ninguna en serio, ahora no les acuses a ellas.
—No tío, yo quiero encontrar una mujer … las mujeres sólo me quieren para satisfacer una especie de fantasía sexual de estar con un cubano que la tenga grande.
—Bueno, contigo satisfacen ambas, de eso no tengo duda –dijo Manuel pensando que ese comentario animaría a su compañero pero pareció tener el efecto contrario.
—No Manu. No es esa la cuestión. A veces me siento utilizado y por eso ya inicio mis relaciones como si fuesen esporádicas, porque ya me la hicieron una vez.
—Mira, igual tu también le has roto el corazón a más de una y no lo sabes.
—Puede … el caso es que contigo no finjo.
—Anda ya, si en el gimnasio tienes un montón de amigos.
—Nah. Con ellos siempre hago esfuerzos por integrarme.
Ambos bebieron de sus respectivos cafés. Manuel empezó a sentirse cómodo en esa cueva.
—El lugar es espectacular.
—Lo ves –exclamó —. Al principio es como cutre porque esta oscuro, pero cuando tus ojos se ajustan y el café te embriaga, es otra cosa.
Manuel asintió como si su aurea se hubiese encendido como un fluorescente.
—Y a las tías les encanta.
—¿En serio?
—Conmigo sí, porque les hace creer que han viajado a una taberna cubana destartalada.
—Ah.
—En realidad funciona con cualquiera –dijo para evitar la decepción de Manuel.
Ambos soltaron sonoras risas ante lo infantil de su conversación, provocando que un tipo gordito con gafas ebrio como una cuba se girara a cámara lenta en desaprobación cansina.
—Te las sabes todas.
—Muchacho.
Tras un leve silencio:
—Oye …
Carlos levanto las cejas.
—Tengo un problema y no se como resolver … la verdad es que me tiene bastante tocado y no sé …
— … Dime carajo, Carlos tiene soluciones para todo.
Se miraron fijamente. Manuel intentando descifrar si podia confiar en Carlos y Carlos intentando provocar que Manuel confiara en él.
—No lo dudo … no se si te habrás dado cuenta de que …
Carlos seguía mirándole.
Manuel escrutinó la cueva para cerciorarse que no había nadie que le pudiera identificar o escuchar.
—Imagino que te habrás dado cuenta de que …
Carlos adoptó una posición medio incomoda, casi como para salir disparado de un local que iba a inundarse de llamas.
—… bueno te habrás dado cuenta de que …
—Muchacho …
—Está bien … de que la tengo pequeña –dijo “pequeña” en un susurro cerrado para apoyar el desmerecimiento de su miembro, como si fuese un ser que acarrea la peste.
Carlos resopló.
—Muchacho, no me voy fijando en los mangos del resto de tipos del gimnasio.
—No hace falta fijarse, están a la vista. ¿Conoces a Julian?
—Sí, el que está obsesionado con hacer mil abdominales por sesión –contestó extrañado.
—Ese ¿dirías que tiene tortuguita?
—No sé, no me he fijado.
—¿Dirías que es exhibicionista?
—Sí, está siempre en bolas por el vestuario.
—Y ¿está cachas?
—Sí, esta hecho un animal.
—Lo ves.
—¿Qué?
—Como si te fijas en los hombres que van en bolas. Si sabes que va en pelotas y que está hecho un animal es porque le has mirado cuando estaba sin ropa y seguro que le has visto el pito.
—Muchacho, ¿a dónde vamos con esto?
—A que la tengo pequeña.
Silencio.
El hombre borracho se movió en su silla de madera provocando un crujido como si su estructura fuese a ceder.
—Felicidades hijo –dijo mirando de reojo.
—Gracias –respondió sin saber por qué.
Carlos le miró concentrado debido al desconcierto que le producía el comentario.
—Estoy jodido con este tema, muy jodido.
Siguieron en silencio unos instantes hasta que Carlos chasqueó sus dedos.
—Ya lo tengo. Ya te dije que tenía soluciones para todo.
Manuel levantó la cabeza con impaciencia.
—Tienes que buscarte mujeres menudas y flaquitas.
Manuel ladeó la cabeza como un perrito que ve una pelota de colores de esas que hacen ruido al estrujarlas.
—Sí, una anorexica o algo así.
—¿Algo así? —preguntó asqueado ante el comentario tan superfluo sobre mujeres que sufren a lo que su entender era una enfermedad terrible. Una vez había ido con Marta a un balneario y en la zona de aguas habían aparecido una parejita de muchachas anoréxicas, con sus bañadores y sus gorros de baño parecían extraída del holocausto nazi. Al verlas Manuel aspiró aire en busca de posibles fugas de gas. La imagen de aquellas dos muchachas de caras tristes y cuerpos casi inexistentes se le había quedado grabada en la memoria en un lugar de privilegio.
—No, anoréxicas no, tienes razón, mejor una enana.
—Joder Carlos.
—¿No conoces a ninguna enana? No hay problema, por Internet hay la tira.
Manuel se rascó un ojo por debajo de su marco de las gafas.
—De hecho si que conozco a una —dijo para su propia sorpresa.
—Invitala a salir.
—Trabaja en el quiosco de al lado de mi casa, no puedo invitarla a salir.
—Por qué no, igual tienes periódicos gratis de por vida.
—O igual tengo que irme a otro barrio a comprarme el periódico.
—Mira, tu invítala a cenar, seguro que acepta, y te la tiras, y ella te dirá que la tienes enorme, es una cuestión de perspectiva. Así te cargas de moral.
—Claro, como si coleccionara muñequitas rusas, buenísima idea, la verdad, eres un fenómeno, me extraña que a vuestra isla no le hayáis puesto alas para poder cambiar de ubicación libremente.
—Para qué íbamos a querer cambiar de ubicación si Cuba está en el punto más estratégico y paradisíaco del mundo.
—Carlos, te estaba contando mi problema en serio.
—Y yo te he dado una solución en serio.
Carlos pasó a relatarle como en una época sufría de eyaculación precoz. Casi le entra en depresión debido a la velocidad con la que se le descargaba el arma. No había forma de controlarla e intentó acostarse con todas las mujeres que pudo para ver si eso lo hacia pasajero. Un día, cuando ya estaba casi resignado, estaba sentado en una terraza del Born tomándome una copa de vino tinto. Disfrutaba de utilizar su pose habitual para atraer a féminas sin la necesidad de conquistar, pues prefería rechazar a tener que pasar un mal rato. Cuando ya estaba a punto de irse del lugar, se percató de que una viejecita le estaba mirando de forma picarona. Sería una mujer de unos casi sesenta años medio bien conservada. Carlos se la imagino desnuda y arrugada, se la quiso imaginar con olor a queso rancio y pelusa blanca por encima de su piel reseca. Carlos rápido entró al trapo y decidió atacar a la viejecita pensando que con alguien que sin haber visto desnuda ya le producía disgusto era imposible que se corriera rápido, de hecho pensó que tendría problemas de erección.
Ambos se fueron juntos a la habitación de hotel de la mujer, que resultó ser una holandesa que chapurreaba español. Una vez en la habitación, la mujer cerró la doble cortina para que entrara poca luz. El cuarto estaba perfumado y la mujer empezó a desnudarse con una gracia inusitada. Mientras se desprendía ordenadamente de sus prendas miraba a Carlos con un sonrisa honesta y hasta de agradecimiento.
Carlos se le acercó, la rodeó con sus brazos y empezó a besarle el cuello. La mujer desprendía un olor agradable y aunque sus carnes no eran las de una mujer de 30 años, le sorprendió la firmeza. Exploró las curvas de la mujer con curiosidad y notó como se estremecía varias veces con el paso de sus manos firmes pero que se deslizaban de forma ligera por su cuerpo.
La mujer parecía estar al día en cuanto a tendencias sexuales y si no fuese porque Carlos hacia esfuerzos por ver en su mente a la mujer arrugada de la terraza del bar, no sabría decir si estaba con una de su edad entrada en carnes o una mujer casi sesentona.
Y llegó la hora de penetrar a aquella pieza de museo con la seguridad de que todo estaba bajo control, el jugueteo largo le había hecho olvidarse de sus problemas eyaculatorios. Justo antes de entrar, Manuel tuvo un pinchazo cerebral, un momento de pánico que le hizo retroceder a gran velocidad para ver en milésimas de segundo las decenas de mujeres que al igual que la que tenía enfrente esperaban con grandes expectativas que su sexo les hiciera navegar por la verdadera esencia de sentirse una mujer querida y deseada. Ser amada por un semental como Carlos no era sólo ser amada por él, sino por todos los hombres que estaban por debajo de ese hombre en la escala social de sementales.
Como el moribundo que ve pasar su vida en el ultimo latido de su corazón, Carlos penetró a la mujer con tal mala fortuna que su química se activó a toda velocidad, empujando todos los resortes incluidos los faciales que entre sollozo y desesperación gimoteaban un lamentable “no” largo y chirrioso.
El silencio y la pausa típica después del fallo sexual se convertían en momentos de angustia, ganas de desaparecer de la escena del crimen lo antes posible aun sabiendo que las huellas de uno están esparramadas por todo el lugar.
La mujer mimicó el gesto durante unos segundos mientras Carlos parecía lamentarse. Después, con un gesto comprensivo ella intento levantar la cabeza apoyada en su hombro de un derrotado Carlos que pedía a gritos que le perdonaran desde su escondite entre una melena rubia.
Sus ojos se encontraron brevemente a poca distancia. La mujer seguía dibujando aquella sonrisa de la cafetería. Para ella nada había cambiado, el simbolismo del momento, el regalo de la juventud poco duradera, un soplo de tiempo que en su día se cebó con su propia juventud y que ahora se cebaba con su acto sexual tardío. Su experiencia sobre como las gasta el tiempo, como juega en contra como un viento que hace inservibles las velas del navío hacia que aquel contratiempo no fuese más que un detalle sin importancia.
La noche se les fue desnudos en la cama hablando sobre la vida, tratando temas a los que Carlos nunca se enfrentaba con una mujer, temas sobre los que se le había olvidado reflexionar.
Cuando se despidieron, Carlos no pudo contener las lagrimas de la misma forma que no había podido contener la eyaculación. La mujer holandesa de pelo rubio y ojos claros, había pasado de ser un cliché de mujer rubia que va a Cuba a follarse a todo lo que se mueve, a ser una madre sexual. Desde aquel día Carlos seguía con su vida de cazador de mujeres, pero un detalle había cambiado. Ahora no era una competición de su masculinidad, sino un acto de generosidad. A las mujeres les gustaba estar con él y a él con las mujeres, por lo que la transacción debía ser justo para ambos y ya no cabía el jugar con sus sentimientos.
Su problema de eyaculación desapareció después de aquella noche y recuperó toda su energía y los festivales sexuales volvieron a su vida, pero ya no se lucía para él mismo, sino para la mujer que tenía delante a la que dedicaba toda su atención como si tuviera un encargo divino.
Su maldición había sido que desde entonces esperaba una mayor conexión con las mujeres con las que se encontraba, pero seguía siendo, a sus entender un objeto sexual y aún estaba lidiando con ese asunto.
—Maldita holandesa —dijo Carlos.
Manuel quedó impresionado con la historia y con las dotes de Carlos de explicarla; lo que había empezado como una frivolidad, acostarse con una enana, ahora parecía ser el plan más exuberante que jamás le habían propuesto. Se imaginó a la quiosquera en ropa interior, pues no tuvo valor de imaginársela completamente desnuda con el estómago lleno de café.

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3 Comentarios on “Capítulo 4, Escena 2.0 – No existen las ideas descabelladas, sólo cerebros incapaces de procesarlas”

  1. 1 Carmen dijo a las 8:32 pm en Mayo 10th, 2010:

    Que macabro el cubano!

  2. 2 martica dijo a las 4:10 am en Mayo 13th, 2010:

    Ay la que se viene, la veo venir!

  3. 3 La Tengo Pequeña » Blog Archive » Capítulo 4, Escena 1.0 – Si no tienes una enfermedad venérea, no especules con tenerla dijo a las 1:18 am en Mayo 17th, 2010:

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