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Una novela online sobre un pene pequeño o "chochos" muy grandes, depende de a quien le preguntes y su estado de ánimo

Capítulo 4, Escena 4.0 – Si alguien te avergüenza es que te avergüenzas de ti mismo

Publicado: Mayo 16th, 2010 | Autor: Tito | Categoria: Capítulos | 1 Comentario »

Apareció puntual a su cita y justo al plantarse como la bandera que se clava en territorio conquistado escuchó unos afilados tacones pelearse con el mosaico de la acera. Encima de esos podios, se aguantaba con malabarismos una retocada Lourdes, que si no fuera por la proporción con los automóviles que la custodiaban al andar, no hubiese habido referencia sobre su estatura real.
Lourdes esbozó una sonrisa al detectar la grata sorpresa de Manuel, aunque ella consideraba que iba demasiado arreglada, especialmente en lo referente al maquillaje facial.
Cuando la tuvo a dos metros, la estatura de Lourdes volvió a emerger en todo su esplendor obligando a Manuel a arquearse como un bambú viejo. Apoyó sus manos en los mini hombros de su cita y notó como unas manitas le tocaban los antebrazos. Entre ambos se creó una arquitectura  casi imposible que sirvió de cimiento para los dos besos de rigor. Ella estirada como una espiga y el con el culo salido como la nariz rojiza de un payaso de circo.
Volvieron a sus respectivas posiciones, ella encogiéndose de nuevo y el elongándose. Se quedaron en silencio unas centésimas de segundos que parecieron cientos de segundos.
—Estás muy guapa –alcanzó a decir, por fin, Manuel
—Para ser quiosquera –respondió ella sonriendo.
—No, no … para ser mujer.
—Estaba de broma Manu.
—Yo no –dijo como un galán de película en blanco y negro.
Llegaron al restaurante y Manuel empezó a sentirse como Carlos en su historia. Las miradas de Lourdes, su risa atolondrada ante cualquier comentario banal. El escenario estaba montado para que viviera su experiencia misteriosa.
Lourdes reía y reía ante cualquier comentario de Manuel. Llegó un punto donde le empezó a incomodar ver como Lourdes había perdido el mundo de vista con los ojos cerrados y la boca abierta con espasmos corporales constantes. Por breves instantes le pareció que todo el restaurante les estaba mirando. Volvió a caer en cuenta que estaba claramente tonteando con una enana en público.
Su sentido del ridículo le atacó con fuerza, y recordó que Carlos es de esos tipos que no tiene sentido del ridículo porque creen que todo lo que hacen merece la pena que lo hagan. Es como si todos los actos, decentes o indecentes, le estuvieran permitidos. Pero Manuel no estaba en esa categoría, a el se le juzgaba, no era dueño de sus actos, la mitad, por lo menos, era del resto que podían denunciar su actitud como la de estar flirteando con una enana.
Lourdes se pasó la servilleta por los labios que en sus manos y cara parecía mas un mantel entero, si es que existen manteles parciales, y sorbió haciendo ruido, como una niña pequeña, del baso de agua.
Manuel levantó la vista horrorizado y ni su marco de pasta negra pudo evitar que su queja moral salpicara a Lourdes como el barro que ensucia a un equipo de rugby cuando juega en campo indecente bajo la lluvia.
—Perdón –dijo ella en medio de una carcajada que por si fuera poco le disparo un pequeño herupto, que le provocó otro ataque de risa.
Miró de lado a lado sin saber donde meterse. Su historia no tenía, por ahora, ningún parecido con la de Carlos.
Cuando consiguió dejare reír se dio cuenta de que Manuel se comportaba de forma extraña. Se acomplejó y recordó que no podía actuar como una niña caprichosa con este personaje. De hecho, ella debía dejar de ser el personaje que asumía cada vez que se encontraba con algún tipo de más de un metro setenta de altura y por el cual sentía una clara apetencia sexual.
Volvió a aparecer el silencio silencioso, ese que todo lo silencia incluso el sonido ambiente. Ambos se centraron en su comida por unos instantes. Manuel pensando en como avanzar para escapar de un plan basado en una historia que ya había determinado no le pertenecía, y por lo tanto replicarla para obtener los mismos resultados era una tarea destinada al fracaso. Lourdes intuía que su actitud de niña, que se le había escapado como esas gotas de pipi que se les escapan a las mujeres mayores cuando entran en la menopausia, había sido un grave error y confirmaba que Manuel no era la clase de hombre con los que solía tratar. Se sintió insegura de tener que adoptar el rol de quiosquera madura para encarar a un tipo como Manu. Simplemente no estaba programada para esa situación.
La cena siguió adelante como un tren que pasa por un tramo de obras de mejora de sus railes. Cuando Manuel solicitó la cuenta al camarero, Lourdes intuyó que la velada posiblemente llegaba a su fin y le dieron ganas de pedirle a Manuel una nueva oportunidad, que sentía su actitud y que ella no solía ser de esa forma. Le dieron muchas ganas de explicarle porque se había comportado por inercia como lo había hecho. Incluso llegó a plantearse el pedir perdón por ser una mujer con una noble sonrisa, algo escandalosa, pero noble al fin y al cabo. Se planteó cambiar todo en su personalidad, se planteó hasta hacerse una cirugía de inserción de zancos en los breves instantes en los que tardó el camarero en traer la cuenta.
Salieron por la puerta que Manuel aguantaba para que Lourdes pasara por debajo de su brazo sin necesidad de que Manuel lo retirara y sin que ella debiera agacharse. A Manuel le pareció curioso y hasta práctico.
Lourdes abrió su bolso y lo revolvió en busca de nada más que tiempo para que Manuel tomara totalmente las riendas. Se estaba derritiendo con este hombre y no quería exponerse a ser mas vulnerable todavía.
—Lourdes …
—Dime
Su mirada sorprendió a Manuel. La niña casi impertinente se había transformado en una mujer nuevamente. Se enterneció. Comprobó la física y química por la cual cuanto más juzgas a alguien en sus extremos mas fácil es pasar de criticarla a alabarla.
—Quieres ir a tomar una copa, hay algo que te quiero contar.
Lourdes se sintió defraudada y aliviada a la vez. Si Manuel había hecho la cita para contarle algo bajo el síndrome de la complejidad no asumida, ella podía ser de ayuda relativa, aunque siempre se había apartado de ser una especie de ejemplo de superación para hombres y mujeres normales con problemas inventados. Pero por otro lado, igual la actitud de Manuel era señal de que podrían tener una amistad y eso no excluía la posibilidad de roce físico, pues Lourdes ya había establecido que este tipo le ponía.
—Vale –dijo sumisamente mientras se decía que no debía seguir por esa línea de niña obediente.

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Un comentario on “Capítulo 4, Escena 4.0 – Si alguien te avergüenza es que te avergüenzas de ti mismo”

  1. 1 La Tengo Pequeña » Blog Archive » Capítulo 4, Escena 3.0 – Si vas a hacer algo inmoral, que por lo menos no sea premeditado dijo a las 1:20 am en Mayo 17th, 2010:

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