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Una novela online sobre un pene pequeño o "chochos" muy grandes, depende de a quien le preguntes y su estado de ánimo

Capítulo 4, Escena 6.0: Si de una situación negativa se rescata algo positivo, es que no fue negativa

Publicado: Mayo 24th, 2010 | Autor: Tito | Categoria: Capítulos | 4 Comentarios »

El local se empezó a llenar de gente y Manuel y Lourdes, Lourdes y Manuel, bailaban sin parar bajo los efectos de unas copas de más. A Manuel se le olvidó la estatura de su acompañante y a ella todos sus vicios y cábalas sobre quien era ella misma y su lugar en el mundo. Por un momento verdadero no sentía el peso de quien era, pues hasta el esfuerzo de intentar ser indiferente a su condición era en realidad un esfuerzo del cual ahora se podía percatar. Mañana volvería a su comedia y su brazo mecánico, pero por ahora disfrutaría de este momento.
Terminaron detrás de la columna en un pequeño sofá estratégicamente situado donde Dios sabe cuantos encuentros se habrían producido. Ella estaba sentada en sus faldas abrazada a su cuello mientras el recorría el suyo lanzando besos como balas disparadas por una ametralladora. Lourdes reí suavemente y susurraba que le estaba haciendo cosquillas y que siguiera. Acariciando sus pantorrillas firmes pero cortitas, Manuel se sintió a gusto comiéndole la boca a aquella mujer menuda que hasta ayer sólo era su nexo con el periódico diario, una brazo mecánico como el que ella utilizaba para colgar las revistas en el toldo de su quiosco.
Con los morros todos babeados, se miraron brevemente en busca de la decisión que les debía llevar a casa de alguno de los dos.
Saltó con habilidad, se acomodó su melena y agarró la mano de Manuel con una fuerza delicada inusitada.
—Vamos a mi casa –dijo ella.
Él obedeció.
Salieron a toda prisa del local. Se subieron a un taxi en silencio, quizá en demasiado.
—No soy adivino, si no me dicen a donde vamos sigo en línea recta.
Se rieron a medio escondidas.
—Tiene razón, como no le digas a donde vamos nos lo vamos a tener que montar en el taxi.
El taxista miró a ambos con disgusto a través del retrovisor.
Le indicó la dirección de su casa y Manuel se percató de que eran prácticamente vecinos.
—Si somos casi vecinos.
—Mejor, así si te echo esta noche, no tienes que andar mucho para irte a la tuya.
—Y lo dirás en serio.
Ella sonrió.
—¿Lo dices en serio?
—No suelo dejar que nadie se quede a dormir en mi casa … pero tu eres diferente.
Manuel resopló.
El taxista se incomodaba con cada palabra.
—Pero que sinvergüenza —dijo entre susurros que nadie escuchó y que se perdieron por los anales de la historia.
Subieron en el ascensor pegados como lapas, medio arrancándose la ropa. El desnudando a su muñequita y ella desmantelando todo un velero. Salieron del ascensor a trompicones, golpeándose contra la puerta, la pared, y la otra pared. Llegaron a la puerta donde Lourdes se giró bruscamente e inició la búsqueda de las llaves. Manuel se incorporó con las lumbares destrozadas.
Mientras ella hacia todo tipo de ruidos removiendo sus cachibaches en busca de las llaves, Manuel la miraba desde atrás intentando descifrar como agarrarla. Se inclinó un poco, pensó en ponerse de rodillas e hizo un amago de hacerlo pero el cuerpo no le daba para maniobras circenses.
La puerta se abrió y ella salió corriendo hacia el cuarto, el cual no había preparado para recibir una visita masculina. Al igual que en el quiosco temprano ese mismo día desapareció por el pasillo oscuro a toda velocidad.
Manuel cerró la puerta con cuidado quedándose totalmente a oscuras.
Una luz se encendió al final del pasillo. Pudo ver los muebles del pasillo, más bajos de lo normal, estaba inmerso en el cuento Blanca Nieves pero a la inversa.
—Vamos a morder esa manzana envenenada –dijo en susurros.
Avanzó por el pasillo medio bailando como un galán de película en blanco y negro. Se despeinó peinándose, se sacó las gafas y las metió en el bolsillo de la americana. Entró en el cuarto y se encontró a Lourdes escondida tras una maraña de ropa que le tapaba de cintura para arriba. Era como ver una maraña de ropa con piernas.
—Ah, no mires –gritó Lourdes al ver que se había ya colado en el cuarto.
—Demasiado tarde.
—No quiero que veas este desorden … no me esperaba que …
Y sin poder decir nada más notó como toda la ropa se le caía de las manos y era elevada como una princesita a los altares. Manuel la llevó en volandas hasta la cama, ella alargo la mano como pudo para accionar el interruptor y apagar la luz dejando que la de las farolas de la calle fueran testigos de su último, inesperado grato romance se consumara.

Tumbados en la cama, aun jadeando, Manuel revivió todo lo que había hecho esa noche y le pareció maravilloso hasta que su moralidad le puso las cosas en su punto de mira. Lo que había hecho igual no era muy explicable, igual a Carlos se lo podría contar. De hecho, se daba cuenta de que esa historia, aunque pudiera ser vista como algo estrambótico, debía de ser contada porque fuera clichés había sido estupenda, entre otros motivos porque no se había acordado de si la tenía pequeña o grande, otra vez el tamaño del pene no había sido un tema relevante.
—Me ha encantado, Manu.
Manuel buscó su diminuta mano y la apretó.
—No tienes porque irte.
Le pareció una indirecta.
—Y no es una indirecta. Quiero que te quedes –dijo mientras se ponía de lado para verle la cara a ese gigante y poder así acariciarles los cuatro pelos que le brotaban en el pecho.
Manuel se sintió aliviado pero comprobó que sus pies y tobillos sobresalían de la cama.
—Voy a tener que dormir en diagonal –dijo sonriendo.
—Los colchones pequeños son más baratos.
—¿En serio?
—No lo sé.
Los dos rieron y se dieron unos besos de esos que siguen a la felicidad después de tener relaciones satisfactorias cuando aún se está embriagado por su aroma.
De todas formas esa sensación dura poco en el tiempo, como bien sabía la holandesa de Carlos que saboreaba los momentos más cortos como si fuesen infinitos y los memorizaba en su ADN para poder revivirlos una y otra vez, o ¿eso es lo que hacia Carlos?
A Manuel se le escapó el comentario, no podía conformarse con sentirlo, debía verbalizarlo.
—¿Crees que la tengo pequeña?
Lourdes sonrió.
—Me ha encantado Manuel.
—Espera –dijo el incorporándose y apoyando la espalda en la fría pared—. ¿Tan pequeña la tengo?
—Manuel el tamaño no importa, lo que importa es lo que me has hecho sentir, y has sido uno de mis mejores amantes, y cráeme que he tenido más de los que podría aparentar.
—Joder –refunfuño defensivo.
Lourdes no entendía la reacción al piropo que le acababa de lanzar.
—Se sincera, te lo suplico ¿la tengo muy pequeña?
Dudó sobre responder sinceramente.
—Yo no soy muy objetiva, porque aunque soy pequeña de cuerpo, siempre me han dicho los hombre que tengo un chocho grande …
La palabra “chocho grande” le golpeó en la cabeza varias veces como un martillo.
—¿Tu crees que tengo el chocho grande?
El disgusto que le empezaba a conllevar esa conversación no le dejaba ver lo habilidosa que era Lourdes para esquivar la conversación.
—Sí, me he dado cuento, pero no me parece que importe –dijo para meterse en su propia trampa.
—Carlos te dijo que si te acostabas con una mujer pequeña eso te subiría el ego, pero no te esperabas que esa mujer tuviera un chocho más grande que una mujer de tamaño normal.
El disgusto en Manuel seguía creciendo ante la extraña forma de hablar de Lourdes. Empezó a tener ganas de marcharse, volvió a notar sus pies colgando en el vacío debido a la diminuta cama en ese diminuto apartamento, con esos diminutos muebles.
Se preguntó durante la pausa qué estaba haciendo y a qué estaba jugando acostándose con una enana.
—Vale ya sé que la tengo pequeña, sólo quiero saber si la tengo muy pequeña.
—No, no la tienes muy pequeña.
—Pero sí pequeña.
Lourdes le miró extrañada y enfurruñada por lo tramposo que podía llegar a ser este Manuel. Se acordaba de que el había sido bastante “cabrón” invitándola a cenar con la idea de quitarse una fobia de encima, era un tipo con pene pequeño y que igual hasta tenía el cerebro pequeño. Esta posibilidad decepcionaba a Lourdes e incluso le hizo pensar que si la mujer le había dejado de golpe por algo seria. Hacia unos minutos el tamaño de su pene aunque pequeño, era suficiente para satisfacer a cualquier mujer, pero ante el nuevo cariz en su personalidad, el tamaño de su miembro empezó a ser un incordio.
—Sí Manuel, pequeña sí la tienes, pero eso no me ha importado ni un poco hasta que te has puesto pesado con el tema. Yo soy una enana y me ves quejarme todo el día o lloriquear, o invitar a niños de seis años a que se acuesten conmigo para sentirme una mujer de altura.
Volvió el silencio y Manuel tuvo tiempo de reflexionar a gran velocidad. Volvía a tener enfrente un problema informático no humano. Igual que cuando su mujer le dijo que le abandonaba y el le suplicaba que le dijera que estaba mal que él lo arreglaría. Pero el jarro estaba ya tan roto que era mejor comprar uno nuevo que arreglar el existente y dejarlo lleno de cicatrices.
—Tienes razón –dijo mientras se levantaba de la cama y empezaba a vestí—. Lo siento, no quería ser tan hijo de puta. No he tenido en cuenta tus sentimientos.
Se sentó en la cama y se puso los calcetines de cualquier manera y los zapatos.
Volvió a levantarse buscando su camisa dando palos de ciego.
—No importa, sabía lo que estaba haciendo … sólo quiero que sepas que cuando alguien te importa el tamaño no es importante, sólo cuando quieres a alguien para follar puede importar porque tienes que agarrarte a algo para justificar una relación puramente física.
Manuel seguía concentrado en vestirse sin escuchar la potente reacción de Lourdes. La borrachera no se le había ido todavía y tenía ganas de volver a tumbarse y quedarse dormido al instante. Agradeció vivir casi en la puerta de al lado.
Se acercó a Lourdes y le dio un beso en la mejilla.
—Lo siento –volvió a decir.
Ella se quedó en la cama escuchando como Manuel se alejaba de su lecho. La puerta de su piso se cerró con un fuerte estruendo. Le cayeron algunas lagrimas de felicidad y rabia. Feliz por haber vivido una aventura con una persona normal, con pelea de casi enamorados. Rabia porque hubiese durado tan poco cuando algunas de sus relaciones esporádicas duraban menos y le parecían eternas.
Manuel se dio cuenta de que había cerrado la puerta con demasiada potencia. Y se quedó quieto esperando a que las ondas de sonido desaparecieran del ambiente o de sus neuronas, porque no sabía bien donde estaban realmente. Pensó en Lourdes, por fin, y se sintió como una mierda humana. Creyó sentir una especie de energía de tristeza y rabia que se colaba por la rejilla de la puerta. Una invasión que le hizo querer darse la vuelta, tirar la puerta abajo y redimir su pecado.
Caminando de madrugada por la calle entendió que su historia le había enseñado algo, y no precisamente a hacerle creer que el tamaño del pene no importa, seguía pensando que era fundamental tenerla grande. Su historia le había enseñado que con la gente no se debe jugar. Le vino Gabi a la cabeza y se dio cuenta de que con Gabi había hecho lo mismo. Su inexplicable torpeza para registrarse en el portal de contactos le había llevado a hacer creer a un hombre gay que había conocido a otro hombre gay con el que había conectado a nivel emocional antes de conocerse. Por si fuera poco le torturaba con su amistad, cuando igual Gabi hubiese preferido mandarle a la mierda.
Él no era Carlos, el era él, un tipo con el pene pequeño que había decidido refugiarse en su casa para que nadie le jodiera la vida, y sin embargo, le pareció que el peligro era el mismo, más que auto encerrarse alguien debía firmar una orden de alejamiento para que no se pudiera acercar a nadie más.


4 Comentarios on “Capítulo 4, Escena 6.0: Si de una situación negativa se rescata algo positivo, es que no fue negativa”

  1. 1 mikelgnz dijo a las 10:03 am en Mayo 24th, 2010:

    joeerr que obsesión con el tamaño juas ^_^

  2. 2 Rafael Junquera dijo a las 5:12 pm en Mayo 24th, 2010:

    Jajaja, te has fijado en el título de la novela

  3. 3 Marta dijo a las 12:45 am en Mayo 25th, 2010:

    Me parece innecesario que Lorudes tenga que tener un ch… grande, quedaría claro sin ser tan obvio y sin que ella fuese tan basta

  4. 4 Sonia dijo a las 2:42 am en Mayo 25th, 2010:

    A mi me parece que Lourdes es bartorra y lo repite porque a Manu le hace gracia. De todas formas, molesta un poco la palabra jajaja


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