Capítulo 5, Escena 1.0: La subjetividad provoca el caos y el caos la objetividad
Publicado: Mayo 25th, 2010 | Autor: Tito | Categoria: Capítulos | 4 Comentarios »Manuel entró por la puerta de su apartamento donde todos sus fantasmas le esperaban frotándose las manos. Se sentó en el sofá abatido, miró la pantalla negra de la televisión plana de treinta y siete pulgadas que hacia poco se había comprado. Su reflejo se le antojó bien hecho, en alta resolución. Se auto sonrió pero no pudo esconder su auto decepción. Nada funcionaba y cada paso que daba en una dirección u otra resultaba alargar su agonía empequeñeciendo su pene.
Se miró el entrepierna a través del reflejo de la pantalla. Se bajó la bragueta y se sacó su dormido miembro al aire para ver el efecto que le debía dar a las mujeres al verlo desde el otro lado. La oscuridad de la pantalla no le dejaba vérsela con demasiada claridad. Se medio incorporó, tenía que ser capaz de vérsela con nitidez en esa pantalla o sería la gran confirmación que apenas las mujeres podrían distinguir entre un pene o un cacahuete.
Se arrimó a la televisión. Se veía una mancha que emergía de unas mata de pelos revueltos como los de su cabeza. Le había oído decir a Carlos lo importante que era ir casi rapado al cero en las partes bajas para aumentar subjetivamente el tamaño del miembro, además de asegurarle que no estaba de moda llevar matojo.
Se puso en pie y se medió acuclillo para vérsela de perfil reflejada en la televisión. Entre el pantalón, la camisa y el matojo casi no sobresalía. Intentó, a pesar del desanimo que arrastraba tras su noche con Lourdes, pensar en los polvos que echaba con Marta para ver si con una erección era capaz de ver algo más que su mano agarrando un objeto casi invisible.
No pudo concentrase lo suficiente y decidió ir de cabeza al baño para que su pene pasara a ser un miembro de un grupo de skin heads. No encontró tijeras de baño por ningún sitio. Marta se había llevado todos los utensilios que el consideraba innecesarios para su dejadez adolescente.
Fue a la cocina, revolvió el cajón de los utensilios. Vio un cuchillo para cortar jamón directamente de la pata. No sabía de donde había salido pues nunca habían tenido una pata de jamón en casa. Lo cogió, lo sopesó como un guerrero que tantea el peso del arma con la que se va a batir en duelo. Se miró el entrepierna e hizo gestos con el cuchillo buscando cual sería el ángulo para utilizarlo. No le convenció.
Abrió otro cajón. Desbarató todo lo que había dentro hasta que encontró unas tijeras exageradamente grandes, con mango de plástico negro robusto y dos hojas de cortar amplias. Las agarró. Se las puso en los dedos y las accionó varias veces para comprobar que funcionaban.
Se dirigió nuevamente al baño, apoyó los testículos encima de la pica de forma estratégica mientras de puntillas iba agarrando pelos y pasaba las tijeras con sumo cuidado. La parte superior fue sencilla. El problema surgió al comprobar que los pelos casi rodeaban el miembro por completo y al eliminar los superiores ahora debía centrarse en eliminar esa mata menos frondosa pero si cabe más molesta sin sus hermanos del piso de arriba.
Con su torpeza habitual agarró un trozo de piel que fue a caer en medio de las cuchillas abriendo un pequeño corte muy chillón.
Gritó con fuerza dejando caer las tijeras que se le habían enredado entre los dedos. La sangre caía manchando el suelo con fuertes gotas rojas. Las gotas dieron paso a un charco. Agarró la toalla con gotas de sudor por todo el cuerpo. Se sentó en la taza y sacó el móvil para llamar a su hermana.
—Dime loco de la colina, espero que hayas arreglado todo con Sonia.
—Pronto –dijo con dolor.
—¿Estás cagando?
—No –se miró la herida separando la sangrienta toalla –. Joder.
—¿Qué pasa?
—¿Puedes venir a buscarme a casa para llevarme al clínico?
–¿Que ha pasado? No me acojines.
—¿Puedes venir? cuando lo veas sabrás que me pasa –dijo en tono dramático.—dejo la purta abierta por si me desmayo.
–¿Cómo? Manu joder, joder. Me estás asustando.
Manuel colgó el teléfono y a su hermana el corazón le dio un vuelco.
Llegaron a la parte trasera del clínico con la hermana aun recriminándole que fuera tan tonto. Manuel había intentando explicarle entre gemidos que le habían recomendado por higiene raparse los pelos del pubis. Sin embargo, acabó confesando que el problema era que creía tenerla pequeña.
Salieron del coche, el parecía un torero marcando paquete y ella no se atrevía a caminar muy cerca de su hermano.
Al entrar por la puerta de urgencias después de sufrir varias miradas de sorpresa, se encontraron con un recepcionista cachondo.
—No será usted el del chiste –preguntó.
Manuel puso cara de no entender y la hermana de querer saber el chiste ya que el recepcionista era un mozo bastante guapo de ojos verdes.
—Sí, ese que va al mágico con un paquete enorme y le dice …
—No, no, no soy el del chiste, créeme.
—¿Qué ha pasado?
—Necesita que le pongan puntos de sutura en la bolsa de los testículos –se anticipó la hermana.
—Como en la película de “Algo pasa con Mary”.
—Sí, como en esa, como en esa –dijo Manu con hastío.
—¿Y ese bulto?
—Llevo una toalla para no desangrarme, aunque quien sabe igual ya es demasiado tarde porque empiezo a tener mucho frío y veo una luz blanca.
El recepcionista empezó a reír.
—Muy bueno, muy bueno, con humor uno se cura antes, ya verás.
Se levantó de detrás de la silla y le pidió a Manuel que le siguiera y a la hermana a que se sentara en la sala de espera. Le metió en un cubículo y le dijo que esperara.
Se sentó encima de la camilla a la cual no le habían puesto en freno en las ruedas y salió despedido atravesando la cortina que le separaba del cubículo contiguo. Con la cortina a medio poner como una velo Manuel pudo ver a una mujer mayor que le miraba con cara de miedo.
Manuel sonrió.
La mujer tenia tubos metidos por todo el cuerpo y no parecía tener fuerzas para sonrisas de cortesía.
—¿Pero hombre que hace?
Se giró subitamente con la cortina enredada en la cabeza. Se sacó la cortina de la cabeza, bajó con cuidado de la camilla y con ayuda de la enfermera la pusieron en su sitio. La enfermera puso el freno y pidió a Manuel que volviera a sentarse.
—¿Que le ha pasado? —preguntó al no ver nada extraño en Manuel.
Se miró la entrepierna para no tener que decir nada.
La enfermera miró y abrió los ojos con asombro.
—Tiene elefantismo, como el del chiste.
—No, me he cortado intentando raparme el pubis.
—¿Por que quería rapárselo? ¿Tenia ladillas?
Manuel resopló y empezó a enfurecerse. Abrió el pantalón, saco la toalla ensangrentada y le mostró a la enfermera un pequeño corte que ya casi se había secado.
—Espere aquí, que avisare a un médico.
—Gracias.
A los dos o tres minutos, entró una doctora algo regordeta pero hermosa de cara. Con unos ojos azules dulces, unos labios carnosos perfectamente dibujados y un olor agradable a jabón de ducha recién esparcido.
—A ver caballero ¿dejeme ver ese corte que se ha hecho?
Manuel volvió a separar la toalla.
—Mónica, vamos a poner un par de puntos.
Puso cara de pánico.
—Ni se va a enterar, es un corte muy pequeño.
—No sé como he podido fallar al cortarme.
—¿Con que se lo ha hecho?
—Con las tijeras de cocina.
Puso cara de sorpresa.
—Mónica tráeme una inyección con vacuna del tétanos –dijo a la vez que sonreía a Manuel.
Manuel devolvió la sonrisa y la doctora con sumo cuidado empezó a inspeccionar la zona retirando el pene de Manuel con cuidado hacia el lateral y pidiendo que lo aguantara en esa posición.
—Se me debe haber desinflado por la perdida de sangre.
La doctora sonrió.
—No te preocupes –le tuteó.— Las hay mas desinfladas aún –le guiñó un ojo.
Manuel se sentía tan cómodo que pensó en aprovechar la experiencia de una profesional para preguntar.
Cuando ya iba a abrir la boca, entró la enfermera con unos utensilios entre los que se encontraba una jeringuilla que a Manuel se le antojó demasiado grande para trabajar en una zona tan sensible.
La doctora detectó el pánico en los ojos de Manuel y hábilmente interrumpió su escalada de terror.
—No te preocupes –le dijo –sólo clavo la puntita y quedara totalmente anestesiada.
Manuel dejó caer una sonrisa insegura.
–Túmbate y mira al techo.
Dudó, pero cedió cuando la doctora le puso la mano en el pecho y suavemente le empujo hacia atrás. Por un momento se imaginó que le estaba haciendo una felación y que le pedía tumbarse en claro símbolo de que debía relajarse. Al tumbarse, miró hacia adelante viendo sólo la mata de pelo de la doctora y sintiendo como unos dedos aun le palpaban la zona. Alucinó unos instantes hasta que notó un pinchazo y su pánico regreso dándole un susto que casi los fulmina.
—Ya está –dijo la doctora cuando Manuel ya creía que se iba a desmayar.
Dejo salir el aire de su cuerpo.
—¿Me necesita? —preguntó la enfermera.
—No, gracias Mónica …
Se quedaron solos. Manuel miró hacia el lateral y entre la cortina pudo ver a la mujer de los tubos ensimismada. Viró su vista hacia al otro lado y no pudo ver nada. Un silencio se apoderó del local y Manuel pensó que era el momento perfecto para volver a ponerse en ridículo, sin nadie que le pudiera hacer sentir inferior.
—Doctora … ¿le puedo hacer una pregunta?
Sin levantar la vista de su labor, asintió suavemente.
—¿Cree que la tengo pequeña?
La doctora levantó la vista con los ojos como platos.
Manuel soltó un aullido.
—Perdón –dijo la doctora mirando sus manos con torpeza.
—No, yo soy quien se debe disculpar –dijo entre gemidos.
La doctora prosiguió con su labor intentando ignorar el comentario de un posible pervertido. Incluso empezó a dudar si debía llamar a alguno de sus compañeros varones para que terminaran el trabajo, aunque sabía que ambos estaban liados con casos bastante mas complejos que el suyo.
—Perdón si la he ofendido o asustado –prosiguió Manuel.— Lo que sucede es que me he separado recientemente y me he dado cuenta de que la tengo pequeña y me está afectando a la moral, he pensado que si usted había visto muchas en su experiencia profesional, pues podría decirme que no es pequeña sino, por lo menos normal. Pero ya sé que es pequeña, no se por qué sigo insistiendo en encontrar otra respuesta.
Nuevamente silencio pero esta vez la doctora sintió ternura por aquel hombre. No era típico encontrar a hombres que se desnudaran de esa forma y menos hombres tan peculiares como aquel.
—Yo la veo normal teniendo en cuenta el accidente, es normal que este encogida, es un órgano muy elástico y cambiante, y yo no la veo pequeña, la veo dentro de la normalidad.
—¿Qué ves dentro de la normalidad?— preguntó un tipo grandote, bronceado y con manos enormes.
—Nada –dijo Manuel.
—El paciente me pregunta si creo que el tamaño de su pene es anormal.
El apuesto medico lo atravesó con la mirada para después fundirle sus partes con una mirada de rayos láser.
—Cuando termines con el paciente, ven al cubículo tres, necesito ayuda con una paciente.
Ella asintió.
El doctor miró a Manuel con severidad.

Que penita me dan los dos
Que dos? Juas!
Como no sean los dos testículos maltrechos, no se a que dos se refiere Julieta.
Vaya tela, como le haces sufrir a este pobre chico