Capítulo 1, Escena 2.0
Publicado: Febrero 6th, 2010 | Autor: Tito | Categoria: Capítulos | 1 Comentario »El metro estaba atestado de gente a pesar de que no era hora punta. Manuel había desistido de tener coche en Barcelona, le parecía innecesario. El transporte público era, después de su bicicleta plegable, el método más sencillo para desplazarse por la ciudad. La aparición del bicing se lo tomaba como una pequeña victoria de aquellos que como él llevaban años desplazándose por la ciudad a dos ruedas sin motor antes incluso de la aparición de sus carriles.
Pero ese día, empezó a detestar el transporte público. Metido en ese vagón repleto de gente, con un olor corporal que se había ido de madre, el agobio empezó a hacérsele insoportable. La herida que le había asestado Marta empezaba a abrirse de nuevo, provocándole hondonadas de dolor incontrolables. Detrás de su marco de gafas de pasta negra, sus ojos se movían a gran velocidad identificando personajes: la vieja arrugada con ropas de mendiga, el chaval adolescente con cascos y acné, el hombre calvo y gordo al que le sudaba la frente, el niño sentado en la falda de su madre con cara de depresiva y chutada de anseolíticos. Todos pasaban por su escáner y todos le devolvían una mirada vacía que le recordaba la misma de su mujer cuando le anunció que ya no le quería. Se empezó a sentir como un apestado.
Una parada brusca del metro frenó en seco su estado de ansiedad y le devolvió al mundo real, ese donde un despiste del conductor del metro puede provocar una tragedia que podría copar los telediarios de la noche.
Las puertas se abrieron y una marabunta de gente se entrelazó, unos para fuera y otro para adentro, sin orden ni concierto. Manuel observó atónito desde su asiento privilegiado, custodiado por tres personajes de cera con los que había compartido trayecto.
—¿Qué ha pasado con el “dejen salir”? —musito en voz alta intentando abrir un innecesario debate con sus acompañantes. La mujer que tenía al lado le miró extrañada, como si dudase del origen galáctico de Manuel.
Una mujer embarazada terminó entrando como si ella misma estuviese atravesando el umbral entre la vida y la muerte. Parecía una inmigrante, por su forma de mirar, de retirarse el pelo largo castaño y ondulado de su cara, y sus ropas. Manuel la miró y se entristeció al pensar que Marta y él nunca habían hablado de tener hijos. Ambos estaban centrados en sus respectivas carreras. El reconocido informático trabajando desde su casa, evitando las tan desagradables situaciones sociales repetitivas y sin sustancia que tanto estaban de moda. Marta con su psicología y sus pacientes adictos a sustancias extrañas. Ella, al contrario que él, necesitando el estar en contacto con gente.
Esporádicamente ella le había dicho que sería el mejor padre del mundo, cuando surgiera la ocasión; Manuel mostraba sus temores a ser papá. Siempre esgrimía que él sólo sabía relacionarse con máquinas, eran lógicas y, por lo tanto, predecibles en su comportamiento. Los seres humanos, creen ser lógicos, pero la mayoría de sus acciones son parte de los muchos instintos animales que gobiernan el mundo. Manuel se sentía más una máquina que un ser vivo, y era así como era feliz. Y una máquina no era el mejor ejemplo para educar a un hijo.
La mujer le miró con ternura, como si fuese una extensión de Marta en el mundo que volvía intentar reafirmarle que el sí sería un buen padre. Manuel se conmovió ante la mirada y deseo ser el padre de ese niño y que esa mujer extranjera de rostro amable fuese su mujer.
El vagón volvió a dar una leve sacudida y la mujer hizo malabarismos para mantener el equilibrio. Manuel se golpeó la frente con la palma de su mano a la vez que se maldecía.
—Pero como soy tan … —dijo mientras se ponía en pie y tendía la mano a la mujer.—Por favor, ocupe mi asiento.
La mujer aceptó el ofrecimiento tomando su mano. Manuel sintió una palma áspera, impropia de su juventud y belleza facial, y sin intentar perderse en ese detalle dirigió a la mujer hasta que estuvo bien ubicada en un asiento que ya estaba climatizado. La mujer le dio las gracias con un suave gesto. A Manuel le pareció que nadie había reparado en su maniobra, y se dio cuenta de que en su micro mundo, ese que asumía como era la gente de la calle, aún se respetaban a las mujeres embarazadas imaginarias y a los ancianos. Pero al mundo le había entrado un virus informático en su sistema que atacaba a sus células más diminutas, corrompiéndolo de tal forma que atajar el problema era imposible, pues su origen era ilocalizable.
“Si tuviera un teclado y un cable USB, os los conectaría en el trasero y os pondría a todos en vuestro sitio para que una mujer embarazada con semejante bombo no pase inadvertida”, pensó indignado.
Al llegar a su parada se dio cuenta que el agobio inicial había desaparecido para dar paso a una sensación de bienestar personal, ese egoísmo que emana con fuerza cuando uno hace una buena acción y cree haberse ganado unos metros cuadrados en el edén. Mientras se dirigía a la salida, su paraiso se desvaneció al chocar hombros con un tipo fornido que ni se inmutó; se prometió que nunca más volvería a subir en metro. Una de las pocas promesas que Manuel no cumpliría en su vida.

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