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Capítulo 3, Escena 2.0: El amor es rídiculo, ¿por eso no paramos de hacerlo?
                  Se deslizaba por la calle en calma, levitando varios centímetros por encima del asfalto. Cruzarse con gente, por una vez en su vida, no se le hacía molesto, quedarse estático en un semáforo en rojo...
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Una novela online sobre un pene pequeño o "chochos" muy grandes, depende de a quien le preguntes y su estado de ánimo

Capítulo 5, Escena 2.0: El “síndrome del gimnasio” no tiene nada que ver con estar cachas

Publicado: Junio 6th, 2010 | Autor: Tito | Categoria: Capítulos | 2 Comentarios »

Manuel llegó a la puerta de la casa de sus padres donde su progenitor y su abuelo habían creado una extraña cita entre los tres varones. Ante la negativa de Manuel inicial a esa cita, el abuelo en persona le había llamado desde el teléfono de la residencia, cárcel para la mayoría de abuelos y santuario para su abuelo que no quería que le sacaran de ese lugar bajo ningún concepto. Incluso había llegado a decir que rezaba para que el cielo fuese una replica de ese lugar.
—Nunca había tenido tanta acción. Es como volver al colegio pero a lo grande y sin estudiar –Había dicho para justificar su reticencia a salir.
Si alguien quería verle debían pensar en organizar el encuentro en su edén.
De hecho Manuel no recordaba cuando había sido la ultima vez que había visto a su abuelo fuera de la residencia, ya que de las pocas veces que había ido a verle, siempre terminaba despidiéndose en la misma puerta del lugar. Se miraba lo pies como indicando que pasado ese punto no podía seguir, como un astronauta que sabe que tras la línea necesita la escafandra especial que aun no ha recibido de la NASA por problemas presupuestarios.
Si su abuelo había decidido salir de la residencia de ancianos, Manuel debía tomarse el encuentro como algo importante para sus antepasados vivientes, pues para él, ahora salir de su casa suponía exactamente el mismo incordio que el que sentía su abuelo al salir de su residencia, la diferencia era que el abuelo en la residencia se lo pasaba en grande, y Manuel estaba en un convento de clausura, reflexionando y, sobre todo, ahogando su ego en sus obsesiones compulsivas.
Llamó a la puerta con desgana mientras vaciaba sus pulmones con un bufido susurrado pero potente que empañó la mirilla de la puerta.
Se oyeron unos pasos de zapatillas de andar por casa característicos de su abuelo, pues al padre de Manuel le gustaba andar descalzo por casa.
La puerta se abrió.
Un hombre menudo le miró con una sonrisa que activó un mar de arrugas que a Manuel se le antojaron hermosas y llenas de vida a pesar de que su abuelo se iba encogiendo con el paso de los meses.
—Si hijo, me estoy encogiendo con la edad –dijo el abuelo con una sonrisa enorme.
Manuel puso de cara: ¿pero cómo …?
—Pasa hijo, pasa …
Manuel volvió a entrar en la casa de sus padres que estaba en penumbra camuflando aquellas sensaciones que tanto le incomodaban. La falta de luz y del aroma de su madre le hacían creer que estaba visitando otro lugar, aunque sentía la presencia de sus fantasmas tras las cortinas de oscuridad que le escoltaban por el pasillo detrás de ese personaje encorvado que andaba erráticamente creando un ritmo preciso con su zapatillas.
—¿Dónde esta papá?, yayo –dijo Manuel para romper el silencio de la cueva.
El abuelo sonrió
—Esta cagando el condenado, siempre ha sido un cagón tu padre.
—¿En serio? ¿Lo heredó de ti?
Entraron en el salón. El abuelo se acerco al sofá y se sentó dejándose caer sin mas a mitad de camino. Su cuerpo reboto en el acolchado sofá y terminó por acomodarse como si tuviera un plomo en el culo como los famosos “huivols”, que hicieras lo que hicieras siempre terminaban en la posición correcta.
—Seguramente. Cagar me produce un placer que ni te cuento, por eso como tanto, porque las dos cosas me gustan, cuanto más como mas disfruto la comida y luego se que más disfrutaré la cagada.
Manuel se sentó sin saber muy bien como tomar ese comentario.
—Bueno, entonces que sepas que no soy adoptado, porque cagar también se me da bastante bien.
—Yo con la edad he dejado de tener erecciones y sin embargo saco unos troncos más firmes, largos y gordos que los que sacaría un adolescente de 17 años después de comerse tres pizzas.
Manuel se rompió de la risa al ver la cara seria de su abuelo que no decía el comentario en tono de broma. Por un momento, le reconfortó estar con su abuelo, lejos de las presiones de la vida moderna. Su decaimiento pareció apaciguarse gracias a la infiltración de vitaminas de tercera edad. El dolor de su alma seguía presente, lo sabía, pero no podía sentirlo, y eso en sí era un alivio que le venía como anillo al dedo.
—¿De qué os reis vosotros dos? Y ¿por qué estáis tan a oscuras?
Manuel hizo de mueca de no saber.
—¿Qué, has cagado a gusto? —dijo guiñándole un ojo a Manuel.
Su abuelo era el maestro en poner las cosas en su sitio. En una sociedad donde las barreras jerárquicas se van perdiendo, su abuelo con su sabiduría y métodos a la vieja usanza volvía a hacer que el abuelo fuese el abuelo y él, el nieto, el pequeño. Se sintió protegido y su alivio siguió creciendo.
—No lo sabes tu bien. Me he leído todo el periódico.
El padre se sentó y dejó el periódico doblado y manoseado encima de la mesa contigua al sillón.
Se produjo un silencio extraño. La habitación paso del calor tropical al ártico en cuestión de segundos. El abuelo estaba cabizbajo y entre la penumbra parecía que se había quedado dormido. El padre miraba a la nada, y Manuel había empezado a juguetear con sus dedos encima del apoya brazos de su sillón.
—Bueno, no perdamos más el tiempo –dijo el padre mientras se volvía a levantar para encender la luz.
El cuarto cobró toda su dimensión, los cuadros de toda la vida visibles nuevamente, la mesa del salón, el mueble de la pared con fotos familiares y una televisión plana enorme que provocaba un desfase estético entre la modernidad y un mueble de madera de roble que hacia 30 años que estaba ahí y que no había forma de cambiar debido a su peso y montaje a prueba de bombas.
La incomodidad volvió a atacarle. Miró a su abuelo en busca de ayuda, pero lo que encontró fue a un hombre mucho mas mayor que el que le había abierto la puerta, además de aquellas adorables arrugas, que ahora parecían verdaderas deformidades, veía la cantidad de manchas en su rostro, los ojos caídos y rojos como si tuviese una conjuntivitos de caballo.
Miró a su padre disgustado mientras este volvía a sentarse lentamente en el sofá. Con bata, los pelos despeinados y cara de tener una resaca de campeonato Manuel quiso salir de ese lugar. Alguien definitivamente quería volverle loco “¿pero quién y por qué?”
—Manu nos han dicho que estas depresivo …
Manuel miró a su padre fijamente y luego a su abuelo.
El abuelo asintió al comentario.
Sintió vergüenza y se escondió detrás del marco de sus gafas bajando levemente la cabeza.
—… al parecer tienes lo que se denomina “síndrome del gimnasio”.
Manuel volvió a levantar la cabeza con firmeza para volver a mirar a su padre. Su padre le devolvió la mirada y Manuel pudo notar que su padre no estaba del todo cómodo con esa conversación.
—¿Alguien quiere un cubata? —dijo el abuelo mientras su débiles brazos se apoyaban en el apoya brazos para coger impulso.
—¿No es un poco pronto? –soltó Manuel.
—Papa, deja, no te muevas, yo los preparo.
El abuelo se dejó caer aliviado en su silla.
—¿Tu de que lo quieres?
Manuel arqueó las cejas en señal de confusión.
—Deja, deja …
El padre abrió el mueble bar, sacó tres vasos de tubo y una botella de whiskey. Seguidamente se fue a la cocina y trajo una cubitera llena de hielos y una botella de Coca-Cola de dos litros.
—Joder –exclamó Manuel.
—Esto nos vendrá bien para hablar de tu problema –le dijo el padre a Manuel mientras le daba unos golpecitos en la rodilla.
El trío se mantuvo en silencio mientras los hielos repicaban en cada vaso al caer en su interior, el whiskey hacia ese ruido característico al estrellarse contra las rocas, como un mar seco y escueto, y la Coca-Cola caía con su vigor encendiendo el cubata con sus chispa.
—Papá –dijo el padre de Manuel mientras le alargaba un vaso al abuelo.
—Hijo.
Manuel tomó el vaso y miró en su interior para volver a esconderse. Su abuelo y padre no se escondían, ambos estaban dándole un trago a su cubata mas propio de un adolescente haciendo un botellón que de dos hombres que sabían saborear las bebidas.
—¿Yayo tu puedes beber alcohol?
—Parece que sí.
El padre de Manuel se destornillo de la risa como si el efecto de su trago le hubiese embriagado de forma instantánea.
—No me refería a …
—No te preocupes Manu, a mi edad hasta respirar puede ser perjudicial.
Manuel imitó a sus antepasados y le pegó un lingotazo a su copa. Miró su copa para ver cuanto había bebido y compararlo con el de sus acompañantes.
—Nunca pensé que acabaría tomando cubatas con vosotros, creo que será divertido.
—Salud –dijo el abuelo antes de meterle otro trago soberbio a su cubata.
—Salud –dijo el padre que replicó el gesto.
A Manuel le hizo gracia ver como su padre se parecía a su abuelo. Nunca se había percatado de la semejanza física y de estilo. En realidad, ahora que les miraba beberse el cubata, se daba cuenta de que eran un calco el uno del otro. Le agrado ver esa semejanza, esa conexión entre su padre y su abuelo. Miró hacia el lateral y se vio reflejado en el cristal de la ventana. No podía apreciar ningún parecido a su padre o abuelo. Se disgustó, siempre le habían dicho que tenía la cara de su madre, que era su hermana la que se parecía a su padre, algo que provocaba disgusto en ambos.
El padre resopló.
—Manu, tu padre que es un mequetrefe, te estaba diciendo que sabemos que tienes un problema, tu padre lo ha llamado el “síndrome del gimnasio”, que no se de donde ha sacado ese termino de finolis.
—Esperad –dijo Manuel apoyando su copa en la mesa —. No tengo ningún síndrome de gimnasio.
Su padre y su abuelo se miraron desconcertados.
—No.
—Ves, era imposible que le pasara eso. Hoy en día sobreprotegéis demasiado a vuestros hijos en cuanto ponen cara de pena que puede ser porque están cagando mal—dijo el abuelo.
—Pero tu madre, nos ha dicho que sí lo tenías y tu hermana lo ha confirmado, de hecho nos ha dicho que lo sabe media Barcelona.
Manuel puso cara de compungido.
—Pero y mamá por qué os cuentan estas cosas, son privadas –replicó Manuel con cierta indignación.
—Entonces, ¿es verdad?
—Verdad ¿qué?
—Que tienes el síndrome del gimnasio.
—No.
—Para esto me habéis sacado de mi residencia. Ya te dije que tu hijo estaba bien.
—Papá, no te quejes y disfruta de tu copa, que seguramente en la residencia no te dan un whiskey de esta calidad.
—Tu que sabrás lo que me dan o no si no vienes nunca a verme.
—Eso es mentira.
Manuel y el abuelo agarraron sus copas al unísono y seguían con su labor constantes de consumir sus respectivos cubatas.
—Joder, como os parecéis –dijo el padre al ver a los dos bebiendo a la vez.
—No lo es –dijo el abuelo —.¿Cuando fue la ultima vez que me viniste a ver?
—¿En serio nos parecemos?
—No me acuerdo papá … sí hijo, tenéis un aire inconfundible.
Manuel levantó el vaso y dijo:
—Por vosotros dos cascarrabias.
Todos levantaron sus copas y terminaron sus cubatas en tiempo record.
El padre volvió a repartir generosamente con hielos, whiskey y Coca-Cola una segunda ronda. Los tres parecían estar felices, la fiesta no hacia más que empezar.
—Bueno, entonces no tienes el síndrome del gimnasio –que alegría me das, porque era muy mala suerte que te hubiese tocado a ti.
Manuel sonrió.
—A ver, me apunté al gimnasio porque quería estar un poco mas cachas, pero de ahí a que tenga síndrome del gimnasio y me vaya a meter hormonas de crecimiento o esteroides para ponerme como un culturista me parece que hay una gran diferencia.
Abuelo y padre se miraron sin entender.
—¿Habías pensando en tomar hormonas de crecimiento para que te creciera el pito?— preguntó el padre.
Manuel escupió el cubata encima de la mesa.
El abuelo puso los ojos en blanco.
—Joder Manu, ¿qué haces?
—¿Qué tiene que ver mi pito, las hormonas de crecimiento y el síndrome del gimnasio?—preguntó mientras se secaba la barbilla.
—No sabía que las hormonas de crecimiento servían para hacer crecer el pito.
—No, son para hacer crecer la musculatura.
—¿El pito no es un músculo?—saltó el abuelo.
—No, no sé. ¿que más da? No voy a tomar nada de eso, es peligroso y además yo sólo quiero estar un poco cachas porque creo que le gusta a las mujeres.
—Como toda la familia habla de que tienes un complejo con el tamaño de tu pene.
—¡Qué! —exclamó Manuel con furia.
—El síndrome del gimnasio –volvió a repetir el padre.
—Deja ya de usar esa término, por Dios –le espetó el abuelo.
—¿El síndrome del gimnasio?—preguntó Manuel dándose cuenta de que el síndrome del gimnasio evidentemente no era querer ponerse chachas.
—Sí hijo. Es el síndrome de quien cree que tiene el pito pequeño al comprarlo con otros hombre en el gimnasio.
Manuel resopló y se apoyó en el respaldo del sofá completamente abatido. Toda su familia había estado hablando del tema a sus espaldas. Su hermana se había ido de la lengua con su madre, su madre con su marido, y éste con su padre. Seguramente toda la residencia del abuelo sabía que tenía un nieto con pito pequeño. La situación era bastante más grave de lo que el podía imaginar cuando su preocupación era solo el tamaño, ahora era el tamaño y que todo el mundo en su circulo de conocidos posiblemente era consciente de que Manu la tenía pequeña.
—No entiendo como la gente me hace esto. No tenían derecho a contarlo –dijo Manuel al aire para que se supiera el disgusto que esa situación le provocaba.
—Hijo estaban preocupados por ti, por eso …
—No es motivo papá.
—Eso te pasa por confiar en las mujeres de esta familia en lugar de en tus padre y abuelo.
—Cojonudo yayo, encima hazme sentir culpable de no haberte contado nada.
—No te enfades con el abuelo. En parte tiene razón, si nos los hubieses contado a nosotros te habríamos podido ayudar.
—¿Cómo? ¿tienes un crece pene mágico?
El padre soltó una leve risa que a Manuel le cayo como un puñetazo en el estomago.
—Es imposible que tengas un pito pequeño.
Manuel flipó ante el comentario y dudo de sus mediciones. “Será que el abuelo tiene un trabuco”, se preguntó.
Se calmó.
—¿Por qué es imposible?
—Porque ni tu padre ni yo la tenemos pequeña.
Manuel se destornillo con una risa sarcástica fuera de tono y contexto.
—Brindo por eso –dijo Manuel agarrando su cubata y tragándoselo todo de golpe mientras le caía liquido por las comisuras de la boca.
—Hijo quieres dejar de hacer el cerdo, tu madre me va a matar cuando entre en el salón. Tiene un olfato la condenada.
—¿Olfato?
—Sí, y ya sabes como se pone últimamente tu madre, a veces creo que se esta volviendo loca.
—Yayo, sabias que papá duerme con un chisme en el pito, ese que tiene tan grande, para que le crezca.
El abuelo miró a su hijo incrédulo.
El padre agarró el cubata y se lo tragó entero.
—¿Hijo?
—No es porque la tenga pequeña, simplemente quiero que sea más grande, ya sabes que con la edad no tiene la misma fuerza y quiero que tenga más volumen para que mi señora esposa vuelva a tener deseos.
El abuelo soltó una carcajada seguida de unos tosido secos como si fuese a caer fulminado. En medio de su tormenta traqueal tuvo tiempo de visualizar su cubata agarrarlo y fulminarlo sin derramar una sola gota a pesar del terrible tembleque de su mano cuando terminaba los últimos suspiros.
—Camarero, otro cubata.
—Ya es suficiente, hijo.
—Ni hablar, haz caso a tu hijo y ponnos otro.
—Yayo pensaba que te morías –dijo Manuel riendo tontamente.
—Manu no te pases con el abuelo –dijo el padre mientras obedecía sirviendo una nueva ronda de cubatas. Abuelo y nieto esperaron respetuosamente a que el padre terminara de servirse el suyo antes de beber.
—Salud –dijo el abuelo.
—Salud –respondieron hijo y nieto.
El tercer cubata fue entrando casi en silencio.
—Así que duermes con un crece pene …
Los tres empezaron a reírse. La risa fue creciendo de tono hasta el punto que el abuelo se llevá la mano al pecho e hizo gestos de necesitar una pausa que no parecía iba a llegar. Manuel empezaba a tener los ojos llorosos, jamás había pasado algo así con su padre y abuelo. Los miraba entre gotas de agua y se sintió conectado a ellos como nunca antes en su vida.
—Pero que conste que la tengo pequeña –reiteró Manuel.
Las risas subieron de volumen. Los tres se miraban con los ojos achinados, rojos como tomates, venas hinchadas y faltos de respiración.
El abuelo se puso en pie.
—Vamos a resolver esto de una vez por todas –dijo mientras a duras penas se aguantaba en pie e intentaba desabrocharse el pantalón.
—Papá, ¿que haces?
El abuelo se aflojó el cinturón y sus pantalones cayeron directos a sus tobillos. Sus calzoncillos blancos tenían un manchurrón amarillo en la punta.
—Joder yayo –dijo Manuel con disgusto —. ¿Te has meado encima?
El abuelo ignoró los comentarios.
—Papá …
Los calzoncillos el abuelo se unieron al pantalón en sus tobillos.
—A la mierda –grito Manuel mientras subía los pies encima del sofá como si el padre hubiese desatado una manada de ratas carnívoras.
—Papá –dijo el padre suspirando.
Manuel miró a su padre sin entender que estaba pasando. El abuelo se encontraba con los brazos en jarra y su flácido pene colgando como un icono de virilidad perdida.
—¿Lo veis?
—Por los pelos –dijo Manuel con una media sonrisa.
—Papá haz el favor de subirte los calzoncillos y el pantalón.
—Ni hablar, vamos a resolver este problema familiar de raíz.
—Vale yayo, resuelto –dijo Manuel.
—Si papá, lo has conseguido, lo has resuelto, bien hecho.
—No, no, arriba los dos.
Manuel miró a su padre con los ojos como platos.
El padre resopló.
—Hijo, no te lo voy a decir dos veces, aún tengo edad para darte con el cinturón.
El padre de Manuel miró a su padre con una mueca de extrañeza.
—¿El yayo te pegaba con el cinturón?
—Papá en la vida me pegaste con el cinturón, que dices…
—No me hagas empezar hoy. Arriba y pantalones abajo.
Padre e hijo se miraron. Manuel les observó como sus miradas parecían comunicarse telepáticamente. Manuel se reubicó incómodamente en el sillón.
—Dios mío –dijo en susurros sin que ellos cortara la comunicación entre ambos.
El padre ladeó la cabeza.
—Papá te has vuelto loco por completo.
—Menos mal papá –dijo Manuel aliviado.
El padre se puso en pie y con un gesto brusco se desato el cinturón mirando fijamente a su padre como si estuviesen en un duelo de pistoleros. A diferencia del abuelo se tuvo que desatar el botón del pantalón y con un gesto único se bajo el pantalón y calzoncillo hasta los tobillos.
—¿Feliz?
—Muchacho … —dijo riendo —. No has heredado nada mío y encima el chisme ese que usas no funciona.
Manuel tenia las dos manos en la cara tapando su campo de visión.
—Venga ya, la tengo más grande que la tuya y aún funciona.
—Ja, esa tripa que tienes no te la deja ver bien.
—Por lo menos se ve, la tuya es una especie de muñón.
—Serás descarado, deja que agarre el cinturón …
Manuel se levantó de golpe haciendo un estridente ruido con la boca como si fuese una hiena.
—¿Y a ti que te pasa? —pregunto el padre.
—Sois dos degenerados que os habéis vuelto locos.
Padre y abuelo se miraron apuntándose con sus micro penes.
—Más vale que esto sirva de algo viejos locos –dijo Manuel mientras se aflojaba su cinturón, su botón y cremallera y en un gesto único se bajaba sus pantalones hasta los tobillos.
Padre y abuelo dirigieron su mirada hacia su miembro provocando que Manuel cambiara al color rojo.
—¿Cómo lo ves? —preguntó el padre.
Manuel soltó un alarido casi inaudible
—No llevo las gafas de ver –dijo el abuelo.
Los dos se empezaron a reír. Manuel miraba incrédulo como los tres estaban con los pantalones en los tobillos en una situación ridícula. Llevaba ya tanto tiempo viendo los penes de su abuelo y padre, los cuales nunca había tenido el placer de conocer con anterioridad. Se contagio de la risa y acabaron los tres retro alimentando sus carcajadas.
—¡Por Dios Santo! —exclamó una mujer.
Los tres hombres se giraron hacia la puerta donde la Madre de Manuel miraba con cara de horror. Dos amigas le acompañaban, y ambas miraba con cara de curiosidad.
—Hacia tiempo que no veía una de esas –dijo una de las amigas.


2 Comentarios on “Capítulo 5, Escena 2.0: El “síndrome del gimnasio” no tiene nada que ver con estar cachas”

  1. 1 mikelgnz dijo a las 1:22 am en Junio 7th, 2010:

    juer que tres.. ¿por que nos haces imaginar el duelo de pistolas? por dios.. ten un poco de piedad con tus lectores ^_^ pero el final merece la pena.. esas amigas..

  2. 2 Esther dijo a las 12:39 am en Junio 8th, 2010:

    Jajajaj


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