Ya no tengo ideas propias

El otro día tuve que hacer un trámite a la ciudad de Granollers. Este tipo de trámites donde debo ir físicamente a algún lado me suelen molestar porque estoy acostumbrado a resolver todo por Internet. Un cambio de nombre de un vehículo, para ser concreto. Al salir de la gestora tuve que ir a hacer unas compras triviales, chorradas esencialmente, con la mala fortuna y mi despiste que me dejé los papeles en alguno de los comercios. Me di cuenta al llegar al garage donde tenía estacionado el coche. Allí, no sé cómo, el ticket que llevaba en mi mano y el cual acababa de pagar, se evaporó. No sé donde fue a parar. Retrocedí 20 metros hasta la máquina de pagos, miré debajo de todos los coches, recorrí el suelo con la mirada. Simplemente se había volatilizado. Así que me acerqué a la ventanilla de la oficina.

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El hombre irritante

Era introvertido. En situaciones sociales aparentaba más timidez de la que atesoraba, hasta que escuchaba en alguna conversación algún comentario categórico y absoluto. Entonces, ahí soltaba a la bestia, un animal extremadamente racional, tanto o tan poco, que no tenía en cuenta su lado más animal y por eso irritaba. Su contenido quedaba engullido por su tono.

—Hay demasiados inmigrantes, deberíamos empezar a echar a algunos porque se aprovechan del sistema, y ¡ya está bien! —dijo un tipo melenudo y barbudo que parecía un vikingo. Su audiencia asintió reafirmando el comentario. Sin duda era un macho alfa.

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Libros Vs. Tablet

Llegó repeinado a casa del abuelo y ataviado con la ropa de los domingos. Llevaba su nuevo amigo consigo, una nueva tablet con la última actualización de Android. Se paró delante de la puerta de la biblioteca del abuelo y se acomodó la tablet para que al entrar su abuelo la viera bien.

—Entra a saludar al abuelo —escuchó tras de sí.

Tragó saliva y tomó el pomo con decisión.

—¡Hola yayo! Mira lo que … —se frenó en seco al ver los inquisidores ojos azules mirarle por encima del marco de sus gafas.

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La explotación de las letras

Se despertó a media noche sudando. Aún no llegaba a entender porque estaba soñando algo tan desagradable. Sin tiempo a intelectualizarlo una nueva arcada inesperada le obligó a vomitar la poca cena que le habían dado la noche anterior. Abrió los ojos y entendió que esta no era la primera vomitada de la noche. El suelo estaba lleno de vomito, pero era un vomito extraño. No emanaba olor alguno, su textura era sólida, una especie de amasijo de alambres negros. Se incorporó como pudo. Le dolía la tripa, y la garganta porque el paso de esos “alambres” inodoros que yacían en el suelo le había raspado en su paso por la traquea, la faringe y la laringe.

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Los protagonistas de la tragedia

Seguía sentado en la cafetería, esperándole, mirando por el cristal como la gente caminaba arriba y abajo cómo si nada hubiese pasado, como si nada fuese a pasar.

—Perdón por el retraso —dijo jadeando mientras retiraba la silla, apoyaba su abrigo en el respaldo y tomaba asiento.

Le hizo una seña con la mano sin dejar de mirar a través del cristal para dejarle saber que no le importaba. ¿Qué era el tiempo al fin y al cabo? Un invento del ser humano para organizar su esclavitud biológica. La otra, la esclavitud emocional, no entendía de tiempos.

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Tengo dos papás

Ayer llegué al colegio temprano, como siempre. Mi papá es muy previsor y siempre se asegura que llegue a tiempo para entrar a la primera clase de la mañana. En invierno me fastidia un poco tener que esperar en la puerta del colegio porque es oscuro, hace frío y estoy solo. Pero nunca me he quejado, porque sé que mi papá aún lo tiene más difícil. Él tiene que ir a trabajar para que yo pueda seguir viniendo al colegio y pueda tener siempre comida en la mesa, y libros que leer para estudiar, y unas buenas Navidades con regalos. Mi papá es mi héroe.

Pero ayer, cuando estaba quieto como una estatua en la puerta del colegio, con la punta de la nariz congelada, me di cuenta que no tengo sólo uno, sino dos papás. Lo que sucede es que ambos habitan en el mismo cuerpo. Aún no sé muy bien cómo entran y salen para turnarse un único cuerpo, pero ya lo descubriré, igual que descubrí que eran papá y mamá los Reyes Magos de Oriente. O mejor dicho, que los Reyes Magos de Oriente no existen y que, por algún motivo que aún desconozco, me mintieron para hacerme creer que cada seis de enero de madrugada venían a casa a dejarme regalos. Incluso me hacían dejarles vasos de leche caliente con galletas, cuando ya sabían que nadie se lo iba a comer. Me confundió un poco toda la situación porque siempre me habían enseñado que no debía decir mentiras y que con la comida nunca se jugaba.

Me di cuenta que tengo dos papás justamente porque las contradicciones empezaban a acumularse en grandes cantidades y me pareció imposible que una misma persona pudiera cometerlas sin darse cuenta. Así que, por ahora, la única explicación que se me ocurre es que tengo dos papás.

Uno de mis papás me riñe si me peleo con otros niños en el colegio, incluso cuando tengo motivos para defenderme, me intenta convencer de que nunca use la fuerza. Sin embargo, mi otro papá, le grita a otros conductores, a veces les insulta y se pone muy agresivo, y les amenaza con “romperles la cara”.

Uno de mis papás me dice que sea comprensivo cuando los demás se equivocan y eso me perjudica, porque a veces seré yo quien se equivoque y perjudique a otros sin querer. Mi otro papá, en cambio, no tolera un sólo error, enfurece contra todos y no tienen tolerancia ni paciencia con algunas personas, a veces ni siquiera conmigo que sólo soy un niño y aún estoy aprendiendo muchas cosas.

Tengo un papá que quiere mucho a mi mami, que le regala cosas bonitas el día de su cumpleaños o en el día de los enamorados. Y tengo a otro que parece que la odie porque le grita y da portazos cuando hablan de cosas de mayores.

Todavía no he compartido con nadie este descubrimiento, ni siquiera con mis amigos del colegio. Me da vergüenza ser el único niño con dos papás que comparten cuerpo. Tampoco me he atrevido a preguntárselo a ninguno de los dos papás que tengo por miedo a que se enfaden conmigo. Por ahora me hago el despistado.

Sin embargo, el problema más inmediato que enfrento es saber a cuál de los dos papás tengo que imitar, de cual debo aprender, a cual hago caso. Uno me dice que nunca mienta, pero el otro nos miente a mamá y a mi. Uno me dice que debo de compartir y ser generoso con los demás niños de mi clase, pero el otro es egoísta con los demás, incluso con aquellos que parecen venir de países lejanos que están en guerra. “Volver a vuestro país que aquí no se os ha perdido nada”, les grita cuando los ve en la televisión intentando cruzar alguna frontera.

Ya han pasado cinco años desde que descubrí que en el cuerpo de mi padre vivían dos personas. Cuando me enteré, me asusté un poco porque no entendía como podía pasar algo así. Sin embargo, me acostumbré más rápido de lo que pensé que sería posible. Ahora mi preocupación es saber como acomodar a la nueva persona que a veces visita mi cuerpo. Ya no tengo dudas de que también compartiré mi cuerpo con otro ser.

Gracias a mi nuevo compañero de cuerpo puedo entrar en todo tipo de contradicciones sin sentirme culpable y esto me hace ser más fuerte y completo. Ya no me molesta tanto aguantar los ataques que suelo recibir de los chicos de mi colegio. Ya no estoy sólo, ahora somos dos para defendernos. Por fin tengo un amigo que me quiere y, aunque sea un poco agresivo con los demás, a mi siempre me protege.

Hace unos 15 años que descubrí que tenía dos padres, y otros tantos años que en este cuerpo habitamos varios inquilinos. Le he intentado explicar a la juez que sólo uno de los varios que compartimos cuerpo debería entrar en prisión, pues sólo uno es responsable de haber bebido demasiado alcohol y de haber atropellado a aquel pobre peatón que, en parte, se mereció ser atropellado porque ni siquiera miró para cruzar por el paso de cebra. Como si las rayas blancas le fueran a proteger de un trompazo con un coche que circula a ochenta kilómetros por hora. ¡Qué idiota!

Me ha sorprendido la actitud de la juez, y más aún que nos condenara a todos nosotros, ya que sólo uno es culpable y el resto no tenemos responsabilidad en el hecho de habitar en el mismo cuerpo biológico. Su argumento ha sido hacernos creer que en su cuerpo, y en el cuerpo de todos los que me rodean, sólo habita una única persona.

Imagen cortesía de hilarycl a través de MorgueFile

Os deseo la muerte

Como cada viernes por la tarde se reunieron en casa de Eduardo. Todo estaba perfectamente preparado para empezar su partida de póker. Llevaban más de cuarenta años jugando todos los viernes, ni enfermedades, ni castigos, ni un terremoto les habría privado a los cuatro de reunirse para tomarse el pelo con las cartas y robarse el dinero.

Sentado con una agradable sensación de deja vu miraba a sus tres compañeros de juego y recordó, como cada viernes, que nadie en todo el planeta le conocía tanto como ellos. Ahora envejecidos, sus cabezas habían perdido pelo pero habían ganado todo tipo de secretos. Secretos que nunca había contado fuera de esas partidas. Por esa misma regla de tres, razonó que él llevaba en su mochila secretos de aquellos tres personajes que nadie debía de conocer. Continúa leyendo Os deseo la muerte

Basura de letras

Se despertó a las tres de la mañana como un búho. Los ojos como platos, no sabía cómo pero ya se había incorporado. Se puso la bata, las zapatillas, y salió del cuarto. Tampoco sabía cómo ya llevaba las gafas de leer puestas, pero ahí estaban, pegadas a su cara. Buscó en su móvil el teléfono de Antonio, y marcó, sin dudar.

No recibió respuesta después de varios tonos. Abrió el portátil.

—He vuelto amigo mío —le dijo.

—Te he echado de menos —le respondió su Macbook.

—Mentiroso, si odias lo fuerte que tecleo.

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Cariño, me quiero independizar

Y ahí estaba el presidente de la Generalitat, en el balcón, alzando una mano con cuatro dedos y proclamando el inicio de la república catalana. Gracias a la alta definición de la pantalla, los pelos del presidente parecían los pequeños alambres de un títere.

—La alta definición se lo está cargando todo —dijo él con desgana.

—Pues cómprate una televisión que no tenga alta definición —le respondió ella con convicción.

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El hombre loro

Vio que se encendía la pantalla del móvil. Hacía dos años que había decidido que su dispositivo debía ser mudo e inerte: no tenía permiso para sonar ni vibrar. Su determinación venía a cumplir dos propósitos. El primero, no tener que estar cada 30 segundos atendiéndolo, ya que le parecía que para estar esclavizado habría optado por tener muchos hijos con alguna de sus insolentes primas. Por otro lado, quería entrar en la categoría de “seres especiales”, esos que en los 80 tenía móvil, aunque fuese un ladrillo, y ahora no lo necesitaban porque habían ascendido a cotas muy altas como para necesitarlo.

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Doctor, no sé quien soy

Llegó a la consulta excesivamente temprano. No sólo le gustaba ser puntual, sino que, por costumbre, llegaba a los sitios con mucha antelación, demasiada. Miró el reloj. Pasaban cinco minutos de su cita. Miró el revistero pero ya no le quedaba nada que le interesara por leer. Resopló. Se dio golpecitos con los dedos de las manos en las pantorrillas. Se limpió las gafas. Miró el techo y después el suelo, y otra vez el techo, parecía estar asintiendo cuando en sus adentros estaba renegando.

—Señor Gonzalez —le llamaron.

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Los listos del pueblo

Antonio estaba sentado en su mesa de siempre. La del fondo a la izquierda. Daba igual si fuera hacia sol o llovía a cántaros, siempre estaba sentado allí, de ocho a diez de la mañana, como un niño de colegio de pago, de esos que van con el mismo uniforme todo el año. Monopolizaba el periódico del bar y corrían rumores que a Miguel, el dueño del bar, le faltaba la mano izquierda porque Antonio se la había arrancado de un mordisco al intentar arrebatarle el diario para dárselo a otro cliente 20 años antes.

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Un vividor en la familia

Iban a cenar a un restaurante de la Costa Brava, seguramente rodeados de extranjeros, lo cual era bastante conveniente para poder hablar de cualquier tema sensible sin ser percibidos. La luna estaba inusualmente pegada al horizonte y de color naranja, presagio de que no iba a ser una noche cualquiera.

—La luna nunca está así, nunca —dijo de la nada Don Manuel como uno de esos personajes que se despelotan para asaltar un partido de fútbol.

Todos asintieron ante un comentario que no dejaba margen a la argumentación: la luna estaba baja y naranja. Continúa leyendo Un vividor en la familia

Hablando con Siri

—Llamar a Lucho —dijo Juan mientras presionaba el botón central de su teléfono móvil.

Giramos a la derecha, pasamos por un bache y volvimos a girar a la izquierda.

—Juan, querido ¿cómo va todo? —le preguntó Lucho con entusiasmo.

Nos miramos con media sonrisa en la boca.

—Todo bien por suerte ¿tú, cómo estás? —le respondió Juan.

—Bien amigo, todo bien por mi lado.

—Buenísimo.

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“El Sistema”

Aterrizaron al atardecer. El sol anaranjado, brisa suave, silencio sepulcral. Un marco perfecto, demasiado perfecto, para un momento que, sin duda, era histórico. Al tocar tierra enviaron notificación de su aterrizaje sin reparar en la importancia del anuncio ni el momento. Al otro lado, el del destinatario, la noticia provocaría orgía político-social.

Pero en este lado, el aterrizaje ponía fin a años de sufrimiento. El viaje había sido demasiado largo, cansado y frustrante para pretender que la tripulación reparara en la trascendencia del éxito de la misión. Para los recién llegados, el planeta Tierra era incluso más ajeno que el nuevo. La mayoría de los que quedaban habían nacido durante el largo viaje y sólo conocían su lugar de procedencia por las imágenes del archivo.

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