La última aceituna

Se reunieron en la terraza de un pequeño bar en Barcelona. Ubicado cerca de la Catedral del Mar pero lo suficientemente escondido para que nos estuviera atestado de turistas. Lo regentaba Manolo, un hombre malhumorado, bajito, fibroso y con una breve pero rotunda voz. Le conocían de toda la vida y a pesar de haber crecido y haberse hecho hombres, se seguían sintiendo intimidados por su punzante sombra.

Solían pedirse siempre lo mismo, unas cañas, berberechos que Manolo aliñaba de forma magistral, y unas aceitunas maceradas al ajo que eran únicas, ya no sólo en el barrio, sino en toda la ciudad. Continúa leyendo La última aceituna

Marihuana love

Se enamoró de ella nada mas verla. No era especialmente atractiva físicamente pero su destreza con las manos para liar un canuto no podían pasar desapercibidas para un buen entendedor; él lo era.

Se le acercó amistosamente y le preguntó si no le importaría compartir esa obra de arte.

—Me daría igual que hubieses liado un trozo de mierda dentro de este papel de fumar. Verte hacerlo ha sido tan placentero que me muero de ganas de darle una calada. Continúa leyendo Marihuana love

El residuo del genio

Le citó en la cafetería de la esquina. Ese cuchitril que siempre había regentado José y que ahora lo llevaban una pareja de origen oriental a los que apenas se les entendía y que, en ocasiones, parecían estar mas cascados que el mobiliario y maquinaria industrial de una cafetería que no se había renovado en más de 30 años, los 30 años que José había mimado tanto a su clientela y tan poco a su local.

Le estaba esperando con un cortado. Era adicto al café a pesar de que el médico le había advertido que su problema de extrasístoles cardíacas venía dado por su ingesta compulsiva. Le daba igual, porque asumía que todo, absolutamente todo, generaba residuos. Y en dicha convicción se asentaba su tranquilidad de que el café no era una excepción y, por lo tanto, sus extrasístoles eran más que bienvenidas. Continúa leyendo El residuo del genio

Doctor, no sé quien soy II

Simplemente no lo vio venir. Para cuando se dio cuenta, el impacto era físicamente inevitable. Por suerte tuvo tiempo de girar el volante de forma instintiva y el impacto fue menos frontal. Igualmente, el golpe fue contundente; casi catastrófico.

No creía haberse fijado nunca tanto en el techo de su coche, pero al verlo como un acordeón, dedujo que algo grave le había pasado.

No podía moverse, de hecho, no creía ni ser capaz de mover lo ojos de lado a lado o arriba y abajo. Se había convertido en un témpano de hielo. Continúa leyendo Doctor, no sé quien soy II

Ya no tengo ideas propias

El otro día tuve que hacer un trámite a la ciudad de Granollers. Este tipo de trámites donde debo ir físicamente a algún lado me suelen molestar porque estoy acostumbrado a resolver todo por Internet. Un cambio de nombre de un vehículo, para ser concreto. Al salir de la gestora tuve que ir a hacer unas compras triviales, chorradas esencialmente, con la mala fortuna y mi despiste que me dejé los papeles en alguno de los comercios. Me di cuenta al llegar al garage donde tenía estacionado el coche. Allí, no sé cómo, el ticket que llevaba en mi mano y el cual acababa de pagar, se evaporó. No sé donde fue a parar. Retrocedí 20 metros hasta la máquina de pagos, miré debajo de todos los coches, recorrí el suelo con la mirada. Simplemente se había volatilizado. Así que me acerqué a la ventanilla de la oficina.

Continúa leyendo Ya no tengo ideas propias

El hombre irritante

Era introvertido. En situaciones sociales aparentaba más timidez de la que atesoraba, hasta que escuchaba en alguna conversación algún comentario categórico y absoluto. Entonces, ahí soltaba a la bestia, un animal extremadamente racional, tanto o tan poco, que no tenía en cuenta su lado más animal y por eso irritaba. Su contenido quedaba engullido por su tono.

—Hay demasiados inmigrantes, deberíamos empezar a echar a algunos porque se aprovechan del sistema, y ¡ya está bien! —dijo un tipo melenudo y barbudo que parecía un vikingo. Su audiencia asintió reafirmando el comentario. Sin duda era un macho alfa.

Continúa leyendo El hombre irritante

Libros Vs. Tablet

Llegó repeinado a casa del abuelo y ataviado con la ropa de los domingos. Llevaba su nuevo amigo consigo, una nueva tablet con la última actualización de Android. Se paró delante de la puerta de la biblioteca del abuelo y se acomodó la tablet para que al entrar su abuelo la viera bien.

—Entra a saludar al abuelo —escuchó tras de sí.

Tragó saliva y tomó el pomo con decisión.

—¡Hola yayo! Mira lo que … —se frenó en seco al ver los inquisidores ojos azules mirarle por encima del marco de sus gafas.

Continúa leyendo Libros Vs. Tablet

La explotación de las letras

Se despertó a media noche sudando. Aún no llegaba a entender porque estaba soñando algo tan desagradable. Sin tiempo a intelectualizarlo una nueva arcada inesperada le obligó a vomitar la poca cena que le habían dado la noche anterior. Abrió los ojos y entendió que esta no era la primera vomitada de la noche. El suelo estaba lleno de vomito, pero era un vomito extraño. No emanaba olor alguno, su textura era sólida, una especie de amasijo de alambres negros. Se incorporó como pudo. Le dolía la tripa, y la garganta porque el paso de esos “alambres” inodoros que yacían en el suelo le había raspado en su paso por la traquea, la faringe y la laringe.

Continúa leyendo La explotación de las letras

Los protagonistas de la tragedia

Seguía sentado en la cafetería, esperándole, mirando por el cristal como la gente caminaba arriba y abajo cómo si nada hubiese pasado, como si nada fuese a pasar.

—Perdón por el retraso —dijo jadeando mientras retiraba la silla, apoyaba su abrigo en el respaldo y tomaba asiento.

Le hizo una seña con la mano sin dejar de mirar a través del cristal para dejarle saber que no le importaba. ¿Qué era el tiempo al fin y al cabo? Un invento del ser humano para organizar su esclavitud biológica. La otra, la esclavitud emocional, no entendía de tiempos.

Continúa leyendo Los protagonistas de la tragedia

Tengo dos papás

Ayer llegué al colegio temprano, como siempre. Mi papá es muy previsor y siempre se asegura que llegue a tiempo para entrar a la primera clase de la mañana. En invierno me fastidia un poco tener que esperar en la puerta del colegio porque es oscuro, hace frío y estoy solo. Pero nunca me he quejado, porque sé que mi papá aún lo tiene más difícil. Él tiene que ir a trabajar para que yo pueda seguir viniendo al colegio y pueda tener siempre comida en la mesa, y libros que leer para estudiar, y unas buenas Navidades con regalos. Mi papá es mi héroe.

Pero ayer, cuando estaba quieto como una estatua en la puerta del colegio, con la punta de la nariz congelada, me di cuenta que no tengo sólo uno, sino dos papás. Lo que sucede es que ambos habitan en el mismo cuerpo. Aún no sé muy bien cómo entran y salen para turnarse un único cuerpo, pero ya lo descubriré, igual que descubrí que eran papá y mamá los Reyes Magos de Oriente. O mejor dicho, que los Reyes Magos de Oriente no existen y que, por algún motivo que aún desconozco, me mintieron para hacerme creer que cada seis de enero de madrugada venían a casa a dejarme regalos. Incluso me hacían dejarles vasos de leche caliente con galletas, cuando ya sabían que nadie se lo iba a comer. Me confundió un poco toda la situación porque siempre me habían enseñado que no debía decir mentiras y que con la comida nunca se jugaba. Continúa leyendo Tengo dos papás

Os deseo la muerte

Como cada viernes por la tarde se reunieron en casa de Eduardo. Todo estaba perfectamente preparado para empezar su partida de póker. Llevaban más de cuarenta años jugando todos los viernes, ni enfermedades, ni castigos, ni un terremoto les habría privado a los cuatro de reunirse para tomarse el pelo con las cartas y robarse el dinero.

Sentado con una agradable sensación de deja vu miraba a sus tres compañeros de juego y recordó, como cada viernes, que nadie en todo el planeta le conocía tanto como ellos. Ahora envejecidos, sus cabezas habían perdido pelo pero habían ganado todo tipo de secretos. Secretos que nunca había contado fuera de esas partidas. Por esa misma regla de tres, razonó que él llevaba en su mochila secretos de aquellos tres personajes que nadie debía de conocer. Continúa leyendo Os deseo la muerte

Basura de letras

Se despertó a las tres de la mañana como un búho. Los ojos como platos, no sabía cómo pero ya se había incorporado. Se puso la bata, las zapatillas, y salió del cuarto. Tampoco sabía cómo ya llevaba las gafas de leer puestas, pero ahí estaban, pegadas a su cara. Buscó en su móvil el teléfono de Antonio, y marcó, sin dudar.

No recibió respuesta después de varios tonos. Abrió el portátil.

—He vuelto amigo mío —le dijo.

—Te he echado de menos —le respondió su Macbook.

—Mentiroso, si odias lo fuerte que tecleo.

Continúa leyendo Basura de letras

Cariño, me quiero independizar

Y ahí estaba el presidente de la Generalitat, en el balcón, alzando una mano con cuatro dedos y proclamando el inicio de la república catalana. Gracias a la alta definición de la pantalla, los pelos del presidente parecían los pequeños alambres de un títere.

—La alta definición se lo está cargando todo —dijo él con desgana.

—Pues cómprate una televisión que no tenga alta definición —le respondió ella con convicción.

Continúa leyendo Cariño, me quiero independizar

El hombre loro

Vio que se encendía la pantalla del móvil. Hacía dos años que había decidido que su dispositivo debía ser mudo e inerte: no tenía permiso para sonar ni vibrar. Su determinación venía a cumplir dos propósitos. El primero, no tener que estar cada 30 segundos atendiéndolo, ya que le parecía que para estar esclavizado habría optado por tener muchos hijos con alguna de sus insolentes primas. Por otro lado, quería entrar en la categoría de “seres especiales”, esos que en los 80 tenía móvil, aunque fuese un ladrillo, y ahora no lo necesitaban porque habían ascendido a cotas muy altas como para necesitarlo.

Continúa leyendo El hombre loro

Doctor, no sé quien soy

Llegó a la consulta excesivamente temprano. No sólo le gustaba ser puntual, sino que, por costumbre, llegaba a los sitios con mucha antelación, demasiada. Miró el reloj. Pasaban cinco minutos de su cita. Miró el revistero pero ya no le quedaba nada que le interesara por leer. Resopló. Se dio golpecitos con los dedos de las manos en las pantorrillas. Se limpió las gafas. Miró el techo y después el suelo, y otra vez el techo, parecía estar asintiendo cuando en sus adentros estaba renegando.

—Señor Gonzalez —le llamaron.

Continúa leyendo Doctor, no sé quien soy