Engullido por parásitos, hongos y bacterias

María llegó la última y tarde. Era de la que menos me lo esperaba porque en el colegio siempre fue un reloj suizo en todo lo que hacía. Llegaba la primera a clase, entregaba los deberes la primera, se sabía la lección la primera y sólo era la última saltando el potro en clase de gimnasia. Se pasó varios años propagando su incondicional amor por mi, lo que me hacía pasar mucha vergüenza ante la desaprobación del resto de la clase: “a María le gusta Tito, a María le gusta Tito” me repetían a la cara mis compañeros poniendo voz de muñeco diabólico mientras me señalaban con el dedo. Nunca supe con certeza, hasta esa noche, si verdaderamente estaba enamorada o lo hacía para dejarme en ridículo a modo de vendetta. Continúa leyendo Engullido por parásitos, hongos y bacterias

El diálogo sobre los diálogos

La cafetería parecía estar en medio de la nada. Un espacio hermético que nos privaba a ambos de todos nuestros sentidos físicos. Estábamos, a efectos prácticos, solos enfrentando a nuestros intelectos.

—Me interesa tu opinión ¿Qué te parecen verdaderamente mis cuentos?—pregunté—. Y recuerda que entre tu y yo no valen ni las mentiras piadosas ni las frases hechas para salir del paso. No habría peor insulto que respondieras con una de las dos opciones que te acabo de mencionar y que, por otro lado, ya deberías saber que están prohibidas. Prefiero pecar de redundante antes que dejar que me insultes por un olvido producto de nuestra confianza.

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Saliendo del armario: no me gusta el fútbol

Aquellos que han tenido la mala suerte de observarme viendo un partido del Barça, no tendrán ninguna duda sobre mi vehemente afición a este deporte llamado fútbol; además de concluir, no sin razón, que me falta un tornillo: hablo sólo y a los gritos, hago aspavientos exagerados, y sufro como si me estuviesen sacando una muela sin anestesia.

Debo confesar que yo mismo tengo mis dudas de si tantos fuegos artificiales no han sido más que una fachada para camuflar mi anti fútbol. Hoy salgo del armario para reconocer, sin tapujos, que a mi lo que me pone cachondo es ver al Barça ganar, ganar y ganar. Ver un partido de fútbol disputado, emocionante y con incertidumbre para mi equipo, me produce la misma intolerancia que los lácteos.

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Mi inodoro y la velocidad de la luz

El otro día, mientras conducía, escuché en la radio que para finales de año se estrenará una nueva película de Star Wars, la séptima. Se me erizó todo el bello del cuerpo, que no es poco, cuando el locutor lo anunciaba con voz emocionada mientras el técnico de sonido pinchaba de fondo la música que suena al inicio de cada capítulo de la saga.

Toda una generación de niños y adultos de los años 70 tenemos un vínculo especial con esa melodía que, a estas alturas de la vida, pertenece a una galaxia, muy, muy lejana. Y, hasta ese fatídico día, albergaba la certeza de que nada, ni siquiera la edad y su efecto demoledor sobre mi propia inocencia, sería capaz de corromper mi relación con esas estrofas musicales asociadas a unas letras amarillas que se alejan sobre un fondo negro lleno de estrellas.

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No puedo matar insectos

El otro día a Lidia se le pegó un insecto en el pelo, síntoma de que estamos llegando al verano. Vino a la cocina toda encendida hablándome de algún problema del trabajo cuando una especie de oruga —animal en extinción del cual ya nadie habla— se le había instalado en una de sus mechas. Mientras ella seguía rabiando contra intangibles, yo observaba a ese animalito escalar hacia su cogote como un alpinista en busca de la cima. Me costó encontrar el momento para alertarle de la situación al quedarme embobado ante el paralelismo en el ímpetu de ambas criaturas. Continúa leyendo No puedo matar insectos

Aviones y billetes de lotería

Jonathan Haughton, con sus tics y manías, era de esos profesores que sabían como gestionar el tempo de una clase de economía en el frío invierno de Boston de 1998. Por eso, 50 estudiantes, cuya preocupación principal era determinar a quien llevarse a la cama por la noche y que nueva droga inyectarse al sistema nervioso, mantenía un silencio sepulcral mientras este irlandés larguirucho explicaba en que consistía la estadística.

—¿Alguien sabe por qué existe la estadística? —preguntó meneando su tiza como un director de orquesta.

Yo quise responderle que esperaba que no sirviese para nada, porque veía muy crudo poder aprobar con nota la asignatura. Y necesitaba mi nota para mantener mi beca.

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El turista amargado

Harto de esperar a que alguien me sorprendiera, decidí ser yo quien pasara a la acción. Si lo que andaba buscando no venía solito a mi, entonces iría yo hacia lo que andaba buscando, o me lo sacaría de dentro, lo que llegara primero. Y lo que andaba anhelando era encontrar a alguien que me dijera que no le gustaba viajar o hacer turismo. Que aborreciera todo lo que significa un viaje de placer: desde pagar por el viaje, hasta hacer las maletas, subirse al avión, llegar al lugar de destino, abrir las maletas y salir a pasear en busca de lugares conocidos como, por ejemplo, un McDonalds.

—¡Me encanta viajar! —dijo Valerie excitada como las burbujas de una tónica recién abierta mientras sacaba con entusiasmo una guía “alternativa” de Miami.

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El hombre a plazos

Creo que desde siempre me han provocado cierta alergia aquellos que defienden que la vida es un suspiro y que, por ese motivo, hay que “vivirla en el presente”, en este instante, no éste, en éste. Estos personajes no se dan cuenta de que el presente, el instante presente, no existe o si existe es el más escurridizo de todos los momentos posibles; disfrutarlo es, cuando menos, complejo dadas nuestras limitadas habilidades.

El pasado, por ejemplo, es más duradero porque todo lo que sucede queda de forma infinita suspendido en ese tiempo. Está en constante crecimiento porque no dejamos de tirarle material. Por si fuera poco, se deja moldear al antojo de quien lo revive. ¿Cuántas veces habré discutido con mis hermanos sobre sucesos familiares controvertidos del pasado que cada uno ha recordado como le ha convenido?

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Yo sólo iba a hacer turismo de concesionario

Yo sólo iba a hacer turismo de concesionario. Me hacía ilusión entrar bien vestido a los concesionarios para ser recibido por algún vendedor entusiasmado, preguntar por coches de segunda mano de gama media con poco kilometraje e irme, con dos cojones, sin comprar nada y después de haber puesto veinte mil pegas a todo. Y, sin embargo, en el segundo concesionario al que entré, acabé reservando un Citroen Cactus de gerencia con sólo 2.500 kilómetros.

Imagino que ahí fuera existen todo tipo de compradores de coches. Yo me considero una rareza. No entiendo de caballos, cilindradas, potencia, calidades de los materiales, de nada. Tengo conocidos que saborean los coches en base a sus ingredientes principales, los que no se ven pero se sienten. En cambio yo sólo me fijo en la estética, si me entra por los ojos ya me sirve, igual que un plato de espaguetis.

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Lo importante es sacar lo que uno lleva dentro ¿verdad? … ¡Y una mierda!

A los seudo escritores nos gusta que nos lean y nos digan que nos leen. Pero a la vez, tenemos que pretender que escribimos por vocación, porque nos sale de dentro y da lo mismo si nuestros textos caen en un agujero negro, lo importante es sacar lo que uno lleva dentro, ¿verdad?

¡Y una mierda!

Lo importante es que te lean, sepan de tu existencia y la gente entienda y visualice, gracias a tus palabras, nuevas realidades que, idealmente, se construyen gracias al empuje de tus textos.

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Estamos solos en el Universo y por eso damos vueltas intentando mordernos la cola

Hace tiempo que la sección de Ciencias de El País me tiene atrapado. Es la única sección con noticias positivas. La posibilidad de curar el cáncer o el SIDA parecen cercanas. Incluso la de detener el envejecimiento o la calvicie son ahora posibilidades encima de la mesa.

Sin embargo, últimamente las noticias de ciencias que tratan del Cosmos o el Universo —las relacionadas con la partícula de Higgs las ignoro directamente porque no las entiendo— son bastante negativas.

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¡Qué me cago!

La imagen de mi padre agarrado al mango del Seiscientos, con las gafas resbalándole  a cámara lenta por el tabique nasal debido a un apretón intestinal en un domingo lluvioso de primavera del 1978, no se me podría olvidar ni aunque me entrenara para ello. Entre otras cosas porque, en mi caso, reafirma mi actual esclavitud a la genética heredada de ese caballero aferrado al mango de un diminuto coche rojo de tapicería blanca donde viajábamos cuatro adultos y dos niños, parecido al chiste sobre cómo meter a cuatro elefantes en un Seiscientos.

—Yayo ¡qué me cago!— soltaba mi padre alaridos descompuestos como una embarazada a punto de parir en medio de un campo de batalla.

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El universo es infinito y el tiempo no existe porque es un espacio ¡vaya mierda!

Siempre he buscado formas de consolarme ante eventos negativos, casi siempre ajenos pero que me afectaban como propios. Parezco haber vivido toda mi vida magnificando desgracias lejanas y ajenas, o incluso inexistentes, como sistema de entrenamiento personal a modo de prepararme el terreno para cuando me toque a mi la desgracia de forma directa y físicamente. Uno de los ejercicios habituales siempre ha sido trabajar en supuestos en torno a la vejez, qué me dolerá, que sentiré, se me levantará el pajarito. Recuerdo haber subido las escaleras de casa varias veces muy lentamente, imitando a un anciano de 80 años para saber sí podré con ellas dentro de 35 años.

El pasado jueves, como todos los jueves desde que vivo en Dosrius, mi madre vino a comer, y hartos como estamos de caer siempre en los mismos hábitos, repetitivos, seguros, predecibles, amigables, decidimos ir a un restaurante diferente, un poco más barato, más de camionero, con raciones enormes, bastas, con mucho sabor, difíciles de digerir. Como de costumbre mi madre venía con ganas de hablar, de repetirnos las mismas historias a pesar de haber establecido de forma colectiva, pero sin previa charla, la necesidad de romper con la monotonía.

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