Aviones y billetes de lotería

Like

Jonathan Haughton, con sus tics y manías, era de esos profesores que sabían como gestionar el tempo de una clase de economía en el frío invierno de Boston de 1998. Por eso, 50 estudiantes, cuya preocupación principal era determinar a quien llevarse a la cama por la noche y que nueva droga inyectarse al sistema nervioso, mantenía un silencio sepulcral mientras este irlandés larguirucho explicaba en que consistía la estadística.

—¿Alguien sabe por qué existe la estadística? —preguntó meneando su tiza como un director de orquesta.

Yo quise responderle que esperaba que no sirviese para nada, porque veía muy crudo poder aprobar con nota la asignatura. Y necesitaba mi nota para mantener mi beca.

—¿Nadie?

La pregunta no parecía encerrar dificultad, aún así la clase se mantuvo en silencio por el temor a que tuviera truco.

—¿Nadie? —. Volvió a preguntar—. La estadística existe para gestionar la probabilidad —se auto respondió; voilá rostros de alivio en toda la clase —. Y les garantizo que ninguno de ustedes, de todos los que están en esta clase, morirán de accidente aéreo o se harán millonarios gracias a un billete de lotería. Por eso, estudien, saquen buenas notas, y gánense la vida con su esfuerzo.

Todos nos mirábamos contrariados. Por un lado, Haughton nos acababa de garantizar que no moriríamos en un accidente de avión pero, por otro, nos acababa de enterrar las pocas ilusiones de retirarnos gracias al azar de la lotería.

Durante los últimos años, la reflexión de Haughton ha sido un refugio donde cobijarme cuando he tenido que subirme a un avión y mi cerebro me preguntaba: ¿Y si se estrella el avión?

Y yo, en lugar de responderle lo obvio: que moriríamos todos, y así zanjar el asunto, siempre opté por enfrentarme con el argumento de Haughton: “ninguno de ustedes, de todos los que están en esta clase, morirán de accidente aéreo”.

Y hasta la fecha la estadística le ha estado dando la razón a Haughton. Sin embargo, el argumento en sí no es ganador, porque nadie te asegura que tu vida esté del lado de la estadística.

De ahí que últimamente me pregunte porque utilizo la estadística para flagelarme. En realidad, debería empezar a comprar lotería con la misma creencia absurda de que me va a tocar, así sería consistente con mi miedo a volar. No es lógico que no compre lotería porque crea que es estadísticamente imposible que me toque el premio gordo cuando creo que mi avión se va a estrellar.

El otro día, la señora María salió renqueante de su casa. De hecho siempre sale así porque está fastidiada de la espalda, la cadera, las rodillas, el hígado y sabe Dios que más. Con su parsimonia se dirigía a comprar su billete semanal de la ONCE. Observé desde la ventana, como mantenía una alegre conversación con Jaume, el vendedor de los boletos.

El rostro de María parecía ser el de una persona que tiene la certeza que le va a tocar la lotería y no el de quien ha tenido a Haughton de profesor de economía. Agarró su billete, le dio un beso, y se lo guardó cuidadosamente en el bolsillo de su jersey de punto gordo de color marrón, a juego con su bastón, sus zapatillas de andar por casa y ligeramente más claro que su falda y medias.

Aún no se muy bien porque bajé corriendo las escaleras de casa. El caso es que abrí la puerta, salí corriendo, y le corté el paso a la señora María en el pseudo paso de peatones delante de su casa.

—Hola joven —dijo sin inmutarse por mi abrupta aparición—. No se te ve el pelo.

—Que más quisiera yo que se me viera pelo en la cabeza —repliqué para hacerme el gracioso.

—Estás muy bien así, ¿para qué quieres más pelo? —preguntó con evidentes signos de retórica.

—No, no quiero más pelo —dije—. De hecho, me gustaría preguntarle una cosa si no le importa.

—Aún no sé si me importa, quizá después de la pregunta pueda saberlo.

—Claro —dije estupefacto ante la profundidad de su razonamiento —. ¿A usted le da miedo viajar en avión?

María levantó la vista, un ojo más abierto que el otro, como siempre, porque tiene uno más abierto que el otro.

—¿Qué pregunta más absurda? Claro que no me da miedo volar y menos con los aviones modernos que hay ahora, en mi época, en mi época si que daban miedo.

—¿Y cree que le va a tocar algún día la lotería?

—Uy, sí, eso espero, así podré dejarle algo a mis hijos y nietos —dijo con entusiasmo y aceptando el cambio de tercio, como si ya supiera por donde iban los tiros.

—Los dos vivimos en el absurdo, pero al revés —reflexioné en voz alta—. ¿No le parece curioso? —le pregunté.

Me miró con atención, dudando de si venía drogado o mi estupidez era de serie.

—Verá … —empecé —a mi me da miedo volar porque creo que mi vuelo siempre es el que se va a estrellar, lo que, estadísticamente hablando, sería absurdo. Por esa misma regla de tres, debería comprar billetes de lotería, porque ¿por qué no iba a pensar que me van a tocar si es igual de absurdo?

—Pues si nunca compra lotería, nunca le va a tocar joven, es bastante obvio —dijo mientras me intentaba apartar con el bastón.

—Espere —dije obstaculizándole nuevamente el paso—. Usted, en cambio, cree que le va a tocar la lotería cada vez que compra un billete a pesar de que nunca tiene esa suerte; igual que yo nunca me he estrellado con un avión. Sin embargo, a usted no le da miedo volar y a mi sí ¿lo ve?

—Claro que lo veo —me espetó irguiéndose como el perro que se ha cansado de jugar con un dueño despiadado—. Veo a un joven inmaduro. A su edad ya debería saber que todo en esta vida es interpretable. Yo interpreto las cosas como y cuando me convienen, igual que los politicos de este país. En cambio usted lo interpreta todo de forma negativa y eso para mi es de … —intentó buscar una palabra amable.

—¿Tontos? — le ayudé a completar.

Movió su cabeza de forma afirmativa Yoda style. Me apartó del medio con su bastón, y se fue lentamente murmurando.

“Cómo le toque la lotería esta semana, no me vuelvo a subir a un avión”, me prometí a mi mismo.

Comentarios con Facebook
Like

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.