Basura de letras

Like

Se despertó a las tres de la mañana como un búho. Los ojos como platos, no sabía cómo pero ya se había incorporado. Se puso la bata, las zapatillas, y salió del cuarto. Tampoco sabía cómo ya llevaba las gafas de leer puestas, pero ahí estaban, pegadas a su cara. Buscó en su móvil el teléfono de Antonio, y marcó, sin dudar.

No recibió respuesta después de varios tonos. Abrió el portátil.

—He vuelto amigo mío —le dijo.

—Te he echado de menos —le respondió su Macbook.

—Mentiroso, si odias lo fuerte que tecleo.

—Es verdad, me molesta bastante como me aporreas las teclas, pero igual prefiero que me uses a que me tengas medio año cerrado como si fuese una caja inútil ¿Sabes la capacidad de procesamiento que tengo?

—Ni puta idea y tampoco me importa. No te ofendas.

—¿Eres tonto? Cómo me voy a ofender si sólo soy un ordenador portátil.

—Esta charla es buenísima, sin embargo, si sé que me vas a salir con esto, no te abro nunca más.

—Anda, teclea, deduzco que vuelves a tener ideas para escribir alguna de tus chapuzas.

—No exactamente.

Volvió a marcar el teléfono de Antonio. No recibió contestación. Volvió a apretar el botón de llamar.

—David, espero que alguien se haya muerto ¿Sabes qué hora es?

—No.

—Son las tres de la mañana maldito cabronazo.

—No, me refería a que nadie se ha muerto, cómo no voy a saber la hora que es. Esto es importante.

—Te escucho, aunque con odio, te lo advierto.

—Has sido muy paciente conmigo, entiendo que me odies, no por llamarte a las tres de la mañana, sino porque llevo medio año sin producir una sola línea de texto.

—¿Puedes ir al grano?

—¿No lo notas?

—David, en serio, son las tres de la mañana, ayer tuve un día de mierda, y hoy no pinta mejor.

—Vale. Perdona. Sólo quería compartir contigo que he tenido un sueño y que ya sé cómo volver a escribir.

—¿Has encendido el ordenador?

—Sí.

Antonio soltó una carcajada.

—¡Me cago en la …! Por fin, te juro que ya estaba a punto de enviarte a la mierda en serio.

—¡Antonio! ¿estás chiflado?, son las tres de la mañana y los niños están durmiendo —se escuchó al otro lado de la línea.

—Perdona cariño. David vuelve a escribir —dijo entre susurros.

—Me importa una mierda. Y no susurres que ya has despertado a los niños.

Antonio, se metió en el baño con cuidado mientras oía a su mujer hablando con uno de sus hijos.

—La que me has liado en casa. Ahora cuéntame ¿ya tienes alguna idea concreta?

—No

—¿Cómo que no?

—No, sé como resolver mi bloqueo. Ya sé que hacer para volver a escribir. En cuanto lo resuelva, empezaré a pensar en ideas para la próxima novela.

—Me cago en todo.

—Tranquilo, volveremos a estar en primera línea. Confía en mi.

Seis meses antes David se había encontrado al niño del vecino lloriquendo en una esquina del jardín. David se bajó del coche y se le acercó con cuidado para que nadie creyera que era un pervertido intentando raptar a un niño.

—Miguelito, ¿qué te pasa? ¿Dónde están tus padres?

—Coco se ha muerto.

David resopló. No toleraba mucho hablar de asuntos relacionados con la muerte y menos tener que empatizar con alguien triste por su culpa.

—La vida es así. Unos se van y otros vienen —intentó explicarle.

—Ya lo sé, pero, pero —intentó decir entre una pasta de lágrimas y mocos que se le estaban juntando en la boca —algún día papá y mamá también se irán para siempre.

El dilema era superior al esperado. Miguelito no estaba triste por la muerte de su mascota, sino que la había extrapolado a sus padres. Por delicadeza David no le dijo que por el lado positivo ya nunca les volvería a despertar con sus histéricos y agudos ladridos.

—¿Me recuerdas cuántos años tienes? —le preguntó.

Le mostró los cinco dedos de la mano.

—Asombroso.

El niño aspiró la papilla de su boca.

—Vale, ya he tenido suficiente. Lo siento mucho Miguelito.

Esa noche, viendo la televisión, David no podía parar de pensar en la reflexión del niño. Con tan sólo cinco años había sido capaz de enlazar la muerte de su perro con la de sus padres.

—Debe ser un súper dotado —dijo en voz alta.

Siguió viendo la televisión, pero su cabeza empezó a aplicar esa absurda regla de tres ya por todos conocida.

—Joder, es que todos nos vamos a morir, no sólo Coco. Maldito Miguelito.

Apagó la tele. Subió las escaleras de dos en dos, se sentó delante de su ordenador portátil y empezó a teclear.

—Me vas a romper si sigues golpeando las teclas así de fuerte —le dijo su Mac.

—Perdón —le respondió mientras bajaba la intensidad de su tecleado.

Escribía, lento, suave, pensando bien cada palabra. Quería profundizar en las implicaciones de ese concepto tan sabido y aceptado pero tan poco explorado. Que todos fuéramos a morir se le antojaba la mayor epidemia de todas las jamás inventadas y, sin embargo, nadie hacia nada. Todos estábamos enfermos, seres humanos, animales, plantas, incluso las cosas inertes tenían fecha de caducidad.

—No te perturba que en unos 18 meses ya no me servirás porque habrá un Mac más potente y acabarás siendo desecho electrónico.

—No, si me estuviese perturbando ese pensamiento todo el día, sería una tortura y tu no podrías usar mi capacidad de procesamiento para navegar por Internet. Sería un ordenador en estado depresivo.

—Vale, entendido. Voy a explorar este concepto de “todos nos morimos”. El vecino ha hecho un buen análisis con sólo cinco años.

—A mi nunca me valoras que sólo tengo nueve meses de vida y tengo razonamientos bastante más sofisticados.

—Ya. Bueno. Igual Miguelito ha demostrado una empatía limitada, porque, por ejemplo, no le ha dado pena que yo también me fuera a morir, o él mismo.

—Es que al niño no le asusta todavía la muerte, sino que le falten sus seres queridos. No se trata de morir, se trata de perder el amor incondicional de los padres.

—La verdad, nunca te lo he dicho, pero estoy muy orgulloso de ti, nunca tuve un ordenador que con nueve meses hiciese estos razonamientos.

La pantalla se tiñó de un cierto tono rojizo.

—Y ahora me pregunto ¿qué pasa cada vez que borro una letra o una palabra en el procesador de texto?

—Que dejas de verlas.

—Sí, listo, pero qué sucede con esa letra en particular. Suponte que borro una “a” porque me he olvidado ponerle el acento. ¿A dónde llevas esa letra cuando la borro?

—A ningún sitio, cambio código de programación.

—Y el código que eliminas para poner el nuevo, ¿a dónde va?

—A ningún sitio, lo transformo de una cosa a otra, nada mas.

—Claro, ¿pero si yo borro una “a” para poner una “á”, es la misma “a” que la has resucitado o es una nueva?

—Es código nuevo pero idéntico al anterior.

—Por lo tanto, es otro código.

—Desde el punto de vista puramente estricto, que no práctico, sí.

—Entonces hay una letra a la que hacemos desaparecer para poner a otra idéntica pero que estrictamente, que no práctico, es otra.

—Creo que para entender tu actual idiotez debería ser humano.

Se quedó mirando el teclado. El Mac encendió la cámara para poder entender mejor la expresión facial de su dueño.

—No me gusta mucho esa cara.

David cerró la tapa del ordenador. Y ya no volvió a escribir una sola línea de texto en seis meses hasta las tres de la madrugada de ese día, cuando un sueño le despertó con una ingeniosa solución.

—He apagado todo lo que dejaste encendido hace seis meses para que tengas toda mi memoria disponible para lo que sea que vayas a escribir hoy.

—Me preparo un café y te cuento mi idea.

Se preparó un café con entusiasmo. Lo iba a necesitar para poder empezar a recuperar el tiempo perdido. Volvió a su escritorio.

—Te cuento. Antes de la aparición de los ordenadores yo escribía con máquina de escribir. Cuando borraba una letra, la tapaba con tippex. Si no sabes lo que es búscalo en Wikipedia. La letra nunca moría, porque aunque no se veía siempre estaba ahí debajo del tippex, y la nueva letra ocupaba su lugar. La aparición de una no suponía la desaparición de la otra. Igual sucedía con las frases, o con un párrafo totalmente tachado o una hoja sacada con rabia de la máquina de escribir y que acababa en la papelera. Ninguna letra, palabra, frase o párrafo jamás se evaporaba. Jamás.

—Qué interesante.

—Ya, bueno, quiero que cambies tu forma de tratar todo lo que borro.

—Madre mía, que me habré perdido estos seis meses de inactividad.

—Quiero que habrás una carpeta donde haya un procesador de texto. Cada vez que borre una letra, palabra o frase, quiero que la lleves a ese documento y las vayas ordenando como te plazca. No tiene que tener lógica, por lo menos no humana. Tienes total libertad.

—Vas a ocupar espacio de disco duro con desecho.

—No son desechos, hay letras y palabras que borro que tienen segundos de vida. No quiero ser yo quien las aniquile porque a mi no me sirven, igual sirven en el futuro, nunca llegaremos a entender del todo las ramificaciones de nuestros actos.

—Como quieras. Dame unos minutos que programo lo que me acabas de pedir y te aviso cuando esté hecho.

Dos años después David y Antonio estaban sentados a punto de recibir el mayor premio literario del país. Ambos estaban perfectamente aseados, olían bien, y tenían cara de satisfacción. David llevaba consigo su, ya antiguo, Mac.

—Qué buena idea que vayas a recoger el premio con tu Mac en brazos. A la prensa le va a encantar —le dijo Antonio.

David dibujó una sonrisa.

—Y el ganador es: David Bertrán, por “Basura de Letras”, novela que, como dice su autor, se gestó con los descartes de todo aquello que iba borrando en su procesador de texto al escribir una novela que no llegó a ningún sitio.

David se levantó. Se abrazó con Antonio y la persona que tenía al otro lado, a la cual no conocía. Se acercó al estrado con su Mac bajo el brazo. La gente empezó a murmurar.

Apoyó el Mac en el atril apuntando hacia la audiencia. El Mac activó la cámara frontal mientras David sacaba un papel mal doblado.

—Buenas noches a todos y muchas gracias por otorgarle este premio a mi Mac. Voy a leerles un texto de agradecimiento que él mismo ha escrito en base a lo que yo he ido borrando en los últimos días.

El auditorio se destornilló de la risa ante la ocurrencia y David empezó a leer un texto de agradecimiento elaborado en base a su basura de letras.

Imagen: ginaknapik a través de MorgueFile

Comentarios con Facebook
Like