El sicario y el abogado

Le llegó el encargo como siempre, un sobre marrón de burbujitas con una carta que parecía haber sido redactada por un niño de ocho años, una generosa suma de dinero en billetes de 50 euros y tres fotos del sujeto —una de cada perfil y una frontal —sacada con un teleobjetivo.

Silbó al contar los veinte mil euros.

—Debe ser un pez gordo —se dijo.

Tenía, como casi siempre, una semana para rechazar el encargo y devolver la pasta sin mediar explicación. Pero los que trabajaban en el ramo sabían que si el sujeto era mayor de edad él difícilmente declinaba. Leyó la carta con atención. El trabajo involucraba fulminar a un tipo que trabajaba en un bufete de abogados. El objetivo tenía mucha vida social, estaba recién casado, sin hijos y tenía un amante masculino.

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Cita a ciegas

Llegó temprano, maqueado, guapo. Ella llegó tarde, era un cardo.

—Ya sé que soy fea —le dijo sin tapujos—y tu en cambio no estás nada mal, si te quieres ir lo entenderé.

Negó con la cabeza. No debió hacerlo porque se quería ir.

—Supongo que no te vas, entonces. Dios sabrá qué extraña curiosidad debes tener en conocerme o peor aún de que clase de personalidad adoleces que no te atreves a decirme a la cara que te quieres ir. Me da igual, me conformo con estar un rato contigo.

Se puso a reír. Era tan directa que se le antojaba molesta y atractiva a la vez. “Fea pero con carácter”, pensó.

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Os deseo la muerte

Como cada viernes por la tarde se reunieron en casa de Eduardo. Todo estaba perfectamente preparado para empezar su partida de póker. Llevaban más de cuarenta años jugando todos los viernes, ni enfermedades, ni castigos, ni un terremoto les habría privado a los cuatro de reunirse para tomarse el pelo con las cartas y robarse el dinero.

Sentado con una agradable sensación de deja vu miraba a sus tres compañeros de juego y recordó, como cada viernes, que nadie en todo el planeta le conocía tanto como ellos. Ahora envejecidos, sus cabezas habían perdido pelo pero habían ganado todo tipo de secretos. Secretos que nunca había contado fuera de esas partidas. Por esa misma regla de tres, razonó que él llevaba en su mochila secretos de aquellos tres personajes que nadie debía de conocer. Continúa leyendo Os deseo la muerte

Cariño, me quiero independizar

Y ahí estaba el presidente de la Generalitat, en el balcón, alzando una mano con cuatro dedos y proclamando el inicio de la república catalana. Gracias a la alta definición de la pantalla, los pelos del presidente parecían los pequeños alambres de un títere.

—La alta definición se lo está cargando todo —dijo él con desgana.

—Pues cómprate una televisión que no tenga alta definición —le respondió ella con convicción.

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Doctor, no sé quien soy

Llegó a la consulta excesivamente temprano. No sólo le gustaba ser puntual, sino que, por costumbre, llegaba a los sitios con mucha antelación, demasiada. Miró el reloj. Pasaban cinco minutos de su cita. Miró el revistero pero ya no le quedaba nada que le interesara por leer. Resopló. Se dio golpecitos con los dedos de las manos en las pantorrillas. Se limpió las gafas. Miró el techo y después el suelo, y otra vez el techo, parecía estar asintiendo cuando en sus adentros estaba renegando.

—Señor Gonzalez —le llamaron.

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Engullido por parásitos, hongos y bacterias

María llegó la última y tarde. Era de la que menos me lo esperaba porque en el colegio siempre fue un reloj suizo en todo lo que hacía. Llegaba la primera a clase, entregaba los deberes la primera, se sabía la lección la primera y sólo era la última saltando el potro en clase de gimnasia. Se pasó varios años propagando su incondicional amor por mi, lo que me hacía pasar mucha vergüenza ante la desaprobación del resto de la clase: “a María le gusta Tito, a María le gusta Tito” me repetían a la cara mis compañeros poniendo voz de muñeco diabólico mientras me señalaban con el dedo. Nunca supe con certeza, hasta esa noche, si verdaderamente estaba enamorada o lo hacía para dejarme en ridículo a modo de vendetta. Continúa leyendo Engullido por parásitos, hongos y bacterias