Pies de trapo

Así le llamaba su abuelo de niño. Un nombre que venía de su incapacidad para dar dos pasos por el bosque sin tropezarse con alguna rama, piedra o simple desnivel. No parecía tener la competencia de distinguir las distancias de forma correcta, como si el mundo no tuviera profundidad o perspectiva y las cosas se aplastaran unas contra las otras. Era como caminar por una foto en dos dimensiones.

Su nieto había nacido estrábico y, como consecuencia ya bien de niño, había perdido la capacidad de ver el mundo en tres dimensiones. Sus andares y postura reflejaban la inseguridad que le producía ver el mundo plano y sin volumen. Un simple obstáculo que el resto de humanos sorteaba sin mayor problema se convertía en una trampa y un sobresalto o a veces en un accidente que acarreaba alguna lesión menor.

Tenía cicatrices en ambas cejas, en la barbilla, en ambas rodillas y el dedo meñique de la mano izquierda algo torcido de una rotura debido a una absurda caída al tropezar con una rama mientras iba a buscar moras con su abuelo. El mismo que cada vez que se caía patosamente le apodaba entre risas: “pies de trapo”.

Nunca le molestó el nombre, en realidad nunca supo que pensar del mismo. Con el dolor del accidente aún latente escucharlo entre la risa de dientes postizos de su abuelo tenía un efecto balsámico para su dolor físico, y sólo después, una vez curado, se preguntaba si su abuelo se burlaba de él. Nunca llegó a ninguna conclusión, simplemente acabó interiorizando el apodo como si fuese parte de su nombre.

Sus padres habían muerto en un accidente de coche, y su abuelo viudo y su tío el viajero, al cual veía sólo en Navidades, eran su única familia. Era, pues, su abuelo quien le cuidaba y le educaba bajo un esquema dual dotado de cariño y disciplina militar.

El abuelo se había criado correteando descalzo como un perro callejero en Sevilla, respirando vida al lado del Guadalquivir. Nunca llegó a entender el sistema educativo, el cual secuestraba a su nieto con deberes que le privaban de salir a jugar con la naturaleza.

—¿Qué haces ahí sentado con la cara pegada a ese cuaderno?

—Son los deberes del colegio, yayo —le respondió con cierta tristeza y ese par de ojos descordinados.

—Ni hablar. Ya te pasas muchas horas sentado en clase todo el día. Cierra ese cuaderno y sal a jugar con los perros.

El abuelo tenía obsesión porque su nieto no fuese solo un niño normal, sino que quería que se sintiese excepcional, capaz de cualquier cosa, sin límites, y por eso le apuntó a cuanto deporte se ofrecía en el colegio o por algún club deportivo del pueblo. Su objetivo era verle correr y jugar sin estrellarse contra los obstáculos del terreno y de la vida.

Un día, después de recibir un balonazo en la cara, caer de espalda y darse un fuerte golpe en la cabeza, uno de los profesores, aterrado por el incidente, le suplicó al abuelo que sacara a su nieto de las actividades físicas, pues era obvio que sin las tres dimensiones su nieto, el pies de trapo, iba a acabar mal herido.

—Quizá el ajedrez sea más adecuado para un niño con su problema.

—¿Qué problema?— le preguntó el abuelo con cara de muy pocos amigos.

—Ya sabe —empezó el profesor—el de su vista, no ve bien, no calcula las distancias, se tropieza …

—¡Tonterías! —le interrumpió el abuelo —ve perfectamente, y las distancias, pues como el niño que empieza a andar, ya las aprenderá de otra forma. El cerebro humano es una máquina muy poderosa y le prohibo que le diga a mi nieto que no puede jugar al fútbol, basket o tenis como el resto de los niños.

El profesor conocía el pasado militar del abuelo y todo el mundo en el pueblo sabía que no era un hombre de atajos. El policía del pueblo lo descubrió el día que se le ocurrió pegarle una patada a su perro por ladrarle. El abuelo, que le vio por una de las ventanas, no dudó ni medio segundo en agarrar su arma reglamentaria, abrir la puerta de la casa y ponérsela en la frente.

—De capitán a capitán, si vuelve a pegarle una patada a mi perro, le volaré la tapa de los sesos.

Corrían rumores de que el jefe de policía se había hecho sus necesidades encima y le habría pedido al abuelo no contarle el incidente a nadie a cambio de no denunciarle. El abuelo siempre juró no haber contado la historia a ningún vecino, sin embargo todo el pueblo supo del incidente.

Así, su infancia limitada por la falta de una dimensión se vio potenciada por las aventuras de su abuelo durante la Guerra Civil española primero y en la Segunda Guerra Mundial después. Participó en ambas y en sus relatos las mezclaba de tal manera que pies de trapo siempre pensó que eran una sola.

Todas las peripecias que le explicaba el abuelo contenían tanto volumen que prefería escucharlas embobado con los ojos abiertos mirando al infinito para acceder así a un mundo voluminoso y lleno de matices que le liberaban de su planicie monocular.

Ya hacia tiempo que no le veía en persona. Tampoco hablaban mucho por teléfono, el abuelo los detestaba debido a su sordera producto de oír tantas balas y gritos de dolor. Fue el abuelo quien le obligó a estudiar en el extranjero, quien le empujó a viajar de mochilero por todo el mundo, quien le repetía ya siendo adulto que tenía que viajar y conocer mundo y crearse sus propias aventuras, y empezar a enterrar las que él le había estado contado cuando era niño.

A pesar del poco contacto, de adulto, pies de trapo, no sentía que el mundo era plano y era consciente de que su abuelo había conseguido su objetivo de convertirle en un ser humano ajeno a sus problemas de visión.

—¿Está usted seguro que no veo en tres dimensiones? —le preguntó al oftalmólogo con curiosidad en una revisión rutinaria pasados los 35 años de edad.

—Sí —le respondió —totalmente seguro.

—Entonces por qué no me voy chocando con las cosas o me estrello con los coches que tengo delante cuando conduzco, o puedo jugar al tenis y golpear a la pelota sin ningún tipo de problema.

—Tu cerebro ha aprendido a calcular las distancias de otra forma —le dijo con cierto orgullo el oftalmólogo como si él hubiese sido el factor determinante— y a nivel práctico, es como si tuvieras tres dimensiones.

Le llamó su tío una tarde de primavera. Se imaginó la noticia.

—El abuelo ha muerto en mis brazos —le dijo sereno.

Se acercó a la ventana con los ojos llorosos pero en silencio. No quería que su tío supiera que estaba entre lágrimas que le nublaban esa visión imperfecta corregida por su abuelo. Se frotó los ojos e intentó mirar a la gente que paseaba  por la calle ajenos a su tragedia. Por primera vez en su vida a pies de trapo le pareció estar viendo el mundo como una foto completamente plana.

Las alfombras y la mierda que esconden

Se jactaba orgulloso de forma grotesca y vehemente de ser un escritor anónimo y sin fama porque él solo escribía para si mismo. Argumentaba, con solidez de mármol, que no le interesaba que nadie le leyera sus textos, breves cuentos donde intentaba diseminar el pensamiento humano contemporáneo como si fuese algo bochornoso, sin sentido y, en gran medida, patético. “Esto no es para vosotros, es para que la gente del futuro sepa de donde viene su idiotez, que sepan que no es culpa suya, que la herencia que les estamos dejando es una mierda”, solía decir como parte de su discurso de marketing.

Los mejores elogios que aseguraba haber recibido solían ser por conocidos verdaderamente disgustados o incluso asqueados con sus relatos. Algunos de sus lectores los habían llegado a tildar de xenófobos, machistas, y racistas. Incluso, uno, llegó a decirle que no se acercara jamás a alguno de sus hijos.

Aseguraba, con total tranquilidad, que no le importaba que dichas opiniones tan severas le previniera de tener fieles seguidores, pues tenía la certeza de que era mejor provocar sensaciones extremas que ser un escritor famoso cuyos textos fuesen inocuos o carentes de provocar las emociones más perversas en sus lectores o que, simplemente, generaran un consenso borreguil.

Mientras siguiera causando nauseas entre sus esporádicos lectores consideraba su misión de escritor cumplida, y creía tener la certeza que en el futuro, sus cuentos podrían llegar a ser auténticos referentes literarios y filosóficos; simplemente sus contemporáneos no estaban preparados para ellos.

—Toni está ahora escribiendo un nuevo cuento para su blog —dijo Rocío en medio de la cena —llevaba tiempo colapsado, falto de ideas, pero parece que ha vuelto a tener inspiración.

—¿Toni escribe cuentos? ¿Desde cuándo? —preguntó Roberto sorprendido y cómo si el propio Toni no estuviera en la mesa batallando con una pechuga de pollo.

—Sí —resopló Rocío con cierto orgullo, como si no saberlo fuese una grave falta —hace tiempo.

—Qué interesante —devolvió Roberto sin tener ni idea de si lo era o no.

—Cuéntales cariño —le ordenó Rocío —quizá les interese leerlos.

Toni levantó la mirada y vio que la mesa estaba verdaderamente atenta a lo que pudiese llegar a decir. No le importó, tenía todo el discurso grabado en su disco duro y sólo era cuestión de darle al play para que el cassette se pusiera en marcha. Y así lo hizo, volvió a darle al play una vez mas.

—Pues sí —dijo dejando los utensilios encima del plato —escribo cuentos cortos sobre las miserias humanas. Son cuentos oscuros y profundos que reflejan parte de esa identidad malvada que llevo dentro y que la sociedad moderna no permite mostrar con total sinceridad. Todos tenemos mierdas debajo de la alfombra y no entiendo por qué en el Siglo XXI aún pretendemos ser todos tan pulcros.

—No hay nada de malo en la pulcritud, me parece —dijo Carmen la pareja de Roberto.

—No —confirmó Toni— es verdad, todos valoramos la pulcritud en publico, por eso escribo mis cuentos, a modo de desahogarme y poder dejar constancia de que existen las alfombras y la mierda que tapan.

Aquí llegaba el punto importante de su locución. El momento del marketing inverso, donde le decía a la gente lo contrario a lo que quería que hiciesen.

—Este es el motivo por el cual nunca le recomiendo a nadie que lea mis cuentos, porque son muy personales, de cosas que sólo me interesa explorar a mí y que no tienen relevancia para nadie mas a día de hoy, ya veremos en el futuro.

—Yo siempre le digo que es muy rebuscado, como si lo que escribe fuese demasiado inteligente para que la gente normal se enganche —acompañó Rocío mientras le posaba la mano encima de la suya. —Quizás deberías explorar textos más mundanos.

Toni aceptó el consejo porque venía precedido de una critica a modo de piropo. Todo un artilugio verbal barato de vendedor de licores milagrosos.

—Parece interesante —dijo Silvia, pareja de Antonio, a quienes habían conocido por primera vez esa misma noche. Carmen y Silvia se había conocido en clase de zumba, y Carmen le pareció que harían buenas migas con Rocío, a quien llevaba tiempo intentando convencer para que se apuntara con ella al gimnasio.

—Ah, claro, que no te he contado que Silvia es agente literario, ella podría decirte que le parecen tus cuentos —dijo con entusiasmo Carmen.

—¡Es verdad! —apoyó Roberto a su esposa —que casualidad y que buena idea, quizás sea material publicable por alguna editorial. Qué bien que hayas organizado esta cena cariño.

A Toni no le hizo mucha gracia el entusiasmo de ambos. Le pareció, por algún motivo indefinido, una trampa en la que no debía entrar. Él sabía perfectamente que sus cuentos eran una basura literaria, toda su historia sobre porque escribía y porque no eran del agrado de los demás sólo tenían una explicación: su mal gusto. Lo peor, pensaba, es que Rocío, por amor o por estupidez seguía alentándole a escribir, lo que le provocaba una confusión y placer terroríficos.

Ahora que Silvia los iba a leer, y ¿si resultaba verdad la creencia de Rocío? ¿Y si de verdad sus cuentos no fuesen una mierda? ¿Podrían sus cuentos retirarle de su trabajo monótono en la ventanilla del banco y sacarle a José Luis, el director de su sucursal, de encima?

Mientras de fondo escuchaba las voces del resto de comensales, su cabeza estaba ya en la oficina de José Luis entregando su renuncia sin morderse la lengua. Ahora que ya era un autor famoso, no tenía porque brindarle pleitesía a ese mal nacido.

—Ya me dirás la página web donde puedo leer tus cuentos —le dijo Silvia —estaré encantada de darte mi opinión.

—Sí, sería genial —replicó Rocío —pero tienes que ser totalmente honesta, Toni no toleraría que fueses condescendiente ¿A qué no, cariño?

Toni negó con la cabeza y sintió un escalofrío. Se dio cuenta de que la evidencia dictaba que Silvia acabaría disgustada como todos aquellos que habían leído sus cuentos. Quizá en esta ocasión una mentira piadosa si sería bien recibida. No podía calibrar con exactitud si estaba del todo preparado para recibir una critica lo suficientemente negativa como para quitarle las ganas de seguir escribiendo.

En el fondo ansiaba dedicarse únicamente a escribir y quería ser aceptado por todo el mundo como un escritor de consenso. No había otra cosa que deseara más que poder dejar su discurso del escritor incomprendido adelantado a su época.

En el coche, volviendo para casa, Rocío tuvo la gran idea de volver a insistir sobre el tema.

—Te imaginas que Silvia cree que tus cuentos son buenísimos y te quiere representar —dijo con una sonrisa como si estuviesen a un número de hacer bingo.

—Cariño, aunque quisiera representarme, es muy difícil ganarse la vida con la escritura, por no decir imposible —dijo deseando no tener razón.

—Bueno, hay escritores que sí viven de sus novelas y cuentos ¿por qué no podría pasarte a ti? Aunque tus cuentos son desagradables en muchas ocasiones, no dejan a nadie indiferente. Seguro que a Silvia le parecen muy buenos e inteligentes.

Se le revolvieron nuevamente los intestinos. Siempre había tenido tendencia al colon irritable, y esperar los comentarios de Silvia no iban a ayudarle. Le molestó soberanamente no creerse sus propias mentiras mientras Rocío parecía asimilarlas todas como verdades escritas en piedra.

Pasaron los días, Toni empezó a morderse las uñas como cuando era un adolescente. Quiso hacer ver que no estaba pendiente de la llamada de Silvia, pero la realidad era que esperaba que en cualquier momento su mujer le dijera que ya habían hablado o que se había comunicado para dejarle saber su opinión sobre sus cuentos.

Cuando iba a tirar la toalla asumiendo que Silvia no se dignaría ni a llamarle después de leer su bazofia, Rocío le avisó, con ese entusiasmo que rozaba la actuación, que Silvia ya había leído sus cuentos y que quería quedar para decirle en persona que pensaba.

—Le he pregunta que qué le habían parecido, pero me ha dicho que prefiere decírtelo primero a ti en persona, que es lo adecuado y profesional. Ay Toni que te va a representar —le había dicho Rocío con un tono agudo y molesto.

Quedaron en una cafetería cerca de la sucursal de su banco.

Llegó antes para asegurarse que podía elegir la mesa donde recibir las buenas noticias sobre sus cuentos. Se pidió un café y cuando aún estaba asimilando que Silvia, una profesional de la literatura, iba a alabar sus cuentos, la vio llegar por la puerta con cierta rigidez.

—¿Hace mucho que has llegado? —preguntó Silvia con cierta sequedad.

—No, no, acabo se sentarme —dijo señalando el café que aún humeaba.

—Bueno, estuve leyendo tus cuentos —dijo mientras se acomodaba el pelo —y pensé que ya que eran tan importantes para ti y que no tolerarías una critica deshonesta, me parecía que debía darte el veredicto en persona.

Toni hizo un gesto de agradecimiento aunque con cautela. No tenía ni idea de por donde le iba a salir esa mujer.

—Pues bien —dijo— no te hago esperar más y no te lo voy a adornar —sus ojos le penetraron como dos clavos en una pared de cartón y yeso —tus cuentos son una “mierda”. Una basura. Serían imposibles de publicar y lo peor, es que me he quedado pasmada que alguien tenga semejantes ideas sobre el mundo que le rodea y sobre los seres humanos que habitan. Lo que no entiendo es como nadie te ha puesto una denuncia o por qué la empresa que te hostea tu web no te ha echado y se ha negado a tener semejante blog en sus servidores. Porque le tengo mucho respeto a Carmen y, por lo tanto, a Rocío, porque si no yo misma haría algo para evitar que otro ser humano sienta las nauseas que yo he sentido al leer esos textos que llamas, con mucho imprecisión, cuentos. Ahora entiendo perfectamente que no los recomiendes y normal que la gente se disguste.

Se levantó bruscamente de la mesa y se fue sin despedirse.

Se quedó mirando como la figura de Silvia desaparecía de su campo de visión. Miró a su café humeante y vio una tarjeta de visita encima de la mesa, donde Silvia se había sentado. No recordaba haberla visto al llegar. Miró a su alrededor como si fuese un espía de la antigua Unión Soviética. Agarró la tarjeta y vio que era de Silvia:

Silvia Garrido, Agente Literario. Debajo tenía la información postal y de contacto.

Le dio la vuelta para ver el reverso que parecía algo rugoso. Había un texto escrito con estilográfica. Frunció el ceño para leerlo: llámame.

Cien mujeres

Llegó con el periódico bajo el brazo y escuchó, como cada mañana, la televisión de la cocina a toda pastilla, como si un sordo estuviese intentando recuperar su sentido perdido. Entró por la puerta y se encontró a su hijo, comiendo un gran bowl de cereales con un pie subido en la silla de enfrente. Aún tenía la melena mojada de la ducha y la humedad le había mojado todo el cuello de una camiseta cochambrosa con un extraño y ofensivo dibujo en el frente y algunos agujeros en el lateral. Sus pantalones, unos jeans azules, parecían haber sido atropellados por un tren de mercancías, y sus zapatillas deportivas sin cordones le hacían parecer un indigente piojoso.

Le molestó el posado desganado y quiso demostrarlo en la forma en la que dejó caer al periódico encima de la mesa: con fuerza, como si fuese un cocktail molotov.

Su hijo ni se inmutó, siguió a lo suyo, viendo un estúpido programa matinal, sin pensar en que un muchacho de 20 años no debía pasarse todas las mañanas de su vida viendo la televisión sin conciencia sobre lo rápido que llegaría su futuro, sin querer estudiar, ni trabajar, ni salir a correr, nada de nada.

Se hubiese conformado con que su hijo fuese cualquier cosa, excepto un yonki de la televisión y de la holgazanería. Y justamente eso era en lo que se estaba convirtiendo.

Se preparó un café murmurando su enfado que se ahogaba en la tertulia televisiva. Se sentó en la silla delante de su hijo, se puso sus gafas y abrió el periódico.

—¿Podrías bajar un poco la televisión? —solicitó con cortesía.

Su hijo, con la agilidad de un felino, se incorporó, y bajó el volumen hasta límites inaudibles. Así era su hijo, siempre en los extremos, nunca en la moderación. Intentó razonar que así eran los adolescentes, no era algo personal hacia él. Sin embargo, viendo a los hijos de sus amigos, algunos de los cuales ya estaban preparando sus viajes para ir a estudiar a Estados Unidos, no le parecía que le hacían lo mismo a sus propios padres, por lo que, que fuese un asunto personal, no dejaba de revolotear por su cabeza.

—¿No crees que deberías hacer algo con tu vida más allá de comer y ver la tele? —preguntó retóricamente.

—Joder papá … —intentó responder a la pregunta retórica.

—Ahora todo nos va bien, pero, y si yo no estuviera ¿qué harías?

—Siempre me preguntas lo mismo, y esto es algo que sólo sabremos cuando tu ya no estés. Y la verdad prefiero no saber la respuesta hasta que seas muy mayor, y yo también lo sea.

—¿Qué crees, que dejar pasar el tiempo va a ponerte en tu sitio? ¿Crees que sin hacer nada tendrás un lugar de privilegio en el futuro?

—No sé que quiero hacer con mi vida. Por un lado, la veo como un buffet libre, como entrar en una fiesta donde hay cien mujeres hermosas, y sin conocerlas me piden que elija a una para toda la vida, cuando de salida me gustan casi todas.

—¿Y crees que sólo mirándolas vas a saber cual te va a gustar más o crees que tendrás que levantarte e ir a conocerlas?

—Sí, tendré que hacerlo, pero creo que ahora estoy en la puerta de la fiesta, viendo el panorama, disfrutando de la vista, y esperando a que todo se ponga en marcha. Es cómo si no tuviese prisa por empezar. Así es como me siento.

—Pues vas a tener que empezar, porque la noche pasa muy rápido y las cien mujeres de tu fiesta no van estar disponibles para ti siempre.

—Claro que no, pero si, según vosotros, los mayores, sólo puedo elegir una ¿No crees que no es mejor no precipitarse antes de elegir esa única opción que me va a acompañar toda mi vida?

Abrió el periódico y no pudo pensar en lo harto que estaba de su trabajo y en cómo si pudiera mandaría todo a la mierda, a sus colegas de oficina, al del banco y la hipoteca. Viendo el razonamiento en perspectiva se daba cuenta que no podría desear nada con mas fuerza que volver al inicio de la fiesta, en la puerta, donde la expectativa era más atractiva que cualquier realidad que después pudiera darse. Es más, ya lo podía asegurar con total firmeza, él era un claro ejemplo. Había tenido el privilegio de poder elegir lo que quería hacer con su vida, y sin embargo, preferiría volver al estado de incertidumbre en el que se encontraba su hijo.

Le miró por encima del marco de sus gafas. Tenía la boca llena de cereales y miraba la tele como un zombie. Se reía y hablaba solo reaccionando a las estupideces de ese programa matinal tan marrullero. Pensó que su hijo no tenía solución y aún así no pudo más que sentir una envidia que tuvo que reprimir.

—Papá, si pudieras viajar al pasado hablar contigo mismo ¿qué consejo te darías? Solo puede ser uno.

Podía recordar aquel día como si hubiese pasado ayer mismo. Palabra por palabra, gesto por gesto, pausa por pausa. Lo tenía registrado en su cerebro en alta definición. La registró en su día sin saber por qué. Justo esa, justo la charla el día antes de la muerte de su hijo.

Veinte años después la respuesta había quedado sin respuesta. En su jubilación seguía imaginando a su hijo con cuarenta años, con el pelo recién lavado y húmedo, con ropa medio destrozada, con una sonrisa y con un abanico de posibilidades delante de sí incalculable.

—No elijas jamás —dijo, una vez más, en voz alta. Era el consejo que le había estado repitiendo en los últimos veinte años. Se puso a reír e inmediatamente ahogó su lloro en su interior, en ese agujero negro que se le formó en el pecho el día que le comunicaron que su hijo había sido atropellado.

Llegó al quiosco, donde Manuel, había envejecido junto con sus periódicos.

—Eres de los pocos que sigues comprando el periódico, mierda de mundo digital, se está cargando todo, nos está dejando sin opciones y a mi me va a dejar sin negocio.

—Manuel —le dijo —lo mejor que te puede pasar es que el mundo digital destruya tu negocio y puedas volver al principio de la fiesta, donde te van a estar esperando, por lo menos, cien hermosas mujeres, para que las puedas disfrutar a todas antes de tener que elegir a una.

Le puso el dinero en la mano, le guiñó un ojo, y se fue.

—Cien mujeres, dice … —escuchó decir a Manuel con hastío.

Y si yo no estuviera

—¿Y si yo no estuviera que harías?

—Joder, papá —respondió con hastío —siempre me dices lo mismo. El problema es que estás y no podemos responder a esa pregunta ahora.

—Tienes que estar preparado, yo no voy a estar siempre para ayudarte.

—Papá, no me puedes decir esto, es como si yo me preguntara que haría sin piernas, cuando tengo las dos, o sin ojos, o manos, o si hubiese nacido en Tanzania en una familia de un pueblo rural sin agua potable ni medicinas.

—Es que te veo muy perdido, y me preocupa, como es natural, que quedes en mal lugar una vez que yo no esté. Sólo es eso.

—Bueno, vamos a tener un problema, porque la respuesta a tu pregunta, sólo la sabré yo. Así que, no sé, quizá deberíamos evitar la frustración de no poder responderla hasta que te mueras ¿no?

—Reconozco —dijo mientras se ponía las gafas y abría el periódico —que es en realidad una pregunta trampa para ver si espabilas. Ya no sé que hacer para que hagas algo con tu vida.

—Tu has sido un hombre muy trabajador ¿no?

El padre asintió mirándole por encima del marco de sus gafas. Veía venir a su hijo a kilómetros y a pesar de ello, siempre entraba a jugar aunque sabía que iba a perder.

—Y has trabajado duro para darme una vida mejor de la que te dieron tus padres a ti ¿no?

Volvió a darle la razón, esta vez mirando el titular de una noticia en su periódico.

—Y ¿dirías que lo has conseguido?

—Diría que sí —dijo cerrando el periódico y dejando sus gafas en la mesa.

—Entonces, que yo sea un “vividor” a tu costa, ¿por qué te molesta tanto?, si es a lo que aspirabas cuando empezaste a trabajar tan duro. Querías que yo tuviera todo aquello que tu no tuviste. Quisiste que yo no tuviera que trabajar tan duro como tu. Y sin embargo, ahora, que has conseguido tu objetivo ¿has cambiado de idea?

—Es verdad, es culpa mía. Debería sacarte tu asignación mensual, tu coche, y pedirte que te vayas de casa.

—No, ahora ya no puedes —dijo con esa sonrisa pícara que tanto cautivaba a su padre— es como cortarle las uñas a un gato doméstico y luego tirarlo a la calle. Evidentemente no va a sobrevivir —le guiñó el ojo mientras le agarraba un moflete de la cara y se lo estrujaba con suavidad.

—¿Y que le pasaría a ese gato si desahucian a su dueño y este se muere? —preguntó el padre, devolviéndole el guiño y la estrujada de moflete.

—Vale, mal ejemplo el del gato.

—Yo sólo estoy intentando que tengas las uñas muy afiladas por si algún día no estoy, te puedas defender.

Podía recordar la conversación como si hubiese pasado ayer mismo. Palabra por palabra, gesto por gesto, pausa por pausa. La tenía registrada en su cerebro en alta definición. La registró en su día sin saber por qué. Justo esa, justo la charla el día antes de la muerte de su padre.

Veinte años después la respuesta había sido respondida. Si su padre le viera no daría crédito a lo mucho que se parecía a él, en su forma de trabajar, en su éxito laboral, en sus problemas conyugales, en prácticamente todo.

—Estarías muy orgulloso de saber la respuesta —dijo al aire.

Tampoco podía creer lo mucho que su propio hijo se comportaba igual que él cuando tenía su edad. Ahí delante, desaliñado, con gestos desafiantes y con la seguridad que le daba poder hablar del mundo bajo la protección de su paraguas.

—¿Crees que será necesario que me tenga que morir para que espabiles, o lo harás aunque yo siga por aquí? —le preguntó.

—Joder papá, siempre me preguntas lo mismo.

La peineta del microorganismo

Miró al cielo desafiante e hizo un una “peineta” en esa dirección. Muy enfática, tensa, para que no quedara lugar a la duda. La prolongó durante varios minutos esperando a que le cayera una roca gigante en la cabeza o le diera un infarto de miocardio al instante. Un caballero de algo más de mediana edad, le estuvo observando desde la silla de una terraza de una bar, donde sus colegas hablaban sonoramente de fútbol y del mal arbitraje. La figura de ese ser desaliñado haciéndole una peineta al universo le tenía fascinado.

—¿A dónde vas? —escuchó tras de sí. Ignoró la pregunta que venía en tono de alerta desganada.

Se acercó lentamente para no parecer entrometido, pero decidido.

—Perdóneme ¿qué está haciendo? —preguntó con tono suave, queriendo normalizar la situación en lo posible.

El hombre de la “peineta” en alto, abrió un ojo, lo movió de arriba abajo, y lo volvió a cerrar.

El señor de mediana edad no se inmutó e intentó descifrar la situación mirando ese decidido dedo en alto, siguiendo la línea imaginaría que dibujaba hacia el cielo.

Súbitamente, el dueño de la peineta se deshinchó como una colchoneta de piscina pinchada; abrió sus ojos verdes y relucientes.

—Otro microorganismo curioseando sobre lo obvio —dijo abatido.

El señor de mediana edad, se giró buscando ese microorganismo del cual estaba hablando, pero no vio a ninguno.

—¿No le parece obvio lo que estaba haciendo? —le preguntó al percatarse de que ambos parecían desconcertados.

—Sí, claro —se apresuró a responder —era bastante obvio. Usted estaba haciendo una peineta al cielo.

—¿Entonces? —respondió con cierta impertinencia.

—Es usted un purista —aseveró dibujando una leve sonrisa. No iba a dejar que ese individuo pudiera escaparse tan factiblemente de tan absurda charla— Déjeme que le reformule la pregunta ¿Por qué le está haciendo una peineta al cielo?

El hombre de la peineta le devolvió la sonrisa.

—¿Tampoco le parece obvio? —le respondió.

—Oigame —se hartó— estoy intentando hacer un esfuerzo por entenderle, pero si siempre me responde con preguntas, quizá sea yo quien le regale una peineta a usted para que así pueda preguntarse por qué se la he dedicado.

—No se enfade, hombre —quiso atemperar los ánimos. Su batalla no era contra él, sino contra ellos.

—No me enfado, simplemente me ha dado curiosidad su gesto, pero, la verdad, se me ha quitado —dijo mientras se daba media vuelta y volvía con sus colegas que le miraban en la lejanía con curiosidad.

—¡Espere!

El hombre de mediana edad giró la cabeza por encima del hombro.

—Le hago una peineta a ellos. Que nos observan siempre. Que quieren que sigamos haciendo lo que hacemos. Que nos tiene esclavizados y enfrentados, y que todo eso a nosotros no nos sirve, pero a ellos, sí. Es a ellos a quien hago la peineta. Quiero que sepan que se que existen.

—¿Y quienes son ellos, los rusos, los americanos, quién? — preguntó girando todo su cuerpo y retrocediendo sobre sus pasos.

—No hombre, los rusos dice… —dijo con hastío— Ellos, los que no están observando, o ¿no se ha dado cuenta?

—¿Cuenta de qué? Y no me haga usted más preguntas que yo he venido a por respuestas.

—De que para los que nos observan nosotros somos simples microorganismos ¿no está claro?

—Pues no se que decirle.

—Con que me diga que lo entiende, me bastaría.

—Vamos a ver, antes de que piense que le falta a usted un tornillo. Me está diciendo que somos microorganismos porque “otros”, supongamos que de mucho mayor tamaño, nos observan desde ahí arriba —dijo señalando al cielo con su dedo índice.

—¡Exacto! Ve que no es tan difícil.

—¿Y de que demonios sirve exactamente hacerles una peineta ?

—¡Esa sí es la pregunta correcta! —respondió con entusiasmo — Sencillamente nos están observando para poder … —puso los ojos como platos y cayó desplomado al suelo.

—¡Jo-der! —se agachó como pudo para ayudar al señor de la peineta. Verdaderamente parecía un vagabundo en su atuendo pero su olor a perfume contrariaba toda asunción sobre su procedencia.

El hombre se había golpeado la cabeza y sangraba profusamente. Se giró y vio como sus amigos venían como si fuesen una panda de zombies borrachos.

Desafortunadamente, no pudieron hacer nada por el hombre. Los de la ambulancia les dijeron que seguramente había sido un paro cardiaco.

—¿Qué cojones estaba haciendo ese vagabundo? —le preguntó uno de los colegas.

—¿No era obvio? —le contestó.

La última aceituna

Se reunieron en la terraza de un pequeño bar en Barcelona. Ubicado cerca de la Catedral del Mar pero lo suficientemente escondido para que nos estuviera atestado de turistas. Lo regentaba Manolo, un hombre malhumorado, bajito, fibroso y con una breve pero rotunda voz. Le conocían de toda la vida y a pesar de haber crecido y haberse hecho hombres, se seguían sintiendo intimidados por su punzante sombra.

Solían pedirse siempre lo mismo, unas cañas, berberechos que Manolo aliñaba de forma magistral, y unas aceitunas maceradas al ajo que eran únicas, ya no sólo en el barrio, sino en toda la ciudad. Continúa leyendo La última aceituna

Marihuana love

Se enamoró de ella nada mas verla. No era especialmente atractiva físicamente pero su destreza con las manos para liar un canuto no podían pasar desapercibidas para un buen entendedor; él lo era.

Se le acercó amistosamente y le preguntó si no le importaría compartir esa obra de arte.

—Me daría igual que hubieses liado un trozo de mierda dentro de este papel de fumar. Verte hacerlo ha sido tan placentero que me muero de ganas de darle una calada. Continúa leyendo Marihuana love

El residuo del genio

Le citó en la cafetería de la esquina. Ese cuchitril que siempre había regentado José y que ahora lo llevaban una pareja de origen oriental a los que apenas se les entendía y que, en ocasiones, parecían estar mas cascados que el mobiliario y maquinaria industrial de una cafetería que no se había renovado en más de 30 años, los 30 años que José había mimado tanto a su clientela y tan poco a su local.

Le estaba esperando con un cortado. Era adicto al café a pesar de que el médico le había advertido que su problema de extrasístoles cardíacas venía dado por su ingesta compulsiva. Le daba igual, porque asumía que todo, absolutamente todo, generaba residuos. Y en dicha convicción se asentaba su tranquilidad de que el café no era una excepción y, por lo tanto, sus extrasístoles eran más que bienvenidas. Continúa leyendo El residuo del genio

Doctor, no sé quien soy II

Simplemente no lo vio venir. Para cuando se dio cuenta, el impacto era físicamente inevitable. Por suerte tuvo tiempo de girar el volante de forma instintiva y el impacto fue menos frontal. Igualmente, el golpe fue contundente; casi catastrófico.

No creía haberse fijado nunca tanto en el techo de su coche, pero al verlo como un acordeón, dedujo que algo grave le había pasado.

No podía moverse, de hecho, no creía ni ser capaz de mover lo ojos de lado a lado o arriba y abajo. Se había convertido en un témpano de hielo. Continúa leyendo Doctor, no sé quien soy II

“El plagio del robot”

Llevaba toda una vida queriendo escribir un libro. Tenía varios manuscritos, casi terminados, que nunca llegó a finalizar por miedo al fracaso. Su difunta mujer le instaba, con cariño, a que terminara alguno y lo presentara a alguna editorial.

—Aunque sólo sea a modo de ejercicio —le insistía.

Pero cuanto más se le insistía a escribir, menos fuerzas encontraba para seguir adelante con sus textos. Y como le sucede a muchos ciudadanos cuando, en un aeropuerto, coinciden con sus compatriotas nacionales y les oyen hablar entre ellos a los gritos, sentía vergüenza ajena de sus inacabadas obras.

—¿Esto es lo que tengo en la cabeza? ¿Esto es lo mejor que me puede salir de mis adentros? ¿Cómo puedo tenerme en tanta estima en privado? —se preguntaba para acabar concluyendo —Por eso no tengo autoestima, porque mi verdadero yo, no es el que vive en privado y recluido, mi verdadero potencial es el que demuestro fuera, y ahí ¿qué cojones he demostrado? ¡Nada! —se flagelaba en un bucle que se repetía cada cierto tiempo.

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Los protagonistas de la tragedia

Seguía sentado en la cafetería, esperándole, mirando por el cristal como la gente caminaba arriba y abajo cómo si nada hubiese pasado, como si nada fuese a pasar.

—Perdón por el retraso —dijo jadeando mientras retiraba la silla, apoyaba su abrigo en el respaldo y tomaba asiento.

Le hizo una seña con la mano sin dejar de mirar a través del cristal para dejarle saber que no le importaba. ¿Qué era el tiempo al fin y al cabo? Un invento del ser humano para organizar su esclavitud biológica. La otra, la esclavitud emocional, no entendía de tiempos.

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Tengo dos papás

Ayer llegué al colegio temprano, como siempre. Mi papá es muy previsor y siempre se asegura que llegue a tiempo para entrar a la primera clase de la mañana. En invierno me fastidia un poco tener que esperar en la puerta del colegio porque es oscuro, hace frío y estoy solo. Pero nunca me he quejado, porque sé que mi papá aún lo tiene más difícil. Él tiene que ir a trabajar para que yo pueda seguir viniendo al colegio y pueda tener siempre comida en la mesa, y libros que leer para estudiar, y unas buenas Navidades con regalos. Mi papá es mi héroe.

Pero ayer, cuando estaba quieto como una estatua en la puerta del colegio, con la punta de la nariz congelada, me di cuenta que no tengo sólo uno, sino dos papás. Lo que sucede es que ambos habitan en el mismo cuerpo. Aún no sé muy bien cómo entran y salen para turnarse un único cuerpo, pero ya lo descubriré, igual que descubrí que eran papá y mamá los Reyes Magos de Oriente. O mejor dicho, que los Reyes Magos de Oriente no existen y que, por algún motivo que aún desconozco, me mintieron para hacerme creer que cada seis de enero de madrugada venían a casa a dejarme regalos. Incluso me hacían dejarles vasos de leche caliente con galletas, cuando ya sabían que nadie se lo iba a comer. Me confundió un poco toda la situación porque siempre me habían enseñado que no debía decir mentiras y que con la comida nunca se jugaba. Continúa leyendo Tengo dos papás

El hombre loro

Vio que se encendía la pantalla del móvil. Hacía dos años que había decidido que su dispositivo debía ser mudo e inerte: no tenía permiso para sonar ni vibrar. Su determinación venía a cumplir dos propósitos. El primero, no tener que estar cada 30 segundos atendiéndolo, ya que le parecía que para estar esclavizado habría optado por tener muchos hijos con alguna de sus insolentes primas. Por otro lado, quería entrar en la categoría de “seres especiales”, esos que en los 80 tenía móvil, aunque fuese un ladrillo, y ahora no lo necesitaban porque habían ascendido a cotas muy altas como para necesitarlo.

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Los listos del pueblo

Antonio estaba sentado en su mesa de siempre. La del fondo a la izquierda. Daba igual si fuera hacia sol o llovía a cántaros, siempre estaba sentado allí, de ocho a diez de la mañana, como un niño de colegio de pago, de esos que van con el mismo uniforme todo el año. Monopolizaba el periódico del bar y corrían rumores que a Miguel, el dueño del bar, le faltaba la mano izquierda porque Antonio se la había arrancado de un mordisco al intentar arrebatarle el diario para dárselo a otro cliente 20 años antes.

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Un vividor en la familia

Iban a cenar a un restaurante de la Costa Brava, seguramente rodeados de extranjeros, lo cual era bastante conveniente para poder hablar de cualquier tema sensible sin ser percibidos. La luna estaba inusualmente pegada al horizonte y de color naranja, presagio de que no iba a ser una noche cualquiera.

—La luna nunca está así, nunca —dijo de la nada Don Manuel como uno de esos personajes que se despelotan para asaltar un partido de fútbol.

Todos asintieron ante un comentario que no dejaba margen a la argumentación: la luna estaba baja y naranja. Continúa leyendo Un vividor en la familia