Tengo dos papás

Ayer llegué al colegio temprano, como siempre. Mi papá es muy previsor y siempre se asegura que llegue a tiempo para entrar a la primera clase de la mañana. En invierno me fastidia un poco tener que esperar en la puerta del colegio porque es oscuro, hace frío y estoy solo. Pero nunca me he quejado, porque sé que mi papá aún lo tiene más difícil. Él tiene que ir a trabajar para que yo pueda seguir viniendo al colegio y pueda tener siempre comida en la mesa, y libros que leer para estudiar, y unas buenas Navidades con regalos. Mi papá es mi héroe.

Pero ayer, cuando estaba quieto como una estatua en la puerta del colegio, con la punta de la nariz congelada, me di cuenta que no tengo sólo uno, sino dos papás. Lo que sucede es que ambos habitan en el mismo cuerpo. Aún no sé muy bien cómo entran y salen para turnarse un único cuerpo, pero ya lo descubriré, igual que descubrí que eran papá y mamá los Reyes Magos de Oriente. O mejor dicho, que los Reyes Magos de Oriente no existen y que, por algún motivo que aún desconozco, me mintieron para hacerme creer que cada seis de enero de madrugada venían a casa a dejarme regalos. Incluso me hacían dejarles vasos de leche caliente con galletas, cuando ya sabían que nadie se lo iba a comer. Me confundió un poco toda la situación porque siempre me habían enseñado que no debía decir mentiras y que con la comida nunca se jugaba. Continúa leyendo Tengo dos papás

“El Sistema”

Aterrizaron al atardecer. El sol anaranjado, brisa suave, silencio sepulcral. Un marco perfecto, demasiado perfecto, para un momento que, sin duda, era histórico. Al tocar tierra enviaron notificación de su aterrizaje sin reparar en la importancia del anuncio ni el momento. Al otro lado, el del destinatario, la noticia provocaría orgía político-social.

Pero en este lado, el aterrizaje ponía fin a años de sufrimiento. El viaje había sido demasiado largo, cansado y frustrante para pretender que la tripulación reparara en la trascendencia del éxito de la misión. Para los recién llegados, el planeta Tierra era incluso más ajeno que el nuevo. La mayoría de los que quedaban habían nacido durante el largo viaje y sólo conocían su lugar de procedencia por las imágenes del archivo.

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Estamos solos en el Universo y por eso damos vueltas intentando mordernos la cola

Hace tiempo que la sección de Ciencias de El País me tiene atrapado. Es la única sección con noticias positivas. La posibilidad de curar el cáncer o el SIDA parecen cercanas. Incluso la de detener el envejecimiento o la calvicie son ahora posibilidades encima de la mesa.

Sin embargo, últimamente las noticias de ciencias que tratan del Cosmos o el Universo —las relacionadas con la partícula de Higgs las ignoro directamente porque no las entiendo— son bastante negativas.

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El universo es infinito y el tiempo no existe porque es un espacio ¡vaya mierda!

Siempre he buscado formas de consolarme ante eventos negativos, casi siempre ajenos pero que me afectaban como propios. Parezco haber vivido toda mi vida magnificando desgracias lejanas y ajenas, o incluso inexistentes, como sistema de entrenamiento personal a modo de prepararme el terreno para cuando me toque a mi la desgracia de forma directa y físicamente. Uno de los ejercicios habituales siempre ha sido trabajar en supuestos en torno a la vejez, qué me dolerá, que sentiré, se me levantará el pajarito. Recuerdo haber subido las escaleras de casa varias veces muy lentamente, imitando a un anciano de 80 años para saber sí podré con ellas dentro de 35 años.

El pasado jueves, como todos los jueves desde que vivo en Dosrius, mi madre vino a comer, y hartos como estamos de caer siempre en los mismos hábitos, repetitivos, seguros, predecibles, amigables, decidimos ir a un restaurante diferente, un poco más barato, más de camionero, con raciones enormes, bastas, con mucho sabor, difíciles de digerir. Como de costumbre mi madre venía con ganas de hablar, de repetirnos las mismas historias a pesar de haber establecido de forma colectiva, pero sin previa charla, la necesidad de romper con la monotonía.

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