Cien mujeres

Cien mujeres

27Shares

Llegó con el periódico bajo el brazo y escuchó, como cada mañana, la televisión de la cocina a toda pastilla, como si un sordo estuviese intentando recuperar su sentido perdido. Entró por la puerta y se encontró a su hijo, comiendo un gran bowl de cereales con un pie subido en la silla de enfrente. Aún tenía la melena mojada de la ducha y la humedad le había mojado todo el cuello de una camiseta cochambrosa con un extraño y ofensivo dibujo en el frente y algunos agujeros en el lateral. Sus pantalones, unos jeans azules, parecían haber sido atropellados por un tren de mercancías, y sus zapatillas deportivas sin cordones le hacían parecer un indigente piojoso.

Le molestó el posado desganado y quiso demostrarlo en la forma en la que dejó caer al periódico encima de la mesa: con fuerza, como si fuese un cocktail molotov.

Su hijo ni se inmutó, siguió a lo suyo, viendo un estúpido programa matinal, sin pensar en que un muchacho de 20 años no debía pasarse todas las mañanas de su vida viendo la televisión sin conciencia sobre lo rápido que llegaría su futuro, sin querer estudiar, ni trabajar, ni salir a correr, nada de nada.

Se hubiese conformado con que su hijo fuese cualquier cosa, excepto un yonki de la televisión y de la holgazanería. Y justamente eso era en lo que se estaba convirtiendo.

Se preparó un café murmurando su enfado que se ahogaba en la tertulia televisiva. Se sentó en la silla delante de su hijo, se puso sus gafas y abrió el periódico.

—¿Podrías bajar un poco la televisión? —solicitó con cortesía.

Su hijo, con la agilidad de un felino, se incorporó, y bajó el volumen hasta límites inaudibles. Así era su hijo, siempre en los extremos, nunca en la moderación. Intentó razonar que así eran los adolescentes, no era algo personal hacia él. Sin embargo, viendo a los hijos de sus amigos, algunos de los cuales ya estaban preparando sus viajes para ir a estudiar a Estados Unidos, no le parecía que le hacían lo mismo a sus propios padres, por lo que, que fuese un asunto personal, no dejaba de revolotear por su cabeza.

—¿No crees que deberías hacer algo con tu vida más allá de comer y ver la tele? —preguntó retóricamente.

—Joder papá … —intentó responder a la pregunta retórica.

—Ahora todo nos va bien, pero, y si yo no estuviera ¿qué harías?

—Siempre me preguntas lo mismo, y esto es algo que sólo sabremos cuando tu ya no estés. Y la verdad prefiero no saber la respuesta hasta que seas muy mayor, y yo también lo sea.

—¿Qué crees, que dejar pasar el tiempo va a ponerte en tu sitio? ¿Crees que sin hacer nada tendrás un lugar de privilegio en el futuro?

—No sé que quiero hacer con mi vida. Por un lado, la veo como un buffet libre, como entrar en una fiesta donde hay cien mujeres hermosas, y sin conocerlas me piden que elija a una para toda la vida, cuando de salida me gustan casi todas.

—¿Y crees que sólo mirándolas vas a saber cual te va a gustar más o crees que tendrás que levantarte e ir a conocerlas?

—Sí, tendré que hacerlo, pero creo que ahora estoy en la puerta de la fiesta, viendo el panorama, disfrutando de la vista, y esperando a que todo se ponga en marcha. Es cómo si no tuviese prisa por empezar. Así es como me siento.

—Pues vas a tener que empezar, porque la noche pasa muy rápido y las cien mujeres de tu fiesta no van estar disponibles para ti siempre.

—Claro que no, pero si, según vosotros, los mayores, sólo puedo elegir una ¿No crees que no es mejor no precipitarse antes de elegir esa única opción que me va a acompañar toda mi vida?

Abrió el periódico y no pudo pensar en lo harto que estaba de su trabajo y en cómo si pudiera mandaría todo a la mierda, a sus colegas de oficina, al del banco y la hipoteca. Viendo el razonamiento en perspectiva se daba cuenta que no podría desear nada con mas fuerza que volver al inicio de la fiesta, en la puerta, donde la expectativa era más atractiva que cualquier realidad que después pudiera darse. Es más, ya lo podía asegurar con total firmeza, él era un claro ejemplo. Había tenido el privilegio de poder elegir lo que quería hacer con su vida, y sin embargo, preferiría volver al estado de incertidumbre en el que se encontraba su hijo.

Le miró por encima del marco de sus gafas. Tenía la boca llena de cereales y miraba la tele como un zombie. Se reía y hablaba solo reaccionando a las estupideces de ese programa matinal tan marrullero. Pensó que su hijo no tenía solución y aún así no pudo más que sentir una envidia que tuvo que reprimir.

—Papá, si pudieras viajar al pasado hablar contigo mismo ¿qué consejo te darías? Solo puede ser uno.

Podía recordar aquel día como si hubiese pasado ayer mismo. Palabra por palabra, gesto por gesto, pausa por pausa. Lo tenía registrado en su cerebro en alta definición. La registró en su día sin saber por qué. Justo esa, justo la charla el día antes de la muerte de su hijo.

Veinte años después la respuesta había quedado sin respuesta. En su jubilación seguía imaginando a su hijo con cuarenta años, con el pelo recién lavado y húmedo, con ropa medio destrozada, con una sonrisa y con un abanico de posibilidades delante de sí incalculable.

—No elijas jamás —dijo, una vez más, en voz alta. Era el consejo que le había estado repitiendo en los últimos veinte años. Se puso a reír e inmediatamente ahogó su lloro en su interior, en ese agujero negro que se le formó en el pecho el día que le comunicaron que su hijo había sido atropellado.

Llegó al quiosco, donde Manuel, había envejecido junto con sus periódicos.

—Eres de los pocos que sigues comprando el periódico, mierda de mundo digital, se está cargando todo, nos está dejando sin opciones y a mi me va a dejar sin negocio.

—Manuel —le dijo —lo mejor que te puede pasar es que el mundo digital destruya tu negocio y puedas volver al principio de la fiesta, donde te van a estar esperando, por lo menos, cien hermosas mujeres, para que las puedas disfrutar a todas antes de tener que elegir a una.

Le puso el dinero en la mano, le guiñó un ojo, y se fue.

—Cien mujeres, dice … —escuchó decir a Manuel con hastío.