Cita a ciegas

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Llegó temprano, maqueado, guapo. Ella llegó tarde, era un cardo.

—Ya sé que soy fea —le dijo sin tapujos—y tu en cambio no estás nada mal, si te quieres ir lo entenderé.

Negó con la cabeza. No debió hacerlo porque se quería ir.

—Supongo que no te vas, entonces. Dios sabrá qué extraña curiosidad debes tener en conocerme o peor aún de que clase de personalidad adoleces que no te atreves a decirme a la cara que te quieres ir. Me da igual, me conformo con estar un rato contigo.

Se puso a reír. Era tan directa que se le antojaba molesta y atractiva a la vez. “Fea pero con carácter”, pensó.

—¿Qué te apetecería hacer? ¿Comer algo, tomar un café? ¿O prefieres que nos emborrachemos directamente con el estomago vacío? —le preguntó.

—No lo sé. Nunca he llegado a este momento. Todos los chicos con los que he quedado se han ido cuando les he dado la opción, tu eres el raro, y me pones en una situación completamente desconocida.

—Bueno, yo tampoco he salido con muchas chicas feas ¿qué os gusta hacer a las de vuestra condición?

Ni se lo tuvo que pensar.

—Soñar.

Él enterneció el gesto. Luego lo frunció. Miró a su alrededor pensando que quizá estaba en un programa de cámara oculta. La volvió a mirar y dijo:

—A mi también me gusta soñar y me acabas de decir que no soy feo. No es algo típico de feos. No hay nada característico. Algo único que solo haría una chica fea.

—Me gusta mucho leer. Me gusta reflexionar, me gusta debatir sobre ideas, pero casi siempre las escondo porque sé que al ser fea, o no se me va a tener en cuenta o se va a mal interpretar lo que digo.

—Y tienes razón, a las feas respondonas se les coge manía. Las feas tienen que ser simpáticas y sumisas. Sobre todo bonachonas.

—Bonachonas son las gordas, no las feas. Yo no estoy gorda, así que intento no ser bonachona no sea que además de fea me confundan por gorda.

Se puso a reír descosidamente haciendo algunos ruidos medio extraños.

—Los ves —dijo ella —si yo me llego a reír así, seguramente te agarra una arcada. En cambio tu, aún riendo como un cochinillo, estás para comerte la boca.

Se puso serio de golpe.

—Tranquilo —se apresuró ella —que no te la voy a comer.

—Más vale. No creo que aún esté preparado.

Ambos se rieron. Se miraron.

—Eres fea de campeonato —le dijo él.

—Y tu has tenido mucha suerte con la genética —respondió ella.

Sus ojos seguían clavados.

—Tienes razón —dijo él —estás en desventaja.

La agarró de la mano y empezó a caminar con paso firme.

—No me vas a secuestrar para descuartizarme por fea —dijo ella ante los tirones y una mano firme que le estrujaba la suya diminuta.

La metió en una tienda de disfraces que parecía sacada de una película de terror de los años setenta. Una mujer en edad de jubilación pero que aún guardaba pinceladas de haber sido una mujer hermosa físicamente se les acercó entusiasmada.

—Necesitamos dos disfraces de monstruo o zombies, o algo muy desagradable.

—No te pases —le dijo ella dándole un cariñoso golpe en el brazo.

—¿Vais a una fiesta de disfraces? —preguntó la vieja.

—No. Estamos intentando tener una cita en igualdad de condiciones.

La mujer les miró confundida, pero en seguida lo dejó pasar. No le interesaba en lo más mínimo lo que estos dos personajes se traían entre manos, sólo quería enchufarles el disfraz de monstruo más caro de la tienda.

—¿Y esas máscaras? —preguntó él.

Se trataba de unas máscaras tipo casco que parecían fusionar a King-Kong con Drácula y un zombie.

La vieja se paró en seco.

—¿Cuánto valen? —volvió a preguntar.

—Son muy caras dijo ella. Son mágicas —dijo la dos últimas palabras con un aire misterioso y, hasta cierto punto, amenazante.

Ambos abrieron los ojos como dos niños.

Salieron de la tienda con las máscaras puestas. La gente les miraba con curiosidad mientras ellos caminaban cogidos de la mano con mucha timidez.

—Creo que si no me emborracho me voy a quedar paralizado.

—Tendremos que beber con pajita —respondió ella.

Se metieron en un bar y empezaron a beber como si se acabara el mundo. Con cada sorbo, cada risa, cada salida ocurrente de la muchacha fea empezó a sentir algo. Quiso frenarlo pero cuanto más lo intentó, más creció en él.

La invitó a casa. Hicieron el amor con las máscaras puestas porque les hacía gracia y porque llevaban una sopa que les evitaba pensar en la falta de aire y el sudor que les provocaban.

Por la mañana se levantó con dolor de cabeza. Ella no estaba con él. Cuando empezó a pensar que todo había sido un extraño pero lindo sueño, ella apareció por la puerta del cuarto, desnuda pero con la máscara puesta.

Él se puso a reír.

—¿Aún llevas la máscara?— Le preguntó él— Yo ya no podía aguantar más la claustrofobia.

Ella también se puso a reír como una descosida.

—Qué cachondo que eres. Anda sácate la mascara que te vas a asfixiar —le replicó ella.

El hizo una mueca de sonrisa.

—No en serio. Sácate la máscara, no puede ser bueno —le repitió él.

—Pero si yo ya no la llevo, tonto —respondió ella con algo de asombro.

—Escucha, no llevemos esta broma al límite porque tengo mucho dolor de cabeza.

—¿Qué broma? Yo también tengo dolor de cabeza.

Siguieron discutiendo hasta quedar exhaustos.

Mientras, en la tienda de disfraces, la vendedora miraba las fotos de su difunto marido. Lo recordaba como el hombre más feo sobre la faz de la tierra, pero en sus fotos ella siempre le veía con la máscara de mono-zombie puesta.

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