El diálogo sobre los diálogos

La cafetería parecía estar en medio de la nada. Un espacio hermético que nos privaba a ambos de todos nuestros sentidos físicos. Estábamos, a efectos prácticos, solos enfrentando a nuestros intelectos.

—Me interesa tu opinión ¿Qué te parecen verdaderamente mis cuentos?—pregunté—. Y recuerda que entre tu y yo no valen ni las mentiras piadosas ni las frases hechas para salir del paso. No habría peor insulto que respondieras con una de las dos opciones que te acabo de mencionar y que, por otro lado, ya deberías saber que están prohibidas. Prefiero pecar de redundante antes que dejar que me insultes por un olvido producto de nuestra confianza.

Asintió levemente con la cabeza como si alguien le hubiera soplado que esa mañana empezaríamos nuestras habitual charla con esa pregunta y afirmando que conocía las reglas; sin casi pensar contestó:

—Están bien —dijo con lo que me pareció cierta desgana—. A veces repites la misma idea varias veces cuando ya la has dejado clara. Creo que deberías corregir ese detalle. El lector entiende más de lo que crees. No todo el mundo tendrá tu intelecto privilegiado, pero tu talento no los convierte en deficientes mentales.

—Interesante observación —le dejé saber —. Aunque debo decirte que quizás la repetición no se produce porque crea que el lector sea deficiente mental y yo un intelecto, como tu nos has definido. La repetición se debe a que yo mismo parezco necesitar ciertas aclaraciones. Por lo tanto, querido amigo, yo me siento como el deficiente en este entuerto. Dicho esto, tu consejo es de un gran valor y así lo tomo. Prometo intentar evitar repeticiones obvias a partir de ahora.

—Los diálogos, sin embargo, están de puta madre —siguió con su valoración—. Me gustan mucho, la verdad, y no sabría decirte por qué, simplemente me parecen reales y naturales dentro de las situaciones que describes. Reconozco que también los admiro, quizá más que otras personas que te puedan estar leyendo, porque yo sería incapaz de escribir unos diálogos así.

—¡Por supuesto que sí! —le interrumpí con más vehemencia de la deseada— ¿Cómo no vas a poder con lo bien que escribes? No digas tonterías.

—No, en serio. Yo soy más de poesía, no de diálogos. Simplemente no me salen.

Asentí levemente pero con mueca de no estar de acuerdo. Me pareció absurdo iniciar una discusión que nos alejara del tema central, que eran mi capacidad para escribir diálogos. Aún así, debo reconocer cierto fastidio al comprobar, una vez más, como él mismo seguía con su inercia de ponerse límites inexistentes a su propia capacidad para hacer cualquier cosa.

—Por cierto, y hablando de escribir diálogos ¿por qué crees que tienes esa facilidad para hacer que parezcan tan reales? —me preguntó mientras yo sorbía mi café.

Dejé mi taza con cuidado en la mesa.

—Voy a aceptar, para no desviar la atención de tu pregunta, tu apreciación sobre mi arte a la hora de crear diálogos que suenan “reales”, porque a diferencia de un pintor, que supuestamente debería detestar que le dijeran que sus cuadros parecen fotos, a mi sí me gusta que mis textos parezcan una representación de la vida misma. Con respecto a tu pregunta …

Cerré la boca para pensar mi respuesta. Fruncí el ceño y le miré fijamente buscando una pizca de suspense.

—¿Y bien? Me vas a mirar como si estuvieras enamorado de mi, o me vas a contestar a la pregunta sobre por qué crees que tus diálogos fluyen en la cabeza del lector —me interrumpió.

—Muy bien —dije amenazante—. Te voy a responder. Pero que conste que no te va a gustar mi respuesta.

—Que tontería —dijo mientras agarraba una de las galletitas que muy gentilmente nos habían traído como cortesía con el café—. No te pregunto con la intención de que me guste o disguste tu respuesta, tan sólo te interrogo para obtener información que me ayude a entender porque a gente como tu se le dan bien ciertas habilidades y a gente como yo, no.

Me rasqué la cabeza velozmente. No porque me picara, ni mucho menos, sino para dejarle saber que sus enredos me estaban empezando a irritar.

—Me salen bien porque hablo mucho conmigo mismo —contesté con cierta sequedad—. Como ya sabes me gusta la soledad. Y en esa soledad tengo muchas charlas, las cuales voy perfeccionando una y otra vez, hasta que creo que llegan a tener el sentido exacto que se merece cualquier debate que se dispare en mi cabeza.

—Espera —me interrumpió algo exasperado—. Me estás diciendo que ¿es la gente solitaria o poco sociable, porque convendremos que es lo mismo, las más capacitadas para crear diálogos que parezcan realistas?

—No. Tu me has preguntado porque a mi me salen bien. Y yo te he contestado que creo que “a mi” me salen bien porque soy un hombre solitario y como consecuencia de mi soledad, ¡hablo mucho solo!—. La camarera levantó la vista en señal de alerta. —Tu has generalizado—susurré.

—Lo primero, como paréntesis, te diré que sí me ofende que digas que eres un hombre solitario. Me parece más un personaje que te has inventado y como sigas así te lo vas a creer de verdad y no habrá marcha atrás. Te arriesgas a quedarte solo como sigas empecinado con él.

—Un paréntesis considerable el que acabas de abrir —dije con una evidente y escenificada ironía.

—Con respecto a tu razonamiento de que tu soledad es la responsables de tu arte con los diálogos, debo expresarte, sin ánimo de ofenderte, que me parece absurdo. Pareciera lógico asumir que si fueses más sociable, entablarías más conversaciones con todo tipo de gente y, por lo tanto, tus diálogos serían aún mejores. Pero justamente no creo que deban ser mejores, porque como te he dicho antes, me parecen muy buenos. Simplemente creo que no es tu soledad ni tus charlas contigo mismo los factores que explican tu buen hacer con los diálogos.

—Bueno, tu eres una persona sociable, y me acabas de decir que no sabrías hacerlos. Si tu teoría fuese verdad, y tu tuvieras alguna disfunción que no te permitiera crear diálogos realistas porque tu genética te hizo poeta, tu sociabilidad te habría dado herramientas para poder llevar a cabo diálogos que sin ser perfectos, sí tendrían un pase.

—Creo que no deberíamos catalogar al otro para intentar tener razón. No voy a negar que me gusta socializar, pero no me considero un maestro en el arte de lo social. Simplemente me integro en lugares donde hay gente reunida.

—Y esa integración de la que haces gala ¿no te sirve para poder replicar esos maravillosos diálogos de integración en tus textos?

—No, porque como sabrás, las conversaciones en actos sociales suelen ser superficiales. Justamente lo social conlleva unos protocolos de conducta muy concretos por los cuales se evitan diálogos profundos como los que solemos tener tu y yo.

—Entonces, podrías crear diálogos superficiales que narraran estos encuentros sociales, que por lo que me dices rozan el absurdo absoluto. A mi dichos encuentro no me servirían de nada porque intento evitar los diálogos superfluos en mi vida y en mis diálogos.

—Pero yo nunca dije que tus diálogos fueran profundos. Esto lo acabas de incorporar tu mismo. Yo dije que eran naturales, que parecían reales.

—¿Me estás diciendo que mis diálogos son naturales pero a la vez superficiales? —pregunté nuevamente levantando la voz.

—Bueno, si, pero …

—Ni pero, ni patatas en vinagre. Tu me has preguntado mi opinión sobre por qué creía que mis diálogos eran buenos y que, según tu criterio, son aquellos superficiales y sin sustancia. Pues bien, yo ya te he dado mi respuesta antes, y la sigo manteniendo: mis diálogos de mierda te gustan porque yo dedico mucho tiempo a hablarme a mi mismo —solté sin respirar y con evidente hartazgo.

—Disculpe —me interrumpió la joven camarera.—¿Quiere tomar algo más?

—¡No! —dije aún bajo los efectos de mi acaloramiento—. Estoy bien con mi café y estas galletitas que me has traído antes. Gracias.

Me sonrió con ternura. Pareció iniciar su camino de regreso hacia la barra pero lo abortó.

—Perdón por la indiscreción ¿Podría hacerle una pregunta? —me dijo.

La miré extrañado, confundido y hasta avergonzado.

—¿Podría? —repitió.

—Habitualmente cuando alguien hace esa pregunta, es retórica. Pregúntame lo que quieras, aunque te lo advierto, me reservo el derecho a no responder.

Asintió.

—Es que siempre viene solo a la cafetería, parece preocupado, siempre busca sentarse justo en este sitio, al lado de la ventana, y si está ocupado, le veo esperar hasta que queda libre. Siempre pide lo mismo, y siempre parece mover los labios como si estuviese hablando solo.

Me sonrojé. La muchacha me tenía bien estudiado. No era culpa suya. Llevaba meses yendo al mismo sitio tal y como ella lo había descrito.

—No he escuchado ninguna pregunta. Quizá había una escondida entre el interesante cúmulo de observaciones que has hecho sobre mis hábitos, los cuales parecen ser de tanto interés.

—Perdone —dijo para acabar de humillarme.— No quería molestarle.

Resoplé mientras miraba a la silla vacía que tenía delante.

—Hablo sólo porque me creo que soy escritor—solté deshinchándome como un globo—. Práctico diálogos de todo tipo mientras desayuno. Pensaba que en este lugar pasaría desapercibido.

—Y ¿ahora estaba teniendo un diálogo consigo mismo para escribir algo?

—Así es.

—Y ¿de qué trataba?

Imagen: pedrojparez a través de Morgue File

2 comentarios en “El diálogo sobre los diálogos”

  1. Excelente entrada. Os recomiendo el libro que se menciona en la entrada. A parte de la correcta utilizacion y creacion de los dialogos hay ejercicios que te ayudan a consolidar los conceptos a la par que te sirven como disparadores.

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