Doctor, no sé quien soy II

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Simplemente no lo vio venir. Para cuando se dio cuenta, el impacto era físicamente inevitable. Por suerte tuvo tiempo de girar el volante de forma instintiva y el impacto fue menos frontal. Igualmente, el golpe fue contundente; casi catastrófico.

No creía haberse fijado nunca tanto en el techo de su coche, pero al verlo como un acordeón, dedujo que algo grave le había pasado.

No podía moverse, de hecho, no creía ni ser capaz de mover lo ojos de lado a lado o arriba y abajo. Se había convertido en un témpano de hielo.

Escuchó el sonido de la ambulancia acercarse, el oído, su vista sin movimiento ocular y el gusto, notaba un fuerte sabor a ajo crudo picado, parecían intactos.

“Tres de cinco. No está tan mal”, pensó.

Le sacaron de su coche cuando ya creía que no podría soportar el frío. Escucho crujidos provenientes de su cuerpo, y de vez en cuando la pantalla se volvía negra. No sentía dolor, por lo que sabía que muy probablemente tenía una grave lesión. En ese momento no le importó demasiado, porque se imaginó que de notar su cuerpo, sentiría un dolor infernal. Y él no toleraba el dolor.

En la ambulancia le estuvieron moviendo con eficiencia para supuestamente intentar estabilizarse.

“No necesitan estabilizarme, estoy bien, simplemente no noto mi cuerpo” —intentaba verbalizar.

No tardó en sentir que se quedaba dormido.

Se despertó con unas luces en sus ojos. Parecía ser un médico examinándole las pupilas.

“Ya estoy despierto”

La linterna entraba y salía de su campo de visión.

—Las pupilas responden —dijo el médico.

“Claro que responden. Estoy despierto”.

—Buena señal —dijo otra persona fuera de su campo de visión.

—Vamos a hablar con la familia y a darles ya horas de visita.

—Si, la novia está insoportable.

“Ojito con lo que decimos”.

—Está bastante buena, es normal que esté insoportable.

Ambos se rieron del comentario.

“Ni puta gracia”.

Se quedó sólo en la habitación. Se puso a reflexionar sobre la belleza de su novia. Hacía tiempo que la encontraba como una mujer de lo más común y no había reparado que, quizá, para el resto de los hombres seguía siendo una mujer muy apetecible.

Se quedó dormido pensando en su novia y en algunas cosas que hacían juntos.

—Parece que el amigo le funciona sin problemas —dijo una voz femenina.

—Nunca tuvo problemas. Además sabe usarla …

“¿Qué dices? Si follábamos menos que yo que sé”.

—… aunque últimamente teníamos pocos encuentros y le dejé caer en la sensación que era un desastre como amante —balbuceó entre sollozos.

—No digas eso …

“¿Marta? Está hablando con Marta de nuestra vida sexual. ¡La madre que la parió!”

Se volvió a quedar dormido. La charla sobre su vida sexual le había aburrido sobre manera. Nada de lo que le había contado Julia a Marta tenía sentido. Es como si ambas hubiesen hablado de otra persona.

Le despertaron unas fuertes carcajadas.

—Qué dices, ¿éste serio? Yo no he conocido a nadie más cachondo en toda mi vida —decía una voz masculina que le sonaba familiar pero lejana.

—Pues ahora se ha vuelto mucho más serio. Es un tipo que no parece saber que es la sonrisa —dijo Héctor, su hermano.

“Que dices mongólico que no sé reír, será de tus chistes de mierda, retrasado”.

—Además, últimamente había cogido la manía de insultar a la gente con palabras como “mongólico” y “retrasado” —siguió su hermano —se había vuelto un mal hablado por cualquier cosa. Era difícil hablar con él de algo sin que dijera palabrotas o te insultara, aunque fuese medio en broma. Tiene muchos aires de superioridad. Pero que le vamos a hacer, era parte de su encanto.

“Pero que hijo de la gran puta, me estás poniendo a caldo en mi cara. Que pedazo de cabrón”.

—Era no, aún es —dijo la voz— No sé, mi recuerdo de tu hermano es bien distinto. Era un tío súper divertido. Un día me dijo, después de un fin de año: “este año que sepas que mi objetivo va a ser que cada vez que me veas te haga un poco más feliz”. Esa frase se me quedó grabada, porque justo hacia un mes que se acababa de morir mi padre, y estaba hecho mierda. Y tu hermano fue la persona que más me ayudó. Definitivamente cumplió su promesa.

—Joder, pues no veas si ha cambiado. Yo creo que ahora no cumple nada de lo que te dice, no ya siquiera de lo que promete.

Intentó liberarse de su parálisis. Hizo fuerza mental para poder hablar y decir algo.

Notó un olor intenso. Muy molesto.

—Uff qué olor —dijo la voz amigable.

—Sí, a veces se le escapan unos pedos de campeonato. Debe de ser esa extraña papilla que le meten por la nariz.

Se desmayó de la vergüenza.

“No me quiero despertar”, se dijo cuando ya era demasiado tarde. La habitación estaba en silencio.

—Hola —dijo entre susurros su hermana al entrar.

—Hola —le respondió Julia en voz alta —ya está despierto, puedes hablar normal.

—Ah. Pensaba que no estarías aquí y he venido a leerle el periódico de hoy. Para estimularle.

“Sí, por favor, algo entretenido que no sea hablar sobre mi”.

—Pero él no es lector de La Vanguardia, prefiere El País —dijo Julia al ver el periódico que había seleccionado su hermana.

—¿En serio? Vaya, juraría que era lector de La Vanguardia.

—Pues no.

“Me da lo mismo, leo cualquiera”.

—Voy a comprar El País, entonces, y vuelvo —replicó haciendo el gesto de salir.

—No hace falta mujer, puedes leerle cualquiera —le interrumpió el gesto Julia como si la hermana hubiese dicho una estupidez.

“Eso, leerme algo, por favor”.

—¿Aún no entiendo que te he hecho yo para que sean tan borde conmigo?

—Si que lo sabes.

“No, no tenemos ni idea”.

—Bueno, es igual, tu hermano está ahí tumbado y no es el momento de pelearnos.

“Bueno, que me he perdido. ¿Estáis cabreadas?

—Tienes razón, no creo que le guste que entre familiares nos pelemos —dijo la hermana.

Julia la miró extrañada por el comentario. No se esperaba que la contara a ella como parte de la familia.

—Sí tienes razón, aunque últimamente tu hermano parece insensible al dolor humano ajeno o cercano.

“Ya empezamos. Esto debe de ser una broma pesada”.

—Siempre fue tan sensible. De adolescente era un llorón. Cualquier cosa le ponía mal. Era tan tierno verle. Tan bueno. Cuando mi madre en verano rociaba la casa con Ray para matar moscas, él habría las ventanas del salón corriendo y les imploraba a las mocas que saliesen. Siempre pensábamos que lo hacía en broma. Pero pronto descubrimos que no, que lo hacía muy en serio.

Julia dibujó una media sonrisa, preguntándose donde se había perdido ese niño en el cuerpo del adulto que era incapaz de asomar la cabeza, aunque fuese, de vez en cuando.

—Solía decir que las moscas nos entendían —siguió la hermana—, que entendían nuestro lenguaje, que todos los animales lo aprendían, y que éramos nosotros, los humanos los incapaces de entenderlos a ellos.

“Ya no me acordaba de las moscas”.

—Bueno —añadió Julia para devolverle al mundo presente— ahora si ve un insecto no tarda nada en liquidarlo. No los aguanta.

Entró una enfermera en la habitación y le pidió a ambas que salieran. Al ver la cara rechoncha de la enfermera y sus dos rojizas mejillas decidió auto apagarse.

Por un momento pensó que le estaban abduciendo los extraterrestres. Pero pronto comprobó que volvía a ser el médico jugando con su linterna.

—Las pupilas siguen reaccionando —dijo.

—Pero no hay ningún otro cambio significativo en su estado. Quizá los familiares deban tomar una decisión pronto.

—No creo que estén por apagar la respiración artificial.

“¿Respiración artificial? De que mierdas hablan, ¿no respiro sólo? Tan jodido estoy?”.

—Ya son tres meses …

“Que dices tres meses, una semana …”

—Sí, pero la última semana ha estado despierto y con las pupilas reaccionando.

—Es lo único que reacciona. El único síntoma de que algo en su cabeza aún funciona.

—No sé. Yo esperaría unos días más a ver que sucede con su estado.

—Te doy una semana mas. Después, tengo que plantearle a la familia las opciones.

Salieron del cuarto y Julia volvió a entrar. Se le acercó, hizo el gesto peinarle y le dio un beso en la frente.

“Debo tener una pinta, con un tubo por la nariz, respiración artificial, y todos los chismes que salen en las películas”.

La semana pasó rápida. Había tenido más visitas que la anterior, lo que le hizo pensar que todos se estaban despidiendo de él. Curiosamente nadie se ponía de acuerdo sobre su personalidad. Las charlas sobre su persona habían sido una constante contradicción. Tanta que el grado de confusión sobre quien era estaba al nivel máximo de alerta.

Se despertó algo atontado. Le pareció raro sentirse molido, como si le hubiese caído un saco de ladrillos encima. Un grupo de médicos estaban hablando con Julia, que parecía sollozar al finalizar cada frase. Le estaban planteando las diferentes opciones: dejarlo enchufado de por vida como un vegetal con el costo que tenía a nivel económico y emocional, o apagar la respiración y dejar que la naturaleza siguiera su curso.

“Esto es el fin. Morirme sin saber quien soy, sin que la gente sepa quien soy”.

Escuchó un fuerte estruendo. Creyó estar viviendo o un terremoto o un atentado terrorista. Se le nubló la vista y una fuerte sacudida le impulsó hacia delante. Pensó que iba a dar una vuelta completa cuando de golpe notó una fuerte presión en el pecho y cayó hacia atrás con potencia. Su cabeza rebotó contra la almohada y creyó quedarse por unos instantes suspendido en la nada. Volvió a abrir los ojos esperando encontrar un edificio derruido. Para su sorpresa, tres personas de bata blanca intentaban incorporarlo mientras le sacaban algo de la garganta. Tenía arcadas y, por momentos, se sentía como lo haría un pez fuera del agua.

—Ha vuelto en sí. Avisen a la familia —Escuchó a alguien decir entre el caos.

Tanto esfuerzo la pasó factura y cayó rendido. Se dejó ir a un sueño profundo.

Al despertar Julia le dio un fuerte abrazo, se le agarró como si fuese el único salvavidas en un transatlántico en llamas en medio del océano. A duras penas pudo mover los brazos para corresponderle.

—Ya aviso al médico —escuchó decir a Héctor.

Dos médicos entraron en la habitación y pidieron amablemente a todos los que allí se encontraban que abandonaran la sala. Todos obedecieron de forma ordenada y eficiente, como si lo hubiesen estado ensayando.

Uno de los médicos, el de la linterna, se le acercó y le apuntó nuevamente con ella.

—No sabe las ganas que tengo de que se meta esa linterna por el ojete —le dijo dibujando una media sonrisa. El médico inicialmente se frenó, pero luego continuó con su procedimiento.

—Las pupilas …

—Reaccionan —le interrumpió.

Le médico apagó la linterna y se la metió en el bolsillo. Le miró fijamente.

—¿Recuerda usted quien es?

—No tengo ni puta idea, la verdad.

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