Doctor, no sé quien soy

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Llegó a la consulta excesivamente temprano. No sólo le gustaba ser puntual, sino que, por costumbre, llegaba a los sitios con mucha antelación, demasiada. Miró el reloj. Pasaban cinco minutos de su cita. Miró el revistero pero ya no le quedaba nada que le interesara por leer. Resopló. Se dio golpecitos con los dedos de las manos en las pantorrillas. Se limpió las gafas. Miró el techo y después el suelo, y otra vez el techo, parecía estar asintiendo cuando en sus adentros estaba renegando.

—Señor Gonzalez —le llamaron.

Le dieron a entender que era su turno con un gesto que le pareció de mala educación. Como podía esa mujer regordeta golpear la esfera de su reloj como si él hubiese sido el impuntual.

—Sólo llevamos 10 minutos de retraso. Si no viniera 40 minutos antes, no habría estado casi una hora esperando —le dijo la mujer con tono militar detectando la impaciencia de Javier.

Negó con la cabeza. Se ajustó las gafas y siguió a la mujer por un largo pasillo que parecía estirarse hacia el infinito. La mujer le abrió la puerta. Entró en el despacho.

—Buenos días Señor Gonzalez. ¿O prefiere que le llame Javier? —preguntó el doctor mirando su blog de notas.

Javier asintió. Le daba igual una que la otra. No quería perder más el tiempo. Quería pasar a la acción. Se sentó en una silla que le pareció incómoda y puso pose de estar preparado.

—Interpreto que Javier te va bien. Y te recuerdo que aquí vas a tener que hablar a menos que seas mudo —dijo el doctor seguido de una leve carcajada. — ¿Qué te trae a mi consulta?

—No sé quien soy —respondió categórico.

—Bueno —dijo el doctor cogiendo un formulario de su mesa —aquí dice que te llamas Javier Gonzalez. En el formulario has puesto una dirección, un teléfono, tu edad, sexo, algunos hábitos. Por ejemplo, no fumas, lo cual es positivo; tomas una media de dos cafés al día, lo que es bastante razonable; no tienes alergias a ningún medicamento. Si tu no sabes quien eres, creo que tenemos suficientes elementos para empezar a descubrirlo.

Javier resopló, si hubiese querido encontrarse con un humorista se habría ido al teatro. Volvió a ajustarse las gafas y vio una foto en una estantería. Se quedó clavado en ella.

—Sí —dijo el doctor —Ese soy yo esquiando con mi esposa. Nos encanta ese deporte ¿Te gusta esquiar o hacer alguna actividad deportiva?

—Se nota que usted sabe quien es.

—Interesante observación. Y me puedes tutear —dijo mientras anotaba algo en su blog.

Ambos se miraron.

—¿Por qué crees que yo sé quien soy? —preguntó el doctor.

Javier empezó a definirle. Inició su relato con asuntos obvios de pitonisa de barrio. Le comentó como creía que había sido su infancia y su adolescencia. Cómo había conocido a su mujer en la universidad. Como compartían muchas aficiones juntos y como su matrimonio era idílico. Incluso le adivinó que tenía dos hijos, una niña y un niño, ambos excelentes estudiantes y que seguramente destacaban en alguna actividad extra escolar, jugando a algún deporte o tocando un instrumento de música.

—No sabrás quien eres, pero ya tenemos un nuevo rasgo de ti que no está en el formulario, eres muy observador y seguramente seas muy inteligente —diagnosticó el doctor.

Sin embargo, Javier no se quedó ahí, en datos superficiales. Empezó a describir con mucho detalle la personalidad del doctor. No la que todo el mundo veía, sino la real, la escondida, la que estaba llena de contradicciones. Esa parte de su ser que el doctor mismo había blindado y, aunque reconocía de su existencia, le costaba verse reflejado en ella.

—Muy interesante —dijo el doctor con ánimo de disimular su perturbación.

—Más que interesante debería parecerte un alivio, porque mi definición de quien eres encaja con tu propia definición. En mi caso, aquellos que me definen lo hacen de forma completamente opuesta a la mía. Cuando yo me veo generoso, se me define como egoísta. Cuando me veo bondadoso, la gente me ve malvado. Cuando creo estar siendo comprensivo, se me define como intransigente. Cuando quiero prestar mi ayuda se me acusa de querer fastidiar. Mi intención y su reacción nunca parecen encajar.

—¿Y crees que tu definición de ti mismo es honesta contigo mismo? —se auto preguntó el doctor en voz alta.

—¿Me lo estás preguntando a mi?

—Diría que sí.

Javier se llevó la mano a la cara, poniendo su pulgar en la mandíbula y los dedos indices y medio apoyando sus yemas en su sien. Al doctor le pareció un telepata intentando leerle la mente. Dejó de mirarle a los ojos para hacer ver que escribía algo en su blog de notas. Se dio cuenta que pocas veces escribía algo útil.

—Muchas veces he pensado en claudicar. En dejarme llevar, ignorarme. Lo veo en mucha gente, y sin embargo, no parezco tener la habilidad de hacerlo. Y me da mucha rabia, me frustra. Me creo tan inteligente, en serio lo digo, no es palabrería. Pero cuanto más inteligente me creo, más me demuestra la vida que soy un borrego.

—¿Qué has querido decir con “claudicar”?

—Aceptar la definición que hacen los demás. No pelearla. Al fin y al cabo parezco el del chiste que se cree que cientos de coches van en contra dirección por una autopista, cuando es él quien va al revés y por donde no debe.

—Es decir propones ser quien los demás quieren que seas y no tu mismo.

—Exacto. Porque justamente no hacerlo es lo que me lleva a no saber quien soy.  Y ya me he aislado de la gente, para evitar la contradicción. He tenido periodos de mucha soledad para que mi definición se impusiera. Y sin embargo, el aislamiento social me reafirma como individuo, pero no me hace enteramente feliz.

—¿Te gusta quien eres en esa soledad de la que hablas?

—Sí.

—¿No tienes dudas?

—No. Por eso tengo la dificultad para sacrificarme y amoldarme al rol que me imponen los demás. Quiero hacerlo, pero parece que no puedo. Y mientras siga la contradicción entre quien creo que soy y quien dicen los demás que soy, no sabré quien soy.

—Entiendo —volvió a anotar en su blog de notas una idiotez sin sentido.

—¿Y bien?

—¿Crees que la gente que sacrifica su personalidad real, la que llevan de verdad dentro, esa tan íntima donde conviven en armonía los pensamientos perversos con los benévolos,  por la que le imponen los demás, es feliz?

—A mi me parecen ser más felices de lo que soy yo con mi contradicción.

—¿Y en qué te basas para hacer tal afirmación?

—A ti se te ve feliz en esa foto —dijo señalando a la foto de dos personas sonriendo en lo alto de una montaña nevada.

Esa noche, como cada noche, el doctor se encontraba sentado en la cama, apoyando su espalda en la cabecera, libro en mano y gafas de ver en medio del tabique nasal. Su esposa en el baño repetía su ritual de cremas y potingues varios. Siempre le asombró la disciplina con la que Sofia se cuidaba antes de ir a ningún sitio.

—Cariño —dijo cerrando el libro sin poner el punto.

No recibió respuesta.

—¡Cariño! —repitió.

Sofia asomó por la puerta del baño con las manos presionando su papada a modo de masaje.

—¿Quién dirías que soy? —preguntó con ingenuidad.

—¿Otra vez quieres volver a este tema? Pensaba que ya habíamos acordado que seríamos quien la gente quiera y espera que seamos.

—¿Y eres feliz así?

—¿Tu no?

—Supongo.

Sofia se fue al baño a seguir con sus cosas. El doctor volvió a abrir su libro por una página cualquiera y se puso a leer sin importarle no entender de que iba la historia.

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