El hombre a plazos

Creo que desde siempre me han provocado cierta alergia aquellos que defienden que la vida es un suspiro y que, por ese motivo, hay que “vivirla en el presente”, en este instante, no éste, en éste. Estos personajes no se dan cuenta de que el presente, el instante presente, no existe o si existe es el más escurridizo de todos los momentos posibles; disfrutarlo es, cuando menos, complejo dadas nuestras limitadas habilidades.

El pasado, por ejemplo, es más duradero porque todo lo que sucede queda de forma infinita suspendido en ese tiempo. Está en constante crecimiento porque no dejamos de tirarle material. Por si fuera poco, se deja moldear al antojo de quien lo revive. ¿Cuántas veces habré discutido con mis hermanos sobre sucesos familiares controvertidos del pasado que cada uno ha recordado como le ha convenido?

El futuro es el más incierto de los tres, sin duda, pero también es el único con la cualidad de regenerarse al mismo tiempo que se consume. Podemos correr tras él todo lo que queramos, pero es cómo una cinta elíptica de gimnasio, nunca llegamos a ninguna parte. Y, al igual que el pasado, también permite crear variantes según el estado de ánimo. Si eres seguidor del Real Madrid, el futuro es brillante aún sin haber ganado un sólo título. Y si lo eres del Barça, el pánico a no ganar el triplete convierte el futuro en una tragedia.

En cualquier caso, recomendarle a alguien que “viva el presente” es poco práctico, especialmente porque hace “un instante” acabo de demostrar que pasado y futuro ocupan más espacio en nuestras vidas.

Un ejemplo, el Día de Reyes. Nada genera más ilusión a los niños que los días previos, donde algunos del chute de emoción pensando en el futuro, sugestionados por los recuerdos del año anterior, llegan a sufrir estrés. Sin embargo, estos mismos niños aborrecen los regalos el mismo día que los abren, el presente se convierte en un “rollo” porque sin darse cuenta lo comparan con las expectativas de los días previos. Pasados los años, cuando esos chavales llegan a la edad adulta, recuerdan el Día de Reyes en base a la emoción de los días previos y serán pocos los que podrán recordar el momento en sí, como el más entrañable. Por lo que al final, pasado y futuro claramente se imponen al presente.

Pero ¿cómo cojones se le puede recomendar a alguien que viva el pasado y el futuro con intensidad? Porque parecería razonable asumir, que si le damos a alguien esta nueva sofisticada recomendación, acostumbrados a la simpleza de “vivir el momento”, el nuevo concepto dispare algunas cuestiones sobre como ejecutarlo pragmáticamente.

Pues bien, abierto como estoy a recibir recomendaciones o ideas sobre esta cuestión, no dejaré pasar la oportunidad de compartir la siguiente: si los momentos de la vida se trocean en cachitos y se distribuyen en el tiempo, la satisfacción se dispersa de forma natural según su peso e importancia entre pasado, presente y futuro de forma natural.

Es en la vida real, y no en el maravilloso mundo de las teorías, donde he sido capaz de encontrar a un sujeto, que sin saberlo él mismo, es un artista en este proceso. Lo ha conseguido gracias a su consumo capitalista basado en las compras a plazos sin intereses. Pareciera que este hecho no supone ninguna novedad, porque este país se ha hecho mierda a si mismo debido a la sobre financiación de todo tipo de bienes y productos.

El matiz es que Aitor, mi hermano pequeño, no financia por necesidad, sino que creo que lo hace por placer. Por ejemplo, la cafetera que se compró hace unos meses por 120 euros. ¿Necesitaba financiarla? No, pero seguramente quiso distribuir ese momento de disfrute al pasado, presente y futuro en sus justas medidas. La financiación a 10 meses fue el mecanismo para “vivir el pasado y el futuro” intensamente.

Ahora, cada vez que se prepara un café, y la cafetera hace ese infernal ruido de automóvil cuyo motor se ha quedado sin aceite, recuerda lo barato que le esta costando debido a que aún le quedan meses por pagar, y siente una dosis de placer que no sólo tiene en cuenta ese instante, sino que tiene en consideración que al día siguiente lo volverá a experimentar, y dos días después, otra vez. Y así sucesivamente.

Evidentemente, su placer se irá diluyendo poco a poco como un azucarillo a medida que se acerca la hora de cancelar por completo su deuda. Pero, para entonces, habrá acumulado tantos momentos de placer en el pasado, que el recuerdo nostálgico volverá a ser un chute controlado de satisfacción.

De haber pagado toda la cafetera al instante, todo el placer se habría consumido con el primero o el segundo de los cafés, como me sucedió a mi con mi cafetera.

Hace dos semanas toda la familia se reunió. Aitor y Laura llegaron cogidos de la mano sonrisa en boca. Era la primera vez que les veíamos después de que nos anunciaran por WhatsApp que se iban a casar. Después de comer el personal se dispersó por la casa. Mi sobrino se fue a jugar a la Play, los más veteranos nos quedamos en el jardín tomando un café, y Aitor y Laura, se fueron a ver la tele al salón.

En un momento dado, cuando el apretón de rigor después de un cortado me obligó a ir súbitamente al baño, entré en casa y escuché un leve susurro procedente del salón. Aún no sé por qué, me acerqué como un ninja y me asomé a curiosear como un pervertido. Aitor y Laura estaban tumbados en el sofá, abrazados cara a cara, se estaban cuchicheando palabras de amor, mientras sus piernas se iban haciendo un nudo. Aún embobado ante la escena, con la boca semi abierta y sin parpadear, ambos dejaron los susurros de lado, se hipnotizaron, ajenos a mi intromisión, y se dieron lo que me pareció uno de los besos más tiernos que pueda recordar.

Y, en ese preciso “instante” del presente, me di cuenta que jamás me otorgarían el Premio Novel por mi estúpida teoría sobre cómo “vivir a tope el pasado y el futuro”.

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