El hombre irritante

Era introvertido. En situaciones sociales aparentaba más timidez de la que atesoraba, hasta que escuchaba en alguna conversación algún comentario categórico y absoluto. Entonces, ahí soltaba a la bestia, un animal extremadamente racional, tanto o tan poco, que no tenía en cuenta su lado más animal y por eso irritaba. Su contenido quedaba engullido por su tono.

—Hay demasiados inmigrantes, deberíamos empezar a echar a algunos porque se aprovechan del sistema, y ¡ya está bien! —dijo un tipo melenudo y barbudo que parecía un vikingo. Su audiencia asintió reafirmando el comentario. Sin duda era un macho alfa.

—En el centro de salud de mi barrio está lleno de moros, y los de aquí en lista de espera … —no pudo terminar de explicar una mujer  atractiva para ser tenida en cuenta socialmente pero no lo suficiente como para ser la principal protagonista. Su elevado tono de voz y forzada firmeza denotaba una inquietante inseguridad.

—¿Y quienes son los de aquí? ¿Cómo definirías a los de “aquí”? ¿Tu, por ejemplo? ¿O gente con tus creencias religiosas y tu forma de vestir? —preguntó asumiendo que sus palabras habían sido inaudibles. Recordó las palabras de su profesora de canto: “Usa el diafragma cuando hables. Así la gente te escuchará y obedecerá”. Sin embargo, él parecía ignorar que tenia uno.

Aún así, a pesar de su endeble tono de voz, todo el grupo se giró ante la batería de preguntas. Pero no como quien se gira en alerta porque viene un tren a alta velocidad, sino más bien tenían la expresión de quiene esperan que se les empotre en la cara un excremento gigante.

—¿Puede ser —siguió— y lo digo sin mala fe, que vivas en un barrio donde haya más inmigrantes que en el resto de barrios y por eso te parece que ellos colapsan el sistema de salud? —preguntó ante las aún atónitas miradas de su nueva audiencia.

Parpadeó; antes de terminar tan cotidiana y reactiva acción pudo ver la siguiente secuencia en su cabeza:

—Perdón ¿tu quién eres? No creo que nos hayan presentado, todavía —preguntó el vikingo.

—No hace falta, soy uno de los vuestros, creo.

—Ya. Pero, tendrás un nombre “cristiano”.

Sabía que su interlocutor era un muchacho ocurrente y de buen verbo en la salida, pero se temió que era poco dado a los combates de larga duración y para debatir hay que ser maratoniano no velocista.

—Sí, mi nombre es de santo católico, como los vuestros, supongo.

—Es decir, no nos vas a decir tu nombre, vale —dijo el barbas buscando el amparo de sus colegas —Deduzco que sí nos dirás que los inmigrantes no se aprovechan del sistema. Y ¿cómo catalogas a la gente que no paga impuestos pero utiliza servicios públicos?

—¿Pobres? —replicó medio entrecortado. Su introversión se entrometió y se dio cuenta de que había demasiados ojos mirándole y no lo puso evitar, se sonrojó.

—Pobres, dices. De hecho diría que los inmigrantes al venir aquí van a mejor, y sin embargo, desde que nos invaden, nosotros vamos a peor ¿quién es el pobre?

—Tienes razón. ¿En qué estaría yo pensando? Ah, sí, ya lo recuerdo. Hace poco un periódico lanzó unas viñetas explicando que los inmigrantes no causan el colapso en la sanidad ni en la educación. Lo publicaron como un cómic con datos oficiales del gobierno. Imagino que querían que todo el mundo supiera, de forma sencilla, fácil, vamos para tontos, que los inmigrantes no son el problema, sino que lo somos los de aquí. —explicó mientras mostraba la pantalla de su móvil con las viñetas del periódico —le saqué una foto a esa página para tener presente esta información.

—Sé que sabes que me he dado cuenta que nos has llamado tontos —dijo el vikingo en tono amenazante.

El hombre irritante dio un paso atrás físicamente, pero decidió abalanzarse con su verbo.

—Y este pequeño detalle te ha elevado en la escala mental que me había hecho de ti. Bien pillado. Y si eres capaz de entender esto, ¿por qué no eres capaz de aceptar los datos cuando te los están poniendo delante de los morros . Son dibujos para niños, mira —insistió acercándole su móvil. 

—¿Por qué se distinguir los datos falsos de los verdaderos? ¿Tu no? Además, ese periódico no es de fiar

—¿Cómo sabes distinguir los datos verdaderos de los falsos y los medios que son de fiar y los que no?

—Por qué lo veo.

—Y yo veo que la tierra es plana. Es más, nunca la he visto redonda, siempre la he visto a través de imágenes y me he creído esa información. Quizá llegó la hora de ponerla en duda.

El melenudo soltó una risotada absurda y fuera de contexto. Dio igual, en cuanto miró a sus colegas, todos la replicaron.

—Eres de esos que con tal de tener razón, eres capaz de tergiversar y llevar la conversación a cualquier lado. Eres lo que yo defino como “un tertuliano sin escrúpulos”.

 El color de su cara ya había quedado completamente invadido por un rojo chillón y la vena de su frente se había inflado como un globo. Ya no tenía forma de esconder su vulnerabilidad. Sólo podía seguir avanzando. 

—Terminar tus argumentación definiéndome no es ni justo ni decoroso en un debate en el cual yo aún no he dado mi opinión, sólo me he limitado a constatar si la tuya tiene los fundamentos dada la información disponible. De momento, tenemos tu palabra y un centro médico lleno de “moros” contra los datos oficiales del gobierno reproducidos por un medio que no es de “fiar”.

—Perdón ¿Quién te había invitado a esta fiesta? Eres muy cansino, amigo. A nadie nos está interesando lo que dices. Nos has perdido. Míranos —dijo paseando su gran copa de cubata por delante de sus compañeros de charla —¿tenemos cara de estar interesados?

—Tantas cosas he logrado solo por decir que tu opinión sobre los inmigrantes y su impacto en el sistema de salud no tiene una base sólida donde apoyarse porque hay datos oficiales, y que a ti no te sirven, que la contradicen.

—Joder —alargó la “r” con evidente enfado —¿Es que no vas a parar? Vale, ya está, los inmigrantes son unos angelitos caídos del cielo y nosotros el diablo distribuido en trocitos humanos.

 —Sigo sin saber que te molesta de mi aportación al debate …

 —¿Aportación? ¿Debate? Si tu hablas sólo, no dejas que los demás digamos nada. Tu tienes toda la razón. Venga, ya has ganado, ¿contento?

—No, por qué iba a estar contento. La gente que me rodea da opiniones contrarias a la información que gestionamos. No puedo estar contento porque somos transmisores de ideas erróneas en un mundo lleno de información útil.

—Madre mía, que sí, que tienes razón ¡qué plasta por Dios!

—No me estás escuchando. Sólo me atacas y descalificas.

—Perdone usted caballero, quien quiera que seas, pero el que ha venido aquí a entrometerse en nuestra charla has sido tu. Así que ¿por qué no nos dejas que sigamos?

—Por qué no era una charla, parecía un adoctrinamiento con datos erróneos.

—Me estás irritando de mala manera.

Terminó de parpadear.

—No, no —replicó ella. —Mis amigas dicen lo mismo de los centros de salud de sus barrios. Están llenos de “moritas” que llevan un montón de niños por cualquier cosa. Como en su país no tienen un sistema de salud robusto, se aprovechan de que aquí sí lo tenemos.

—Puede ser —dijo esbozando una sonrisa más falsa que una moneda de chocolate.

—Puede ser, no. Es que tenemos que tomar una decisión y urgente porque esto no se aguanta —añadió el vikingo.

Volvió a asentir con una leve mueca de aprobación a medida que el circulo le acogía como a uno de los suyos.

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