El hombre loro

Vio que se encendía la pantalla del móvil. Hacía dos años que había decidido que su dispositivo debía ser mudo e inerte: no tenía permiso para sonar ni vibrar. Su determinación venía a cumplir dos propósitos. El primero, no tener que estar cada 30 segundos atendiéndolo, ya que le parecía que para estar esclavizado habría optado por tener muchos hijos con alguna de sus insolentes primas. Por otro lado, quería entrar en la categoría de “seres especiales”, esos que en los 80 tenía móvil, aunque fuese un ladrillo, y ahora no lo necesitaban porque habían ascendido a cotas muy altas como para necesitarlo.

En fin. La llamada era de su agente. Así que decidió contestar al momento.

—Vaya, que raro, contestas al teléfono en lugar de devolver la llamada dos horas después.

—Has tenido suerte, estaba justo mirando la pantalla, o la pantalla me estaba mirando a mi, como quieras verlo.

—Muy agudo como siempre —dijo después de una leve carcajada

—No, muy repetitivo, diría yo ¿de verdad te parecen ocurrentes este tipo de cosas?

—No solo me lo parecen a mi, te ganas la vida con ellas, amigo mío.

—Eso es lo que más me asusta.

—Bueno, ¿puedes venir al despacho esta tarde? Te tengo una nueva conferencia en Santiago.

—Otra vez en Chile.

—Sí, deja de refunfuñar, allí te tienen en alta estima.

—Ya pero hay que cruzar los Andes en avión y siempre hay mucha turbulencia.

—Cancelo entonces.

—No —dijo con desgana —voy para tu despacho esta tarde.

Colgaron.

Miró su biblioteca. Pensar que había leído tantos libros le deprimía. Sentía haber tenido una vida de mierda, encerrado en su cabeza leyendo cosas de otros, especialmente porque hacía ya años que no sabía valorar las ideas de los demás, las cuales, por un motivo inexplicable, le parecían carentes de ingenio, novedad, sorpresa.

—Todos os repetís —le espetó a los libros, que se apoyaban los unos en los otros en las estanterías, con aires de quien cree haberse ganado el derecho a ser escuchado sin derecho a la replica.

Se subió al taxi a las cuatro y media de la tarde en punto. Quiso pensar que era una casualidad de las estrellas, pero rápidamente su supuesto intelecto apareció en escena veloz como un rayo para dejarle saber que esa casualidad, la de un cincuentón subiendo a un taxi una tarde lluviosa justamente a las cuatro treinta había sucedido, sino miles de veces, cientos. Le indicó al taxista su destino, y volvió a repetir una rutina que se sucedía todos los días miles de veces en todo el mundo.

—¿Cuánta gente se habrá subido a un taxi exactamente al mismo tiempo que yo? —se preguntó en susurros.

—¿Disculpe? —preguntó educadamente el taxista con un cierto grado de curiosidad. Sabía lo que había escuchado, porque siempre había tenido un oído fino, pero quería debatirlo porque le había interesado la pregunta.

—¿Eh? No, nada, estaba divagando —contestó.

—Sí, lo sé. Pero es que está usted en la mejor compañía del mundo para divagar. No tenemos otras cosa que hacer más que seguir el tráfico, y como siempre es igual, yo podría hacerlo hasta con los ojos cerrados y divagando. Y luego hablan del coche que va solo. Si este que llevo yo ya lo hace porque yo a veces ni sé que estoy haciendo y siempre acabo llegando a mi destino.

—Bueno, si no le importa, preferiría que usted siguiese haciendo su labor y yo la mía.

—¿A qué se dedica? Me parece de recibo saberlo ya que usted sabe a que me dedico yo.

—Pues verá, si le sigo hablando, le tendré que cobrar, al igual que usted me cobra por seguir avanzando.

—Ahh, Es usted sicólogo o eso nuevo, como se llama, “coach”— dijo el taxista pronunciando todas las letras tal cual suena en castellano.

—Los sicólogos no cobran por hablar, sino por escuchar —contestó con cierta impertinencia.

—Sí, es verdad ¡Qué tonto soy! —respondió irónicamente el taxista.

El ruido del motor y del viento contra la aerodinámica del vehículo se apoderó de los minutos posteriores.

El silencio le estaba incomodando. No quería hablar de su trabajo porque justamente iba a tener que hacerlo con su agente durante una hora como mínimo. Ya estaba harto de las repeticiones de su vida como para encadenar dos seguidas.

Sin embargo, no aguantó más.

—¡Está bien! —dijo—Se lo voy a contar. Solo por justicia, supongo.

—Oiga, si no quiere no me cuente nada, tampoco se crea que me va la vida en ello.

—No, no. Ahora quiero contarselo. Primero le voy a pedir disculpas por haber sido algo impertinente.

—Aceptadas —se apresuró a decir el taxista —ahora cante por esa boquita caballero.

Sonrió ante la expresión de entusiasmo. Verdaderamente lo había vuelto a conseguir. No sabía bien cómo era el mecanismo por el cual siempre conseguía que la gente se interesara en que narrara cosas que nada tenían de novedosas. Cosas que incluso era de lo más natural y mundano. Daba igual, podía decir cosas obvias como que “cuando llueve te mojas” y conseguir aplausos de todo un teatro como si hubiese explicado en una frase la energía de fusión, y encima cobrar un dineral y viajar en clase preferente.

—Me dedico a hacer conferencias por todo el mundo sobre porque el copyright, las marcas registradas y las patentes no deberían existir porque nadie tiene ideas propias, sino que son todas aprendidas e imitadas de otros, en todos los casos y circunstancias, sin excepción.

—Que interesante y perturbador —dijo el taxista algo perplejo.

—No tienen nada de interesante, pero sí mucho de pertubador como usted dice. Yo simplemente digo que todo lo que la gente hace o dice es una imitación. No tenemos la capacidad de innovar, es una falacia decir que poseemos semejante rasgo, y siempre necesitamos imitar para crear. Pero cómo somos seres muy egocéntricos, creemos que tenemos capacidades que no tenemos y creamos sistemas para proteger lo que es de todos o no es de nadie, ideas e innovación que no lo son, sino que son producto de una imitación con ligeras alteraciones, alteraciones que al final también se imitan.

—No sé que decir. Me está dejando usted sin palabras, la verdad. Ahora tengo miedo de decir algo y que realmente no sea ni mío. Que alucine. ¿Y me ha dicho que cobra por eso?

—¿Qué si cobro? Madre mía, eso es lo peor del asunto, que por decir esto, que es obvio, que no requiere ni un estudio científico para llegar a esta conclusión, me pagan toneladas de dinero, me aplauden y mi libro “Devuelve tus ideas” es un éxito de ventas en todo el mundo. Traducido a 20 idiomas. Es de locos.

—¿No se estará usted quejando? Porque paro el taxi y le echo ahora mismo —dijo sonriendo el taxista.

—No. Como me voy a quejar. Dios me libre de ser tan desagradecido. Simplemente que me cuesta entender por qué me gano la vida diciendo algo que usted podría decir. Que cualquiera podría decir. Mi libro es un plagio de la vida. No es mío, pero me he adueñado de las ideas, les han puesto un envoltorio, y cobran a la gente por ello. Es como vender aire en frasco.

—Bueno, ya hemos llegado —dijo el taxista intentando no sonar desinteresado.

—Estupendo, ha sido rápido.

—Por cierto —dijo girándose para mirarle a los ojos sin la ayuda del retrovisor —me ha parecido súper original y novedosa su visión de las ideas. ¿Cómo ha dicho que se llamaba su libro?

—Creo que el próximo se llamará “Porqué nadie me escucha”.

— Hmmm —soltó el taxista —Joder, es usted un espécimen único.

—¡Por Dios! —dijo extendiendo un billete de veinte euros— quédese usted con el cambio y, ya que estamos, váyase a la mierda —dijo mientras bajaba del taxi.

—Pero qué …

El portazo de la puerta no le dejó terminar.

—¡Esto no es un camión caballero! —gritó antes de arrancar, y encender el piloto verde.

Puso el intermitente. Miró por el retrovisor izquierdo y inició su marcha

— “Devuelve tus ideas” —dijo con orgullo —¡Así se llamaba el libro!

PD: El libro “Devuelve tus ideas” no existe que yo sepa, y por lo tanto la marca es mía. Si alguien quiere usarla en su próximo libro que pase por caja 😉

Imagen cortesía de: alice10

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