“El plagio del robot”

Llevaba toda una vida queriendo escribir un libro. Tenía varios manuscritos, casi terminados, que nunca llegó a finalizar por miedo al fracaso. Su difunta mujer le instaba, con cariño, a que terminara alguno y lo presentara a alguna editorial.

—Aunque sólo sea a modo de ejercicio —le insistía.

Pero cuanto más se le insistía a escribir, menos fuerzas encontraba para seguir adelante con sus textos. Y como le sucede a muchos ciudadanos cuando, en un aeropuerto, coinciden con sus compatriotas nacionales y les oyen hablar entre ellos a los gritos, sentía vergüenza ajena de sus inacabadas obras.

—¿Esto es lo que tengo en la cabeza? ¿Esto es lo mejor que me puede salir de mis adentros? ¿Cómo puedo tenerme en tanta estima en privado? —se preguntaba para acabar concluyendo —Por eso no tengo autoestima, porque mi verdadero yo, no es el que vive en privado y recluido, mi verdadero potencial es el que demuestro fuera, y ahí ¿qué cojones he demostrado? ¡Nada! —se flagelaba en un bucle que se repetía cada cierto tiempo.

Era dado al drama, de modo que los disgustos y las agresiones a sí mismo no eran más que parte del teatro. Parte del placer de vivir una vida en sufrimiento bajo mínimos. Una forma de empatizar con un mundo donde creía que abundaba más la desgracia que la gracia.

Así fueron pasando sus años, moldeando las excusas y castigos para no terminar una dichosa novela que rellenara ese extraño anhelo por dejarle saber al mundo que tenía asuntos interesantes que comunicar.

Llegó el día de su jubilación laboral. Un día que pensó que no existiría porque antes se moriría de algo estrambótico, quizá atropellado por un tren de alta velocidad, en un ataque terrorista o engullido por una ballena. La llegada de la jubilación invalidaba todos sus temores y le plantaba, delante de los morros, una muerte lenta, aburrida, seguramente por alguna enfermedad larga, y degenerativa.

Y fue bajo esta clarividencia, cuando la fantasía dejó paso a la más cruda realidad, que se puso a escribir con la urgencia de un inocente en el corredor de la muerte. No podía parar, el tiempo era, literalmente, oro. A veces miraba al techo y le hablaba a su mujer.

—Cariño, vas a flipar—le decía al más allá —vas a fli-par.

Seis meses después de empezar a teclear como un poseso, presentó su novela a varias editoriales. Una de ellas le respondió muy amablemente y con mucho interés por reunirse con él para hablar de la compra de los derechos y su publicación. Buscó en Internet y constató que se trataba de una editorial de gente joven, considerada como una de las editoriales pioneras y de mayor proyección en el panorama nacional. No quiso esperar a recibir más respuestas, le agradaba la idea de que una editorial de gente joven y potencialmente inexperta se hiciese cargo de su novela.

Esa noche se sentó en el sofá con una copa de vino y la carta impresa en papel reciclable. La leyó cientos de veces, escudriñó cada palabra. Le molestó que no fuese una notificación escrita a mano para analizar la letra. Finalmente, sin saber por qué, tiró unas gotitas de vino sobre el papel reciclable que se expandieron y lo arrugaron. Por algún motivo, nada extraño, pensó que llevar la carta con vino a la reunión le ayudaría a llevarla de forma más favorable. Le daría el glamour de un escritor bohemio. Una vez más optaba por pretender ser quien no era.

Llegó arreglado a las oficinas donde un equipo de gente verdaderamente joven le esperaban y recibieron con entusiasmo. Inmediatamente se dio cuenta que su atuendo formal de colores planos y apagados habían pasado de moda. Se puso la mano en el bolsillo de la americana para notar el papel reciclable entre sus dedos e intentó ubicar las partes arrugadas donde se suponía que estaba el vino.

—Bienvenido —le dijo un tipo delgado y con una protuberante barba —puede sentarse aquí —le indicó.

Se sentó con calma aunque la silla no parecía asentarse firmemente en el suelo alfombrado. Le dio igual, le parecía estar jugando un partido de fútbol delante de su propia afición.

—¿Quiere tomar algo? —le preguntó lo que le pareció un muchacho demasiado joven para estar en la sala —¿Café, té, agua?

Negó con la cabeza, y levantó la mano en señal de que estaba bien.

—Antes que nada, quiero decirle —empezó a decir el chico de la barba— que su novela es una obra de arte. No he podido parar de leerla. Me ha emocionado, me ha hecho reír, llorar, se me ha puesto la piel de gallina. Si leer se trata de hacer sentir, su novela es un ataque a todos los sentidos.

—No sé qué decir …

No pudo ni acabar la frase. Una mujer joven y esbelta abrió la puerta del despacho con contundencia y algo de exageración.

—Estamos jodidos —dijo como si el edificio estuviese en llamas —ha llegado el día, poner la tele —ordenó mientras le miraba al jubilado de reojo.

Se giraron mientras uno de los muchachos encendía la pantalla que colgaba de una de las paredes. Todos la miraron y escucharon atentamente.

Se sintió confuso. No entendía que estaba pasado, que podía ser más importante que esa novela que había escrito y que “había atacado” literalmente a todos los sentidos de aquellos muchachos que aún tenían marcas visibles de su acné juvenil y que, estaba seguro, debían saber mucho de marketing digital e Internet y bien poco de literatura, especialmente de los grandes clásicos.

Intentó no darle más vueltas de las necesarias y obedeció como el resto.

Un hombre mayor estaba sentado al lado de lo que parecía ser un ordenador de mesa algo sofisticado. Delante tenían varios libros mostrando su portada. Se puso las gafas y vio el título: “El plagio del robot”.

—¡¿Qué demonios?! …

—Shhh —recibió por respuesta.

En rueda de prensa se anunciaba el primer libro de una nueva editorial cuyos autores ya no eran humanos, sino robots. Era el primer libro escrito por una máquina, un ser sin alma había sido capaz de escribir algo que tocaba a la esencia del ser humano. El título era exactamente el mismo que el de su manuscrito y la trama que acababa de explicar el director de la otra editorial idéntico al suyo.

—Su libro se titula como el mío —dijo extrañado —¿Cómo puede ser?

Volvió a recibir gestos de desaprobación. Sin motivo alguno, apagaron la televisión y le miraron de forma inquisidora. Siguió con la mirada a todos y cada uno de los chicos que estaban en la sala hasta que llegó al barbudo.

—No sólo el título ¿no ha escuchado la trama? —le preguntó el muchacho joven y bonachón —Es exactamente la misma que la suya.

—¡¿Nos ha intentado engañar?! —le vociferó el muchacho de la barba mientras el resto de los allí presenten le miraban con atención, cómo si estuviesen viendo un ejercicio de una escuela de arte dramático.

—Pero qué pregunta más absurda —se intentó defender. Volvió a buscar la mancha de vino con la yema de sus dedos. La sensación del tacto ya no era agradable, más bien le parecía estar pasando sus dedos por encima de un cactus.

—Usted nos ha traído un libro plagiado de un robot. ¿Cómo ha tenido la indecencia? Es usted una vergüenza para cualquier escritor. Es usted un ladrón.

Se sintió como si su cara fuese un telepromter o como si albergara en ella al apuntador de una obra de teatro.

—Escucha jovencito, yo no he plagiado nada, si acaso esa máquina, de alguna forma me ha plagiado a mí. Quizá me la han robado por Internet. Quizá ese robot se conecta a Internet, rastrea todos los ordenadores conectados y les roba sus archivos —intentó argumentar con poca convicción. Nunca había sido muy bueno con las nuevas tecnologías.

—Claro —le interrumpió— a una famosa editorial que ha invertido millones de euros en desarrollar un robot capaz de escribir una novela ¡no se le ha ocurrido otra cosa hackearle el ordenador para robarle su novela y plagiarla!—dijo el barbudo escupiéndole unas motitas de saliva sobre el cristal de sus gafas bifocales.

La situación le pareció fuera de contexto, como si un paracaidista hubiese caído en medio de una boda.

—Nos ha hecho usted perder el tiempo de mala manera —dijo otro de los asistentes en la sala con tono pausado, jugando al poli bueno y poli malo de las series de televisión.

Todos quedaron en silencio. El jubilado movió su silla para atrás pero las ruedas se habían declarado en rebeldía. Miró a ambos lados de la silla como si estuviera al borde de un precipicio. Finalmente se levantó. Intentó colocar la silla nuevamente en su sitio, pero entre la moqueta y unas ruedas en mal estado era como un coche que intenta arrancar con las ruedas giradas contra la acera.

Empezó a caminar despacio y cabizbajo hacia la salida. Cuando estaba a punto de posar su mano en el pomo de la puerta de cristal, vio como el resto de la oficina, desde el otro lado, miraba la escena con entusiasta curiosidad. Le pareció extraño, parecían estar esperando otro final.

—Un momento, caballero —dijo uno de los muchachos —¿no irá a creer que se va a ir así?

Se giró extrañado.

—Hemos perdido tiempo y dinero leyendo su libro, pensando que iba a ser nuestro gran éxito para este verano. Hemos movilizado todos nuestros recursos porque verdaderamente creíamos que esta era una obra maestra.

—No entiendo —dijo asustado —¿qué quieren? ¿qué encima les pague?, después de esta humillación.

—No estaría nada mal —interrumpió el troglodita que le había manchado sus gafas de motitas de saliva irritada.

Meneó la cabeza desconcertado. La situación era superior a lo que podía aguantar y, sin darse cuenta, empezó a llorar delante de toda aquella gente. Le pareció que ahora sí les estaba entregando lo que estaban esperando: un gran final. Así que se dejó llevar y su llanto empezó a crecer en intensidad, seguido de ciertos espasmos. Una de las chicas le acercó una de las sillas con ruedas. Curiosamente a ella las ruedas de la silla le respondían con soltura y facilidad lo que le hizo pensar que, quizás, su silla había sido trucada para la ocasión.

Se sentó cargado con su llanto. Sacó por error la carta con las manchas de vino cuando lo que estaba buscando era su pañuelo, ese que tenía más de 40 años y que su mujer le había regalado con un corazón y sus iniciales.

—No tengo nada —masculló entre dientes.

—¿Cómo ha dicho? No le oímos —dijo el troglodita.

—Cálmate —le pidió otro —a ver si le va a dar un infarto y entonces sí que tendríamos un problema de verdad.

Esa última aseveración le pareció extraña, como si el primer problema, el de la editorial del robot y el plagio ya no existiera. “El mundo se va a la mierda”, pensó.

—Hagamos lo siguiente —le dijo el barbudo — ya que los derechos de su libro no valen una mierda y usted no tiene como pagarnos, cédanos todos los derechos de su libro, incluida su autoría.

Levantó la vista y se encontró con una barba con ojos de búho que no dejaban margen a la negociación. Cedió todos los derecho de su libro a la editorial por un precio considerablemente inferior al que se había imaginado, recibió un cheque, firmó unas papeles y se fue de esas modernas oficinas sin pena ni gloria.

No perdió el tiempo. Cobró el cheque. Vendió su casa y se fue al norte de Brasil, al estado de Ceará, a vivir los últimos días de su vida en un lugar sin inviernos, porque los detestaba. Pero sobre todo, en un lugar sin robots que le pudieran plagiar.

En la editorial se montó una fiesta por todo lo grande. En una pantalla se iba reproduciendo en un bucle infinito toda la escena de la sala de juntas desde varios ángulos. No podían creer lo fácil que había sido engañar al pobre viejo para que creyera algo tan absurdo como que una editorial con robot había escrito un libro como el suyo. Todos se felicitaban por el video que imitaba una conferencia de prensa en vivo. Se vanagloriaban de sus actuaciones, y bebían y se drogaban sin control.

Pasados unos meses, se le ocurrió conectarse a Internet. Quería saber que habrían hecho aquellos chicos con su novela. Sabía que la acabarían publicando y que sería un éxito de ventas. Les reconocía el esfuerzo, pero engañar a un adolescente de los años 70 no es tan fácil. No había Internet, pero había que cuidarse de otro tipo de peligros y había que agudizar el ingenio para conseguir cosas y para defender las que ya tenías.

Encontró una noticia que anunciaba que la famosa novela “El plagio del robot” acumulaba querellas por plagio de varias editoriales consagradas que
habían iniciado acciones legales, demandando sumas millonarias en indemnizaciones que amenazaban con arruinar a la editorial que tenía los derechos del libro.

Salió a su pequeño jardín donde ya le estaba esperando un perro callejero que cada día venía a mendigarle un poco de comida y mimos. Se agachó para regalarle unas caricias de bienvenida. Se volvió a incorporar y miró al cielo azul de Ceará y dijo: “Cariño, te dije que ibas a fli-par”.

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