El residuo del genio

Like

Le citó en la cafetería de la esquina. Ese cuchitril que siempre había regentado José y que ahora lo llevaban una pareja de origen oriental a los que apenas se les entendía y que, en ocasiones, parecían estar mas cascados que el mobiliario y maquinaria industrial de una cafetería que no se había renovado en más de 30 años, los 30 años que José había mimado tanto a su clientela y tan poco a su local.

Le estaba esperando con un cortado. Era adicto al café a pesar de que el médico le había advertido que su problema de extrasístoles cardíacas venía dado por su ingesta compulsiva. Le daba igual, porque asumía que todo, absolutamente todo, generaba residuos. Y en dicha convicción se asentaba su tranquilidad de que el café no era una excepción y, por lo tanto, sus extrasístoles eran más que bienvenidas.

Le vio cruzar la calle mientras sorbía. De joven siempre pensó que Andrés andaba con aires de dandy, de caballero de película de los años cincuenta. Pero ahora, verle cruzar un paso de cebra le producía dolor ocular y aunque estuvo tentado de retirar la vista para aliviarse, no pudo dejar de hacerlo. En el fondo, y no muy profundo, era reconfortante que Andrés caminara como un zopenco, pues pensó que ya iba siendo hora de que su belleza del pasado y aún ligeramente visible dejara de servirle de excusa para camuflar lo que él consideraba un escaso intelecto.

—Hola —dijo jadeando mientras se sentaba delante de Luis.

—Hola ¿cómo estas? —le preguntó retóricamente

—Bien —le respondió Andrés— algo atareado.

—¿Bien? ¿Atareado? —volvió a preguntar con retórica Luis.

—Sí, ya sabes —intentó explicar Andrés con poca solvencia. Desistió y se pidió un café solo.

—Pues la verdad es que no, no sé. Si juzgo por cómo caminas y cómo estas respirando, diría que estás muy mal de salud; siendo un jubilado bien remunerado, tampoco sabría adivinar que te tiene tan atareado.

—Cosas. Yo que sé, la vida me tiene atareado.

—¿La vida? Quizá que empecemos a pensar más que vamos a hacer cuando estemos muertos, porque aquí, ya no hacemos nada. Yo me aburro como una ostra, y eso que nunca he conocido a una personalmente.

Andrés se puso a reír. Le pusieron el café en la mesa y no tardó en darle un buen sorbo.

—Bueno, antes de morirnos parece que querías contarme algo, ¿no? —dijo Andrés con cierta urgencia.

—Sí —le respondió Luis sin titubear.

—Pues soy todo oídos.

—Qué curioso.

—El ¿qué?

—No sé —empezó Luis— si un viejo como tu me llama para decirme que tiene que contarme algo importante y que además lo tiene que hacer en persona, lo normal sería intentar evitar el encuentro a toda costa.

—¿Por qué? Si somos amigos desde que tengo uso de razón.

—Sí, sí, somos muy amigos, de eso no hay duda.

—¿Entonces? Lo normal es venir a la cita sin rechistar, y aquí estoy.

—No quieres saber entonces ¿por qué yo retrasaría mi cita? —preguntó Luis pretendiendo estar confundido.

—Pues no sé, prefiero saber para que me has citado, a menos que me hayas citado para explicarme porque tu no irías a una cita si tu mejor amigo del alma te reclama con urgencia.

—No, no era de eso que te quería hablar, pero vuelvo a utilizar la palabra “curioso”.

—Hagamos una cosa —arrancó Andrés— porque ya veo que nos vamos a perder como siempre …

—Eso también vuelve a ser curioso —le interrumpió Luis —yo hago que nos perdamos y tu siempre haces que volvamos a encontrar el rumbo. Siempre ha sido así.

—No es verdad. Así es como tu lo has vivido. Para mi, tu siempre has sido el que me ha llevado de viaje, yo sólo nos he devuelto a nuestro mundano mundo. Contigo es imposible aburrirse. Fíjate, me has traído aquí para hablar de Dios sabe qué, y ya estamos embarcados en un viaje a ningún sitio que ya me tiene intrigado.

—Joder. Me gusta tu visión de quien he sido para ti. Yo acojonado por culpa de mis cavilaciones y tu disfrutando de un viaje intelectualmente lúdico.

—Ya ves.

Los dos, sincronizados como dos relojes suizos, sorbieron de sus respectivos cafés.

—Bueno el motivo por el que te he pedido que vinieras es por qué antes de morirme quiero que me aclares un asunto —dijo Luis.

—¿Estás enfermo? Es por eso que me has pedido que venga con tanta urgencia?

—No, no estoy oficialmente enfermo.

—Ah, que susto —respiró aliviado Andrés.

—Por eso te he dicho antes que si tu me llamaras de urgencia retrasaría la cita todo lo posible. Lo normal, si usaras esa cabeza que tienes encima de los hombros alguna vez —dijo mientras le señalaba el cogote con el índice—, es que justamente pensaras que te iba a anunciar una enfermedad mortal, algo que yo no podría soportar; verdaderamente espero que te mueras de golpe a ser posible. Tu, sin embargo, has venido aquí velozmente pensando que era algo interesante, positivo o incluso divertido.

—Bueno, es que te acabo de decir que contigo todo es un viaje y hasta ahora tus cavilaciones siempre han sido interesantes, no siempre positivas pero no por ello no eran entretenidas y muchas veces peculiarmente divertidas. Eres un genio, siempre te lo he dicho.

—¡Exacto! —exclamó con alivio Luis.

—Exacto ¿qué? —preguntó Andrés contrariado —no has parado de decir cosas en todas direcciones y aún tengo la cabeza dando vueltas sobre su eje como la niña del exorcista

—Genio …

—Qué va, ya conoces de sobra mis limitantes.

—Sí las conozco —dijo Luis tomándose en serio el chiste— y no, no digo que tu seas un genio. Sino que tu siempre has dicho que yo lo soy.

Andrés asintió con la cabeza con cierta vergüenza.

—Quería que me aclararas si durante estos setenta años me has dicho que era un genio de forma figurada o verdaderamente lo pensabas. Es decir, si crees que soy un genio, genio, o soy un genio definido como la persona que dice ocurrencias, un charlatán, para entendernos.

Andrés le miró fijamente unos segundos para acabar desviando la vista por la ventana del local como si estuviese esperando a que llegara un portaviones por la avenida.

—Nunca un silencio y un lenguaje corporal habían sido tan claros —soltó Luis algo decepcionado.

—Ambas.

—¿Ambas?

—Eres un genio —empezó Andrés— genio, como dices, pero a veces también has sido un charlatán. Pero esta segunda cualidad, no puede negar ni anular la primera. Eres un privilegiado intelectualmente hablando que jamás supo aprovechar su intelecto más que para ser un agitador de charlas de cafetería.

Resopló ante el comentario. A Luis le pareció algo rudo pero totalmente acertado.

—¿Entonces? Y aunque no haya sabido aprovecharlo, desde tu capacidad, dirías que soy un genio, un súper dotado intelectual.

—Sí, lo diría —respondió Andrés— Pero recuerda que te estás conformando con que te lo diga alguien que no lo es. Hecho que hace toda esta situación un tanto extraña.

—Es verdad. Y ¿a quién crees que le debería preguntar? ¿Qué otro genio conoces que pudiera medirme y valorarme para saber si un genio me concede el honor de ser otro?

—Pues no lo sé, la verdad.

—¿No conoces a otros genios? —preguntó Luis.

—No que estén a tu nivel, amigo mío.

—Ese hecho en sí mismo ya me sirve para validarme como tal. Tu eres un tío muy social, has viajado por todo el mundo y si no crees conocer a nadie más genio que yo, es que debo ser un genio.

—Me parece razonable el argumento.

—Entonces, déjame que te pregunte lo siguiente ¿si soy un genio, cómo es que no tengo ningún residuo identificable como resultado de serlo?

Le resopló en la cara como respuesta. Se miraron fijamente sin buscar nada concreto el uno del otro.

—No sé —rompió el silencio Andrés —no sé a qué coño te refieres.

—Todo, absolutamente todo, tiene un desecho como consecuencia de su actividad, ¿no?

—Supongo. No sé.

—Bueno, te lo digo yo que soy el genio —dijo Luis soltando una media sonrisa —. Yo, por ser genio, no tengo ningún residuo, no tengo ninguna excentricidad, algún hábito, y el café de mierda este no cuenta, que ayude a identificarme como un genio.

—Pero a un genio se le detecta cuando saca a relucir sus cualidades no porque tenga hábitos extravagantes.

—No puedo darte la razón en este punto, porque todo tiene su residuo, ser genio tiene los suyos y por los residuos también deberíamos poder identificar a aquellos que son genios, genios. Yo debería ver mis propios residuos para creerme que soy uno.

—¿No me crees cuando te lo digo? —preguntó Andrés.

—Sí, y no. Quiero creerte, pero no logro verlo y al no ver residuos de mi genialidad, no logro identificarme como tal.

—Joder, voy a necesitar por lo menos dos cafés más para poder seguirte en este trayecto.

Se quedaron en silencio un rato. Andrés empezó a pensar en que tendría que llamar a su hija ya que hacía días que no había visto a su nieto. Luis entró en un pozo depresivo interno al comprobar que si no era capaz de identificar sus residuos como genio, no era un genio, genio, sino un “charlatán de cafetería” como acertadamente le había descrito Andrés.

—Bueno, me tengo que ir. Voy a ver a Marta a ver si puedo ver a mi nieto —dijo Andrés mientras se ponía de pie con alguna dificultad.

—Vale. Mándale saludos de mi parte.

—¿Tu estarás bien?

—Sí, ya sabes que los solitarios solemos estar bien en nuestra soledad.

Andrés asintió y se fue hacia la puerta del pequeño bar. Una vez entre abrió la puerta se giró para mirar a su amigo el genio. Estaba arrugado, nunca había sido especialmente atractivo y con la edad había ganado en sobriedad física a pesar de su cara tristona. Pensó que Luis siempre había sido como un apéndice en su vida, un espacio reservado. Sus allegados nunca habían entendido por qué Andrés sentía tanta devoción por Luis, quien era considerado socialmente como un estorbo, un residuo social. Se le cruzó por la cabeza que quizá Luis fuese un residuo en su vida.

—Luis —le dijo desde la puerta.

Levantó la vista con urgencia y le miró como un perrito al que su dueño le acaba de llamar para ir a jugar. Andrés estuvo tentado en decirle que ya había hallado el residuo.

—Te quiero amigo, y aunque nunca encuentres tu residuo, para mi siempre serás un genio.

Comentarios con Facebook
Like