El sicario y el abogado

Le llegó el encargo como siempre, un sobre marrón de burbujitas con una carta que parecía haber sido redactada por un niño de ocho años, una generosa suma de dinero en billetes de 50 euros y tres fotos del sujeto —una de cada perfil y una frontal —sacada con un teleobjetivo.

Silbó al contar los veinte mil euros.

—Debe ser un pez gordo —se dijo.

Tenía, como casi siempre, una semana para rechazar el encargo y devolver la pasta sin mediar explicación. Pero los que trabajaban en el ramo sabían que si el sujeto era mayor de edad él difícilmente declinaba. Leyó la carta con atención. El trabajo involucraba fulminar a un tipo que trabajaba en un bufete de abogados. El objetivo tenía mucha vida social, estaba recién casado, sin hijos y tenía un amante masculino.

No le pareció un trabajo complicado. Incluso se sintió decepcionado por su simpleza.

Preparó sus herramientas habituales. Un pequeña arma blanca muy afilada y punzante, y una pequeña pistola automática con silenciador. Prefería los trabajos rápidos y muy cercanos, nada de mirillas telescópicas o artefactos explosivos. Debido a su modus operandi, le gustaba conocer bien a su víctima. Lo suficiente para experimentar la vida del otro sin llegar a empatizar.

Era paciente por gusto y se tomaba su tiempo para conocer los hábitos y costumbres de su presa. En esta ocasión, y a pesar de no agradarle la situación, le habían marcado no más de tres semanas de plazo para ejecutar. Tendría que hacer un seguimiento intensivo.

Se fue a la peluquería a hacerse un cambio de imagen. Optó por teñirse el pelo rubio y dejarse la barba de su color natural castaño, tipo Messi. Se compró ropa nueva, unas gafas de sol un tanto extravagantes, y se dibujo varios tatuajes falsos en los brazos que le llegaban hasta las manos. La idea era crear un personaje altamente identificable en caso de ser descubierto o visto durante la ejecución. Un personaje fácilmente desmontable al volver a su aspecto natural, si es que eso existía después de tantas transformaciones.

Empezó a seguir a su individuo. Pronto descubrió que tenía rutinas muy marcadas. Los días eran todos iguales y sólo se alteraban para ir a ver a su amante o cuando se escapaba al happy hour de un local de gays.

—Vaya vida de mierda tienes, amigo. Os voy a hacer un favor a los dos —masculló mientras le veía entrar en una tienda por el retrovisor.

Una semana después, la que pensó que había sido la más aburrida de su vida, volvió a recibir una carta. Era habitual tener varios encargos a la vez y como ya estaba listo para ejecutar a su víctima, no tenía inconveniente en aceptar un nuevo encargo. La cogió y le dio varias vueltas. Su instinto le dijo que algo no cuadraba. Abrió el sobre con cuidado. Miró en su interior. Sólo una hoja, sin dinero, sin fotos. Sólo una hoja escrita, otra vez, por un niño de ocho años.

—Mierda —dijo. Era la primera vez que le sucedía algo así.

Quien fuese que le había contratado le notificaba que la persona que había realizado el encargo se había muerto inesperadamente. La carta dejaba a su criterio el acabar el trabajo o dejarlo correr. Además, y esto no le hizo mucha gracia, podía quedarse con el dinero independientemente de su decisión.

Meneó la cabeza.

Salió a la calle y empezó a caminar sin un rumbo concreto. Esperando en un semáforo se vio reflejado en un escaparate. Se sintió ridículo con ese pelo rubio y esas ropas algo estrafalarias. Se preguntó qué clase de sicario era. Mataba como método para ganarse la vida de forma generosa o era un enfermo mental al que le gustaba tener una excusa para acabar con la vida de otras personas. O, simplemente, era un tipo sin empatía, alguien con el alma congelada.

Siguió caminando y debatiendo sobre qué tipo de asesino a sueldo era. Matar no le causaba un problema moral, aunque sí se había auto impuesto el código de no matar a menores. Nunca había sentido tristeza por sus acciones ni tenía pesadillas, que recordara. No le perseguían los fantasmas de sus víctimas. Vivía en paz consigo mismo, nunca pensaba en los huérfanos y viudas que había generado con sus acciones, ni tampoco sobre cómo estos se debían sentir. Incluso si intentaba racionalizarlo no tardaba en aflorar un sentimiento de indiferencia. En ese aspecto, era evidente que era un desalmado.

Cobrar como una prostituta por sus acciones no le parecía tampoco traumático. Es más, le parecía que cobrar le permitía justificar sus acciones. Un salvoconducto emocional. No es que fuese un justiciero, sino que se veía a si mismo como un conductor de autobús que cobra por su trabajo. Concluyó que no era un yonqui de su profesión. Sentía que perfectamente podría dejar de matar si nadie se lo encargaba. Eso tampoco significaba que no hubiese matado sin cobrar. Lo había hecho cuando alguien le había tocado mucho las pelotas. Era poco sociable, así que llevarle al límite no era muy complicado.

Se levantó al día siguiente y volvió a seguir a su sujeto. Aún no sabía qué hacer con él.

—Sólo por como me he aburrido esta semana mereces que te mate —dijo.

Era martes, así que le tocaba la visita al bar donde se podría dar rienda suelta a su homosexualidad. Decidió entrar detrás suyo. El ambiente no le era ajeno, pues el mismo era asiduo de estos locales donde los hombres se encuentran para satisfacer sus deseos sin necesidad de justificarlos. Simplemente, los instintos están ahí y hay que darles salida.

Le vio sentado en la barra, hablando con un muchacho joven. Ambos se miraban con complicidad. Esperó pacientemente en una esquina donde nadie le molestó debido a su lenguaje corporal; esperó su oportunidad.

—¿Te puedo hacer compañía? —le preguntó mientras se sentaba a su lado en la barra.

Se giró con entusiasmo. Le escaneó de arriba abajo y aceptó el ofrecimiento con su mirada.

—Claro —verbalizó para no dejar lugar a ninguna duda.

—¿Y puedo invitarte a tomar algo?

—Por supuesto —dijo refinadamente —sino me ibas a invitar ¿para qué habrías venido a charlar conmigo? Me gusta que me cortejen.

Pidió un par de copas. Cruzaron sus miradas. Su presa le dibujó varias versiones de sus sonrisas más seductoras.

Le molestó ligeramente la sobreactuación de muecas pero, a la vez, reconoció que estaban funcionando. Tomó lo que consideró una decisión muy poco profesional: sin saber aún si lo mataría o no, ya sabía que se lo iba a follar.

—No vienes mucho por aquí, ¿verdad? —le dijo su presa.

—No —dio un sorbo a su copa —, es la primera vez.

—Me gusta cómo te has teñido el pelo. Te pareces a Messi —le dijo mientras le pasaba suavemente la mano por el pelo.

Le respondió con un gesto de desaprobación y una sonrisa. Era aún muy pronto para que le tocara, pero tampoco quería parecer un impertinente. Al fin y al cabo se sentía atraído y no quería tirar por la borda una decisión en firme: follárselo.

Quedaron en silencio mientras bebían.

—No eres muy hablador.

—No —le contestó el sicario.

—No te lo estaba preguntando —dijo con cierto aire de superioridad.

Volvió a sentirse molesto. Cómo osaba hacerse el que le conocía. No sabía nada de quien era. No sabía que su actitud iba a ser crucial para seguir vivo más allá de las siguientes veinticuatro horas.

—Ya lo sé —dijo pensando, que aunque no supiera muy bien cómo, debía hacerse el vulnerable —Preferiría que tu llevaras las riendas. Me cuesta interesarme en las cosas de los demás.

—Sólo te gustaría que folláramos sin mas.

Le miró súbitamente a los ojos.

—Es un poco más complicado.

—Siempre lo es.

—Ya —volvió a decir con desgana.

—Bueno ¿y a qué te dedicas?

No se esperaba la pregunta. Dudó sobre si debía decirle la verdad. Pero las dudas se le disiparon rápidamente.

—Soy sicario.

Su presa soltó una carcajada desmesurada.

—Qué bueno —llegó a decir —y ahora estás en tu tiempo libre.

—Más o menos.

Siguió riendo ante la profesión de su nuevo ligue.

—Tengo un problema y no se cómo resolverlo.

—Qué interesante. Cuéntame, igual yo puedo ayudarte.

No le gustó ni el comentario y, mucho menos, su tono.

—Por qué, ¿tu también eres sicario? —le dijo de forma impertinente. Pensó en sacar el cuchillo y rebanarle el cuello ahí mismo.

El abogado volvió a sonreírle.

—No, yo no soy sicario —dijo serio —a mi me gusta matar a gente por placer.

—¿Eres un asesino en serie o algo así?

Asintió a la vez que volvía a reír descosidamente.

—Entonces no sé si me puedes ayudar con mi problema.

—Cuéntamelo y veamos si un asesino en serie puede ayudar a un sicario. Igual los dos estamos en la industria del asesinato.

—Está bien —dijo el sicario —Me contrataron para matar a un individuo, pero cuando ya estaba a punto de hacerlo, me notificaron que la persona que había contratado los servicios había fallecido y que el encargo quedaba a mi discreción. Yo ya he cobrado, así que tengo libertad para decidir si termino el trabajo o no.

—Vaya estupidez.

—Claro para ti debe serlo, seguramente tu acabarías el trabajo, porque matas por placer, por deporte.

El abogado le miró con seriedad.

—Si, tienes razón. Yo lo acabaría. Pero no sólo por el placer, sino porque es lo correcto habiendo cobrado.

—¿Me estás diciendo que la vida de una persona vale sólo 20.000 euros?

—¿Eso es lo que te han pagado? —preguntó con asombro.

—¿Te parece mucho o poco?

—Poco —dijo volviendo a su exageración —debe ser un don nadie.

Ahora fue el sicario quien no pudo reprimir una carcajada.

—Bueno, mi consejo es que tienes que acabarlo —dijo con un cierto tufo a solemnidad moral— No hay mucho que debatir. Te han pagado por un servicio. ¿Alguna vez antes habías valorado si lo que te pagaban por matar a alguien representaba el precio de su vida?

Negó con la cabeza. Nunca se había planteado sus trabajos en base a ese parámetro que él mismo había introducido en la conversación. El precio del servicio no venía condicionado por la persona, sino por el tiempo y esfuerzo que le dedicara a ejecutarlo.

—No te parece gratuito, ¿matar a alguien sabiendo que ya no es necesario?

—¿Cómo sabes que no es necesario? Quizás la persona que te contrató no era la que se iba a beneficiar de la muerte de la persona a la que debes ejecutar. Puede ser —le empezó a decir mientras se le acercaba lentamente —que lo estuviera haciendo por otra persona que aún sigue viva.

—Interesante reflexión. No lo había pensado de ese modo. Cómo se nota que eres abogado, estás en todo.

El abogado se puso a reír descosidamente. Se llevó la copa a los labios y …

—¿Cómo sabes que soy abogado? —preguntó inquisitivamente —Yo te he dicho que era un asesino sicópata, nunca dije que era abogado.

—Ya, y yo soy sicario —reaccionó a toda prisa —¿pero tu te has visto las pintas? O abogado o un alto funcionario del estado.

Se puso a reír.

—Voy a tener que cambiar un poco mi ropero. No pensé que era tan obvio —reflexionó en voz alta.

El sicario asintió.

Se despertó temprano. La noche había sido sexualmente intensa. El abogado era un buen amante, un poco insolente y sabe-lo-todo. Liarse con su sujeto no había hecho más que complicar el dilema. Había aceptado como válida la propia argumentación del abogado acerca de terminar el trabajo. Sin embargo, ahora, le parecía una pena matar a un buen amante, por lo que él recordaba escaseaban.

Se sentó en el sillón frente a la cama. Llevaba en cada mano una de sus armas, como quien está sopesando con cual acabar el trabajo. El abogado yacía placidamente en la cama semi destapado. Le pareció estar en la antigua Roma a punto de cometer un acto de traición.

El abogado abrió los ojos. Tocó el otro lado de la cama en busca del sicario. Al no encontrarlo se incorporó. Le vio sentado. En una mano llevaba un cuchillo, en la otra una pequeña pistola con silenciador.

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