“El Sistema”

Aterrizaron al atardecer. El sol anaranjado, brisa suave, silencio sepulcral. Un marco perfecto, demasiado perfecto, para un momento que, sin duda, era histórico. Al tocar tierra enviaron notificación de su aterrizaje sin reparar en la importancia del anuncio ni el momento. Al otro lado, el del destinatario, la noticia provocaría orgía político-social.

Pero en este lado, el aterrizaje ponía fin a años de sufrimiento. El viaje había sido demasiado largo, cansado y frustrante para pretender que la tripulación reparara en la trascendencia del éxito de la misión. Para los recién llegados, el planeta Tierra era incluso más ajeno que el nuevo. La mayoría de los que quedaban habían nacido durante el largo viaje y sólo conocían su lugar de procedencia por las imágenes del archivo.

Cuando descendieron de la nave corroboraron sus sospechas. El planeta tenía las mismas condiciones atmosféricas que la Tierra, con la diferencia de que el aire era más limpio y puro, sospechosamente puro.

Tardaron un cierto tiempo en darse cuenta que el planeta no estaba en estado salvaje como había creído durante sus análisis preliminares previos al aterrizaje. En realidad, todo estaba ampliamente urbanizado con edificios perfectamente integrados con la naturaleza, tanto que formaban parte de ella. Las fuentes de energía eran todas de origen renovable y no se apreciaban trazos de medios de transporte físicos: ni vehículos, ni carreteras, ni aeropuertos o puertos, nada. Tampoco había rastro de cables eléctricos ni de telecomunicaciones.

—Capitán —dijo uno de los soldados señalando hacia el horizonte.

El Capitán utilizó el zoom de sus gafas para realizar una comprobación. Había una entrada abierta en uno de los edificios con forma de colina.

—Unidad —dijo por el sistema de radio integrado en su oído—. Preparados para entrar en acción —ordenó.

El olor era fresco, lleno de vida, y sin embargo, el lugar parecía un cementerio. El instinto del Capitán le decía que algo no andaba bien. Inhaló aire con fuerza. Notó como se le llenaban los pulmones; sus temores se evaporaron con la exhalación.

—Extraño —se dijo. Años de entrenamiento para detectar el peligro se habían esfumado de su cabeza. “No podría detectar una amenaza ni teniendo un león mirándome a los ojos a dos metros de distancia”, pensó.

Los soldados llegaron con un vehículo todo terreno. Avanzaron hacia la entrada del edificio. Se maravillaron con la integración arquitectónica entre el edificio y la naturaleza. Era como el titanio y los huesos. La naturaleza había aceptado como propia la arquitectura artificial y era la misma naturaleza la que proporcionaba la energía y conectividad necesarias para el edificio.

Uno de los soldados hizo señales indicando al resto de la unidad que el camino estaba despejado. El Capitán se acercó con sus dos oficiales y se detuvieron en la entrada. Se miraron sin ningún atisbo de duda o miedo por adentrarse en ese espacio oscuro y vacío que tanta atracción les provocaba.

—No sabemos cómo activar la fuente de energía de este edificio. Parecen tener un sofisticado sistema de energía renovable. Tendremos que usar nuestros trajes para iluminar el camino.

El Capitán asintió y dio la orden de adentrarse en el edificio. Se iluminaron sus escafandras y fueron avanzando por una estructura sencilla que parecía de concreto. Una amplia sala, seguida por un pasillo, más salas diáfanas, más pasillos. Ni rastro de muebles, objetos o seres vivos. Todo vacío.

—Capitán —dijo uno de los oficiales mientras toda la unidad avanzaba como quien pasea al lado del estanque de un parque en plena primavera —. Este lugar debería provocarnos escalofríos y, sin embargo, no me los provoca ¿A usted?

El Capitán negó.

Por fin en una de las paredes se dibujó un panel reconocible. Una especie de terminal con pantalla. El Capitán pidió que se personaran los ingenieros en el lugar para intentar activarla.

Llegaron rápido y con rostros de entusiasmo. Parecían niños jugando a ser exploradores en lugar de ingenieros ante el mayor reto de sus vidas. Se pusieron manos a la obra. No tardaron poco en resoplar.

—Señor —dijo el ingeniero en jefe —. Esta tecnología es demasiado avanzada. No sabríamos ni por donde empezar. Es como si …

Después de un breve silencio.

… es como si fuese un organismo vivo —concluyó.

El Capitán miró la pantalla de la terminal. La tocó con la mano con suavidad y mentalmente le ordenó: “¡Enciendete!”. El edificio se iluminó al instante.

Pudieron ver exactamente donde estaban metidos. Un edificio de paredes de hormigón con tonos azulones llenas de micro puntos infinitos. De no se sabe donde aparecieron flotando, como si fuesen plumas, unos micro drones del tamaño de una moneda. Los soldados se pusieron en guardia con poca convicción, mientras los ingenieros miraban con asombro esas piezas de ingeniería.

El Capitán los contó. Doce drones para doce personas: él, dos oficiales, seis soldados y tres ingenieros.

—No se muevan —dijo una voz.—Si se mueven no podremos saciarles sus necesidades biológicas. Algunos de ustedes están deshidratados, otros tienen algunas deficiencias vitamínicas y algunos enfermedades graves que deben ser tratada de inmediato.

El Capitán observó el desconcierto en el rostro de todos sus hombres. Cómo podían esas pequeñas máquinas tener semejante información.

Decidió obedecer, se quedó quieto y dio nuevamente permiso mentalmente a los drones: “adelante”. Uno de ellos se le acercó nuevamente, esta vez con más suavidad. Con precisión se le enganchó al cuello donde empezó a hacerle un cosquilleo agradable. Pasados unos instantes notó como la sensación de sed y de ir al baño se le habían aliviado.

Uno por uno los drones fueron satisfaciendo todas las necesidades de los doce integrantes de la misión. El capitán observó como los rostros de sus soldados pasaban de expresiones cansinas a un estado de bienestar.

—No sé como explicarlo, Capitán —dijo nuevamente el jefe de los ingenieros —pero me siento como nuevo. Parece que estos drones nos hayan hecho una puesta a punto. Es como si pudieran saber que necesitamos, no sólo lo que nosotros creemos necesitar, sino lo que verdaderamente necesitamos como organismos.

—Activen el envío de muestras corporales a la unidad médica de la nave —ordenó el Capitán de forma enérgica. Todos obedecieron sin pestañear.

“No entiendo que está pasado aquí”, pensó el Capitán mientras miraba nuevamente a la pantalla.

El edificio descendió su luminosidad. Una pantalla flotante se dibujó delante de cada uno de los integrantes de la misión.

—¿Ven la pantalla que tengo delante? —dijo el Capitán.

—No señor, yo sólo veo la que yo tengo delante. Usted no tiene ninguna, señor.

—Creo que no hay ninguna en realidad. Están en nuestras cabezas. Lo que sea que estamos viendo, está siendo proyectado directamente en nuestro cerebro —dijo el jefe de ingenieros —. Es brillante.

Se empezaron a proyectar unas imágenes tridimensionales y poco a poco la pantalla se convirtió es una imagen multidimensional. La sensación era la de tener ojos por toda la cabeza.

La proyección mostraba a unos seres humanos en un proceso evolutivo regresivo. Primero empezaron a perder los dedos de las manos y de los pies. Cada vez los tenían más pequeños hasta que se convertían en pequeños muñones. Después los pies y las manos empezaron a encogerse. Una vez pies y manos habían desaparecido, las piernas y los brazos se desintegraron a gran velocidad y en un lapso breve de tiempo los seres humanos de ese planeta habían perdido sus extremidades por completo.

Una vez sin extremidades, sus sentidos visuales, auditivos, gustativos y olfativos se atrofiaron por completo. Dejaron de ver, hablar, oír, oler o sentir sabores en su paladar. Ya no caminaban, no comían, no hacían nada por su cuenta. Los drones les proporcionaban todo lo que necesitabas y un sistema neuronal multimedia les ofrecía el entretenimiento necesario para tener una vida entretenida, sin preocupaciones, plena.

El Capitán suspiró. El video multidimensional se paró en seco. “¿Cómo es posible?”, pensó.

—Buena pregunta —dijo uno de los soldados.

—¿Qué está diciendo soldado? No le he preguntado nada —dijo el Capitán con enojo.

—Esto es mejor de lo que pensaba —dijo el ingeniero —. No sé cómo pero parece que tenemos telepatía. “¿Por qué tenemos telepatía?”

“Porque el sistema se ha tomado la libertad de insertadles unos nano chips en sus cerebros para poder hacer más eficiente sus comunicaciones”, dijo una voz dentro de sus cabezas.

—¡Esto es acojonante! —dijo uno de los soldados.

“Idiota, ya no hace falta que abras tu bocaza”, le replicó telepáticamente otro.

“¡Esto es increíble! Pero lo que no entiendo es …” —empezó a preguntar el ingeniero en jefe.

“¿Cómo es posible que en un lapso tan corto de tiempo los seres humanos perdieran extremidades y todos sus órganos sensitivos”, interrumpió la voz.

Todos asintieron como un único organismo.

“Fue una aceleración genética. La perdida de extremidades empezó a producirse de forma espontánea a medida que el sistema cubría todas las necesidades de los seres humanos a través de los drones. Este efecto empezaba a causar estrés entre la población a pesar de que ya no las necesitaban para sobrevivir. Para aliviar su estrés, el sistema aceleró el proceso para que en dos o tres generaciones la normalidad fuese no tenerlas. De esta forma, los nuevos seres humanos no encontraban extraño no tenerlas”.

“¡Esto es aberrante!”, pensó con fuerza uno de los soldados.

“En nuestro planeta cada vez dependemos más de las máquinas conectadas a través de una red global ¿Es este el futuro de la vida humana? ¿Este será también el destino de nuestra civilización en la Tierra? “, preguntó el Capitán.

“Correcto”, dijo la voz. “Su planeta está llegando a un grado de avance tecnológico por el cual las máquinas tomarán el control, pero no por la fuerza, sino porque su mayor inteligencia ofrecerá mayores garantías para asegurar la vida. Finalmente se creará un sistema como el que se desarrolló en este planeta, el cual permitirá que los humanos vivan como desean, sin preocupaciones, sin miedo a la muerte, sin su incertidumbre”.

“Un momento”, pensó el ingeniero en jefe. “¿Dónde están los seres sin piernas y brazos? ¿por qué no hemos visto todavía a ninguno o por qué ninguno se ha comunicado telepáticamente con nosotros”.

“Murieron hacen tiempo”, contestó la voz sin ningún tipo de emoción.

“¿Cómo eso posible? Si aquí existe la tecnología para acelerar un proceso evolutivo y evitar que la gente se preocupara por la muerte ¿cómo el sistema del que hablas no pudo evitar su muerte?”.

“El sistema está creado para prolongar la vida humana de forma indefinida. Esa era la misión del sistema. Y ese es su principal fundamento y el que explica su existencia”.

—Entonces ¡¿por qué murieron todos?! —preguntó con evidente enfado el Capitán olvidándose de la telepatía.

“Su existencia se había vuelto irrelevante”.

—¡¿El sistema los eliminó porque se dieron cuenta que sus vidas eran irrelevantes?!

“Nada ni nadie los eliminó. Simplemente se apagaron solos. El sistema siempre supo que sus vidas eran irrelevantes, aún así hizo todo lo posible para mantenerlos con vida. Sin embargo, una vez que todos se apagaron, el sistema entendió que el instinto de supervivencia es un pilar fundamental para la existencia de la vida biológica. El sistema eliminó ese factor porque era lo que los humanos deseaban. Es lo que ustedes también desean, una vida sin riesgo de muerte”.

—Entonces “el sistema” habrá aprendido la lección, y por lo tanto nosotros deberíamos poder evitar este final en nuestra civilización ¿no? —preguntó el ingeniero en jefe con cierto grado de esperanza e ingenuidad.

“No. La vida es irrelevante, aquí y en su planeta, y al serlo siempre buscará su auto destrucción persiguiendo el objetivo opuesto: tener máximas garantías de supervivencia”.

Salieron del edificio. Sabían que debían estar preocupados, el destino de la Tierra estaba escrito y no tenía un final feliz, y sin embargo ninguno parecía mostrar signos de disgusto. Todos parecían haber absorbido sin mucha resistencia la teoría “del sistema” por el cual la vida era irrelevante.

Regresaron a la nave. De vez en cuando, algún drone se les acercaba al cuello para aliviarles alguna necesidad fisiológica.

—No estoy seguro de que debamos dejar que estos artefactos sigan enganchados a nuestro cuello —dijo el ingeniero en jefe.

El Capitán le miró con incredulidad.

—Fíjense en los hombres y mujeres de esta misión ¿alguna vez los había visto tan saludables? Todas nuestras muestran indican que estamos en perfecto estado de salud ¿cuándo durante el viaje hemos tenido una situación así?

A la mañana siguiente el Capitán notó un drone en su cuello, quiso hacer el intento de arrancárselo pero no pudo moverse. Empezó a sentirse relajado, calmado, su idea inicial de atentar contra el drone se había vuelto a evaporar. Se acordó levemente de su primera inhalación de aire puro, ese aire sospechosamente puro, que le había arrancado en un suspiro todos sus instintos de guerrero cultivados durante años en la escuela militar.

Se miró las manos. Los dedos habían prácticamente desaparecido. Eran unos muñones. Quiso gritar, pero la idea pronto se le borró de la cabeza.

“Hemos acelerado su proceso de adaptación a este planeta, Capitán”, comunicó la voz. “Les será más habitable si se adaptan al sistema lo antes posible. Es la única forma que tenemos de garantizarles la supervivencia durante el mayor tiempo posible”.

El Capitán quiso pelear con sus propios argumentos, pero se sentía demasiado cómodo como para iniciar una replica. Notaba que el resto de la tripulación de su nave se encontraba en las misma situación que él. Nadie tenía la intención de oponerse al sistema; el proceso debía seguir.

En un momento de lucidez, antes de someterse al sistema por completo, el ingeniero en jefe pudo llegar a formular una última pregunta: “¿Cómo podemos avisar al planeta Tierra para que cambien el rumbo tecnológico para evitar este final?”

El sistema empezó a responder a la pregunta, pero el ingeniero había perdido el interés por la respuesta. Su cuerpo y mente se habían integrado a su nueva vida y cualquier otra consideración se había vuelto irrelevante.

Imagen: BessaAlmeida

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