El turista amargado

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Harto de esperar a que alguien me sorprendiera, decidí ser yo quien pasara a la acción. Si lo que andaba buscando no venía solito a mi, entonces iría yo hacia lo que andaba buscando, o me lo sacaría de dentro, lo que llegara primero. Y lo que andaba anhelando era encontrar a alguien que me dijera que no le gustaba viajar o hacer turismo. Que aborreciera todo lo que significa un viaje de placer: desde pagar por el viaje, hasta hacer las maletas, subirse al avión, llegar al lugar de destino, abrir las maletas y salir a pasear en busca de lugares conocidos como, por ejemplo, un McDonalds.

—¡Me encanta viajar! —dijo Valerie excitada como las burbujas de una tónica recién abierta mientras sacaba con entusiasmo una guía “alternativa” de Miami.

Movilicé mis globos oculares en dirección contraria a la gravedad en señal de hastío. Otra vez me iba a tener que fumar el cliché de lo lindo que es viajar.

—Tito, es verdad, ¡eh!, a mi me gusta mucho viajar —replicó mi gesto, recuperando su tonada francesa ya casi imperceptible por los muchos años que había vivido en Barcelona.

Lidia iniciaba el seguimiento de la interacción muy consciente de que se disponía a disfrutar de un partido de tenis verbal sobre arcilla. Y como tal, pensaba disfrutarlo moviendo la cabeza de lado a lado y en silencio.

—Ya lo sé Valerie, a todo el mundo le gusta viajar ¿verdad? Decir lo contrario sería inconcebible, inimaginable, muy poco popular. Decir que odias viajar te hace parecer un bicho raro y como nadie quiere parecerlo, pues casi todos decís que os gusta viajar, sin ni saber qué significa en la vida moderna. Sería un alivio encontrar a alguien que odie viajar —dije haciéndome el enigmático y mirando a un horizonte inexistente porque tenía una pared vacía a medio metro.

—¿Por qué? Si viajar es lo mejor que hay …

El camarero nos preguntó que queríamos beber.

—Vamos a ver Valerie —dije pretendiendo ser una imitación “trucha” del Socrates de La República de Platón —. En la época de Marco Polo, tenía sentido viajar porque irse al otro lado del planeta era enfrentarse a un viaje arriesgado. Si lo sobrevivías, llegabas a tierras con costumbres totalmente diferentes. Posiblemente los cinco sentidos se veían atacados con olores, sabores, ruidos y colores. Esa gente viajaba con poca información, en el mejor de los casos relatos que iban de boca en boca distorsionando lo que realmente se iban a encontrar, generando un genuino efecto sorpresa.

El camarero dejó las bebidas en la mesa. Tomé un sorbo de mi Coca-Cola mientras Valerie y Lidia me miraban con expectativa. Ambas habían perdido el hilo del debate porque ambas habían optado por transformar, sin permiso, mi alegato en un cuento para niñas adultas. Y sus ojos me estaban gritando: “queremos más”.

—Pero hoy en día —empecé con la intención de despertarlas de su fantasía —no tiene ningún sentido viajar. En los lugares turísticos encuentras las mismas cosas, las mismas cadenas de comida, las mismas tiendas de ropa y electrónica. Te tropiezas con gente que no es autóctona, sino idiotas a los que alguien les ha convencido que merece la pena meterse 12 horas en un tubo de aluminio con alas para ver a otros idiotas …

—Tito, no es así, viajar es para conocer nuevas culturas, ver cosas nuevas y escapar de la rutina del día a día.

—Mentira —dije rapidamente —. Tu no vas a ver nada nuevo, ni a conocer culturas nuevas y, lo de las rutinas, podría hasta debatirse. Todo lo que tienes en esa guía, fotos incluidas, te deja saber lo que vas a ver. No te interesa el concepto de sorpresa, sino que quieres saber a dónde ir, qué ver, por dónde verlo, cómo verlo. Todo está precocinado.

Valerie cogió su guía y se la acercó como si fuese un niño al que yo estuviera molestando.

—¿Tu te crees que Marco Polo tenía una guía, una foto, la posibilidad de ver todo el mapa de una ciudad en 3D, o ver con Google las mismísimas calles que iba a ir a visitar? Sin embargo, tu has visto veinte mil fotos y referencias sobre tu próximo lugar de destino, por lo que la pregunta es —dije apuntándole con mi dedo índice— ¿Por qué ibas a querer ir a Miami después de todo lo que ya sabes de esa ciudad? ¿Dónde está la sorpresa, la novedad, esa cultura desconocida?

Hizo un gesto de querer contestar. Abrió la boca, cambió de idea y esbozó una sonrisa. Miró a Lidia desconcertada. Mientras Valerie deshacía su nudo neuronal, yo aproveché para mirarme a mi mismo y constatar que no me hacia falta encontrar a alguien que odie viajar, ya me tenía a mi mismo.

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