Empezó a sacar fotos en un pueblo de pescadores, y pasó esto … 

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Decidió ir a Icaraí de Amontada después de un duro divorcio. Su socio le había asegurado que el lugar era un paraíso.

—Pero Brasil es peligroso ¿no? —le había preguntado bajo un manto de cobardía de quien tiene que cambiar de hábitos de forma repentina.

—El mayor peligro que tiene Icaraí es que no quieras irte jamás.

Así que agarró su equipo fotográfico y se subió al primer avión que pudo rumbo a Fortaleza. Al llegar un amable taxista le llevó durantes tres horas por una carretera irregular hasta este pequeño pueblo de pescadores en el estado de Ceará, donde el mosquito Zika sólo pica a los turistas impertinentes.

Le dejaron en lo que iba a ser su nuevo hogar. Una humilde casa encima de una colina bautizada como “la casa temática”. Nombre que se le había dado debido a que cada pared interior estaba pintada de un color distinto: la pared verde te llevaba a Costa Rica, la roja a Chile, la azul a Cancún, la naranja algún país africano indeterminado. Pronto descubrió que era así cómo funcionaban las cosas en Icaraí, una pequeña parte era material; el resto lo tenía que completar uno mismo con su imaginación.

Tenía como vecinos a una humilde pareja con un recién nacido y cuya casa era un tercio de la casa temática. Tenían siempre muchas visitas de gente de todas las edades que venían apelotonados en motocicletas de cilindrada media. Los primeros días le ignoraron por completo, no por mal educados, sino por prudentes.

Se pasó la primera semana ensimismado con la vegetación, el paisaje, los animales sueltos: vacas, burros y algunas manadas de perros callejeros bastante ruidosas, especialmente cuando caía la noche y la luna estaba llena. No tardó muchos días en hacerse amigo de algunos de los animales y luego de los lugareños. Pronto fue absorbido por el entorno y su ego dejó de ser una pieza de coleccionista metida en una frágil urna de cristal.

Todos empezaron a saludarle con una sonrisa. Todos le ayudaban con cosas menudas, como llevarle la comida a casa, arreglarle la bomba de agua o aconsejarle sobre cómo tratar con algunos de los animales “libres” que le visitaban por las noches.

Pasada una semana inicial de atontamiento, decidió que no podía perder un minuto más y empezó a sacar fotos como si le fuera la vida en ello. Quería poderse llevar toda la esencia de ese lugar a su casa cuando volviera de regreso a su cruda realidad.

Sacó fotos de la vecina limpiando la ropa de su bebé en un cubo de plástico, donde parecía limpiar pañales reutilizables. Sacaba fotos de los numerosos medios de transporte, motos, buggies, carros tirados por bueyes, coches de todo tipo, bicicletas, windsurfers y Kytters. Sacó tantas fotos que el dedo índice y su muñeca se resintieron. Su obsesión por sacar fotos le habían convertido en el loco del pueblo. Un loco totalmente aceptado por el entorno.

El mes pasó rápido, y su última semana le recordaba al último cigarrillo que fumó antes de dejarlo para siempre. Lo quiso estirar hasta límites insospechados. Alargó la ceniza hasta que ella misma caía por su propio peso. Aguantaba el humo en sus pulmones lo máximo posible. Simplemente quería herirse, dejarse una cicatriz bien visible y marcada en sus pulmones a la que pudiera acudir para rememorar lo feliz que le hacía un hábito tan perjudicial.

A falta de dos días para irse recibió la visita de un francés que tenía una pequeño bar cerca del mar y con quien había estado compartiendo vitales tardes de borrachera.

—Buenos días mon ami —le saludó con elevado ánimo.

—Bon jour, capitán Francia —así le llamaba porque llevaba una camiseta con el escudo del Capitán América.

—¿Qué estás haciendo? Aún no te he visto hoy caminando por el pueblo como un animal en celo en busca de follarse el paisaje con su cámara.

—Estoy ordenando mis fotos —respondió ignorando el poético insulto de su amigo —He sacado más de cien mil en tan solo tres semanas.

El francés, que llevaba unas rastas perfectamente delineadas gracias al peculiar y diestro barbero de Icaraí, se destornilló de la risa casi sin venir a cuento.

—Lo peor, es que se me han estropeado todas las cámaras ¿lo puedes creer? —añadió —simplemente se han muerto, no sacan fotos.

—Te habrás quedado sin memoria en las tarjetas o las habrás frito con tanto usarlas.

—No, ya lo he revisado. No es eso. La cámara se enciende y parece funcionar. Incluso cuando aprieto el botón, parece sacar la foto, pero cuando la busco en la tarjeta de memoria, no está. No se han grabado.

—Pues eso, serán las tarjetas de memoria que se te han jodido.

—No, no es eso. Tenía nuevas; tampoco funcionan. No funciona ninguna.

—Que raro mon ami. Yo no sé nada de cámaras, pero Kazú, el dueño del bistro, sabe de todo. ¿Podrías preguntarle a él?

Le miró incrédulo de que Kazú fuese a saber sobre cámaras de fotos o de electrónica.

—En serio español incrédulo. Ves a verle.

Salió disparado hacia el bistro de Kazú, cien mil fotos no eran suficientes y aún tenía cuarenta y ocho horas que exprimir. Pasó por delante de la posada De Praia Brasil para saludar a sus colegas argentinos que la regentaban. Cuatro muchachos que parecían sacados de un catalogo de surferos y que siempre le recibían con el entusiasmo de unos cachorros que hacía meses que no veían a su amo.

—¡Gallego! —le gritó uno de los chicos —¿A dónde vas tan cargado con todas tus cámaras?

—Voy a ver a Kazú. Se me han estropeado todas.

—No es Gallego pelotudo, es Catalán, del Barça —dijo otro.

—Que curioso, uno de los huéspedes me ha dicho esta mañana que su cámara y su móvil no estaban guardando las fotos —dijo el que le había llamado gallego.

—¿Qué raro? —dijo un tercero mientras sacaba su móvil del bolsillo de su pantalón y tomaba una foto.

—¿Y?

—Nada, no se ha grabado —dijo mientras apuntaba en todas direcciones apretando el botón como si fuese una metralleta —No. No me funciona la cámara.

—Qué extraño —dijo el Catalán —me voy a ver a Kazú. Me han dicho que sabe de todo —les dijo antes salir.

—Sí, si Kazú no lo sabe, nadie va a saber que está pasando.

Los cuatro muchachos se pusieron a reír y se dispersaron por la posada a seguir con sus tareas.

Tuvo que esperar en la puerta del bistro cuarenta minutos acompañado de un par de perros callejeros. La espera no se había hecho muy larga a pesar del calor, pues los tiempos muertos en Icaraí eran propiedad de la imaginación.

Llegó Kazú, con su amplia sonrisa, a paso lento pero con modales, parecía venir de tiempos milenarios cuando debía trabajar de sirviente para un malvado emperador japonés. Se paró en seco al verle sentado en la puerta de su pequeño restaurante.

—¿Qué acontece? Aún no te puedo dar nada de comer —le dijo como si sentado en el borde de la desigual acera él fuese el perro callejero y no los dos que le estaban acompañando.

—Ya lo sé, aunque si tuvieras algo de comer no creo que te lo rechazara.

Kazú le invitó a pasar al restaurante y le ofreció un zumo de mango helado, que aceptó sin rechistar.

—Te vengo a visitar porque …

No pudo terminar su frase. Kazú le mostró la palma de su mano y negó con la cabeza. Sorbió de su zumo de mango helado y le instó a hacer lo mismo.

—Está buenísimo —dijo —. Que estupidez acabo de decir, siempre está buenísimo.

—Imagino que has sacado demasiadas fotos y no te funcionan las cámaras —dijo mientras le señalaba el aparatoso equipo fotográfico.

—¿Cómo? —negó con la cabeza — ¿Cómo lo sabes?

—Todo el mundo habla de ello, a nadie le funcionan sus cámaras —respondió Kazú.

—Habrá habido una tormenta solar que habrá creado un campo electromagnético que habrá estropeado todos los aparatos electrónicos —dijo como un niño que acaba de realizar un experimento científico sin quemarse las cejas.

Kazú se puso a reír mientras negaba con la cabeza ante semejante absurdidad.

—No —llegó a decir mientras se recomponía— Aquí las fotos no son infinitas, hay un límite y todo el pueblo cree que tu has debido superarlo. Llevas tres semanas sacando fotos de todo y todos —volvió a sorber de su zumo—. No sabemos cual es el número exacto, pero todos los que llevamos aquí toda la vida, conocemos la leyenda de las fotos finitas de Icaraí.

Ahora fue él quien se puso a reír como un descosido, exagerando para dejarle saber a Kazú que lo que acababa de decir era aún mas absurdo que su teoría de la tormenta solar.

—¿Me estás diciendo que hay un límite de fotos que se pueden tomar en Icaraí?

Kazú asintió con firmeza.

—Pruébalo. Borra una foto.

Sacó una de las cámaras. La encendió y borró la última foto. Le mostró la cámara a Kazú para que viera lo que había hecho.

Kazú volvió a asentir.

Le sacó una foto sorbiendo de su zumo de mango. El flash se disparó. Cambio la función de la cámara a modo visualización y ahí estaba la foto. Levantó la vista. Kazú parecía no prestarle atención. Volvió a cambiar a función para sacar fotos y disparo una rápida. La buscó, pero no se había grabado.

—Venga ya, ¡estás de cachondeo!

No obtuvo reacción a su exclamación. Probó con otra de las cámaras. Borró una foto y sacó otra. La nueva volvía a aparecer, pero ya no podía sacar fotos adicionales. Probó su teléfono móvil; sucedió lo mismo.

Dejó las cámaras encima de la mesa. Se reclinó en la silla, agarró su zumo de mango y se lo bebió del tirón.

—¿Y cómo voy a rescatar toda la esencia de este lugar, sino tengo fotos de cada esquina, de cada persona, perro, burro, planta, plato de comida, granos de arena …?

—Cuándo miras la pared azul de la casa temática donde te estás hospedando ¿A dónde te transporta?

—Joder —dijo con resignación. Sacó las tarjetas de memoria de las cámaras y las rompió en pedazos una a una.

Kazú le seguía mirando impasible.

Le ofreció como regalo las cámaras a Kazú. Pero éste negó con la cabeza. Para que iba a querer esas máquinas cuando el ya había registrado cada detalle de Icaraí en su cabeza.

Volvió sobre sus pasos. Pasó por delante de la posada De Praia Brasil y saludó con la mano a los cuatros muchachos.

—¡Ya funciona la cámara! —le gritó uno de los muchachos.

Les levantó el pulgar en señal de aprobación.

Entró en la casa temática e hizo sus maletas.

Cuando entró por la puerta de su apartamento en la ciudad se sintió vacío. Las fotos de Icaraí no paraban de proyectársele en su cabeza. Se dio cuenta que no necesitaba las fotos de sus cámaras para nada, si quería estar en Icaraí sólo tenía que cerrar los ojos y sumergirse en sus colores, olores y sonidos.

Decidió ir a una tienda de bricolaje. Compró varios botes de pintura para paredes de colores: verde, rojo, azul y naranja.

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