Engullido por parásitos, hongos y bacterias

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María llegó la última y tarde. Era de la que menos me lo esperaba porque en el colegio siempre fue un reloj suizo en todo lo que hacía. Llegaba la primera a clase, entregaba los deberes la primera, se sabía la lección la primera y sólo era la última saltando el potro en clase de gimnasia. Se pasó varios años propagando su incondicional amor por mi, lo que me hacía pasar mucha vergüenza ante la desaprobación del resto de la clase: “a María le gusta Tito, a María le gusta Tito” me repetían a la cara mis compañeros poniendo voz de muñeco diabólico mientras me señalaban con el dedo. Nunca supe con certeza, hasta esa noche, si verdaderamente estaba enamorada o lo hacía para dejarme en ridículo a modo de vendetta.

Cuando entró en el restaurante ni la reconocí. No quedaba absolutamente nada en ella de esa niña fea, gordita, desaliñada y con ese pelo pegoteado a la cabeza que parecía haber sido peinado por una apisonadora. Ahora era una mujer hermosa, bien dotada y que disparaba feromónas con una metralleta. Caminaba con alegría, flotando con espontaneidad y una felicidad que parecía recorrer todo su cuerpo como si estuviese bañada en una capa de miel.

Cuando ubicó nuestra mesa, ella sí pareció reconocernos a todos al instante, como el radar de Robocop cuando detectaba a los criminales. ¿Cómo podría haber olvidado a los monstruos que le habían hecho la vida imposible en el colegio? Aún así, su semblante era del todo contradictorio, pues su alegría al vernos habría hecho creer a cualquiera que le habíamos regalado la mejor de las infancias.

Saludó a todos los comensales uno por uno, con besos y abrazos ante la sorpresa general. Los hombres pensaban que estaba buenísima y las mujeres que era una hija de puta por estarlo tanto. A mi se me acercó a cámara lenta y con lo que me pareció una mirada lujuriosa de actriz de película para adultos de los años 80. Me levanté lenta y torpemente, y sin tiempo a articular palabra, me dio un fuerte abrazo.

—¡Hasta calvo estás guapo! —dijo sin tapujos ni intimidad. Me dio dos besos con tanta fuerza que me pareció me iba a sorber las dos mejillas.

—¿Hay un calvo en la sala? —pregunté girando mi cabeza de lado a lado.

Cuando nuestras miradas se volvieron a sincronizar me volvió a abrazar con fuerza como si se hubiese activado un resorte en su cerebro.

—Qué ganas tenía de verte —me susurró al oído para terminar con otro beso en la mejilla, esta vez suave e íntimo.

Quise decir algo ocurrente y, sin embargo, me quedé clavado notando como sus pechos me presionaban amistosamente mi caja torácica.

Se sentó a mi lado, como en el colegio. Siempre me tocó tenerla cerca, en la fila, en el pupitre, antes de saltar el potro. El orden de la escuela era utilizar los apellidos alfabeticamente para organizarnos en todas las actividades y los nuestros, casualidades de la vida, iban seguidos. Así que, en cierto modo, éramos inseparables, muy a mi pesar, y siempre me vi obligado a ser dual: tanto me llevaba bien con ella cuando nadie nos veía, como me unía al grupo en las burlas en su contra.

Curiosamente mi hipocresía jamás tuvo un impacto negativa en lo que ella aseguraba era una amor eterno.

—Te quiero —me dijo un día en el patio del colegio.

Activé mi radar de misiles tierra-aire para asegurarme que nadie estaba presenciando la escena.

—Pero si siempre me burlo de ti —le contesté atonlondradamente para razonarle que debía enamorarse de otro.

—Ya sé que te burlas de mi, pero el amor no tiene lógica, o eso me ha dicho mi madre cuando le cuento que me gustas. Además, cuando estamos solos eres muy bueno conmigo, los demás nunca me hablan—dijo apresadumbrada—. Te quiero Tito, te quiero ¡y siempre te querré! —dijo levantando el ánimo mientras arrancaba a correr como un pollo sin cabeza.

—¡¿Tu madre también lo sabe?! —le grité alarmado sin motivo pues nunca había visto a su madre porque al terminar la escuela siempre se iba sola caminando hacia el infinito. De hecho, todos creíamos que era huerfana, sin hermanos y que vivía en una caja de cartón en una estación de metro en la otra punta de la ciudad.

Juan hacía rato que me miraba con los ojos abiertos y redondos como platos. Intenté ignorar sus muecas hasta que empezaron a rozar el absurdo. Parpadee dos veces para dejarle saber que “sí”, que evidentemente me había dado cuenta que María estaba como un tren de alta velocidad de esos que funcionan con imanes en Japón y que calculan que llegarán a alcanzar los seiscientos kilómetros a la hora.

Una vez pasó el alboroto inicial provocado por su llegada, la cena empezó entre risas forzadas recordando momentos ajenos a María. Nunca tuvo amigos en ese colegio, excepto en el profesorado, con quien se llevaba a las mil maravillas. Quizá esa cena no era el mejor encaje para ella. Tal vez un encuentro de profesores jubilados habría sido más adecuado.

Cuando por fin se terminaron los recuerdos irrelevantes, los hombres de la mesa, los más cercanos a nuestra ubicación, empezaron a coquetear con María, que empezó a ganar un protagonismo desconocido en nuestro ámbito. Ni que decir que el resto de mujeres empezaron a mostrar signos de disconformidad ante una situación tan aberrante.

—¿Te acuerdas lo enamorada que estabas de Tito? —dijo Cristina entre una forzada carcajada en un desesperado intento de restarle protagonismo.

—¿Como olvidarlo? —reaccionó María—. Mi primer amor de verdad. Ni siquiera cuando perdí la virginidad llegué a sentir la excitación y amor que sentía de niña por Tito.

Casi me voy al otro barrio al tragar por el lado equivocado un trozo de pan enorme lleno de tomate, ajo, aceite de oliva y sal.

María me dio golpecitos en la espalda y me ofreció su vaso de agua. Lo agarré con urgencia. Tragué todo el agua mientras con la mano izquierda hacia señas de que ya estaba a salvo del trozo de pan.

—Ya ves Tito. Al final, el patito feo ha sido un cisne y estaba colado por ti —dijo Marta intentando meter en el dedo en una herida que hacía años que había cicatrizado.

—No lo estaba —replicó María mientras deslizaba una toallita desechable por el borde del vaso que me había prestado—. Aún lo estoy.

—¡No me jodas María! —dijo Enrique entre risas. — Si era un cabronazo de niño. Las mayoría de bromas que te hicimos en el colegio, que no fueron pocas, eran idea suya.

—No me importaba —dijo María entre sonrisas mientras se esparcía un gel por las manos como un cirujano plástico antes de entrar en el quirófano—. Simplemente estaba enamorada de él.

Por suerte llegó un camarero urgido solicitando que le dijéramos cuanto antes nuestra selección de platos. Las mujeres pretendieron estar todas a dieta y los hombres nos hicimos los trogloditas compitiendo por el plato más calórico, grasoso y menos saludable de toda la carta.

Extrañamente, María se puso difícil solicitando un plato que ni siquiera existía en la carta. Su menú consistía en un arroz integral, verduras, ajos tiernos, comino, algas marinas disecadas y curcuma.

—¡Por Dios! —dijo Marc—. ¿Estas segura de que eso es sano para tu organismo?

El camarero accedió a regañadientes a preguntar en la cocina si aquel plato era factible. Obtuvimos una nueva evidencia de que nuestra María se había convertido en una mujer acostumbrada a conseguir aquello que necesitaba de lo hombres.

—¿Te acuerdas cuando jugábamos a meternos mano por debajo de la mesa? —me preguntó.

Alcancé a dibujar una cara ambigua.

—¿Jugabais a tocaros en clase? —preguntó Juan con evidente asombro.

—Sí —dijo María regocijándose—. Yo le propuse que donde yo le tocara, él me tenía que tocar a mi —añadió moviendo sus manos por su torso como si se estuviese masajeando— Y él aceptó ¡que mono!

—Y ahora resulta que cualquier cosa que hacía este, es motivo de alabanza. Con lo cabrón que eras —se entrometió nuevamente Enrique.

—Quizá sí que nos tocamos un poco …

—¿Un poco? —me interrumpió con una fuerte carcajada María—. Yo creo que nunca he estado tan cachonda en mi vida como en esos días en el colegio. Llegaba a casa con unos calores que hasta mi madre me preguntaba que me pasaba. Aprendí a masturbarme contigo. Es como si hubiésemos hecho el amor cientos de veces. Si hoy me preguntan con que hombre me he acostado mas veces en mi vida, y la lista es larga, creo que diría tu nombre —terminó con una leve carcajada.

—Y tu Tito, ¿también te masturbabas pensando en María? —preguntó Cristina provocando una carcajada generalizada.

Llegó el plato principal. En la cocina se había confundido con prácticamente todo, especialmente con el de María, a quien le faltaban la mitad de los ingredientes que había solicitado. El camarero se excusó con pocos modales argumentando que la lista de peticiones había sido tan larga y rebuscada que en la cocina no se habían aclarado.

—Esto no es la NASA, señorita.

Al parecer, María no sólo había cambiado en su aspecto físico, era algo mucho más profundo. Se había vuelto vegetariana debido a la influencia de un antiguo novio de Bangladesh, Manchula, creo que dijo que se llamaba. Desde aquella relación, no comía nada animal ni procesado. Era ambientalista, voluntaria de ONGs, activista política y evitaba subirse a transportes que utilizaran combustibles fósiles. Al parecer no se había perdido ningún escrache y había viajado por todo el país evitando el desahucio de decenas de jubilados.

Me quiso convencer de que la medicina moderna era una farsa controlada por los laboratorios farmacéuticos y que las enfermedades de occidente en realidad estaba provocadas a propósito empezando por la cadena alimenticia. Por eso ella visitaba a una especia de chamán  que utilizaba la kinesiología—le metía mano—, para diagnosticarle sus carencias con respecto a vitaminas y minerales, así como su composición de bacterias, hongos y parásitos.

—Yo soy kinesiólogo de senos —soltó en medio del relato Enrique —. Cuando quieras, te diagnóstico —terminó con un guiño.

El chamán utilizaba la alimentación para sanar todo tipo de patologías, incluso aquellas que la ciencia lleva años investigando como el cáncer o el SIDA.

Fue tal la avalancha de conceptos desconocidos que, por momentos empecé, a pensar que le faltaba un tornillo. Y cuanto más profundizaba en sus ideas y más chiflada me parecía, más atraído me sentía por esa mujer con la que de niños nos tocábamos nuestras partes ignorando las clases de matemáticas, geografía, naturales, dibujo, inglés y religión, ajenos a nuestras composiciones bacterianas o a si teníamos candida albicans.

Llegaron los postres.

—Si supierais lo que habéis estado comiendo toda la noche, estoy segura de que haríais huelga de hambre hasta morir.

—No será para tanto —dijo Marc con cierta frustración.

—Todo lo que habéis comido es veneno puro. Todo procesado, todo artificial, lleno de químicos anti naturales que están pensando, supuestamente, para que te afecten pasados los 120 años. Como nadie llega, a nadie le importa.

—Parece lógico y razonable, entonces, no preocuparse —dije.

—Mira, tu cuerpo y el mío están llenos de parasitos, hongos, bacterias, virus y todo tipo de micro organismos. El equilibrio entre todos estos “bichitos” que recorren tu cuerpo —dijo mientras pasaba sus manos como si fuese un ciempiés por mi antebrazo— es fundamental para sostener tu salud, tu equilibrio natural.

—María, soy bastante aprensivo, preferiría cambiar de tema— le dije con la mejor de las intenciones.

Me ignoró.

—Verás, Tito, me he estado fijando en tu piel, tu pelo, ojos, dientes y encías, y no están bien, se nota que estás lleno de parasitos y posiblemente hongos. Se te están comiendo vivo y no te estás dando ni cuenta, ¿a qué no?

—Ahora te escucho —se desquitó Enrique.

Negué con la cabeza de forma automática como un niño pequeño que no se quiere lavar los dientes antes de irse a dormir. Bebí de mi copa de vino con la mano temblorosa. Me entraron ganas de tirarle del pelo como le había hecho múltiples veces  vez de niño para fastidiarla antes de saltar el potro.

Los postres venenosos empezaron a tomar protagonismo. María no había pedido nada y yo miraba mis bolas de helado con desconfianza. El mensaje sobre alimentación había llegado más hondo de lo que me esperaba. Vi mi cara reflejada en el filo de uno de los cuchillos y me di cuenta de que María tenía razón, se me estaban comiendo los parasitos.

—¿Sabes lo que me apetece de verdad? —me dijo al oído.

Negué con la cabeza porque en realidad estaba concentrado viendo lo que me parecía un botellón de microbios encima de la  mesa.

—Jugar a tocarnos como en el colegio —me dijo mientras me tocaba el paquete sin ningún tipo de consideración.

—¿No te importa que esté lleno de parasitos, bacterias, virus y hongos? —dije mientras deslizaba mi mano por debajo de su falda. Pegó un respingo en su silla, apretó sus piernas para enjaular mi mano, y puso cara de satisfacción.

Fue en ese momento, antes de tocarle sus partes, cuando María parecía estar gozando como un hongo gigante y Juan me miraba ensimismado, cuando noté que mi cerebro entraba en caída libre.

—Eres consciente de que ya nunca podrás tirarte a María —me dijo Juan dos horas después, sentado en la barra de un pub desangelado.

Asentí con la cabeza.

—¿Pero se puede saber que te ha pasado? Me parecía que hasta os estabais ya metiendo mano por debajo de la mesa.

Volvía a asentir.

—Y, ¿entonces? ¡¿qué cojones ha pasado?! —me gritó.

—Que de tanto hablarme de hongos, bacterias, parasitos, virus y veneno en la comida, le he cogido asco.

—¿A qué?

—A María.

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