Estamos solos en el Universo y por eso damos vueltas intentando mordernos la cola

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Hace tiempo que la sección de Ciencias de El País me tiene atrapado. Es la única sección con noticias positivas. La posibilidad de curar el cáncer o el SIDA parecen cercanas. Incluso la de detener el envejecimiento o la calvicie son ahora posibilidades encima de la mesa.

Sin embargo, últimamente las noticias de ciencias que tratan del Cosmos o el Universo —las relacionadas con la partícula de Higgs las ignoro directamente porque no las entiendo— son bastante negativas.

La sensación de tristeza fría, tal y como debe ser el Universo fuera de la atmósfera terrestre, no la comprendo y, por lo tanto, no la estoy sabiendo gestionar como un adulto. Desde que somos niños nos enseñan, de una forma o de otra o con más o menos firmeza, que hay un plan B. Que estemos tranquilos porque al final de nuestra accidentada existencia hay “otra cosa”, la que sea o cada uno se quiera imaginar. Incluso, nuevas teorías científicas apuntan a que la muerte ni siquiera existe porque no se ha podido probar su existencia.

¿Me están ustedes jodiendo? ¿Cuando se nos apaga la biología ni siquiera existe la muerte?

Los científicos llevan cierto tiempo alertándonos, lo que pasa que nadie escucha con atención, sobre el hecho de que la vida en este planeta es un accidente. Sólo hace falta ver el resto de planetas en nuestros sistema solar, ninguno tiene vida —qué sepamos— y fuera de nuestra diminuta pelota flotante, la vida no tiene cabida

Al universo le gusta más crear bolas de fuego que atraen a otras bolas compuestas de todo tipo de sustancias químicas que no se conjugan precisamente para crear vida —como nosotros la entendemos—. Excepto nuestra bola, la nuestra tiene vida, pero al ser la única conocida pareciera ser la excepción que confirma la regla. El Universo no es una playa del Caribe, es un lugar oscuro y frío donde nadie querría instalarse.

El problema es que ahora los científicos van más allá y nos dicen que de 100.000 galaxias examinadas con rayos infrarrojos, la vida inteligente brilla por su ausencia, algo que podría estar pasando a la inversa en algún planeta lejano.

—Hemos encontrado un planeta con vida —afirmaría una voz semi metálica y aguda de un extraterrestre.

—¿Dónde? —preguntaría con urgencia una voz con más jerarquía.

—En un lugar llamado Sistema Solar. No sabemos si sus científicos no tienen imaginación o son muy prácticos eligiendo nombres.

—¿Tiene vida inteligente?

—Después de lo que le acabo de comentar sobre su habilidad para elegir nombres, me tomaré su pregunta como retórica.

No nos alarmemos. Este dialogo de besugos alienigenas no se ha debido producir jamás en la historia del Universo porque, seguramente, estamos más solos que la una. Si mañana viniese un meteorito gigante hacia la tierra, debemos estar preparados para entender que no va a venir el Capitán Spock a salvarnos.

Más importante aún, si la tierra se va al carajo, el Universo no va a pestañear, si acaso lo hará de alivio, porque ser la excepción que confirma la regla no debe ser del agrado del resto de planetas, satélites y estrellas que no dejan de girar sin sentido, tal y como lo hace un perro que se ve la cola. La situación de nuestro planeta en este contexto nada tiene que ver con el cuento del Patito Feo que un día se levanta y es un cisne. La tierra es un patito feo de verdad.

Me imagino a un sol de otra galaxia diciéndole al nuestro:

—Colega, menudo grano te ha salido en la órbita.

—Ya ves —le diría el nuestro avergonzado.

Sin embargo, ser la vergüenza de la galaxia o constatar, a medida que la ciencia avanza, que no nos espera nada más allá de nuestras inhalaciones de oxigeno no es, ni mucho menos, lo que más me atormenta. Lo peor es intentar razonar este asunto un domingo al medio día comiendo con amigos, algunos de los cuales rebosan felicidad por una estrenada paternidad/maternidad.

Es evidente que mis ganas de parecer un personaje informado e inteligente pueden provocar que algunos seres de mi entorno me disparen adjetivos calificativos que se alejan mucho de la visión que quiero proyectar de mi mismo. “Plasta” podría ser el que mejor sintetizara los improperios que recibo sin llegar a auto insultarme.

—¿Habéis leído la noticia sobre la inexistencia de vida inteligente en más de 100.000 galaxias? —pregunté retóricamente, sabiendo que ninguno de los comensales le interesa lo más mínimo las noticias, menos aún las de ciencia.

—Ya empieza éste con sus chorradas —dijo Juan tocando su copa de vino tres veces con las yemas de los dedos indice y medio, TOC que arrastra desde pequeño.

—No es un chorrada. Para empezar no es cosa mía, es una noticia.

—¡Ay Tito! como te calientas la cabeza. Hay que vivir la vida —dijo Vanesa con su bebé amorrado al pezón puesto como si fuese un accesorio de vestir, como un bolso muy caro con la marca estampada en grande y con colores chillones.

—¿Tu crees que hay algo después de la muerte? —volví a preguntar retóricamente.

—No —me mintió

—¿No tienes ni una pequeña duda? ¿Nada?

—No —repitió su mentira, la cual redondeó con una explicación más elaborada sobre la nada y el vacío para darle mayor credibilidad a su falsedad.

—Yo creo que todos creemos que hay algo, le llamaremos de formas diferentes pero …

—Tito, la vida hay que vivirla, sólo hay una y hay que disfrutarla— me interrumpió. —Además, mi bebé tiene una vida por delante y tiene que hacer muchas cosas en este mundo, tiene que disfrutar —dijo hablándole a su hijo poniendo esa diabólica voz que ponen las madres primerizas cuando se comunican con sus hijos recién nacidos. ¿Como no han inventado todavía inhaladores de helio portátiles para facilitarles la labor?

—Bueno, pues a mi me empieza a quedar claro que no sólo estamos solos, sino que además, cuando nos morimos nos vamos a la mierda de verdad. No hay segunda parte, ni prorroga ni penaltis. Se acaba el partido, apagan las luces del estadio, la gente se va corriendo y el estadio es finalmente engullido por un agujero negro.

Vanesa ya había desconectado el chip para hablarle en un idioma de otro planeta a su hijo. Juan levantaba la mano para pedir la cuenta, y Lidia me miraba con una media sonrisa diabólica.

Otra vez estaba sólo contra mis temores, ni rodeado de amigos había conseguido obtener comprensión o, por lo menos, reconocimiento por lo que considero son mis geniales apreciaciones.

Cuando llegó la noche intenté maniobrar torpemente para tener relaciones sexuales, pero es evidente que el sexo con las mujeres empieza a las siete de la mañana de cada día de tu vida. Y si eres un “plasta” a medio día, aunque sea festivo, por la noche no mojas y acabas perdido entre las sábanas conectado con el móvil a la sección de Ciencias de El País, dándole vueltas a noticias del Cosmos, como ese perro que, inexplicablemente, se intenta morder su propia cola.

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