La explotación de las letras

Se despertó a media noche sudando. Aún no llegaba a entender porque estaba soñando algo tan desagradable. Sin tiempo a intelectualizarlo una nueva arcada inesperada le obligó a vomitar la poca cena que le habían dado la noche anterior. Abrió los ojos y entendió que esta no era la primera vomitada de la noche. El suelo estaba lleno de vomito, pero era un vomito extraño. No emanaba olor alguno, su textura era sólida, una especie de amasijo de alambres negros. Se incorporó como pudo. Le dolía la tripa, y la garganta porque el paso de esos “alambres” inodoros que yacían en el suelo le había raspado en su paso por la traquea, la faringe y la laringe.

Encendió la pequeña luz de su mesita y pudo ver su contenido. No era la cena, tampoco alambres negros, era parte de su trabajo. Había vomitado cientos de letras, casi todas minúsculas, algunas mayúsculas, muchas con acento, y alguna “ñ”. Volvió a sentir la arcada y volvió a vomitar un puñado de letras. Esta vez estaban todas en negrita. Se asustó al pensar que pasaría cuando salieran las tachadas. Suspiró de alivio, en los últimos días no recordaba haber tachado ninguna letra porque no le había tocado editar, solo producir textos.

Empujó todas las letras debajo de su camastro, apagó la luz, e intentó volver a dormir, pero ya no pudo. Se quedó pensando. No recordaba muy bien como había empezado todo. Aquellos señores serios había entrado en su casa de malos modos cuando era muy niño y se la habían llevado ante la resignación de sus padres. Le cortaron el pelo, le tatuaron un código de barras y le pusieron en una habitación con otros niños pequeños, todos rapados y todos con su código de barras único.

A pesar de ser aún muy pequeños en edad, todos empezaban con clases de lectura y escritura con un eficiente método por el cual a los cinco años algunos serían pequeños genios capaces de escribir obras maestras al gusto de cada lector. Textos que se irían modificando según las preferencias e indicaciones de gente pudiente al otro lado del planeta. Gente a la que nunca conocería y que nunca le agradecerían las horas interminables que dedicaba a crear contenido de ficción por una mísera comida, un camastro de mierda y un techo con goteras.

Ya habían pasado 20 años desde que empezó a escribir. Sonó la estridente bocina y todos se fueron al pasillo a recibir a los nuevos niños. Llegaban todos con cara de terror a su nuevo hogar. Un “hogar” donde sólo llegarían a conocer letras, un teclado y un monitor gigante que les dejaría miopes antes de llegar a los 15 años de edad. Su misión sería aprender a escribir en poco tiempo para ser rentables a la Corporación de las Letras a partir de los seis años. De serlo, su futuro sería envejecer al triple de velocidad que sus futuros lectores, y acabar con la espalda y los dedos deformados. Su vida acabaría con suerte casi llegando a los treinta tirados en alguna cuneta. No pasar el filtro antes de los seis suponía un destino peor: morir en esa misma cuneta antes de llegar a los diez.

Se puso las gafas para ver a la nueva camada. Se levantó del camastro y les observó caminar en fila en busca de un lugar donde dejar caer sus pocas pertenencias, que consistían en la ropa que llevaban puestas, una tablet para hacer sus ejercicios de escritura y lectura, su alma y sus huesos; poco más.

Un niño más menudo de los normal pasó por su lado. No entendía como cada vez había niños más pequeños ¿cómo iban a aprender a leer y a escribir si apenas sabían andar?, se preguntó. Intentó descifrar el código de barras que tenía estampado en el antebrazo. No pudo verlo con nitidez a pesar de que el niño estaba delante suyo. Se sacó las gafas de culo de vaso, las frotó y las volvió a apoyar en su tabique nasal. Nada, no distinguía nada, sólo una mancha gris en el brazo de ese pobre niño. Sin embargo, sí pudo ver los atemorizados ojos del pequeño, le dibujó una leve sonrisa. No quería albergarle esperanza alguna porque estaba entrando en un mundo sin amor, ni compasión, ni empatía. Era simplemente un infierno como cualquier otro.

Casi ya no veía nada, ni siquiera las letras de su enorme monitor. El sistema le indicó que escribiera más escenas eróticas y tuvo que pedir permiso para poder documentarse. Jamás había vivido una escena erótica en su vida a pesar de haber tenido algunos incómodos sueños con algunos y algunas de sus compañeras. Le costaba ver la pantalla y los ojos le escocían. El fin estaba cerca.

Sonó la bocina de su escritorio. La luz roja de la bombilla que se encendía cada vez que sonaba se había distorsionado por completo. Ya no era una esfera nítida en su cerebro, sino una mancha, como si alguien hubiese tirado un bote de pintura contra una pared. Se levantó cabizbajo y se presentó en la oficina de su supervisor que siempre se comunicaba con ellos a través de un monitor.

—Qué tonto soy —dijo nada más sentarse.

—Tu rendimiento ya no es satisfactorio. Tu visión está muy deteriorada y ya no es rentable invertir en recuperártela —le dijo la imagen de su supervisor al otro lado de la pantalla.

—Llevo años escribiendo todo tipo de historias. Imaginando cosas que nunca he vivido, documentándome, pensando en cómo avanzar y soy tan tonto que nunca me percaté que en mis 20 años que llevo aquí usted nunca has cambiado. ¿Es que donde vive no pasa el tiempo?

—La Corporación de las Letras ha decidido que has llegado al final de tu ciclo de vida útil.

Notó una arcada.

—Hay algo que no le he contado.

—No hace falta. Ya sé que has empezado a vomitar letras por las noches.

Levantó la vista.

—Nos pasa a todos antes de que nos desechen —dijo en voz alta; se puso a reír.

La cara detrás del monitor se mantenía impasible.

—He escrito tanto sobre la risa y el humor, pero nunca me había reído de verdad —terminó de decir la frase soltando un nuevo vómito de letras encima de la mesa.

Dos tipos enormes entraron. Le levantaron de la silla. Le sacaron las gafas y se lo llevaron por un largo pasillo.

—Las gafas son de la Corporación de las Letras —escuchó proveniente del monitor.

Se abrió una puerta y le lanzaron como si fuese un objeto. Pensó que se había roto todos los huesos del cuerpo. Una leve brisa densificada con una tersa lluvia empezó a acariciarle su cuerpo magullado.

Deambuló varios días por las calles pidiendo limosnas. Apenas podía caminar, y la luz y los ruidos no le permitían concentrarse en nada haciéndole parecer un zombie. Por las noches, allí donde podía dormir, seguía vomitando letras.

Acabó tumbado en una cuneta sin aliento. Volvió a vomitar. A pesar de no llevar sus gafas le pareció que las letras habían caído ordenadas. Como un ciego leyendo braille paso sus manos deformes y temblorosas por encima de ellas para leerlas. Suspiró de alivio.

Se lo encontraron sin vida. Un muchacho blanducho y delgado tirado en una cuneta. Uno más. A su lado un amasijo de letras.

—¿Qué es esto? —preguntó un joven detective.

—Vete acostumbrando, es un vómitos de letras característico de los jóvenes desechados por la Corporación de las Letras —le respondió su superior.

—Ah —llegó a escupir sin mucho interés.

—Fíjate — dijo mientras movía las letras vomitadas en el suelo para formas una frase —si ordenas las letras así …

—… “Soy libre” —leyó el detective.

—Todos vomitan las mismas letras. Tengo una teoría al respecto, pero nadie me hace caso —dijo con evidente tono de frustración.

—Hmm, no sé. No le veo relevancia alguna.

—Nadie se la ve —susurró con una resignación tan profunda que pensó que se le iba a desintegrar el estómago.

Dos individuos metieron el cuerpo del muerto en un saco negro mientras un tercero pateaba las letras para eliminarlas de la escena del crimen.

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