La peineta del microorganismo

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Miró al cielo desafiante e hizo un una “peineta” en esa dirección. Muy enfática, tensa, para que no quedara lugar a la duda. La prolongó durante varios minutos esperando a que le cayera una roca gigante en la cabeza o le diera un infarto de miocardio al instante. Un caballero de algo más de mediana edad, le estuvo observando desde la silla de una terraza de una bar, donde sus colegas hablaban sonoramente de fútbol y del mal arbitraje. La figura de ese ser desaliñado haciéndole una peineta al universo le tenía fascinado.

—¿A dónde vas? —escuchó tras de sí. Ignoró la pregunta que venía en tono de alerta desganada.

Se acercó lentamente para no parecer entrometido, pero decidido.

—Perdóneme ¿qué está haciendo? —preguntó con tono suave, queriendo normalizar la situación en lo posible.

El hombre de la “peineta” en alto, abrió un ojo, lo movió de arriba abajo, y lo volvió a cerrar.

El señor de mediana edad no se inmutó e intentó descifrar la situación mirando ese decidido dedo en alto, siguiendo la línea imaginaría que dibujaba hacia el cielo.

Súbitamente, el dueño de la peineta se deshinchó como una colchoneta de piscina pinchada; abrió sus ojos verdes y relucientes.

—Otro microorganismo curioseando sobre lo obvio —dijo abatido.

El señor de mediana edad, se giró buscando ese microorganismo del cual estaba hablando, pero no vio a ninguno.

—¿No le parece obvio lo que estaba haciendo? —le preguntó al percatarse de que ambos parecían desconcertados.

—Sí, claro —se apresuró a responder —era bastante obvio. Usted estaba haciendo una peineta al cielo.

—¿Entonces? —respondió con cierta impertinencia.

—Es usted un purista —aseveró dibujando una leve sonrisa. No iba a dejar que ese individuo pudiera escaparse tan factiblemente de tan absurda charla— Déjeme que le reformule la pregunta ¿Por qué le está haciendo una peineta al cielo?

El hombre de la peineta le devolvió la sonrisa.

—¿Tampoco le parece obvio? —le respondió.

—Oigame —se hartó— estoy intentando hacer un esfuerzo por entenderle, pero si siempre me responde con preguntas, quizá sea yo quien le regale una peineta a usted para que así pueda preguntarse por qué se la he dedicado.

—No se enfade, hombre —quiso atemperar los ánimos. Su batalla no era contra él, sino contra ellos.

—No me enfado, simplemente me ha dado curiosidad su gesto, pero, la verdad, se me ha quitado —dijo mientras se daba media vuelta y volvía con sus colegas que le miraban en la lejanía con curiosidad.

—¡Espere!

El hombre de mediana edad giró la cabeza por encima del hombro.

—Le hago una peineta a ellos. Que nos observan siempre. Que quieren que sigamos haciendo lo que hacemos. Que nos tiene esclavizados y enfrentados, y que todo eso a nosotros no nos sirve, pero a ellos, sí. Es a ellos a quien hago la peineta. Quiero que sepan que se que existen.

—¿Y quienes son ellos, los rusos, los americanos, quién? — preguntó girando todo su cuerpo y retrocediendo sobre sus pasos.

—No hombre, los rusos dice… —dijo con hastío— Ellos, los que no están observando, o ¿no se ha dado cuenta?

—¿Cuenta de qué? Y no me haga usted más preguntas que yo he venido a por respuestas.

—De que para los que nos observan nosotros somos simples microorganismos ¿no está claro?

—Pues no se que decirle.

—Con que me diga que lo entiende, me bastaría.

—Vamos a ver, antes de que piense que le falta a usted un tornillo. Me está diciendo que somos microorganismos porque “otros”, supongamos que de mucho mayor tamaño, nos observan desde ahí arriba —dijo señalando al cielo con su dedo índice.

—¡Exacto! Ve que no es tan difícil.

—¿Y de que demonios sirve exactamente hacerles una peineta ?

—¡Esa sí es la pregunta correcta! —respondió con entusiasmo — Sencillamente nos están observando para poder … —puso los ojos como platos y cayó desplomado al suelo.

—¡Jo-der! —se agachó como pudo para ayudar al señor de la peineta. Verdaderamente parecía un vagabundo en su atuendo pero su olor a perfume contrariaba toda asunción sobre su procedencia.

El hombre se había golpeado la cabeza y sangraba profusamente. Se giró y vio como sus amigos venían como si fuesen una panda de zombies borrachos.

Desafortunadamente, no pudieron hacer nada por el hombre. Los de la ambulancia les dijeron que seguramente había sido un paro cardiaco.

—¿Qué cojones estaba haciendo ese vagabundo? —le preguntó uno de los colegas.

—¿No era obvio? —le contestó.

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