La última aceituna

Like

Se reunieron en la terraza de un pequeño bar en Barcelona. Ubicado cerca de la Catedral del Mar pero lo suficientemente escondido para que nos estuviera atestado de turistas. Lo regentaba Manolo, un hombre malhumorado, bajito, fibroso y con una breve pero rotunda voz. Le conocían de toda la vida y a pesar de haber crecido y haberse hecho hombres, se seguían sintiendo intimidados por su punzante sombra.

Solían pedirse siempre lo mismo, unas cañas, berberechos que Manolo aliñaba de forma magistral, y unas aceitunas maceradas al ajo que eran únicas, ya no sólo en el barrio, sino en toda la ciudad.

Las charlas eran repetitivas. Casi parecían actores ensayando un guión por enésima vez, insatisfechos por su actuación anterior, volvían a repetir la escena, realizando cambios de tono en los mensajes pero reteniendo los mismos contenidos y opiniones. A pesar de la repetición de contenido todo parecían ser adictos a sus cambios de tonalidad, y de ahí que, una vez a la semana, desde hacía ya años, se repetía el mismo, pero a la vez diferente, ritual.

—¡Manolo! —vociferó Juan —nos cobras cuando puedas.

Manolo asintió desde la lejanía provocando una onda expansiva que casi se lleva las sombrillas de la terraza. Al menudo camarero sólo se le podía hablar a los gritos para que te hiciese caso; era un sordo sin serlo.

Volvió a paso ligero pero aplastando las baldosas con un papel en la mano con la cuenta. Lo puso encima de la mesa y empezó a recoger los bártulos de los muchachos, cuando de repente se quedó petrificado con la vista clavada en una de las bandejitas.

Carlos se percató de que Manolo estaba haciendo la estatua y dejó de lado su relato. Juan y Roberto siguieron los ojos de Carlos y vieron a Manolo como si fuese un mimo de las Ramblas esperando a que alguien le tirara una moneda para cambiar de posición.

—¡Joder Manolo! ¿estás bien? —preguntó Carlos ajustándose las gafas en su protuberante tabique nasal.

Manolo meneó la cabeza en sentido de la mesa, como un perrito que empuja una pelota de goma con el hocico. Los tres muchachos miraron a la mesa sin entender que demonios les quería decir. El hombre estridente se había quedado mudo.

—Sabemos que el 70 por ciento de la comunicación es no verbal, pero en este caso no está ayudando en nada —dijo Roberto, que se caracterizaba por los comentarios ocurrentes que más que hacer gracia le hacían parecer un ser repelente para aquellos que no le conocían en profundidad.

—¡No me jodáis el día que ya viene cargado! —respondió Manolo. Sus gritos acallaron momentáneamente el gallinero de su terraza, pero los chicos más que vergüenza se sintieron aliviados.

—Después de tantos años que hace que venimos aquí ¿cuántas veces te hemos jodido un solo día de tu vida? —replicó Roberto. Juan le pegó una patada por debajo de la mesa para que no tentara a la suerte con este hombre malcarado.

—¡Qué alguien se coma esa aceituna! —dijo Manolo señalando a la blanca bandejita llena de líquido donde nadaba en solitario una verde y brillante aceituna.

—¡Ah! —dijo Juan soltando una breve risa, que fue acompañada por el resto de la manada.

Quedaron nuevamente en un callejón sin salida. Nadie hizo el mínimo gesto para comerse la aceituna a pesar de que Manolo no lo estaba pidiendo, sino ordenando.

—¿Y? ¿A qué estáis esperando? —preguntó inquisitivamente el camarero —yo no tengo todo el día.

Los chicos cerraron las sonrisas con candado y se miraron esperando a que alguno de ellos reaccionara y se comiera esa solitaria y deliciosa aceituna.

—Disculpe —dijo una voz proveniente de otra mesa —nos podría traer la cuenta, por favor.

Manolo giró la cabeza lentamente como si fuese Robocop y su mirada fue perfectamente entendida por la dueña de la impertinente voz que se había atrevido a interrumpir una situación tan delicada.

—Manolo, muchas gracias, tus aceitunas están buenísimas, pero yo ya estoy que no puedo más. Además, soy el que más ha comido y no me parece bien abusar —dijo Carlos.

—¡Qué cabrón! Y hábil —dijo Roberto —pues mira, yo soy muy supersticioso y nunca me como la última aceituna. ¡Jamás! creo que me va a dar mala suerte y que si me como la última me pasará algo malo a mi y a toda mi familia.

—Solucionado, pues, Juan, te toca a ti entonces. Acabemos con este asunto, que tengo a la gente impaciente —dijo Manolo.

Juan se puso a reír. Miró a sus dos amigos con semblante desafiante.

—Vale, vale, ya lo pillo —empezó a decir Juan— pues yo voy a ser totalmente sincero, ya estamos todos confesándonos.

El camarero puso cara de curiosidad, cruzando los brazos para esperar la embestida.

—Sé que tus aceitunas son famosas por su textura y sabor, no conozco a nadie que las cuestione, pero a mi, lamento decirlo, no me gustan ni un poco, por eso Carlos siempre come más que nadie, porque sin darse cuenta se come las que me tocarían a mi. Y no voy a comerme algo que me de asco.

—¿Mis aceitunas te dan asco?

Juan asintió como el jugador de póker que parecía ir de farol y que en realidad tenía una jugada ganadora.

—¿Por qué no te la comes tu? —se atrevió a preguntar Carlos.

—¿Me lo preguntas en serio? —empezó retóricamente Manolo ante la estúpida idea de Carlos —soy un profesional, nunca he comido de lo que sirvo en 30 años, voy a empezar hoy.

—Es solo una aceituna —dijo Carlos —tírala y acabemos con esto.

—Los cojones. Ahora soy yo el supersticioso y esta aceituna no se va de aquí.

Roberto hizo además de levantarse de la silla.

—¿A dónde coño crees que vas?

—¿Al baño?

—No jefe, de aquí no e va nadie hasta que se resuelva esto.

—Disculpe —volvió la voz de la mesa contigua —podría cobrarnos, por favor.

—¡Invita la casa, hostia! —le respondió Manolo mirándole de reojo —es más, ya se pueden ir todos de la terraza, ¡están todos invitados si se van ahora mismo!.

—Joder, este hombre se ha vuelto loco —susurró Juan.

Roberto cruzó las piernas para no mearse encima.

Pasaron las horas y se plantaron en las cuatro de la madrugada. Una brigada de la policía local pasó con su vehículo a poca velocidad observando la escena. Un bar abierto fuera de horas con cuatro personas que parecían estar haciendo un maniquí challenge.

Se bajaron del vehiculo cautelosamente y se acercaron a los cuatro maniquíes. Uno de los policías detectó un olor extraño y vio que debajo de uno de los chicos había un charco de orina.

—¿Pero qué cojones está pasando aquí? —preguntó uno de los agentes.

Manolo respondió mirando a la mesa y señalando con los cejas a la aceituna, que parecía ajena a toda la polémica.

—¿Qué? No soy adivino.

Manolo explicó toda la situación. Los chicos corroboraron la historia, y los cuatro estuvieron de acuerdo en que el embrollo debía resolverse de forma satisfactoria. La aceituna no se podía tirar a la basura. Uno de los chicos no se la iba a comer por no abusar, el otro por supersticioso, el tercero porque le daba asco y Manolo por profesional.

—Bueno, y si me la como yo —se ofreció uno de los agentes.

Todos se miraron. Parecía una solución ideal. Todos asintieron, pero cuando la fue a coger, el otro agente, le frenó en seco.

—No puedes —le dijo —no es tuya, es de estos chicos, y estando de servicio no es correcto que te la comas tu.

Manolo asintió convencido.

—Tienes razón —respondió el agente.

—Central, necesitamos refuerzos —avisó el otro por radio.

El amanecer hizo acto de presencia, tres dotaciones de agentes había acordonado la zona y un camión de bomberos y una ambulancia fueron a dar apoyo logístico.

Horas después cientos de curiosos se amontonaban sobre un cordón policial. Una televisión local se había desplazado a la plaza con su furgoneta y una cuadrilla con un cámara y un presentador que se preparaba para entrar en vivo al primer noticiero de la mañana.

Al medio día con un calor sofocante, un helicóptero de una televisión nacional mostraba calles colapsadas alrededor de una pequeña plaza. Las redes sociales y los medios internacionales ya se habían hecho eco de la situación y la reportaban como el evento más interesante del año. Esa misma noche ya era el acontecimiento del año y pasadas 48 horas el planeta entero seguía la charla de Manolo, Roberto, Juan y Carlos, que empezaban a padecer síntomas de deshidratación.

Pasaron los años, los siglos, cuando un equipo de geólogos estaban escarbando en una de las zonas más castigadas por una antigua guerra nuclear, una era glaciar, un deshielo y un periodo de movimientos sísmicos que había alterado por completo el planeta exterminando a casi todas las especies conocidas; curiosamente el homo sampiens había conseguido sobrevivir para volver a poblar el planeta. Encontraron miles de fósiles y esqueletos humanos alrededor de cuatro personas que parecían estar venerando un pequeño ovalo, que identificaron como una aceituna que parecía tener en su ADN trazos de ajo. Las pruebas del carbono catorce databan el evento con más de cinco mil millones de años.

Se especuló entonces con que los seres humanos había venerado a las aceitunas como elementos de culto y que posiblemente estaban en el centro de su religión. Años después, varios países tenían a las aceitunas como alimentos sagrados, sólo consumibles en ciertas fechas del año. Otros había ido más lejos otorgándoles a los olivos ciertos derechos y protección de la cual no gozaban ni siquiera otras especias animales, como los perros o los gatos.

Se asumía, como verdad indiscutible, que la civilización se había casi extinguido el día que sólo quedó una aceituna y los seres humanos se vieron obligados a juntar a sus cuatro seres mas sabios para definir como proteger el último fruto sagrado.

—Bueno, ¡basta! —dijo Carlos —si nadie la quiere, me la como yo.

Todos estuvieron de acuerdo. Manolo se llevó las cosas y los chicos se levantaron de la mesa y se fueron.

—Ahora le traigo la cuenta— le dijo Manolo a la pesada mujer de la mesa contigua.

Comentarios con Facebook
Like