Libros Vs. Tablet

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Llegó repeinado a casa del abuelo y ataviado con la ropa de los domingos. Llevaba su nuevo amigo consigo, una nueva tablet con la última actualización de Android. Se paró delante de la puerta de la biblioteca del abuelo y se acomodó la tablet para que al entrar su abuelo la viera bien.

—Entra a saludar al abuelo —escuchó tras de sí.

Tragó saliva y tomó el pomo con decisión.

—¡Hola yayo! Mira lo que … —se frenó en seco al ver los inquisidores ojos azules mirarle por encima del marco de sus gafas.

El abuelo volvió a su lectura y el niño se acercó sigilosamente. Se quedó pegado a la butaca del abuelo esperando pacientemente a que terminara una página de su viejo libro. Podía escuchar el latido de su corazón, y la expansión y contracción de sus pulmones. La madera debajo de sus pies se quejaba levemente y los libros de las estanterías parecían haberse puesto como perros guardianes.

Suspiró. Puso el punto, y se sacó las gafas. Despejó la mente y cambio el semblante.

—¿Qué llevas debajo del brazo? —preguntó el abuelo con una amplia sonrisa.

—Es una tablet yayo. Mira hace de todo, puedo jugar, leer, chatear con los amigos —le explicó mientras deslizaba con precisión sus diminutos dedos por la pantalla.

—No necesitas ese chisme para hacer todo lo que me acabas de decir.

—Sí yayo, porque pesa poco y lo llevo a todos lados, así estoy siempre conectado.

—¿Conectado con qué?

—Con el mundo yayo.

—Pues a mi me parece que si lo usas mucho te vas a desconectar de él.

El niño puso cara de tristeza.

—Vamos a jugar —dijo el abuelo mientras se ponía en pie.

—Vale —replicó el nieto recuperando la sonrisa —tengo muchos juegos.

El abuelo volvió a mirarle con su cara de ogro bueno.

—Ni hablar, esta cosa se queda aquí en la biblioteca. Tu y yo nos vamos al jardín a jugar a la pelota.

El niño le miró desconcertado.

—Vamos, deja esa cosa plana en la mesita, no creo que nadie en esta casa te la vaya a robar. No parece ser muy útil.

El niño obedeció disimulando su regañadientes. La apoyó con cuidado en la mesita al lado de la butaca, encima del libro que el abuelo acaba de dejar de leer. Ambos salieron de la biblioteca y la puerta se cerró, dejando el espacio presurizado.

—No pesas mucho, pero podrías bajarte de encima mío —le dijo el libro a la tablet.

—Qué gracioso — le respondió.

—Se llama sarcasmo, no sé si este concepto ha llegado a la alta tecnología —replicó un tomo de una de las enciclopedias que estaba en la tercera estantería de la biblioteca, en la pared delante del gran ventanal.

—Espera que lo busco en la Wikipedia. Es algo que puedo hacer cuando no sé algo —se defendió.

—Ya tienes la clave Wi-Fi, sino estás frito amigo mío —añadió otro libro ante la risotada del resto de compañeros de estantería.

—Madre mía, como se nota que no habéis salido de este lúgubre lugar en años. Tengo conexión a 3G y 4G, además de Wi-Fi, y por si fuera poco, tengo en mi caché prácticamente toda la Wikipedia para no necesitar conexión a ninguna red.

—Uuuuu —respondió un libro que parecía desentonar con el resto. Era el más nuevo de la biblioteca y se notaba que al abuelo aún no le había tentado.

—Pobre, un libro nuevo que ya es viejo sin ni siquiera haber sido tocado —le replicó la tableta.

Un soberbio libro que debía pesar como un camión de mercancías se deslizó lenta pero contundentemente en su estantería. Todos los libro callaron y la tablet, que hasta ese momento no se había sentido intimidada por estar en tanta desventaja numérica, se puso en guardia.

—No debemos despreciar lo nuevo, igual que lo nuevo no debe menospreciar lo viejo—dijo el tomo.

La tableta dudó sobre si se trataba de una bandera blanca o el preludio de un despiadado ataque. Pronto saldría de dudas.

—Dicho esto, hay dilemas que son imposibles de resolver, porque en realidad no son dilemas, simplemente “son”.

—Como veo que vienes en serio y en tono sermón, el cual debes poner porque me consideras joven, debo decirte que te he leído mientras nos aleccionabas con tus parsimoniosas palabras. Y no me extraña que seas parsimonioso y lento, porque tu tamaño requiere de esa cualidad para que algún cerebro humano o de silicio sea capaz de entenderte. Pero, debo decirte que justamente yo existo para resolver dilemas, como por ejemplo, como leerte a ti en cualquier lado. ¿Te imaginas al pobre anciano intentando llevarte a otro lado lejos de esta biblioteca?

—Tu atribuyes mi peso a una deficiencia en mi diseño, y no a una necesidad. No soy pesado y voluminoso porque tenga muchas páginas, sino porque tengo muchas ideas contenidas en muy poco espacio, aunque tu lo has considerado justamente al revés. A mi no se me puede leer en una parada de autobús cuando la cabeza está más pendiente de no perder un transporte. Tampoco sería correcto leerme estando en el baño intentando satisfacer una necesidad biológica ineludible. A mi se me tiene que leer bajo un determinado contexto, bajo unas condiciones específicas.

—Estas diciendo que en lugar de resolver un problema, creo uno. Eso sí es gracioso.

—No, no es gracioso. Tampoco he dicho que tu seas un problema. Tu eres un nuevo dispositivo, joven, con muchas fortalezas, y una debilidad importante: creerte que lo vas a resolver todo.

—Al final no depende de ti ni de mi determinar lo que resolvemos, somos meros instrumentos.

—Tu velocidad de procesamiento es proporcional a la velocidad en la que serás desechado. Es normal que vivas corriendo cuando la vida es corta. A nosotros no nos quemarán, quizá no nos saquen el polvo en años, o siglos para los más privilegiados, pero a ti no dudarán en reciclarte en el mejor de los casos, en el peor acabarás en un cajón hasta que se te acabe la batería primero y luego, cuando hayas estado tanto tiempo parado, ni siquiera serás recargable.

—Prefiero vivir mucho y rápido que poco y lento. Es una cuestión de perspectiva.

—Quizá eso me lo podrás decir cuando te estén encerrando en un triste cajón.

El niño entró corriendo a por su tablet. Estaba sudando y jadeando, con los cordones del zapato derecho completamente desenredados.

—Por cierto, ¿cuándo alguien os viene a buscar con este entusiasmo? —dijo la tablet. Sus últimas palabras las había pronunciado mientras daba vueltas por los aires. Torpemente el niño había pateado una pata de una enorme mesa maciza, al intentar apoyar el pie, se había pisado los cordones sueltos, y sus resbaladizas manos no había podido sujetar su preciado artilugio.

La tablet revoloteó por los aires ante la atenta mirada de todos los libros. Casi todos con cara de horror veían como se dirigía inexorablemente contra la esquina de la mesa maciza. Habían sido varios los objetos de esa casa que se habían hecho añicos contra esa misma esquina. Una esquina temida incluso por su dueño, que más de una vez se había dejado la cadera contra ella. Rebotó contra ella y cayó al suelo boca abajo. El niño tampoco había podido mantener el equilibrio a pesar de sus contorsiones reactivas a cada inconveniente físico. Acabó de morros contra el duro parquet.

El abuelo, curtido en mil batallas, sabía que algo malo había sucedido en cuanto oyó el primer golpe de la pierna del niño contra la mesa maciza. Esa dichosa mesa, mal colocada en la biblioteca. Tanta era su jerarquía que nadie en tres generaciones la había movido. Cuando entró, su nieto estaba llorando en el suelo con la tablet en la mano. Parecía un soldado consolando a su amigo moribundo después de haber pisado una mina. La pantalla de la tablet estaba toda rota.

—Mira yayo, se ha roto —dijo con los ojos hechos una sopa.

—No te preocupes, los papás te comprarán otra muy pronto, tienen poca paciencia.

El niño asintió esperanzado mientras dejaba su maltrecha tablet en el suelo y salía corriendo en busca de su madre.

El abuelo agarró el dispositivo y lo metió en un cajón. Miró a la esquina de la mesa, y le dio las gracias.

La tablet acabó perdiendo su batería por completo para no volver a ser conectada nunca jamás. Curiosamente los libros de la biblioteca no se olvidaron de su amigo, y siempre recordaban su breve pero intensa charla,  concluyendo que todos acababan compartiendo la misma celda, o tumba, como había matizado el joven libro que aún no había sido leído por nadie.

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