Lo importante es sacar lo que uno lleva dentro ¿verdad? … ¡Y una mierda!

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A los seudo escritores nos gusta que nos lean y nos digan que nos leen. Pero a la vez, tenemos que pretender que escribimos por vocación, porque nos sale de dentro y da lo mismo si nuestros textos caen en un agujero negro, lo importante es sacar lo que uno lleva dentro, ¿verdad?

¡Y una mierda!

Lo importante es que te lean, sepan de tu existencia y la gente entienda y visualice, gracias a tus palabras, nuevas realidades que, idealmente, se construyen gracias al empuje de tus textos.

Pero no siempre fue esta mi idea de escribir. Siendo más joven, ansiaba que no sólo me leyeran, sino que me dijeran que servía para escribir, y si podía ser que alguien me augurara que me forraría en oro como Stephen King. Nunca obtuve nada parecido y, para colmo, los pocos halagos que me regalaron los deshilaché como un niño malcriado.

En aquella época, los comentarios desfavorables, aunque teóricamente sabía que tenían valor, me molestaban bastante, generando un escudo de actitud supersónica que me obligaba a defender lo indefendible.

—Lee esta intro, es de una novela que estoy escribiendo —le dije a Juan mientras le pasaba el portátil desde mi cama a la suya. Como era el año 2005, el portátil era un tocho de campeonato.

A pesar de estar ambos cansados después de un agitado día en una conferencia sobre telecomunicaciones en la que estábamos participando en México, no pestañeó un segundo. Agarró mi máquina, se acomodó en la cama arqueando sus piernas, se puso el portátil en las pantorrillas, y empezó a devorar mi texto con disciplina militar, como si estuviese leyendo el plan de ataque del día siguiente dentro de una trinchera camuflada en medio del desierto.

—Tito, ¿qué te pasa? Tu estás muy jodido —soltó con preocupación unos minutos después sin levantar la vista de la pantalla.

—¿Por qué? —pregunté haciéndome el “boludo”, como diría él mismo.

—Es muy desagradable, un tipo sentado en una taza de water cagando, deprimido, enfermo y medio muriéndose.

Hoy ese comentario me lo habría tomado como un halago, pues justamente la idea de la introducción de esa novela fantasma que anda medio perdida entre el ciber espacio, un pen USB, un disco duro externo y mi Mac, pretendía crear esa sensación de desasosiego.

Sin embargo, me lo tomé por la tremenda e intenté defender a ese pobre individúo que había construido en base a mi mismo. Sabrá Dios por qué esa noche le pelee, justamente, lo que andaba buscando.

Ahora, ya en una madurez no del todo aceptada, sólo aspiro a que me lean, que mis textos no se encallen como una tuerca en el cerebro de quien los lee, que generan hologramas mentales que permitan recrear una escena como si el lector la estuviese sintiendo con, por al menos, dos de sus sentidos. Por ejemplo, vista y olfato, o vista y odio, por decir cualquier combinación.

Quizá el sentido que menos intento estimular es el del paladar, porque rara vez hablo de comidas y tengo tendencia a lo escatológico.

La idea de ser millonario siendo un autor de best sellers caducó solita. No tuve que esforzarme para olvidarme de ella, más bien fue la misma idea la que se fue despegando de mi por su propia voluntad. Al final ha resultado que prefiero ser músico de pequeñas salas que de grandes estadios. Y aunque esta idea es honesta, hasta a mi me cuesta digerirla.

Sólo quiero que se me lea para recibir opiniones diversas sin intención de rebatirlas. Me gusta, y cada vez más, escuchar o leer las reacciones, vayan en la dirección que vayan. Las pocas que recibo deben estar tocando el centro de mi hipotálamo, porque cada vez ansío más. Sin embargo, debo decir que, muy injustamente, no tolero muy bien el “escribes muy bien”, porque en general me recuerda a mi etapa juvenil y porque pienso que mi texto ha conseguido la mitad de su objetivo: no es un palo en la rueda a la hora de leer, pero el lector ha sentido poco.

Si al lector se le ocurre triturar mi texto, algo que aún no ha sucedido con La Tengo Pequeña, pero que yo sí he ensayado conmigo mismo, considero que cumplí, por lo menos, con el segundo objetivo y que es el más importante: hacer sentir.

Por eso creo poder decir que por lo menos estoy armado para encajar criticas sin tirar de teoría. Las recibo abierto, con ganas y muy agradecido. Este hecho es más sorprendente de lo que parece, teniendo en cuenta mis tendencias al suicidio intelectual.

—¿Te han gustado mis textos? —le pregunté por WhatsApp a mi sobrino en referencia a estos primeros textos de La Tengo Pequeña.

—Es raro que escribas con nombres reales—me respondió al instante.

—Jajaja— escribí como si fuese un ser sin capacidades comunicativas escritas.

—Y el de cagar y el mango no me ha gustado —añadió sobre el texto que considero mi obra maestra de las únicas tres que había publicado hasta ese momento.

—No, ¿por? —pregunté algo desconcertado.

—El tema no es agradable —respondió como si hubiese escrito un cuento con humor de mal gusto sobre el terremoto de Nepal.

Aún con la idea de que el texto “¡Qué me cago!” era una comedia y no un drama, quise seguir con la broma.

—A mi me lo vas a contar que casi me cago en un taxi de Sao Paulo.

Después de un breve silencio, maticé:

— Pero la idea del texto era hacer reír.

—Ah, pues no hace gracia alguna. Pensaba que eran dramas para llorar.

—Jajaja —volví a escribir y finalicé con un genuino “excelente”.

Pero como argumentaba al principio, un escritor quiere que le lean, anhela feedback. Así que seguí buscando víctimas que me dieran mi dosis de respuesta a mis textos. Quería ver reacciones diversas, saber qué le causan mis textos a la gente que me rodea, que me conoce —o creen hacerlo—.

Busqué por mi lista de contactos en WhatsApp a ver a quien le podía mendigar una opinión. Mi siguiente víctima fue mi hermana mayor, una segunda matriarca en la familia.

—Tu que has leído mucho —empecé a escribir por WhatsApp, sin tener ni idea de si lee o no —¿Crees que escribo bien? Me refiero tipo “pro”. Ya sé que es un pregunta jodida y seguramente tu respuesta me dará una historia, pero igualmente quiero tu opinión.

—A mi me haces gracias, pero claro yo no leo mucho —respondió contradiciendo mi primera afirmación.

Entonces le expliqué mi definición sobre que creo que significa escribir “de puta madre”: que no te encalles en las frases, poder sentir cosas con lo que lees, y que te apetezca saber que viene después. Me respondió con un “pues escribes de puta madre” y un “a veces me encallo porque me río y la pantalla desaparece de delante de mis ojos”, todo ello con varios signos de exclamación.

Otro “jajaja” mío y un “que gili eres” seguido de un emoticono escupiendo un corazón.

Llegados a este punto me di cuenta de que uno de los problemas de los que queremos dedicarnos a escribir es que, cuando no te conoce ni Cristo, como es mi caso, los que te rodean leen tus historias condicionados, y su respuesta o crítica tiene demasiadas interferencias con la vida real, y por un lado no sorprende, y por otro es fácil sentir algo, porque en parte ellos son verdaderamente parte de estas mini historias sin haberlo solicitado.

Entre que no me conoce nadie y que los que me conocen no son válidos para darme su opinión —especialmente cuando les fuerzo a leer mis textos y se ven en la obligación de hacerlo— me encuentro como un naufrago: rodeado de una inmensa soledad que parece infinita. Por lo que, al final, y aunque sea una mierda, tendré que buscar en mi interior si verdaderamente soy un escritor de vocación o un simple narrador que quiere que le lean, le reconozcan y ya que estamos, convertirse en millonario.

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