Los listos del pueblo

Antonio estaba sentado en su mesa de siempre. La del fondo a la izquierda. Daba igual si fuera hacia sol o llovía a cántaros, siempre estaba sentado allí, de ocho a diez de la mañana, como un niño de colegio de pago, de esos que van con el mismo uniforme todo el año. Monopolizaba el periódico del bar y corrían rumores que a Miguel, el dueño del bar, le faltaba la mano izquierda porque Antonio se la había arrancado de un mordisco al intentar arrebatarle el diario para dárselo a otro cliente 20 años antes.

Ese día llegué al bar temprano en relación a mi horario habitual y pude ver como la leyenda viva de Antonio, encorvado como el Jorobado de Notre Dame, se desayunaba todo el contenido del periódico letra a letra. Masticándolo todo lentamente para poder hacer la digestión como Dios manda. No era de extrañar que se le considerase el experto en política y economía del pueblo. Tal era su prestigio en nuestra pequeña localidad, que hasta el alcalde le consultaba temas importantes del ayuntamiento.

—¿Aquel debe ser el famoso Antonio? —le pregunté al manco en voz baja.

Miguel asintió como si tuviese la barbilla de plomo.

—Y tu debes ser ese niño pijo que se ha instalado en la casa de la plaza para dar la nota —dijo Antonio desde la lejanía y sin levantar la vista de sus noticias.

Miguel me hizo una mueca.

Le miré el muñón. Él levantó las cejas y meneó la cabeza de lado a lado.

—Sí —dije —. Usted es Antonio, el sabio del pueblo, por no decir el listo. Lo que no sabía aún era que tenía un oído prodigioso.

Antonio levantó su mirada del periódico. Me miró por encima del marco de sus gafas de ver de cerca.

—Me han dicho que eres periodista ¿es verdad?

Sonreí. No estaba seguro de si jugaba o iba de farol, así que adopté el personaje ocurrente. Prefería perder una mano a quedar como un tonto delante de ese señor.

—Por la pregunta final debo deducir que en este pueblo la gente no debe ser de fiar, sino usted tendría la certeza de mi profesión y no la duda —dije girando mi cortado para que el asa de la taza me quedara encarada hacia la mano derecha.

—A veces dudo de que la profesión a la que te dedicas verdaderamente exista cuando leo el periódico. ¿Por qué no me haces compañía un rato? Quizá me hagas cambiar de opinión.

No dude ni un instante. Me levanté del taburete de la barra y me senté delante suyo. Ni levantó la vista.

—Quizá se haya equivocado de periódico todos estos años. Hay bastante variedad en el quiosco, aquí siempre ofrecen el mismo. Juzgar a toda una profesión por los que trabajan en un sólo medio, no me parece razonable.

Miguel me miró con desaprobación.

Gesticule dejándole saber que no tenía ni idea de donde me estaba metiendo y lo que estaba haciendo. Casi me sentí tele dirigido por Antonio. Como en la teoría de física cuántica se estaba produciendo la escena que deseaba Antonio, pues al fin y al cabo, yo sólo quería tomarme mi cortado y acabar de despertarme.

—Sí, eres periodista, ya no tengo dudas —dijo cambiando de página —. Hablas demasiado y, seguramente, no escuchas mucho.

—Y yo tenía entendido que usted estudiaba el periódico meticulosamente. Pero desde que he entrado ha cambiado de página varias veces. O lee muy rápido o sólo lee titulares ¿cuál de las dos es?

Sonrió. Me miró. Esta vez fijamente. Reconozco que me intimidó. Cerró el diario.

—Creo que puedo adivinar de que partido político eres y, por lo tanto, la clase de persona que eres.

—Ah, además es usted adivino. Verdaderamente me siento fatal. Si llego a saber que es usted tan polifacético me hubiese levantado temprano hace meses para conocerle.

—Lo reconozco. Aún no sé si quieres impresionarme con tus ocurrencias o verdaderamente eres así de insolente. Si es lo segundo, no te preocupes, hace años que la insolencia no me afecta.

—¿Entonces le estoy impresionando?

Resopló moderadamente.

—¿De qué partido cree que soy? —dije para darle un respiro.

—Voy a descartar Esquerra porque has entrado hablando un castellano sin acento. Me han dicho que has vivido fuera muchos años, y el viajar cura los nacionalismos. Sin embargo, no vas muy puesto en tu vestimenta, más bien vistes informal, como si aún creyeras que eres un adolescente, cuando ambos sabemos que la adolescencia ya no la ves ni por el retrovisor.

Sorbí mi café intentando disimular mi enfado ante el chorro de apreciaciones.

—Por lo tanto, —siguió— no eres del PP, y si no eres del PP ni de Esquerra, tampoco serás de Podemos, aunque te hagan gracia y hasta los tengas en alta consideración. Serías capaz de votarles si no fuese porque eres un cagón. Así que debes ser PSOE porque en tus padres debían serlo, aún cuando tenían dinero. Vienes de familia que se ha podido permitir tener ideales ¿Me equivoco?

—Bueno, pensé que era usted adivino pero me equivoqué, se cree Sherlock Holmes, lo que es mucho más divertido, pues un adivino no deja de ser un personaje al cual le falta un tornillo. El síndrome de Holmes es peor porque quien lo padece se cree superior a los demás. Esto a mi me reafirma que usted es el “listo” del pueblo. Quizá yo sea el adivino al fin y al cabo.

—Joven. Es de mala educación interrumpir, especialmente si la interrupción se produce porque a uno no le gusta lo que escucha.

—Creí que lo de “joven” hacía tiempo que no lo veía por el retrovisor. También he creído entender que usted me acusaba de no escuchar. Creo que ha dicho: “sí, eres periodista, ya no tengo dudas. Hablas demasiado y, seguramente, no escuchas mucho”.

—No pensé que mis comentarios te podían haber escocido tanto. Eso, amigo mío, me da un poder sobre ti que ya me encargaré de gestionar para no abusar de él. Soy franco, pero no un déspota.

—No me escuecen sus comentarios porque aún no somos amigos. Simplemente, le hago notar que usted mismo se contradice sobre lo que gratuitamente cree de mi. No sólo escucho, sino que memorizo, y tengo la capacidad de poner las contradicciones que me escupen a la cara en orden. De esta forma evito que gente como usted, ciega como está de mirarse el ombligo, y no lo digo por la curvatura de su espalda, nos lleve a todos a la ruina.

—Ahora resultará que serás buen periodista.

Me volvió a mirar fijamente.

—Intento serlo porque sí, tuve la fortuna de vivir en una casa con ideales.

—La verdad, y me perdonarás la afirmación, es que ambos sabemos que es cierta, las personas como tu, con ese espíritu aparentemente libre de creencias pueblerinas no le son fieles a nada ni a nadie.

—Mi novia no estaría muy contenta con esa apreciación.

—¿Mi novia? —dijo con desgana.

—¿Le sorprende? ¿o quizá pensaba que tenía otra orientación sexual?

—No, me sorprende que hables en posesivo sobre otra persona.

—Ahora se está usted yendo de mambo.

Noté lo que me pareció ser una descarga eléctrica. Pestañee incrédulo después de perder el mundo de vista.

—Estas en las nubes hoy, ¿demasiado temprano? —dijo Miguel riendo. —¿Bueno, vas a tomar lo de siempre?

Asentí. Le miré las manos.

“¡Joder! no es manco”, pensé.

Antonio levantó la vista del periódico. Me hizo un gesto de desaprobación bastante evidente y siguió con su lectura.

Tomé mi cortado y salí a la terraza aún confundido por mi absurda capacidad de crear realidades paralelas. Me senté, revolví el cortado.

—¿Es este el pijo que se ha instalado en la casa de la plaza? —alcancé a escuchar a Antonio preguntarle a Miguel.

Miguel asintió.

—Y usted debe ser el famoso Antonio, el listo del pueblo … —creo que empecé a decir.

Imagen: placardmoncoeur

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