Marihuana love

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Se enamoró de ella nada mas verla. No era especialmente atractiva físicamente pero su destreza con las manos para liar un canuto no podían pasar desapercibidas para un buen entendedor; él lo era.

Se le acercó amistosamente y le preguntó si no le importaría compartir esa obra de arte.

—Me daría igual que hubieses liado un trozo de mierda dentro de este papel de fumar. Verte hacerlo ha sido tan placentero que me muero de ganas de darle una calada.

Elle esbozó una sonrisa condescendiente. Conocía, porque no era la primera vez que se lo decían, sus dotes para crear porros de una belleza estética inusual. Evidentemente, para un ojo común poco dado a la marihuana, un canuto era un canuto, pero para los que necesitaban su dosis diaria, la forma y textura no eran asuntos menores.

Se divirtieron juntos compartiendo el porro. Él cerraba los ojos con cada calada. La saboreaba como un sommelier. Expulsaba el humo con elegancia, y lo sostenía con lo que a ella le parecían unas hermosas manos de anuncio de televisión.

—Nunca había visto a nadie tener tanta elegancia fumándose un porro. Da gusto verte —le dijo ella.

No le sorprendió su comentario. Ya sabía que sus poses no solían pasar desapercibidas para el genero femenino. Una fusión entre Conan el Bárbaro con James Bond.

Pasaron los meses y no se habían separado ni un minuto. Su pasión por los porros era como un pegamento de alta intensidad. Empezaron a dejar a sus amigos de lado. Sólo querían tener excusas para fumar en todo tipo de lugares. Se dedicaron a viajar, a explorar rincones del mundo, siempre acompañados de ese olor a marihuana que tanto les ponía.

Llegó la fiesta de fin de año. Todos los amigos se habían reunido. Ella empezó a hablar con un chico que nunca había visto. Empezó a liar un canuto y lo compartieron. Ella se dio cuenta que sus manos no eran muy bonitas, pero su forma de moverse tenía un tufo canalla que le atraia.

Él entró en el salón y les vio en una esquina compartiendo el porro. Vio como ella le miraba, y como él se movía coquetamente a la hora de inhalar. Se sintió desplazado, traicionado.

Su sed de venganza era de tal calibre que quiso dar un paso más. Redoblar la apuesta. Se fue al baño, donde las dos lesbianas además de darse el lote estaban compartiendo unas rallas de coca. Le abrieron con cierta desconfianza cuando escucharon los potentes golpes en la puerta.

—¿Qué quieres? Esta fiesta es privada y sólo para mujeres —le dijo una menuda muchacha.

—Si quieres me opero, me corto el pito, me pongo tetas, me inflo los labios con botox y me pongo mallas. O, me dejáis entrar sin discriminarme por mi composición hormonal y contribuyo a vuestra fiesta.

La segunda chica emergió por detrás susurrándole algo al oído a su amante. La puerta se abrió de par en par y pudo entrar.

Ella le empezó a buscar por todo el piso que ya desprendía un profundo aroma a decadencia. No era capaz de dar con él a pesar de que el piso no era ni muy grande ni laberíntico. En uno de los baños una muchacha le gritó de forma histérica que estaba “ocupado”, como si fuese obvio como en los aviones que hay un cartel luminoso en el pasillo y otro de cartón piedra en la misma puerta.

Decidió irse sola a casa. Desconcertada y algo asustada. ¿Y si le había pasado algo?

Se despertó sola y su habitación le pareció ser una cámara frigorífica industrial. Él se despertó desparramado en el sofá de un lugar que se le hacía ajeno.

La luz de la noche y la del día tienen la virtud de dibujar materias totalmente diferentes. La noche todo lo adorna con su oscuridad, el día los estropea con su claridad. Ambos experimentaban la confusión que tiene querer que ambas realidades se encuentren en base a la materia que ellas mismas deforman para no parecerse la una a la otra. Sin su marihuana el puzzle de sus vidas no encajaba.

Ella no sabía si quería que él volviera y él no sabía si quería volver; no volvieron a verse nunca más.

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