Mi inodoro y la velocidad de la luz

El otro día, mientras conducía, escuché en la radio que para finales de año se estrenará una nueva película de Star Wars, la séptima. Se me erizó todo el bello del cuerpo, que no es poco, cuando el locutor lo anunciaba con voz emocionada mientras el técnico de sonido pinchaba de fondo la música que suena al inicio de cada capítulo de la saga.

Toda una generación de niños y adultos de los años 70 tenemos un vínculo especial con esa melodía que, a estas alturas de la vida, pertenece a una galaxia, muy, muy lejana. Y, hasta ese fatídico día, albergaba la certeza de que nada, ni siquiera la edad y su efecto demoledor sobre mi propia inocencia, sería capaz de corromper mi relación con esas estrofas musicales asociadas a unas letras amarillas que se alejan sobre un fondo negro lleno de estrellas.

Puedo recordar el desastre con inusitada nitidez, como si yo mismo lo hubiese remasterizado para mejorarlo con respecto a la versión original. Todo empezó a torcerse una vez que el primer instante de emoción empezó a diluirse, cuando el locutor recuperaba el habla y mi piel de gallina volvía a ser de humano. Justo en ese momento, con la música aún de fondo, mis intestinos empezaron a bailar break dance como si hubiesen sintonizado una emisora de música tecno.

Y entonces lo sentí.

Ese “clic” que uno oye en su interior cuando dos conceptos que en apariencia nada tienen que ver entre sí, quedan unidos con la dureza del granito. El mismo que noté cuando Nacho me dijo un día que no podía mear en las discotecas al lado de otros hombres. Noté el “clic”, lo ignoré, pero a partir de ese día estuve una década sin poder mear al lado de otros hombres.

—No, no, no ¡No te hagas esto! —me dije mientras me llevaba mi dedo indice a la sien—. ¿Por qué lo haces?

Era demasiado tarde para hacerse preguntas retóricas sin solución. Sabía que a partir de ese momento iba a relacionar la canción de Star Wars con el inodoro, o peor aún, con la mierda.

Mis propias urgencias me obligaron a aceptar que, efectivamente, el “clic” se había producido e iba a necesitar varias sesiones terapéuticas de Programación Neuro Lingüística (PNL).

El programa de radio dio paso a un freak experto en Star Wars. Durante sus banales argumentos sobre el universo de la serie de películas, empezaron los síntomas del “clic”. Mi cerebro empezó a maquinar idioteces que enlazaban la trama  de Star Wars con el concepto del inodoro. Me pregunté por que jamás se había visto un baño en ninguna de las películas. ¿Nadie en esa serie tiene que usarlos? ¿Nunca?

En el planeta de los Ewoks comprendía rápidamente que los “peluches” hacían sus necesidades donde se les antojaba porque vivían en un frondoso bosque. Pero ¿y los soldado de la Estrella de la Muerte? Esa nave espacial en forma de planeta, debería tenerlos a montones, pero nunca nos los enseñaron ¿por qué? ¿qué no querían que supiésemos?

Mi obsesión pasó de la trama general a entrar en detalle a las necesidades fisiológicas de los diferentes personajes de la película. De salida acepté que Darth Vader no tenía que ir al baño porque su traje debía incorporar algún tipo de trituradora. En cambio me pareció que Chewbacca, que iba en pelotas, era el más cagón de todos, en parte por ser el más grandote y porque con esos dientes afilados tenía pinta de comer mucha carne. ¿Cómo demonios se limpiaba el ojete ese bicho con la cantidad de pelo que tenía en las nalgas?

Como esos sueños donde uno cae al vacío y antes de matarse se despierta, cambié de personaje justo antes de poder ver en mi mente la, potencialmente desagradable, escena de Chewbacca peleándose con un rollo de papel higiénico. En ese preciso instante es cuando aparecieron a escena los soldados de blanco. Esos que además de ser muy gilipollas siempre van inmaculados. Me imaginé que sus uniformes estaban confeccionados con el reciclaje de piezas de baño de aeropuerto recién remodelado.

Cuando llegué a Yoda, meneé la cabeza de lado a lado resoplando como un primate. A este personaje me negaba a verlo en el inodoro elevando su propia mierda con los ojos cerrados y cara de estreñido para demostrarle a Luke como utilizar “la fuerza”.

El trayecto se me hizo muy largo y pesado. Todos mis héroes de la serie acababan de ser humillados.

Aparqué el coche de cualquier manera. Crucé todo el pueblo andando rápido, con la cabeza gacha como un avestruz y murmurando como un viejo cascarrabias. Además de necesitar un inodoro con urgencia, me seguía flagelando por haber cambiando los términos de mi contrato sentimental con Star Wars.

—Qué la mierda te acompañe —no paraba de repetirme en mi cabeza una voz lejana.

—¡Para!, es “la fuerza” —me discutía a mi mismo en voz alta mientras dejaba de caminar y miraba al cielo, como si no pudiese hacer ambas cosas a la vez—. ¡La fuerza!.

—Que la mierda te acompañe —repetía esa extraña voz, una y otra vez.

—Vale, que sí, que la mierda me acompañe —claudiqué ante su insistencia.

Llegué a casa resignado, sudando, y desesperado por sentarme en la taza del water y cagarme en George Lucas y en la madre que lo parió. Al abrir la puerta del baño, vi el inodoro, quieto, diría que algo tristón al verme urgido; no le culpo, se le venía una encima.

—Lo siento —le dije mientras le daba la espalda y le mostraba mis nalgas—. Yo también he tenido un mal día.

Al sentarme en la tapa intermedia, algo fría para mi gusto, pensé que me moría. Así lo creí porque empezaron a aparecerme flashbacks de mis hábitos en el inodoro repartidos en mis cuatro décadas y media de vida. Las secuencias se empezaron a proyectar ante mis ojos en orden cronológico inverso.

Me vi en la década de mis 40 años, la actual, con un iPhone en la mano. Leyendo el diario, viendo videos de YouTube, jugando al Angry Birds, contestando WhatsApps. En otras ocasiones estaba con mi iPad, viendo trailers de películas en iTunes, jugando a Angry Birds, leyendo sobre fútbol, o torturándome con video de documentales sobre desastres aéreos. Daba igual si era uno o el otro dispositivo, el resultado era el mismo: demasiado rato sentado y un corto circuito entre mi cerebro y mi tren inferior.

Deslicé el dedo por el iPad y aparecí en otro inodoro. Esta vez estaba en medio de mis 30. La cara más dibujada, algo más de pelo, ninguna cana. Parecía entretenido leyendo revistas del corazón que Lidia iba dejando en el baño cada semana. Recuerdo que las acabé abandonando porque me producían diarreas mentales. Así que me pasé a los manuales de chismes que andaban por casa y que ya sabía usar de “pe” a “pa”. Me aficioné a encontrar esa funcionalidad oculta que no servía realmente para nada, pero que una vez ubicada en las instrucciones del manual te producía el placer que debían sentir los piratas ingleses al encontrar un tesoro español perdido en el Caribe.

En la siguiente escena, un muchacho de unos 20 años, delgado y con pelo largo, parecía estar desmayado en el inodoro. La cabeza peligrosamente echada hacia atrás, los brazos colgando como dos chorizos, los pantalones bajados y las piernas espatarradas como las de un faquir. Recuerdo perfectamente esa escena del verano de 1993, cuando Marta no quiso enrollarse conmigo y agarré la mayor cogorcia de mi existencia. Me desperté sentado en el inodoro sin saber cómo había llegado hasta él. Tardé una semana en recuperar una postura corporal normal.

A mitad de mi adolescencia aparecía una imagen en blanco, como si alguien hubiese hackeado el disco duro que almacenaba esos recuerdos. Al parecer no tengo registro alguno de cómo cagaba en mi adolescencia. Una década de cagaleras de mi vida se había escurrido por el retrete, literalmente.

La nada dio paso a un niño pequeño, de unos seis años, que casi no tocaba con los pies en el suelo sentado en el inodoro; cuya melena rubia le tapaba los ojos. El niño hablaba solo y gesticulaba. Por momentos parecía dirigirse a alguien que, de existir, habría estado sentado en el bidet contiguo. Movía las manos como si manipulara palancas, hacia ruidos de motores rugiendo y de rayos laser mientras movía la cabeza de lado a lado como si estuviese esquivando objetos.

Y ahí apareció nuevamente el “clic”. No sé cuantos años, pero fueron varios, que mi juego preferido era imaginarme que el baño de mi casa era, en realidad, el Halcón Milenario. Yo era Han Solo y Chewbacca me acompañaba sentado en el bidet. Juntos recorríamos galaxias enteras y nos enfrentábamos al Imperio, y siempre salíamos ilesos de todas nuestras aventuras.

La proyección se paró en seco, dejando sólo ese ruido de cinta de cine coleteando. Ya había visto todos mis registros en el inodoro de los últimos 40 años. Estaba preparado para morir.

Pero no. Resultó ser una falsa alarma y no fallecí sentado en el trono. Miré a mi alrededor con alivio. Busqué algo con lo que entretenerme pero me había dejado el iPad y el iPhone en el sofá. Lidia no había dejado ninguna revista del corazón a mano, y no tenía ningún manual. Me sentí sólo, desconcertado. Me pareció que las paredes se me tiraban encima. Ante tanto estrés, empecé a hablar sólo.

—Chewi vamos al hyper espacio o estas naves enemigas nos van a freír el culo —ordené.

Chewbacca activó la palanca de la velocidad de la luz. No funcionó. Me miró y soltó su característico gruñido. Nos miramos, levanté mis cejas como diciendo “estamos jodidos amigo peludo” . Nos alcanzó un rayo laser enemigo que hizo tambalear todo el baño.

Nos miramos con los ojos como platos y juntos volvimos a activar la palanca del hyper espacio con evidente urgencia. Las estrellas se convirtieron en líneas blancas y mi inodoro salió disparado a la velocidad de la luz.

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