No puedo matar insectos

El otro día a Lidia se le pegó un insecto en el pelo, síntoma de que estamos llegando al verano. Vino a la cocina toda encendida hablándome de algún problema del trabajo cuando una especie de oruga —animal en extinción del cual ya nadie habla— se le había instalado en una de sus mechas. Mientras ella seguía rabiando contra intangibles, yo observaba a ese animalito escalar hacia su cogote como un alpinista en busca de la cima. Me costó encontrar el momento para alertarle de la situación al quedarme embobado ante el paralelismo en el ímpetu de ambas criaturas.

—Lidia —dije—. No te muevas.

Frenó en seco su monólogo.

—Tienes algo en el pelo que se mueve.

Giró sus ojos de forma robótica como dos cámaras de seguridad coordinadas para verse el cabello mientras arqueaba su cuerpo para que el supuesto bicho no le tocara la piel de la cara.

—¡Sí! Lo veo ¡Ahhh! —gritó mientras caminaba de medio lado hacia la puerta de casa —. ¡Mátalo! ¡Mátalo! —repetía mientras movía sus manos como si fuesen dos plumeros alborotados.

Negué rotundamente meneando la cabeza.

—No, no puedo. No puedo matar a ese bicho —repliqué a sus súplicas de genocidio.

—¡Mátalo! por favor o sácamelo, ¡pero haz algo! —seguía mientras sus piernas  caminaban en el mismo sitio como el paso hacia atrás de Michael Jackson.

Finalmente, y ante su desesperación, hice caso a la segunda sugerencia y pasé mi mano como si fuese la hoja afilada y certera de un samurai; el bicho cayó al suelo medio retorcido. Lidia, al verlo recomponerse, abrió la puerta de la calle y lo pateó para expulsarlo como si fuese un ladrón muy-hijo-de-puta, con tan mala fortuna que, en lugar de salir disparado, quedó hecho una mancha alargada en la baldosa.

—¡No! —exclamé.

Ambos nos miramos unos segundos. Yo conteniendo cierto grado de vergüenza por preocuparme por semejante criatura y Lidia mostrando sin tapujos su enfado ante mi tardanza en reaccionar y, en parte, por tener que limpiar su propio destrozo.

—La que te lió tu padre en la cabeza con el “Cuento del Ciervo” —me dijo mientras se iba a la cocina a por la fregona.

Y tiene razón. Mi trato con los animales quedó condicionado desde mi infancia, justamente, por ese cuento, que estoy casi seguro que se inventó mi padre. Era la historia de un cazador que se iba todos los fines de semana a cazar, dejando a su mujer y dos hijos en la ciudad. Los viernes por la noche, el cazador armaba todo su equipo, se despedía friamente de su familia y se iba montaña arriba donde tenía una cabaña de madera pequeña como mi habitación.

—La cabaña era como tu cuarto, Tito —me explicaba mi padre, mientras me iba arropando —. Allí, donde está el armario tenía la cocina con una bombona de gas butano y al lado había una pequeña nevera. Donde está tu cama, él también tenía la suya. En la pared de delante, se encontraba la chimenea y, al lado, los troncos para encenderla. La puerta estaba en el mismo sitio que tu puerta …

Yo me iba acurrucando mientras ponía a todos mis sentidos a las órdenes del relato. No tardaba ni segundos en encontrarme en medio de una montaña fría y húmeda cobijado en una cabaña de madera, usurpando la cama del cazador.

El cazador salía temprano a cazar. En esta ocasión en particular, y después de mucho caminar por el bosque, se encontró con un majestuoso ciervo que estaba comiendo pasto tranquilamente en un llano. Con su instinto asesino a toda mecha, el cazador levantó su rifle, miró por la mira telescópica, a pesar de que no le hacía falta dada a la cercanía del animal, y se dispuso a cazar a su presa.

Pero, cuando ya parecía inevitable, en ese momento de no retorno cuando el dedo índice ya acaricia el gatillo, el ciervo levantó su cabeza de su buffet libre de pasto y le miró directamente a los ojos.

Se asustó. Retiró la cabeza de la mira telescópica y apartó el dedo del gatillo como si éste estuviese ardiendo.

—¿Me está mirando? —se preguntó entre dientes.

El ciervo pareció asentir a la pregunta.

Volvió a mirar por la mira y pudo ver claramente que el ciervo le estaba mirando. Bajó el arma, se levantó de su escondite y pudo comprobar que el ciervo, efectivamente, le seguía mirando sin pestañear, ni asustarse por su presencia. Impulsado por Dios sabe qué, empezó a caminar hacia él animal hipnotizado por sus dos ojos color avellana. Caminó en línea recta sin importarle los obstáculos hasta que quedó a un metro de distancia de su elegante cornamenta.

Ambos se quedaron unos instantes mirándose con tanta profundidad que ninguno de los dos podría haber diferenciado entre el humano y el animal.

—¿Le puedo hacer una pregunta? —dijo el ciervo.

El cazador asintió sin decir palabra, naturalizando el hecho de que un ciervo hablara su idioma.

—¿Por qué me quiere matar? ¿Acaso le he hecho algo? —preguntó.

Nuevamente en silencio, el cazador levantó los hombros en respuesta a la primera pregunta y meneó la cabeza en negación, para la segunda.

—Sígame, le quiero enseñar una cosa.

Caminaron durante lo que al cazador le parecieron horas. Sumergido en el bosque sin el ansia de cazar, pudo comprobar la belleza del entorno. Nunca antes se había detenido a entender la riqueza del lugar y cómo, despojado de sus armas e intenciones, él mismo encajaba perfectamente como una pieza más de ese LEGO gigante y maravilloso.

Finalmente, llegaron a una cueva en cuya entrada yacían una cierva recostada rodeada de algunos cachorros.

—Esta es mi familia —dijo el ciervo—. Mama ciervo, y mis cachorros. Quiero que crezcan sanos y fuertes para poder disfrutar de una linda vida en estos bosques tan hermosos que fueron testigos de la vida de mis padres y de los padres de mis padres.

El cazador saludó con gestos, se sentó cerca de los cachorros y los acarició mientras mamá ciervo miraba a papá ciervo en señal de admiración.

Pasado un tiempo que podrían haber sido días, se levantó, se acercó al ciervo y le acarició el lomo. Dio media vuelta y salió corriendo hacia su cabaña. Llegó de noche y no perdió tiempo en enterrar sus armas, cerrar la cabaña, y subirse a su coche. Nunca antes había sentido tanta ansiedad por volver a su casa para estar con su hembra y sus dos cachorros.

Al regresar a la ciudad, abrió la puerta de su apartamento, donde un hogar apagado y tristón se iluminó con su presencia. Los niños corrieron a recibirle con alegría y grata sorpresa, mientras la mujer se acercaba lentamente con evidentes signos de desconfianza hacia ese personaje que hacía tiempo que le era desconocido.

—¡No voy a volver a cazar en la vida! —prometió alegremente con los niños pegados como lapas—. A partir de ahora iremos todos juntos al bosque a pasar los fines de semana.

Y así sucedió. Cuando llegó el siguiente fin se semana, toda la familia junta cargó el coche,  viajaron cantando canciones todo el trayecto y se metieron en la cabañita del bosque, donde cenaron todos juntos mientras el padre contaba historias de su juventud bajo una tenue luz de una lámpara de gas.

Al día siguiente, temprano, el padre les llevó a la cueva de los ciervos donde los cachorros y los niños empezaron a jugar sin hacerse preguntas. Los adultos se sentaron juntos y pasaron un día en silencio, disfrutando del aire limpio, la brisa y el sol que se colaba por entre las copas de los árboles.

Nunca llegué a saber si el cuento tenía continuidad, porque llegados a este punto caía anestesiado por la belleza del momento.

Años más tarde recibiría una llamada que cambiaría el final del cuento para hacerlo más del gusto de Quentin Tarantino.

—Tito —me dijo Juan en cuanto descolgué el teléfono—. Este fin de semana te vienes a cazar con nosotros. Ya lo he hablado con mi padre y te va a dejar cazar un rebeco.

—Espera le dije …

—Ya está todo preparado, incluso mi padre nos deja una de sus escopetas, así cada uno va con la suya ¿A qué mola?

—¿Qué es un rebeco? —pregunté.

—Es como un ciervo pero más pequeño y con menos cuernos. Tendremos que subir por la montaña porque les gustan las cumbres.

Yo no quería ir, lo juro por mi madre, pero con 16 años no tuve la personalidad de plantarme y decir que yo no quería matar a ningún rebeco, ciervo, pato o insecto.

Llegamos a las siete de la mañana al pie de la montaña. Empezamos a andar por terrenos enfangados y resbaladizos. Hacia un frío incomodo que se te metía hasta los huevos. Empecé a sudar y a tener frío a la vez. De vez en cuando Juan, con la cara colorada se giraba y me decía:

—¿A qué mola?

Yo asentía con cara de asco. Estuvimos así unas dos horas, hasta que por fin el sol nos empezó a calentar y tuvimos que empezar a sacarnos ropa. El bosque no era tan frondoso como el del cuento. Era empinado y difícil de caminar. El aire no era brisa, sino un cuchillo que te rebanaba las orejas. Y los árboles te clavaban sus ramas con mala leche al pasar por su lado. Todo eran obstáculos puestos con muy mala hostia.

Por fin llegamos a un lugar donde se veían a lo lejos unos animales saltar entre unas rocas. Sus saltos eran precisos y coordinados. Mostraban una potencia inusual y cuando estaban en el aire parecían flotar como el algodón.

—Ahí tienes a uno quieto —me dijo Juan.

—Y ¿qué quieres que haga?

Se puso a reír levemente.

—Follártelo, no te jode. Saca el arma sin hacer ruido, apóyala bien, porque tiene retroceso, y cuando lo tengas en la mirilla dispara. Intenta darle en el lateral.

Con el corazón descontrolado coloqué el rifle como si tuviese la enfermedad del parkinson. Lo apoyé en una piedra, miré por la mira telescópica. Pensé en el cuento del ciervo para intentar relajarme.

—Mírame, mírame —murmuré.

—Suave, aprieta el gatillo con suavidad —me recomendó Juan.

Yo seguía pidiéndole al Universo que ese bicho me mirara, que conectáramos y pudiera agarrarme al Cuento de Ciervo para no matarlo para que pudiera volver con su familia de rebecos que seguramente le debían estar esperando en alguna cueva de la montaña.

Finalmente el rebeco me miró y del susto apreté el gatillo.

Perdí el mundo de vista. Tenía la sensación de que un tren de mercancías me había golpeado en mi hombro derecho. Escuché gritos de alegría.

—Muy bien, !le has dado perfecto! —me dijo Juan mientras agarraba el rifle que se había enmarañado entre mis brazos.

El ciervo cayó redondo, dando tumbos por la montaña. A pesar de que estábamos a bastante distancia, pude escuchar el crujido de sus huesos contra las punzantes rocas mientras caía al vacío.

En ese instante volví a mi habitación donde mi padre me estaba contando el Cuento del Ciervo. Su cara era de decepción al comprobar que ese cachorro que estaba dulcemente acurrucado entre las sabanas de adulto se iba a convertir en el cazador malo.

Lidia volvió con la fregona y mientras limpiaba lo que quedaba del insecto, me dijo:

—Vas a tener que aprender a matar a algún bicho sin llevarte un disgusto —me dijo más calmada.

Asentí mientras se me empañaban los ojos.

Se dio cuenta. Apoyó la fregona en la mesa. Me miró y me abrazó con fuerza.

—Cariño —me susurró a la oreja—. Es broma, me encanta que no te guste hacerle daño ni a un insecto.

La separé recomponiendo mi seriedad. Nos miramos a los ojos.

—Lidia —confesé—. Yo maté al ciervo del cuento.

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