Os deseo la muerte

Como cada viernes por la tarde se reunieron en casa de Eduardo. Todo estaba perfectamente preparado para empezar su partida de póker. Llevaban más de cuarenta años jugando todos los viernes, ni enfermedades, ni castigos, ni un terremoto les habría privado a los cuatro de reunirse para tomarse el pelo con las cartas y robarse el dinero.

Sentado con una agradable sensación de deja vu miraba a sus tres compañeros de juego y recordó, como cada viernes, que nadie en todo el planeta le conocía tanto como ellos. Ahora envejecidos, sus cabezas habían perdido pelo pero habían ganado todo tipo de secretos. Secretos que nunca había contado fuera de esas partidas. Por esa misma regla de tres, razonó que él llevaba en su mochila secretos de aquellos tres personajes que nadie debía de conocer.

—Chicos, quiero decir algo antes de empezar, por si acaso me muero antes, porque creo que nunca lo he verbalizado.

—No por favor, no salgas con tus mariconadas que aún no llevas ni un cubata— replicó rápidamente Eduardo.

—Si vas a decir que nos quieres —añadió Ernesto —ya lo sabemos.

—Igual sorprendería que lo dijeras sobrio —añadió Sergio.

Todos empezaron a reír.

—Hablando de amor —empezó Eduardo— he traído unas hierbas de primerísima calidad.

—¿No te preocupa que tu nieto sea tu camello? —le preguntó Sergio.

—¿No te preocupa que en esta mesa todos hayamos soñado, por no decir algo más bestia, con follarnos a tu hija mayor —le respondió.

—¿Sólo con la mayor? —añadió con mala leche Ernesto.

—Os lo juro, si alguien vuelve a hacer alguna broma sexual sobre mis hijas …

—No son bromas, tienes que reconocer que están muy buenas las dos. La de Ernesto, por ejemplo, será todo lo simpática que quieras, pero, madre mía colega, sólo se la podría follar alguien que trabaje para una ONG —dijo Luis.

Ernesto le levantó la mano. Pero no llegó a bajarla.

La partida siguió en medio de los ataques personales habituales. Todos tenían que pasar por el embudo con alguna situación de sus vidas. Cuarenta años de confidencias propiciaban un amplio catálogo al que agarrarse para atacar, ser agredido y defenderse.

La partida se movía por los cauces habituales, mucho humo, alcohol idioteces verbales y algún pedo. Luis empezó a notar ardor en el estomago. No era algo extraño, desde que tenía 20 años había tenido problemas intestinales y estomacales de todo tipo. Sin embargo, éste era diferente, y el simplemente hecho de poder detectar que no era como los miles que había sufrido en toda su vida le hizo encender una pequeña luz de alarma.

—Qué cabrón, Luis tiene una muy buena mano —dijo Eduardo.

Luis asintió con la mueca de quien está a punto de cagarse encima.

—Se te nota mucho colega, siempre pones esa cara de susto.

—Algo va mal —dijo compungido.

—Ya lo creo que sí —replicó Sergio.

—Colega, estás muy blanco —observó Ernesto.

—Siempre ha estado blanco como un vampiro. Hay que tomar el sol, majote —bromeó Eduardo mientras palmeaba con fuerza su omoplato izquierdo.

Luis se desplomó encima de la mesa. Su frente golpeó con fuerza la mesa tumbando la arquitectura de fichas que él mismo había construido con sus ganancias. Eduardo, Sergio y Ernesto se miraron con complicidad, como si su plan de envenenar y aniquilar a Luis hubiese funcionado.

—Tío, pero cómo le pegas ese viaje en la espalda —exclamó Sergio.

—Pero si casi ni le he tocado —dijo Eduardo.

—Se ha pegado una buena ostia contra la mesa —añadió Ernesto.

Los tres se empezaron a reír sin control. La mezcla de marihuana y alcohol se adueñó de la situación. Luis no podía moverse, sentía en su oreja una de sus fichas y podía escuchar a lo lejos las idioteces que iban diciendo el resto

“Ninguno me va a ayudar”, pensó.

—Luis, basta ya, buena broma, pero ya está, vamos a seguir que quiero recuperar mi pasta —le increpó Sergio mientras le zarandeaba y un reguero de baba le salía de la boca.

Notó el zarandeo como si fuese una proyección a cámara lenta. Las voces de sus amigos cada vez sonaban más lejanas.

“¡Me estoy muriendo idiotas! Llamar a una ambulancia”, pensó.

Se despertó desorientado. Tenía una mascarilla de oxigeno y lo veía todo borroso. Oía voces por todos lados que se entremezclaban, como si tuviese los sentidos aumentados y pudiera escuchar todas las conversaciones en un radio de un kilómetro de distancia.

—Ya ha vuelto en sí —dijo una mujer ataviada en pieles de algún animal exótico.

—¿Avisamos a la enfermera? —replicó Bárbara.

—¿Dónde está mi dinero? —preguntó Luis con dificultad intentando mover un brazo inútilmente para sacarse la mascarilla de oxigeno.

—Parece que quiere hablar —dijo la mujer de las pieles.

Consiguió retirarse la mascarilla.

—¿Dónde está mi dinero? —volvió a preguntar.

—¿Qué dinero Luis? ¿Sabes lo que te ha pasado? —dijo Cristina, la mujer del abrigo de pieles y esposa de Ernesto.

Luis escaneó la habitación. Se cruzó con la mirada de pena de Bárbara. Volvió a mirar a Cristina.

—Estoy vivo.

—Sí — dijo Bárbara con emoción, como si le hubiesen regalado por sorpresa un caniche.

—No era una pregunta, joder —replicó Luis seguido de tosidos secos.

Una enfermera entró como una flecha en la habitación y le cerró nuevamente la boca con la mascarilla de oxígeno.

—No haga esfuerzos caballero. Ahora vendrá el médico y le explicará lo que ha pasado —dijo con elevado tono de voz mientras miraba el goteo y un monitor que hacía un ruidito infernal.

—¡Yo sólo quiero saber qué ha pasado con mi dinero! —dijo dentro de su máscara de oxigeno.

—No haga esfuerzos, le he dicho.

—Está preocupado por su dinero —dijo Cristina.

—¿Qué dinero? —preguntó con poca paciencia la enfermera.

Cristina subió los hombros en señal de confusión. La enfermera no prestó mayor atención al culebrón de los caudales y abandonó la habitación tan rápido como la había abordado.

Volvió a abrir los ojos. Esta vez con menos dificultad. Repentinamente sentía haber entendido toda la situación. Se acordó de la partida de póker, el alcohol, la marihuana el dolor de estómago, el fuerte golpe en su omoplato, el choque de su frente contra la mesa y la absurda discusión de sus amigos mientras sentía que se le escurría la vida.

Escaneaó la habitación, Ernesto parecía estar enviando mensajes de texto. La habitación estaba fuertemente iluminada y en el exterior la noche se había comido al día. Tosió levemente y Ernesto se activó como un resorte.

—Chicos —dijo sacando la cabeza por la puerta —se ha despertado.

Eduardo y Sergio entraron con cuidado y los tres rodearon la cama. Luis se retiró la máscara de oxigeno.

—¿Quién tiene mi pasta? —preguntó.

Los tres esbozaron una mueca. Luis había vuelto, medio muerto seguía pensando en ganar al póker, o a lo que fuese.

—No te preocupes. Que está bien guardada.

—Ni bien guardada ni leches. Ya podéis traer las cartas cagando leches a este lugar para que acabemos la partida.

—Ya le preguntaremos al médico si podemos venir a jugar aquí —le contestó Eduardo.

Luis movió su mano en signo de negación mientras con la otra se volvía a poner la máscara.

—El médico, ¿qué médico? —dijo después de una breve pausa —No sé que día es, pero el próximo viernes, si sigo aquí, quiero partida.

Y así fue. El viernes, en contra de la recomendación del médico, los cuatro amigos se encontraban sentados como buenamente podían en la cama de un hospital rodeando a su moribundo amigo jugando a cartas.

—La verdad que no es lo mismo jugar con suero que con un buen cubata —dijo Luis mientras intentaba barajar con cuidado para no sacarse la vía intravenosa.

—Tu por lo menos estás “chupando” algo, que el resto estamos secos —le contestó Eduardo.

Todos rieron.

—Le enfermera tiene mala leche, pero está bastante buenorra —dijo Ernesto.

Todos asintieron.

—Yo prefiero no mirarla mucho no sea que me de otro infarto.

—¿Te ha dicho el médico si podrás volver a follar? —preguntó Sergio.

Luis negó con lo cabeza.

—¡No jodas! —soltó Eduardo.

Sergio resopló.

—No, no. Me refería a que no me ha dicho nada —aclaró Luis.

Todos suspiraron de alivio.

—No hagáis un drama que vuestras queridas esposas follan lo mismo con vosotros que conmigo. Nada —dijo soltando una risa mezclada entre tosidos.

Pusieron las cartas encima de la mesilla.

—Otra vez, qué cabrón —dijo Ernesto.

—Os estáis dejando ganar porque estoy ingresado.

Todos negaron con la cabeza en clara señal de afirmación.

—Joder, no os puedo creer —dijo tirando exageradamente las cartas encima de la mesita de comer que aún tenía algún resto de las galletas del desayuno.

—No queremos darte disgustos. Has estado a punto de palmarla —dijo Sergio.

—Por eso mismo, no es digno que quizá mi última partida sea un timo ¿Y si me muero esta noche?

—No digas idioteces, justamente nos estamos dejando ganar para que eso no pase. Si te mueres esta noche me devuelves toda la pasta que te acabo de regalar.

—No la quiero. O jugamos en serio o mejor dejarlo.

—Venga, empecemos de cero —dijo Ernesto mientras levantaba las cartas de la mesilla y empezaba a barajar.

Reiniciaron la partida en serio. Luis siguió ganando, no en vano siempre había sido el mejor jugador. Su cara de témpano era indescifrable a pesar de que sus amigos siempre le hacían la broma de que era un libro abierto.

—La verdad que me jodería ser el primero en morir —dijo Luis de la nada.

—Sí, es una putada ser el primero —respondió Sergio.

—Yo nunca os lo he dicho, pero lo he pensado muchas veces. Y a mi también me jodería ser el primero en morir —añadió Ernesto.

Eduardo asentía.

—¿Estaréis contentos entonces, cabronazos? —dijo Luis con evidentes signos de enfado.

—No. ¿Qué dices? —se apresuró a decir Eduardo

—Eres tan malo mintiendo como jugando a las cartas —le respondió Luis.

—No nos volvamos todos locos —intentó poner calma Sergio.

—Mira quien viene a decirlo, el pirado del grupo —le cortó Luis mientras se ponía la mascarilla para recuperarse del esfuerzo verbal.

—Luis. ¿Cómo vamos a estar contentos? Casi te mueres idiota —dijo Ernesto a quien se le habían puesto los ojos húmedos.

—Me cago en tus muertos —dijo Luis con voz ronca —no puedes dejar de actuar nunca. Ya no sabes cuando estás en el teatro y cuando en la vida real. Pues antes de morirme te lo voy a decir claro. Todos —dijo mirando al resto— siempre hemos pensado que eras marica y que Cristina es una tapadera. Pobre mujer.

Ernesto le agarró del ligero pijama de tela con intención de amedrentarle. Sergio que estaba a su lado intentó frenarle como pudo mientras desde el otro lado de la cama, Eduardo intentaba separarle los brazos.

—No iras a pegar a un hombre con mascarilla de oxigeno —dijo Luis en tono burlón.

—Soltarme que le rompo la cara —empezó a gritar Ernesto.

—¡Nenaza! —dijo Luis —dejar que me levante y le enseñe a este muñeco a ser un hombre.

La enfermera sargento entró por la puerta con cara de bulldog.

—¿Pero que está pasando aquí? —dijo mirando a Ernesto —no ha entendido que este caballero ha sufrido un infarto y que no está fuera de peligro.

Ernesto relajó los músculos mientras Luis se ponía la máscara y una cara de pena como un pan redondo.

—¡Mírele! Por Dios. Váyanse ahora mismo —espetó la enfermera mientras se hacía paso para ver el estado de Luis. Que seguía poniendo cara de compungido.

—¿Quien es el actor ahora? Hijo de puta —soltó Ernesto.

—¡Fuera o llamo a seguridad!

Luis le devolvió un finger aprovechando que la enfermera estaba mirando el monitor.

—Te has pasado —le dijo Eduardo al salir por la puerta.

—Y una mierda. Y que sepáis que no voy a ser el primero en morir ¡malditos hijos de puta!

—Quiere calmarse —ordenó la enfermera mientras le tomaba el brazo izquierdo.

Empezó a sentirse muy relajado.

—¿Qué me …

Se despertó confundido.

—Podéis pedirle a la enfermera que deje de drogarme.

Cristina, le miró con pena.

—Es por tu bien —le dijo Bárbara.

—¿Dónde están vuestros queridos maridos? ¿Ya no vienen a verme?.

—Después de lo que pasó ayer han pensado que es mejor no venir.

—No saben perder a las cartas.

—No es por eso, simplemente …

—Son unos traidores.

Salió del hospital sólo. Nadie vino a buscarle. Algún WhatsApp deseándole que volviera a ser el de siempre. De sus tres amigos nada de nada.

Entró en su casa. Parecía la de un recién fallecido. Todos estaba como sin vida, oscuro, con olor a vacío. Desolador. Se sentó en el sofá y miró a su alrededor. Había acumulado tantas cosas durante su vida y ninguna parecía haber sentido su ausencia. Nunca se había enamorado lo suficiente como para casarse y tener hijos. No tenía reparos en reconocerse a si mismo que era una persona egoísta, un egocéntrico. Ahora con la factura de esa actitud encima de la mesa, le jodió tener que pagarla.

Notó algo en el trasero. Levantó su nalga y encontró su blog de notas con el bolígrafo enganchado en sus hojas por el clip. Lo ojeó. Todo anotaciones de sus partidas de póker. Su pequeña hoja de calculo para ser cada vez mejor y ganar más partidas. Sus amigos habían sido un instrumento para saciar su sed competitiva. Siempre quiso ser mejor que ellos. Ganarles al póker, al padel o a lo que fuese, follar con más mujeres, viajar más, tener más dinero. Se sintió orgulloso y triste a la vez. Durante la vida les había ganado en todo y, sin embargo, ahora era el que tenía más números para morirse el primero y sin nada importante a lo que agarrarse. Iba a perder la partida más importante de su vida.

Abrió el blog de notas. Agarró el bolígrafo con suavidad y empezó a escribir como un poseso. Se acordó de aquellos castigos del colegio donde el profesor le había obligado a escribir la misma frase mil veces. Sus ojos seguían su caligrafía como un escáner. No paró de escribir en 30 minutos.

Finalmente apoyó su pequeña libreta sobre el sofá. Se levantó y encendió todas las luces de la casa, la televisión, encendió la calefacción, abrió los grifos de toda la casa, y tiró de la cadena de todos los baños.

—¡Despertar! —les gritó a sus objetos —aún no me he muerto.

A la mañana siguiente se despertó relajado. Se tomó sus pastillas. Bajó a comprar el periódico y subió a casa a desayunar una manzana con un poco de yogurt. Cuando estaba a mitad del periódico sonó su teléfono. Miró la pantalla: Sergio.

Dudó si contestar o no. ¿Qué se le habría perdido ahora?

—Dime —contestó en tono defensivo.

—Ernesto se ha muerto.

Se quedó en silencio. Se levantó de la silla y fue a buscar su pequeña libreta. Era una prueba del delito. La abrió.

“Quiero que Ernesto se muera. Quiero que Ernesto se muera. Quiero que Ernesto se muera. Quiero que Ernesto se muera. Quiero que Ernesto se muera.”

Toda una hoja con el mismo escrito. Giró, la página y el mismo mensaje se repetía sin parar. Hojas y hojas de su mini libreta con el mismo texto pulcramente escrito, con una caligrafía hermosa.

—Bueno, sólo era para decirte que estaremos hoy en el tanatorio. He pensado que querrías saberlo y venir.

—Sí, sí —dijo nervioso —allí estaré.

—Estarás contento, ya no serás el primero —dijo justo antes de colgarle.

Asintió involuntariamente ante el comentario. No podría llegar a catalogar su sentimiento de felicidad, pero sí de alivio.

Llegó al tanatorio. Se sintió en territorio hostil. Antes de su infarto habría sido recibido a los abrazos y a los besos por parte de todos los presentes. Ahora parecía como un grano en medio de la cara.

Se acercó con sigilo hacia el grupo de amigos. Todos le miraron con expectativa.

—Lo siento mucho —dijo mirando fijamente a Cristina.

Ella se le acercó y le abrazó entre lágrimas. Es una lástima que se haya ido estando peleado contigo. Le dijiste cosas que le hirieron mucho en el hospital.

—Lo sé. Pero era yo el que estaba en un hospital asustado.

—Bueno, se nos ha ido como un pajarito esta noche.

—Lo siento mucho —repitió. Esta vez no era por la muerte, sino por haber escrito su muerte mas de mil veces en su blog de notas.

Se saludó con el resto. Pareció hacer las paces con Sergio y Eduardo, quienes no dejaban de mirarle con cierto recelo. Se preguntaba si por algún motivo sabían lo que había escrito en su libreta.

Decidió largarse ante la incomodidad de la situación. Se despidió de las mujeres, especialmente de Cristina, con un nuevo “lo siento” esta vez mentiroso. Empezaba a disfrutar el hecho de no haber sido el primero en morir. Todos en esa sala sabía que el primero, el perdedor, era Ernesto.

Se acercó a Sergio y Eduardo para despedirse de ellos.

—Bueno, ¿nos vemos este viernes para jugar al póker? —les preguntó.

—¿Tu eres tonto? —le devolvió la pregunta Sergio.

—No te hagas el ofendido. Todos sabemos lo que hiciste después de la muerte de tu hijo …

Luis cayó doblado al suelo después de recibir un fuerte puñetazo en medio del mentón.

Llegó a su casa magullado. Se volvió a sentar en el sofá. Deseó haberse muerto en aquella mesa de póker cuando le dio el infarto.

—¡Pero qué dices! —se gritó a si mismo —la partida no ha terminado.

Repitió su castigo caligráfico. Esta vez con Sergio. Estuvo treinta minutos de reloj sin para de escribir:

“Quiero que Sergio se muera. Quiero que Sergio se muera. Quiero que Sergio se muera. Quiero que Sergio se muera. Quiero que Sergio se muera.”

Dos días después recibió una llamada de Eduardo. Le comunicaba que Sergio se había muerto de un accidente de coche volviendo de un viaje de negocios en Valladolid. Al parecer se había quedado dormido al volante. Volvió a tener que ir al tanatorio, donde nuevamente volvió a ser aceite de oliva en un estanque de agua dulce. Bárbara no quiso apenas hablar con él.

—Es mejor que no estés mucho rato —le recomendó Eduardo.

—¿Por qué? tu también me vas a romper la cara como hizo Sergio la última vez. Mira aún ni me han puesto la funda en el diente que me rompió —dijo mientras se abría la boca con los dedos para dejarle ver el clavo que le colgaba de la encia.

Eduardo no le hizo ni caso. Se giró mientras le volvía a recomendar que se fuese.

Llegó a casa. Ya no tenía amigos. Había quedado claro que Eduardo ya no volvería a hablarle. Las partidas de póker no volverían a repetirse. Eso significaba que sólo quedaba una mano por jugarse para saber quien sería el ganador de la partida más importante de sus vidas. No perdió ni un segundo, cuanto antes se acabara, mejor.

Empezó a escribir: “Quiero que Eduardo se muera. Quiero que Eduardo se muera. Quiero que Eduardo se muera. Quiero que Sergio se muera. Quiero que Eduardo se muera.”

Dejó la libreta abierta encima del sofá. Se preguntó quien le llamaría esta vez. Pero pasaron los días y no recibía ninguna llamada. Volvió a mirar su escrito para ver si había cometido algún error. Leyó todas y cada una de las más de mil veces que había escrito “Quiero que Eduardo se muera”. No vio errores. Estaban todas bien.

Buscó el teléfono de Eduardo y le llamó. No recibió respuesta. Lo volvió a intentar. Pero tampoco, el contestador. Buscó el de Isabel.

—Luis —dijo Isabel entre sollozos.

—¿Puedo hablar con Eduardo?

—Murió la semana pasada.

—¡¿Qué?! —dijo perdiendo los nervios —¡¿Cómo nadie me ha dicho nada?! Me cago en todos vosotros. Era mi amigo, y merecía saberlo.

No podía entender cómo esa mujer egoísta le había privado de su momento estelar, de su victoria. Le habían privado de su momento de gloria.

—No me grites —le dijo Isabel.

Le colgó.

Se fue al sillón enfurecido. Agarró su libreta con rabia. Buscó una página vacía y …

… empezó a escribir.

Imagen cortesía de dhester a través de MorgueFile

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