Tengo dos papás

Ayer llegué al colegio temprano, como siempre. Mi papá es muy previsor y siempre se asegura que llegue a tiempo para entrar a la primera clase de la mañana. En invierno me fastidia un poco tener que esperar en la puerta del colegio porque es oscuro, hace frío y estoy solo. Pero nunca me he quejado, porque sé que mi papá aún lo tiene más difícil. Él tiene que ir a trabajar para que yo pueda seguir viniendo al colegio y pueda tener siempre comida en la mesa, y libros que leer para estudiar, y unas buenas Navidades con regalos. Mi papá es mi héroe.

Pero ayer, cuando estaba quieto como una estatua en la puerta del colegio, con la punta de la nariz congelada, me di cuenta que no tengo sólo uno, sino dos papás. Lo que sucede es que ambos habitan en el mismo cuerpo. Aún no sé muy bien cómo entran y salen para turnarse un único cuerpo, pero ya lo descubriré, igual que descubrí que eran papá y mamá los Reyes Magos de Oriente. O mejor dicho, que los Reyes Magos de Oriente no existen y que, por algún motivo que aún desconozco, me mintieron para hacerme creer que cada seis de enero de madrugada venían a casa a dejarme regalos. Incluso me hacían dejarles vasos de leche caliente con galletas, cuando ya sabían que nadie se lo iba a comer. Me confundió un poco toda la situación porque siempre me habían enseñado que no debía decir mentiras y que con la comida nunca se jugaba. Continúa leyendo Tengo dos papás

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Os deseo la muerte

Como cada viernes por la tarde se reunieron en casa de Eduardo. Todo estaba perfectamente preparado para empezar su partida de póker. Llevaban más de cuarenta años jugando todos los viernes, ni enfermedades, ni castigos, ni un terremoto les habría privado a los cuatro de reunirse para tomarse el pelo con las cartas y robarse el dinero.

Sentado con una agradable sensación de deja vu miraba a sus tres compañeros de juego y recordó, como cada viernes, que nadie en todo el planeta le conocía tanto como ellos. Ahora envejecidos, sus cabezas habían perdido pelo pero habían ganado todo tipo de secretos. Secretos que nunca había contado fuera de esas partidas. Por esa misma regla de tres, razonó que él llevaba en su mochila secretos de aquellos tres personajes que nadie debía de conocer. Continúa leyendo Os deseo la muerte

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Basura de letras

Se despertó a las tres de la mañana como un búho. Los ojos como platos, no sabía cómo pero ya se había incorporado. Se puso la bata, las zapatillas, y salió del cuarto. Tampoco sabía cómo ya llevaba las gafas de leer puestas, pero ahí estaban, pegadas a su cara. Buscó en su móvil el teléfono de Antonio, y marcó, sin dudar.

No recibió respuesta después de varios tonos. Abrió el portátil.

—He vuelto amigo mío —le dijo.

—Te he echado de menos —le respondió su Macbook.

—Mentiroso, si odias lo fuerte que tecleo.

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Cariño, me quiero independizar

Y ahí estaba el presidente de la Generalitat, en el balcón, alzando una mano con cuatro dedos y proclamando el inicio de la república catalana. Gracias a la alta definición de la pantalla, los pelos del presidente parecían los pequeños alambres de un títere.

—La alta definición se lo está cargando todo —dijo él con desgana.

—Pues cómprate una televisión que no tenga alta definición —le respondió ella con convicción.

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El hombre loro

Vio que se encendía la pantalla del móvil. Hacía dos años que había decidido que su dispositivo debía ser mudo e inerte: no tenía permiso para sonar ni vibrar. Su determinación venía a cumplir dos propósitos. El primero, no tener que estar cada 30 segundos atendiéndolo, ya que le parecía que para estar esclavizado habría optado por tener muchos hijos con alguna de sus insolentes primas. Por otro lado, quería entrar en la categoría de “seres especiales”, esos que en los 80 tenía móvil, aunque fuese un ladrillo, y ahora no lo necesitaban porque habían ascendido a cotas muy altas como para necesitarlo.

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Doctor, no sé quien soy

Llegó a la consulta excesivamente temprano. No sólo le gustaba ser puntual, sino que, por costumbre, llegaba a los sitios con mucha antelación, demasiada. Miró el reloj. Pasaban cinco minutos de su cita. Miró el revistero pero ya no le quedaba nada que le interesara por leer. Resopló. Se dio golpecitos con los dedos de las manos en las pantorrillas. Se limpió las gafas. Miró el techo y después el suelo, y otra vez el techo, parecía estar asintiendo cuando en sus adentros estaba renegando.

—Señor Gonzalez —le llamaron.

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Los listos del pueblo

Antonio estaba sentado en su mesa de siempre. La del fondo a la izquierda. Daba igual si fuera hacia sol o llovía a cántaros, siempre estaba sentado allí, de ocho a diez de la mañana, como un niño de colegio de pago, de esos que van con el mismo uniforme todo el año. Monopolizaba el periódico del bar y corrían rumores que a Miguel, el dueño del bar, le faltaba la mano izquierda porque Antonio se la había arrancado de un mordisco al intentar arrebatarle el diario para dárselo a otro cliente 20 años antes.

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Un vividor en la familia

Iban a cenar a un restaurante de la Costa Brava, seguramente rodeados de extranjeros, lo cual era bastante conveniente para poder hablar de cualquier tema sensible sin ser percibidos. La luna estaba inusualmente pegada al horizonte y de color naranja, presagio de que no iba a ser una noche cualquiera.

—La luna nunca está así, nunca —dijo de la nada Don Manuel como uno de esos personajes que se despelotan para asaltar un partido de fútbol.

Todos asintieron ante un comentario que no dejaba margen a la argumentación: la luna estaba baja y naranja. Continúa leyendo Un vividor en la familia

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Hablando con Siri

—Llamar a Lucho —dijo Juan mientras presionaba el botón central de su teléfono móvil.

Giramos a la derecha, pasamos por un bache y volvimos a girar a la izquierda.

—Juan, querido ¿cómo va todo? —le preguntó Lucho con entusiasmo.

Nos miramos con media sonrisa en la boca.

—Todo bien por suerte ¿tú, cómo estás? —le respondió Juan.

—Bien amigo, todo bien por mi lado.

—Buenísimo.

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“El Sistema”

Aterrizaron al atardecer. El sol anaranjado, brisa suave, silencio sepulcral. Un marco perfecto, demasiado perfecto, para un momento que, sin duda, era histórico. Al tocar tierra enviaron notificación de su aterrizaje sin reparar en la importancia del anuncio ni el momento. Al otro lado, el del destinatario, la noticia provocaría orgía político-social.

Pero en este lado, el aterrizaje ponía fin a años de sufrimiento. El viaje había sido demasiado largo, cansado y frustrante para pretender que la tripulación reparara en la trascendencia del éxito de la misión. Para los recién llegados, el planeta Tierra era incluso más ajeno que el nuevo. La mayoría de los que quedaban habían nacido durante el largo viaje y sólo conocían su lugar de procedencia por las imágenes del archivo.

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Engullido por parásitos, hongos y bacterias

María llegó la última y tarde. Era de la que menos me lo esperaba porque en el colegio siempre fue un reloj suizo en todo lo que hacía. Llegaba la primera a clase, entregaba los deberes la primera, se sabía la lección la primera y sólo era la última saltando el potro en clase de gimnasia. Se pasó varios años propagando su incondicional amor por mi, lo que me hacía pasar mucha vergüenza ante la desaprobación del resto de la clase: “a María le gusta Tito, a María le gusta Tito” me repetían a la cara mis compañeros poniendo voz de muñeco diabólico mientras me señalaban con el dedo. Nunca supe con certeza, hasta esa noche, si verdaderamente estaba enamorada o lo hacía para dejarme en ridículo a modo de vendetta. Continúa leyendo Engullido por parásitos, hongos y bacterias

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El diálogo sobre los diálogos

La cafetería parecía estar en medio de la nada. Un espacio hermético que nos privaba a ambos de todos nuestros sentidos físicos. Estábamos, a efectos prácticos, solos enfrentando a nuestros intelectos.

—Me interesa tu opinión ¿Qué te parecen verdaderamente mis cuentos?—pregunté—. Y recuerda que entre tu y yo no valen ni las mentiras piadosas ni las frases hechas para salir del paso. No habría peor insulto que respondieras con una de las dos opciones que te acabo de mencionar y que, por otro lado, ya deberías saber que están prohibidas. Prefiero pecar de redundante antes que dejar que me insultes por un olvido producto de nuestra confianza.

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Saliendo del armario: no me gusta el fútbol

Aquellos que han tenido la mala suerte de observarme viendo un partido del Barça, no tendrán ninguna duda sobre mi vehemente afición a este deporte llamado fútbol; además de concluir, no sin razón, que me falta un tornillo: hablo sólo y a los gritos, hago aspavientos exagerados, y sufro como si me estuviesen sacando una muela sin anestesia.

Debo confesar que yo mismo tengo mis dudas de si tantos fuegos artificiales no han sido más que una fachada para camuflar mi anti fútbol. Hoy salgo del armario para reconocer, sin tapujos, que a mi lo que me pone cachondo es ver al Barça ganar, ganar y ganar. Ver un partido de fútbol disputado, emocionante y con incertidumbre para mi equipo, me produce la misma intolerancia que los lácteos.

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Mi inodoro y la velocidad de la luz

El otro día, mientras conducía, escuché en la radio que para finales de año se estrenará una nueva película de Star Wars, la séptima. Se me erizó todo el bello del cuerpo, que no es poco, cuando el locutor lo anunciaba con voz emocionada mientras el técnico de sonido pinchaba de fondo la música que suena al inicio de cada capítulo de la saga.

Toda una generación de niños y adultos de los años 70 tenemos un vínculo especial con esa melodía que, a estas alturas de la vida, pertenece a una galaxia, muy, muy lejana. Y, hasta ese fatídico día, albergaba la certeza de que nada, ni siquiera la edad y su efecto demoledor sobre mi propia inocencia, sería capaz de corromper mi relación con esas estrofas musicales asociadas a unas letras amarillas que se alejan sobre un fondo negro lleno de estrellas.

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No puedo matar insectos

El otro día a Lidia se le pegó un insecto en el pelo, síntoma de que estamos llegando al verano. Vino a la cocina toda encendida hablándome de algún problema del trabajo cuando una especie de oruga —animal en extinción del cual ya nadie habla— se le había instalado en una de sus mechas. Mientras ella seguía rabiando contra intangibles, yo observaba a ese animalito escalar hacia su cogote como un alpinista en busca de la cima. Me costó encontrar el momento para alertarle de la situación al quedarme embobado ante el paralelismo en el ímpetu de ambas criaturas. Continúa leyendo No puedo matar insectos

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