¡Qué me cago!

La imagen de mi padre agarrado al mango del Seiscientos, con las gafas resbalándole  a cámara lenta por el tabique nasal debido a un apretón intestinal en un domingo lluvioso de primavera del 1978, no se me podría olvidar ni aunque me entrenara para ello. Entre otras cosas porque, en mi caso, reafirma mi actual esclavitud a la genética heredada de ese caballero aferrado al mango de un diminuto coche rojo de tapicería blanca donde viajábamos cuatro adultos y dos niños, parecido al chiste sobre cómo meter a cuatro elefantes en un Seiscientos.

—Yayo ¡qué me cago!— soltaba mi padre alaridos descompuestos como una embarazada a punto de parir en medio de un campo de batalla.

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El universo es infinito y el tiempo no existe porque es un espacio ¡vaya mierda!

Siempre he buscado formas de consolarme ante eventos negativos, casi siempre ajenos pero que me afectaban como propios. Parezco haber vivido toda mi vida magnificando desgracias lejanas y ajenas, o incluso inexistentes, como sistema de entrenamiento personal a modo de prepararme el terreno para cuando me toque a mi la desgracia de forma directa y físicamente. Uno de los ejercicios habituales siempre ha sido trabajar en supuestos en torno a la vejez, qué me dolerá, que sentiré, se me levantará el pajarito. Recuerdo haber subido las escaleras de casa varias veces muy lentamente, imitando a un anciano de 80 años para saber sí podré con ellas dentro de 35 años.

El pasado jueves, como todos los jueves desde que vivo en Dosrius, mi madre vino a comer, y hartos como estamos de caer siempre en los mismos hábitos, repetitivos, seguros, predecibles, amigables, decidimos ir a un restaurante diferente, un poco más barato, más de camionero, con raciones enormes, bastas, con mucho sabor, difíciles de digerir. Como de costumbre mi madre venía con ganas de hablar, de repetirnos las mismas historias a pesar de haber establecido de forma colectiva, pero sin previa charla, la necesidad de romper con la monotonía.

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