Pies de trapo

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Así le llamaba su abuelo de niño. Un nombre que venía de su incapacidad para dar dos pasos por el bosque sin tropezarse con alguna rama, piedra o simple desnivel. No parecía tener la competencia de distinguir las distancias de forma correcta, como si el mundo no tuviera profundidad o perspectiva y las cosas se aplastaran unas contra las otras. Era como caminar por una foto en dos dimensiones.

Su nieto había nacido estrábico y, como consecuencia ya bien de niño, había perdido la capacidad de ver el mundo en tres dimensiones. Sus andares y postura reflejaban la inseguridad que le producía ver el mundo plano y sin volumen. Un simple obstáculo que el resto de humanos sorteaba sin mayor problema se convertía en una trampa y un sobresalto o a veces en un accidente que acarreaba alguna lesión menor.

Tenía cicatrices en ambas cejas, en la barbilla, en ambas rodillas y el dedo meñique de la mano izquierda algo torcido de una rotura debido a una absurda caída al tropezar con una rama mientras iba a buscar moras con su abuelo. El mismo que cada vez que se caía patosamente le apodaba entre risas: “pies de trapo”.

Nunca le molestó el nombre, en realidad nunca supo que pensar del mismo. Con el dolor del accidente aún latente escucharlo entre la risa de dientes postizos de su abuelo tenía un efecto balsámico para su dolor físico, y sólo después, una vez curado, se preguntaba si su abuelo se burlaba de él. Nunca llegó a ninguna conclusión, simplemente acabó interiorizando el apodo como si fuese parte de su nombre.

Sus padres habían muerto en un accidente de coche, y su abuelo viudo y su tío el viajero, al cual veía sólo en Navidades, eran su única familia. Era, pues, su abuelo quien le cuidaba y le educaba bajo un esquema dual dotado de cariño y disciplina militar.

El abuelo se había criado correteando descalzo como un perro callejero en Sevilla, respirando vida al lado del Guadalquivir. Nunca llegó a entender el sistema educativo, el cual secuestraba a su nieto con deberes que le privaban de salir a jugar con la naturaleza.

—¿Qué haces ahí sentado con la cara pegada a ese cuaderno?

—Son los deberes del colegio, yayo —le respondió con cierta tristeza y ese par de ojos descordinados.

—Ni hablar. Ya te pasas muchas horas sentado en clase todo el día. Cierra ese cuaderno y sal a jugar con los perros.

El abuelo tenía obsesión porque su nieto no fuese solo un niño normal, sino que quería que se sintiese excepcional, capaz de cualquier cosa, sin límites, y por eso le apuntó a cuanto deporte se ofrecía en el colegio o por algún club deportivo del pueblo. Su objetivo era verle correr y jugar sin estrellarse contra los obstáculos del terreno y de la vida.

Un día, después de recibir un balonazo en la cara, caer de espalda y darse un fuerte golpe en la cabeza, uno de los profesores, aterrado por el incidente, le suplicó al abuelo que sacara a su nieto de las actividades físicas, pues era obvio que sin las tres dimensiones su nieto, el pies de trapo, iba a acabar mal herido.

—Quizá el ajedrez sea más adecuado para un niño con su problema.

—¿Qué problema?— le preguntó el abuelo con cara de muy pocos amigos.

—Ya sabe —empezó el profesor—el de su vista, no ve bien, no calcula las distancias, se tropieza …

—¡Tonterías! —le interrumpió el abuelo —ve perfectamente, y las distancias, pues como el niño que empieza a andar, ya las aprenderá de otra forma. El cerebro humano es una máquina muy poderosa y le prohibo que le diga a mi nieto que no puede jugar al fútbol, basket o tenis como el resto de los niños.

El profesor conocía el pasado militar del abuelo y todo el mundo en el pueblo sabía que no era un hombre de atajos. El policía del pueblo lo descubrió el día que se le ocurrió pegarle una patada a su perro por ladrarle. El abuelo, que le vio por una de las ventanas, no dudó ni medio segundo en agarrar su arma reglamentaria, abrir la puerta de la casa y ponérsela en la frente.

—De capitán a capitán, si vuelve a pegarle una patada a mi perro, le volaré la tapa de los sesos.

Corrían rumores de que el jefe de policía se había hecho sus necesidades encima y le habría pedido al abuelo no contarle el incidente a nadie a cambio de no denunciarle. El abuelo siempre juró no haber contado la historia a ningún vecino, sin embargo todo el pueblo supo del incidente.

Así, su infancia limitada por la falta de una dimensión se vio potenciada por las aventuras de su abuelo durante la Guerra Civil española primero y en la Segunda Guerra Mundial después. Participó en ambas y en sus relatos las mezclaba de tal manera que pies de trapo siempre pensó que eran una sola.

Todas las peripecias que le explicaba el abuelo contenían tanto volumen que prefería escucharlas embobado con los ojos abiertos mirando al infinito para acceder así a un mundo voluminoso y lleno de matices que le liberaban de su planicie monocular.

Ya hacia tiempo que no le veía en persona. Tampoco hablaban mucho por teléfono, el abuelo los detestaba debido a su sordera producto de oír tantas balas y gritos de dolor. Fue el abuelo quien le obligó a estudiar en el extranjero, quien le empujó a viajar de mochilero por todo el mundo, quien le repetía ya siendo adulto que tenía que viajar y conocer mundo y crearse sus propias aventuras, y empezar a enterrar las que él le había estado contado cuando era niño.

A pesar del poco contacto, de adulto, pies de trapo, no sentía que el mundo era plano y era consciente de que su abuelo había conseguido su objetivo de convertirle en un ser humano ajeno a sus problemas de visión.

—¿Está usted seguro que no veo en tres dimensiones? —le preguntó al oftalmólogo con curiosidad en una revisión rutinaria pasados los 35 años de edad.

—Sí —le respondió —totalmente seguro.

—Entonces por qué no me voy chocando con las cosas o me estrello con los coches que tengo delante cuando conduzco, o puedo jugar al tenis y golpear a la pelota sin ningún tipo de problema.

—Tu cerebro ha aprendido a calcular las distancias de otra forma —le dijo con cierto orgullo el oftalmólogo como si él hubiese sido el factor determinante— y a nivel práctico, es como si tuvieras tres dimensiones.

Le llamó su tío una tarde de primavera. Se imaginó la noticia.

—El abuelo a muerto en mis brazos —le dijo sereno.

Se acercó a la ventana con los ojoso llorosos pero en silencio. No quería que su tío supiera que estaba entre lágrimas que le nublaban esa visión imperfecta corregida por su abuelo. Se frotó los ojos e intentó mirar a la gente que paseaba  por la calle ajenos a su tragedia. Por primera vez en su vida a pies de trapo le pareció estar viendo el mundo como una foto completamente plana.

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