Saliendo del armario: no me gusta el fútbol

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Aquellos que han tenido la mala suerte de observarme viendo un partido del Barça, no tendrán ninguna duda sobre mi vehemente afición a este deporte llamado fútbol; además de concluir, no sin razón, que me falta un tornillo: hablo sólo y a los gritos, hago aspavientos exagerados, y sufro como si me estuviesen sacando una muela sin anestesia.

Debo confesar que yo mismo tengo mis dudas de si tantos fuegos artificiales no han sido más que una fachada para camuflar mi anti fútbol. Hoy salgo del armario para reconocer, sin tapujos, que a mi lo que me pone cachondo es ver al Barça ganar, ganar y ganar. Ver un partido de fútbol disputado, emocionante y con incertidumbre para mi equipo, me produce la misma intolerancia que los lácteos.

Para mi el fútbol es como un circo romano. Y como en ellos, no busco piedad ni compasión, ni mucho menos deportividad, con el equipo contrario. Me da igual quien sea el rival, su importancia, presupuesto o lo que esté en juego. Siempre tengo el pulgar hacia abajo, como un déspota emperador.

—Las ligas están amañadas para que siempre las ganen el Barça y el Madrid —me dijo Carlos cenando. Carlos era seguidor del Real Zaragoza, y el fin de semana anterior había ocurrido el polémico y famoso incidente del “Rafa no me jodas” en el estadio de la Rosaleda, gracias al cual el Barça había ganado el partido.

—¿Y qué propones para acabar con estos amaños? —le pregunté para darle bombo.

—No, yo no quiero que se acaben los amaños. Yo quiero que pongan al Zaragoza en la lista de beneficiados —contestó sin ningún tipo de miramiento moral.

—Te entiendo perfectamente —añadí, sumándome a la desfachatez y feliz de corroborar que el Barça sí estaba en la lista.

Para no sentirme culpable con este amasijo de sentimientos, me aboné al argumento que nos regaló el propio Guardiola, el filósofo, cuya teoría decía: la mejor forma de respetar al rival es humillarle hasta que no le quede ni una gota de orgullo. 

Pero esta deplorable actitud tiene consecuencias negativas. La más importante y destacable es la referente a la duración de las alegrías que son más efímeras que un orgasmo masculino. La segunda más relevante tiene que que ver con la derrota y su dolor, que es agudo y prolongado como el que se siente después de recibir una patada en las pelotas.

No han sido pocas las veces que he rastreado en mi infancia para descifrar por qué he crecido con esta deficiencia. Pero el pasado es como un laberinto que siempre termina en la figura de mi padre.

Él sí que era un fanático del fútbol. Era capaz de llevarme cientos de kilómetros para ver jugar al Barakaldo C.F. un frío día de invierno. Aunque vasco hasta la médula y seguidor del Athletic de Bilbao, tuvo la delicadeza de hacerme del Barça, porque pensó que me sería más fácil hacer amigos siendo del equipo de la ciudad que le había acogido como a un hijo. No era como esos padres que fuerzan a sus hijos a ser de su equipo; a él sólo le interesaba que a mi me gustara el fútbol.

En cuanto pudo, nos hizo socios del Barça, gracias a un enchufe, y después él también se abonó al Real Club Deportivo Español. De esta forma se garantizaba poder ir a un campo de fútbol todos los fines de semana y ver al Atletic por lo menos dos veces al año en Liga y quizá alguna adicional en la Copa del Rey.

Ver un partido a su lado era un martirio por el cual ahora estaría dispuesto a desembolsar grandes sumas de dinero. Era comentarista, adivino, secretario técnico, árbitro y entrenador de porteros, entre otros cargos. No paraba de hablar en los partidos con conocimiento de causa, algo que, según él, se había ganado el día que Javier Clemente le metió un “golazo” cuando el era portero de un equipo de infantiles.

Y hace tres semanas se disputó otra final de la Champions. Otro momento épico para los amantes del fútbol, como lo era mi padre, y un martirio para los que, como yo, sólo podemos aceptar una victoria del Barça.

Me tocó verlo en Buenos Aires durante un asado. La mayoría de los presentes sentían preferencias por el Barça, no debido a mi presencia, sino por Messi. Aún así, quise honrar su apoyo poniéndome la elástica. Realmente no sé a quien quería engañar disfrazado con una prenda que está diseñada para atletas profesionales con tableta. Me sentí verdaderamente ridículo marcando michelín.

A medio asado, cuando la cerveza y el vino me habían despojado de mis complejos, llegaron los últimos invitados. Una pareja con sus dos hijos: un niño de unos 12 años y una niña de cinco. Tuve que contener a mi lengua cuando me di cuenta de que el niño se había atrevido a venir con la camiseta de la Juventus.

Miré a Juan desde la otra punta del jardín con un “no-me-jodas”, a lo que el reaccionó con un “comportate-que-es-sólo-un-niño”. Para compensar mi enfado, le saludé con excesiva efusividad, lo que puso en alerta a su madre.

Por suerte para todos, tres horas después, el partido terminó con victoria del Barça. Para no defraudar al personal empecé a dar saltos de alegría como un descerebrado, mientras les miraba de reojo para intentar medir la potencia de mi entusiasmo. Me revolqué por el parque de la sala como un cerdo en el lodo mientras hacía ruidos guturales desagradables. Alargué un estado de euforia que no era real, pues 10 segundos después de que el árbitro pitara el final del partido, mi alegría se había evaporado por completo. Aún así, seguí fingiendo que era multi orgásmico.

Desde el suelo pude ver como el niño de la camiseta a rayas blancas y negras se iba cabizbajo de la mano de su padre.

—Hijo, es sólo fútbol —me dijo mi padre la primera vez que me llevó al campo del Barça en 1983, cuando sólo tenía 12 años. Llevaba mi nueva camiseta del Barça que aquella tarde de domingo perdió uno a cero contra el Athletic de Bilbao.

—Pero yo quería que ganara el Barça —le dije entre sollozos.

—Lo importante es que disfrutes viendo el partido y aceptes que gane el mejor, o el que tenga más suerte. El fútbol es un espectáculo, en realidad quien gane o pierda es lo de menos —dijo para intentar consolarme con razonamientos que un niño de esa edad ni quiere ni puede entender.

Esa misma noche, mientras mis padres dormían, me levanté concentrado como un boina verde en busca de venganza, agarré mi camiseta del Barça, me fui a la cocina y la tiré a la basura. Me metí en la cama preguntándome porque mi padre no me había hecho seguidor del Athletic de Bilbao. Al día siguiente, después de volver del colegio, mi camiseta estaba impecablemente doblada en su cajón. Mis padres nunca me dijeron nada al respecto y el asunto debió quedar en una anécdota de alcoba.

Ese recuerdo del pasado me provocó un súbito ataque de empatía. Me fui como un autómata a buscar al pequeño. Él no tenía porque llevarse un disgusto. Yo podía arreglarlo.

Lo encontré al lado de la piscina, cabizbajo entretenido mirando un par de renacuajos que se movían a espasmos.

—Ey —solté.

Me correspondió con cara de pena.

—¿Qué estás haciendo? —pregunté como ante sala de mi brillante plan.

—Nada. Estoy triste porque quería que ganara la Juventus.

—Ya lo sé, yo también estaría triste si hubiese perdido el Barça.

Dejé una pause prudencial para no mezclar ideas.

—Te propongo un trato —continué. —Y si nos cambiamos las camisetas como hacen los jugadores cuando terminan los partidos. De esta forma, a partir de ahora yo seré también “hincha” de la Juventus y tu del Barça. Los dos habremos ganado y perdido.

Levantó la vista y me miró como si hubiese descubierto la energía de fusión.

—¿Qué me dices? —pregunté.

Miró a su padre con tanta potencia que a éste no le quedó más remedio que asentir con cierta inseguridad.

—¿Tu remera es la oficial? —me preguntó con un sospechoso entusiasmo, mientras se despojaba de su camiseta de la Juventus.

—Sí, la de 80 euros, tiene todos los logos oficiales, de la Liga, los patrocinadores, todo oficial. Esta es la buena —dije guiñándole un ojo.

—La mía es trucha, la compró mi papá en Miami por 30 dólares. Al principio pica un poco, pero luego te acostumbrás.

Me quedé suspendido en el tiempo, con los ojos sin pestañear, la boca abierta, y mis glándulas salivales trabajando a destajo. “¿Qué cojones estaba haciendo?”, me pregunté.

—No, importa— dije irónicamente mientras sorbía mi propia baba.

Intercambiamos las camisetas ahí mismo, delante de los renacuajos. La mía le quedaba como un camisón de dormir, y a mi la suya me hacía parecer un chorizo embuchado con piernas. El niño no mentía cuando decía que picaba.

—¡Papá, papá!, ahora soy hincha del Barça y ganamos la Champions.

Sus padres me miraron emocionados, mientras yo me veía  reflejado en las correderas de cristal. No tengo palabras para describir lo desagradable que me pareció ver mi estampa mientras me rascaba como un perro pulgoso.

—¡Campeones, campeones, oé, oé, oé! —gritaba el niño como un poseso mientras  revoloteaba por todo el jardín. Me agarró un dolor de cabeza terrible y me arrepentí de haberle ayudado con la decepción de la derrota. Me empecé a sentir abatido, como si mi equipo hubiese perdido la Champions.

Cuando por fin se fueron todos los invitados, me saqué la camiseta y me duche con agua muy caliente y mucho jabón. Me sentía sucio y no podía parar de rascarme.

Bajé a la cocina con la camiseta trucha de la Juventus hecha un moño.

—Lo que has hecho hoy es de genio —me dijo Juan con evidentes signos de orgullo.

—Pues atento a lo que viene ahora —dije mientras abría la tapa de la basura orgánica, miraba en su interior y tiraba la “remera trucha”.

—Pero ¿cómo puedes ser tan hijo de puta? —me dijo Juan con tanta calma que parecía una instrucción de yoga.

—No te preocupes —le contesté—. Seguramente mañana aparecerá limpia y bien doblada en el cajón de mi cuarto.

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