Sueña pequeño saltamontes

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Recordaba a su abuelo contanto historias de futuro, algo que le parecía emocionante cuando era niño pero que con la perspectiva de la edad empezaba a molestarle. Ahora con las revueltas hormonas de un adolescente no entendía como su abuelo seguía hablando del futuro, de cosas increíbles que iba a llevar a cabo que ya eran imposibles cuando le debía quedar poco tiempo de vida.

—Tienes que ir a ver más al abuelo —le dijo su madre mientras desayunaban.

—Jod.. mamá —la madre le miró con signo de desaprobación— es que es un rollo. Está todo el día flipando con cosas que hará no se sabe cuando.

—Bueno, por lo menos no es un yayo carca de esos que te repiten la misma historia mil veces y que cuando les dices que ya la conoces, hacen oidos sordos y te la cuentan igualmente. Esos sí son abuelos coñazo —dijo señalándole a la cara —tu tienes la suerte de tener un abuelo que sigue en las nubes.

Hizo ver que ignoraba el comentario remojando una galleta en la leche caliente.

Saliendo del instituto un día lluvioso de otoño no le apetecía volver a casa. Sus padres se acaban de separar y entrar en el piso le producía demasiada nostalgia. Decidió ir a ver a su abuelo lunático. Se subió al autobús y le envío un WhatsApp a su madre anunciándole que iba a ver al abuelo.

El nieto llamó al interfono y el abuelo le abrió sin ni siquiera preguntar quien era. Al subir al tercer piso de ese viejo edificio sin ascensor y de escaleras irregulares, se encontró con la puerta entre abierta.

—Yayo —dijo para anunciar su llegada —¡soy yo!

—¡Ven, ven! —dijo desde la lejanía del pasillo —estoy viendo unas cosas en Internet.

El nieto dudó si ir directo o esperar, no quería ni por asomo encontrar a su abuelo viendo pornografía. Tampoco supo explicar porque él mismo se imaginaba que tal cosa pudiera suceder.

—¡Vale! ¡Voy!

El abuelo estaba reclinado sobre el teclado y a un palmo de la pantalla viendo videos de windsurf.

—¿Qué estás mirando? —preguntó retóricamente haciéndose el tonto.

—Clases de windsurf —dijo sin apartar la vista del monitor—es el deporte que voy a practicar este verano.

—Venga ya yayo, si es muy difícil y fisicamente exigente ¿cómo vas a hacer windsurf?

El abuelo paró el video, se sacó las gafas y miró a su nieto.

—¿Por qué quieres ponerme límites cuando yo mismo no lo hago?

El nieto subió los hombros como si no tuviera respuesta, cuando la tenía y le parecía obvia.

—Este veranos voy a aprender windsurf. Me iré al norte de Brasil, parece que allí a partir de junio sopla el viento todo el tiempo. Además es barato y hace una temperatura media agradable. Hay un pueblito que parece tener mucho encanto que se llama Icarai de Amontada y tiene una posada, De Praia. Allí voy a pasar el verano, navegando, bebiendo agua de coco, comiendo pescado fresco, zumos de frutas y durmiendo al aire libre en una hamaca …

—¡Basta ya yayo! No vas a ir, no vas a aprender windsurf. Eres muy mayor, no tienes fuerza para practicar ese deporte, igual que no tenías dinero para irte a Italia el año pasado para aprender a pilotar un fórmula uno. Siempre me hablas de todo lo que vas a hacer y aprender, pero nunca sales de aquí.

El abuelo se levantó. No parecía enfadado ni disgustado por el tono de su nieto. Simplemente se dirigió a la nevera de la cocina, se abrió una cerveza. Le dio un sorbo. Volvió al salón, abrió un cajón, sacó un marco de fotos y se lo puso a su nieto en las pantorrillas.

Agarró el marco, le dio la vuelta y vio una foto en blanco y negro. Un tipo apuesto y esbelto parecía estar practicando artes marciales con un grupo de orientales significativamente más menudos. El nieto no entendió que tenía que ver la foto con el windsurf y las chifladuras de su abuelo.

Se sentó en el sofá y disfrutó del desconcierto de su nieto.

—Ese de la foto soy yo —por fin dijo el viejo— fui maestro de Kung-Fu, pero pocos los saben.

—¡Cómo mola! —replicó el nieto.

—¿Cómo lo sabes? ¿Has practicado Kung-Fu alguna vez?

—No, pero me gustan las películas de artes marciales.

—Tenía una amigo —empezó el abuelo sin mas— que no se atrevió a venir conmigo a China a aprender artes marciales. Tenía una novia que estaba buenísima, un bombón. Al volver de China, años después, me confesó que se había equivocado, que tendría que haber venido conmigo a China en lugar de quedarse aquí, casarse, tener un trabajo común, hijos y acabar aburrido como un langostino en un congelador.

—Pobre …

—No, ¡qué pobre ni que leches! —el nieto se asustó— se folló cientos de veces a la mujer más hermosa que he visto en mi vida. Yo le confesé que yo me había equivocado en irme, que tendría que haberme quedado, haberle robado a su novia y ser yo quien hubiese disfrutado de los placeres del sexo con esa criatura.

—Yayo, no sé si …

—Ya tienes edad para que te gusten las mujeres, los hombres o ambos, así que no me digas que no tienes edad para estos temas que todos sabemos como está el mundo desde que hay Internet.

Bajó la cabeza y la volvió a levantar con semblante de adulto.

—Vale, pues cuéntame, ¿tu amigo se cabreó cuando le dijiste que querías follarte cientos de veces a su novia como había hecho él?

—¡Que va! —respondió el abuelo— minimizó tal hecho al igual que yo minimizaba mis capacidades de lucha. Ninguno estaba contento con su elección. Así que aprendí una lección muy valiosa, bueno creo que los dos lo hicimos.

—¿Cuál?

—No hay que dejar nunca de soñar. Da igual si sabes que no lo vas a hacer. Es lo de menos. Yo he sido más feliz oyéndote decir que te molaba que yo hubiese hecho Kung-Fu que cuando lo hice.

—No sé, me parece absurdo lo que acabas de decir …

—La adolescencia es el estado más absurdo que existe, es donde tu estás instalado, y desde ahí me dices que digo absurdidades. Los viejos no decimos absurdidades, de lo contrario no seríamos viejos.

—Joder yayo, te vengo a ver para escaparme de casa porque creo que los papas me van a volver loco, pero me parece que si me quedo aquí más rato vas a ser tu quien me vuelva loco.

El abuelo se levantó con un ligero aire de indignación.

—Yo no quiero hacer nada de lo que digo que voy a hacer, solo quiero soñarlo.

El nieto se levantó. Le dio un beso al abuelo y se fue hacia la puerta.

—Te veo mañana —escuchó decir al abuelo desde el salón antes de salir.

—¡No yayo, mañana no podré venir, tengo —dudo sobre que decir— partido de fútbol!

La puerta se cerró.

—No hace falta que vengas, yo ya sueño que vienes todos los días.

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