Un vividor en la familia

Iban a cenar a un restaurante de la Costa Brava, seguramente rodeados de extranjeros, lo cual era bastante conveniente para poder hablar de cualquier tema sensible sin ser percibidos. La luna estaba inusualmente pegada al horizonte y de color naranja, presagio de que no iba a ser una noche cualquiera.

—La luna nunca está así, nunca —dijo de la nada Don Manuel como uno de esos personajes que se despelotan para asaltar un partido de fútbol.

Todos asintieron ante un comentario que no dejaba margen a la argumentación: la luna estaba baja y naranja.

—Esta de ese inusual color por que los rayos del sol, antes de golpear a la luna, pasan por la atmósfera terrestre, tiñéndose —dijo Enrique, que no era ni astrólogo ni meteorólogo y ni mucho menos tenía la mas remota de idea de por qué la luna estaba naranja. Pero ese era, supuestamente, su gran virtud, convencer sin saber.

Marta asintió dócilmente mientras Don Manuel le miraba con cara de desconfianza, sin ni si quiera saber él mismo si la explicación era cierta o una fábula.

—Debo decir que la explicación científica es lo de menos cuando hay tanta belleza delante de tus ojos. Hasta diría que saber los motivos físicos por los cuales tiene hoy esa inusual belleza, estropea el momento— enfatizó Don Manuel.

—Estrictamente hablando la belleza no está en sus ojos, Don Manuel, sino en la interpretación que hace su cerebro del fenómeno físico —replicó rápidamente Enrique.

—Pero qué tonto eres —interrumpió Marta mientras le golpeaba levemente en el hombro.

—Tanta charla banal nos impide disfrutar de la vista y en breve la luna subirá y ya no tendrá este color tan maravilloso y único —insistió Don Manuel.

—Claro, porque los rayos del sol ya no cruzarán la atmósfera terrestre, sino que le darán de lleno.

—¡Joder!, no puedes dejar de ser un sabelotodo —dijo Don Manuel con hartazgo.

—No lo puedo evitar. Tampoco sé por qué le molesta tanto o incluso le sorprende tanto mi actitud. A estas alturas ya debería saber como soy —se justificó Enrique.

El camarero se acercó para indicarles que su mesa estaba lista. Le siguieron a una céntrica dentro del restaurante. Por suerte la luna quedó escondía entre los toldos para no poder seguir siendo vista.

Pidieron la comida, las bebidas. Charlaron de banalidades. De las banalidades se pasó a la política; la mesa se aceleró y los ánimos y egos fueron puestos a pruebas por las diferentes ideologías. El vino hizo acto de presencia en sus sistemas y los debates serios se mezclaron con bromas, y las bromas con dramas. Era difícil mantener una conversación coherente cuando ninguno sabía cuando el de delante estaba de broma o verdaderamente estaba hablando en serio.

Don Manuel empezó a hablar de la situación de uno de sus mejores amigos, Don Salvador, cuyo hijo había sido toda su vida un vividor, aunque su padre lo definía con adjetivos mucho más agresivos y denigrantes. Había tenido dos hijos que no podía mantener porque se negaba a trabajar. Finalmente, su mujer y madre de sus dos hijos no lo puso soportar mas y terminaron divorciándose y trasladándose a casa de sus padres con sus dos hijos, ya que la mujer tampoco quería cuidarlos.

—Y ahora no sabe qué hacer con su hijo y sus nietos —dijo Don Manuel —. Es una situación muy complicada.

—Es curioso como seres humanos que apenas deben controlar cinco variables, acaben complicándose su existencia de esta forma —dijo Enrique.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Marta.

—Vamos a ver. Sólo nos tenemos que preocupar de comer, cagar, mear, dormir y fornicar. Cinco variables, y sin embargo, creemos que todos nuestros problemas son complejos, llenos de variables inalterables.

—¡Qué dices hombre! —exclamó Don Manuel. —Esto es serio como para que te lo tomes a la ligera.

—Usted me dirá que más hay. Esto no es teoría.

—Simplificas todo a las necesidades individuales. Pero estas necesidades se sustentan del trabajo en sociedad. La sociedad tiene unas estructuras y, evidentemente, esas cinco necesidades se convierten en un sistema complejo.

—Pero, entonces, estará de acuerdo conmigo que quizá nos hemos equivocado con respecto a nuestra organización como sociedad.

—Para nada estoy de acuerdo con ese comentario. Yo estoy muy conforme con cómo está organizada la sociedad.

—Y ¿no será por qué usted, Don Manuel, no tiene ningún problema ni con sus hijos ni con sus negocios?

Don Manuel le clavó la mirada con intensidad en los ojos furtivos de Enrique, que por su pasado, estaba más que acostumbrado a jugar a estos juegos, y ganarlos.

—El problema de Don Salvador no tiene fácil solución, independientemente de teorías organizativas —dijo Marta para mitigar un poco el extraño duelo de miradas.

Pedieron la cuenta y salieron a caminar por el paseo marítimo. La luna ya estaba elevada, llena y blanca como las sábanas recién puestas en la cama de un hotel cinco estrellas.

—Mirar, la luna ya está arriba —dijo Enrique.

—Si, y debe estar blanca porque ahora sí los rayos del sol le dan de forma directa —añadió Marta con sarna.

Enrique no reaccionó. No podía, era un ser sin ego, cuyo único propósito era encontrarle a la vida el sentido pragmático.

—La cuestión, es que Don Salvador ya no sabe qué hacer, tiene un problema que no tiene solución —dijo Don Manuel recuperando el drama de Don Salvador y su hijo caradura.

—Bueno —dijo Enrique—. Los napolitanos sí tendrían una solución para este dilema.

Don Manuel y Marta le miraron contrariados.

—Sí, la mafia napolitana eliminarían el problema haciendo parecer que ha sido un accidente.

Ambos se rieron ante la ocurrencia. Enrique no entendía de que se reían.

—El problema —dijo Don Manuel recuperando la compostura—. Es que el hijo de Don Salvador, en realidad, está esperando a que sea su padre el que la palme.

Marta abrió los ojos como platos antes semejante aseveración.

—Pues, cuidado, no sea que el hijo de Don Salvador no esté ya contactando a la mafia napolitana.

—No sé, supongo que estás intentando ser gracioso —dijo Marta.

—Para nada. Pero Don Manuel ha dicho que este problema no tiene solución y sin embargo está claro que se resolverá cuando alguien la palme.

Don Manuel le miró serio, parecía indignado. Su cara parecía una olla a presión a punto de explotar, no en vano, Don Salvador era su mejor amigo.

—Enrique —dijo posando su enorme mano en su hombro—. Cómo me alegro que seas parte de esta familia.

—Gracias —contestó sin ni siquiera saber a qué venía el cumplido.

—Toda familia necesita un vividor —dijo Don Manuel.

Imagen:  kconnors

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