Y si yo no estuviera

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—¿Y si yo no estuviera que harías?

—Joder, papá —respondió con hastío —siempre me dices lo mismo. El problema es que estás y no podemos responder a esa pregunta ahora.

—Tienes que estar preparado, yo no voy a estar siempre para ayudarte.

—Papá, no me puedes decir esto, es como si yo me preguntara que haría sin piernas, cuando tengo las dos, o sin ojos, o manos, o si hubiese nacido en Tanzania en una familia de un pueblo rural sin agua potable ni medicinas.

—Es que te veo muy perdido, y me preocupa, como es natural, que quedes en mal lugar una vez que yo no esté. Sólo es eso.

—Bueno, vamos a tener un problema, porque la respuesta a tu pregunta, sólo la sabré yo. Así que, no sé, quizá deberíamos evitar la frustración de no poder responderla hasta que te mueras ¿no?

—Reconozco —dijo mientras se ponía las gafas y abría el periódico —que es en realidad una pregunta trampa para ver si espabilas. Ya no sé que hacer para que hagas algo con tu vida.

—Tu has sido un hombre muy trabajador ¿no?

El padre asintió mirándole por encima del marco de sus gafas. Veía venir a su hijo a kilómetros y a pesar de ello, siempre entraba a jugar aunque sabía que iba a perder.

—Y has trabajado duro para darme una vida mejor de la que te dieron tus padres a ti ¿no?

Volvió a darle la razón, esta vez mirando el titular de una noticia en su periódico.

—Y ¿dirías que lo has conseguido?

—Diría que sí —dijo cerrando el periódico y dejando sus gafas en la mesa.

—Entonces, que yo sea un “vividor” a tu costa, ¿por qué te molesta tanto?, si es a lo que aspirabas cuando empezaste a trabajar tan duro. Querías que yo tuviera todo aquello que tu no tuviste. Quisiste que yo no tuviera que trabajar tan duro como tu. Y sin embargo, ahora, que has conseguido tu objetivo ¿has cambiado de idea?

—Es verdad, es culpa mía. Debería sacarte tu asignación mensual, tu coche, y pedirte que te vayas de casa.

—No, ahora ya no puedes —dijo con esa sonrisa pícara que tanto cautivaba a su padre— es como cortarle las uñas a un gato doméstico y luego tirarlo a la calle. Evidentemente no va a sobrevivir —le guiñó el ojo mientras le agarraba un moflete de la cara y se lo estrujaba con suavidad.

—¿Y que le pasaría a ese gato si desahucian a su dueño y este se muere? —preguntó el padre, devolviéndole el guiño y la estrujada de moflete.

—Vale, mal ejemplo el del gato.

—Yo sólo estoy intentando que tengas las uñas muy afiladas por si algún día no estoy, te puedas defender.

Podía recordar la conversación como si hubiese pasado ayer mismo. Palabra por palabra, gesto por gesto, pausa por pausa. La tenía registrada en su cerebro en alta definición. La registró en su día sin saber por qué. Justo esa, justo la charla el día antes de la muerte de su padre.

Veinte años después la respuesta había sido respondida. Si su padre le viera no daría crédito a lo mucho que se parecía a él, en su forma de trabajar, en su éxito laboral, en sus problemas conyugales, en prácticamente todo.

—Estarías muy orgulloso de saber la respuesta —dijo al aire.

Tampoco podía creer lo mucho que su propio hijo se comportaba igual que él cuando tenía su edad. Ahí delante, desaliñado, con gestos desafiantes y con la seguridad que le daba poder hablar del mundo bajo la protección de su paraguas.

—¿Crees que será necesario que me tenga que morir para que espabiles, o lo harás aunque yo siga por aquí? —le preguntó.

—Joder papá, siempre me preguntas lo mismo.

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