Ya no tengo ideas propias

El otro día tuve que hacer un trámite a la ciudad de Granollers. Este tipo de trámites donde debo ir físicamente a algún lado me suelen molestar porque estoy acostumbrado a resolver todo por Internet. Un cambio de nombre de un vehículo, para ser concreto. Al salir de la gestora tuve que ir a hacer unas compras triviales, chorradas esencialmente, con la mala fortuna y mi despiste que me dejé los papeles en alguno de los comercios. Me di cuenta al llegar al garage donde tenía estacionado el coche. Allí, no sé cómo, el ticket que llevaba en mi mano y el cual acababa de pagar, se evaporó. No sé donde fue a parar. Retrocedí 20 metros hasta la máquina de pagos, miré debajo de todos los coches, recorrí el suelo con la mirada. Simplemente se había volatilizado. Así que me acerqué a la ventanilla de la oficina.

—Dígame —me dijo una mujer de unos cincuenta y tantos.

—Puede hacerme el favor de llamar a un neurólogo, acabo de perder, no sé cómo, el tíquet de salida.

Cuando la mujer estaba por responder con una sonrisa, caí en la cuenta de que no sólo había perdido el tíquet del parking, tampoco llevaba conmigo los papeles del coche con el cambio de nombre.

—Mierda —me adelanté a la apertura de boca de la mujer—. He perdido también los papeles del coche.

La mujer me miró con curiosidad. “¿De dónde habrá salido este espécimen?”, noté que pensaba gracias a mis nuevos poderes extra sensoriales.

Me disculpé, le dije que volvería en un rato y que luego resolveríamos el problema del tíquet de salida.

Caminé por la calle siguiendo miguitas de pan imaginarias que yo mismo había debido de tirar con muy poco entusiasmo. Recordar el camino inverso fue una tarea compleja. Me sorprendió mi poca memoria y desorientación, preludio de lo que me iba a suceder.

Después de visitar las dos primeros establecimientos, algo alarmado por no encontrar mis dichosos papeles, me agarró una arcada que en mi exterior se limitó a un leve gesto pero que en mi interior fue como un tsunami.

—Joder, ¿qué estoy haciendo con LaTengoPequeña.com?

De la arcada pasé al ataque de ansiedad. Mi cabeza no paraba de decirme que no iba a tener material suficiente para sostener mi nuevo blog durante mucho tiempo más. ¿De qué mierdas iba a hablar a partir de ahora cuando todo lo que se me ocurre parece tener ya una versión en algún lado?

Le mandé un mensaje a mi hermana pequeña.

—Arantxa, me acaba de agarrar un ataque de ansiedad, me da vergüenza lo que estoy haciendo con el blog —le escribí por WhatsApp.

Esperé unos instantes apoyado en una farola.

—¿Por? —me preguntó escuetamente.

—No creo que vaya a poder escribir un cuento cada semana. No voy a tener ideas suficientes para entretener a la gente. Mis cosas son mías, como las tuyas son tuyas, y las de la gente, de la gente. Todos tenemos cosas, para que va a querer alguien leer algo repetitivo de su propia vida pero en mi pellejo.

—No entiendo por qué eso te da vergüenza  —me contestó.

—Me da vergüenza que la gente piense qué lo que escribo es una mierda —lancé medio enojado.

—¿Te produce ansiedad que lo que escribas sea una mierda y ya? —me volvió a preguntar cuando yo buscaba respuestas.

Dejé de escribir. Apreté como pude ese botón de mierda para dejar mensajes de voz y le dije en 35 segundos:

—Me produce vergüenza que se note que no se escribir. Yo no habré leído más de 50 libros en toda mi vida. Cualquiera que sepa de esto, sabe que sólo se puede ser escritor si lees. Es cómo querer hablar de fútbol sin haberlo visto nunca, puedes engañar a la gente al principio, pero tarde o temprano te van a ver el plumero. Se darán cuenta que no sé lo que estoy haciendo. Es una máxima, yo no puedo ni debo ser escritor.

Me devolvió también un mensaje de voz que decía:

—Pues Saramago parece que no hubiese leído en su vida porque no ponía nunca signos de puntuación. No creo que esta regla aplique a todo el mundo ¿no?

Ese “¿no?” final me descolocó y pareció derretir la farola que me estaba sujetando.

Finalmente encontré los papeles del coche en una de las tiendas.

—Ye me he imaginado que acabarías volviendo —me dijo la dependienta.

Intenté sonreír

—¿Cuántas veces alguien se deja algo en su tienda a la semana? —pregunté.

—No sé, una o dos veces por semana. El otro día una señora … —empezó a explicar con demasiado entusiasmo.

—Perdone que le interrumpa, también he perdido el tíquet del parking y no tengo tiempo para historias concretas.

—Si no lees ni escuchas historias ¿cómo vas a escribir un cuento a la semana? —me disparó.

Me asusté y retrocedí dos pasos del mostrador. La mujer me miraba de forma hipnótica.

—Perdón ¿qué ha dicho?

—Nada, hijo ¿Estás bien?

Salí de la tienda con sudores fríos y sin despedirme de la vieja mujer que me seguía mirando como un franco tirador.

Empecé a correr hacia el parking. Bajé por la rampa de los coches en lugar de por las escaleras de los peatones. Me agaché por debajo de la barrera y me acerqué a la ventanilla del mostrador.

—¿Has bajado por la rampa de los coches? —me preguntó la mujer cincuentona.

Asentí con la cabeza jadeante.

—Muy mal hecho, es peligroso.

Volvía a asentir.

—Bueno, ¿has encontrado los papeles que habías perdido y tíquet del parking?

Le vanté los papeles del coche y negué con la cabeza.

—Bueno, no te preocupes. Dime la matricula de tu coche.

Levanté la vista hacia el techo y le hice señas para que no se moviera. Salí corriendo como un zombie en busca de un humano. Llegué delante del coche e intenté memorizar la matrícula. Cuando ya volvía para el mostrador, di media vuelta, saqué el móvil y le hice una foto. Estaba seguro de que al volver me la habría olvidado.

Le mostré a la muchacha la foto del móvil.

Tecleó en su ordenador. Asintió y me dijo el precio que me tocaba pagar.

—¿Cuántas veces a la semana alguien pierde su tíquet de salida? —pregunté nuevamente.

—Una dos veces seguro. Ayer una señora …

—Gracias. No tengo tiempo para más detalles porque imagino que tengo sólo unos minutos para salir sin incurrir en un mayor gasto por mi estacionamiento.

—Si, claro —me respondió —¿pero si no escuchas ni lees, ya me dirás tu como vas a escribir cuentos en tu blog de forma regular?

—Que no, joder, que no voy a escribir un cuento cada semana. ¿Qué no lo ves? ¿Qué todo se repite? Y si todo se repite en el mundo físico ¿cómo no se va a repetir en el de las ideas? —pregunté retóricamente a los gritos.

Salí corriendo hacia mi coche mientras tras de mi escuchaba a la pobre mujer llamar a seguridad intentándole explicar que un cuarentón despistado parecía estar “chalado”.

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